Núria Pérez
________________________________________________________________________
Descubrir, analizar y comprobar cómo el conocimiento
científico ha sido transmitido, cómo ha evolucionado y quiénes han sido sus
protagonistas son los principales ejes del Curso Divulgadores de ciencia,
organizado por el Observatorio de la Comunicación Científica (UPF) y
patrocinado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología, y cuya primera edición
se ha desarrollado durante los meses de noviembre y diciembre. El curso, con
carácter semipresencial, ha recorrido la vida y obras de esos grandes
científicos que, además, han sido grandes sembradores de ideas e inquietudes
científicas.
________________________________________________________________________
Camille
Flammarion, uno de los más célebres divulgadores de la ciencia del siglo XIX en
Francia, destacaba la necesidad de recoger el testimonio de la ciencia, expandir
su eclosión y hacerla llegar a todas partes, a las plazas, a los caminos, a los
bulevares repletos de gente.
La divulgación científica nace en el momento en que un
acontecimiento científico deja de interesar tan sólo a la comunidad científica.
A partir de este momento, la historia de la divulgación de la ciencia deberá
superar la brecha que existe entre la ciencia que elaboran algunos y la ciencia
que otros no pueden más que recibir. Los géneros en que la ciencia se ha
divulgado en la historia han sido diversos: libros, conferencias, espectáculos,
juegos, exposiciones, a través de la imagen, etc.
Uno
de los medios de divulgación científica más eficaces fue sin duda la
publicación de revistas científicas como la Philosophical
Transactions de la Royal Society
desde 1665. Ello corrió paralelo a un cambio en la sociedad, entre 1700 y 1800,
que llevó a un reconocimiento cada vez mayor de las empresas de carácter
científico y a considerar en sí mismas a las sociedades científicas como la
vanguardia del cambio. Hacia 1650, la ciencia todavía no había logrado
convencer de su utilidad a la sociedad civil. En cambio, ya en 1800, ésta es
valorada y la sociedad está convencida que le puede ser de utilidad. La
ciencia, por tanto, se «socializa», a la vez que se vive un clima de
fascinación por hombres como Bacon o Newton y, tanto la publicación como la
demanda de libros se incrementan considerablemente.
Dijo
el ya desaparecido Stephen Jay Gould1 que a excepción de Linneo
(1707-1778), ningún otro biólogo había sido tan leído en el siglo XVIII como
Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788). Difundió ideas sobre los
principales temas de la historia natural. La mayor parte de la ciencia
prebuffoniana no incluía la historia, de ahí que la contribución de Buffon fuera
la de considerar la historia como principio capaz de servir de guía a la
organización de los datos del mundo natural, incluyendo muchos aspectos de la
diversidad humana. La historia requiere que los fenómenos sean ordenados en
forma de narración, esto es, como una serie temporal dotada de una dirección y
compuesta de una secuencia de hechos complejos e irrepetibles, cada uno de
ellos relacionado con el siguiente por evidentes razones que explican la
transición.
No
hay una secuencia jerarquizada posible entre el movimiento romántico
desencadenado por la literatura y la poesía, la filosofía de la Naturaleza y la
ciencia romántica. Tan sólo existe un mundo romántico en el que la literatura,
la poesía, la filosofía y la ciencia coinciden. Johann Wolfgang von Goethe
(1749-1832) refleja este hecho a la perfección; vivió intensamente la Filosofía
de la Naturaleza. En toda su obra está presente un vitalismo innegable que fue
vencido por un materialismo positivista. Newton, con la ayuda de las
matemáticas, había establecido definitivamente una ciencia experimental
cuantitativa. En cambio, Goethe no creía en una ciencia cuantitativa sino en
una cualitativa. Goethe entendía que la ciencia ortodoxa, newtoniana, era,
además de reduccionista, abstracta y que por ello usaba desmesuradamente la
matematización. En el fondo, dice Goethe, Newton había contestado al cómo pero
no al por qué.
El
físico cuántico alemán, Werner Heisenberg, criticó abiertamente la Naturphilosophie o «filosofía de la
vida» , especialmente en lo referente al contraste entre una «naturaleza viva»
y una «naturaleza muerta» reconstruida en las teorías matemáticas, así como la
afirmación de que la «física alemana» se ocupaba de la realidad de la
naturaleza, mientras que la física teórica lo hacía de las «ficciones de las
teorías». Heisenberg introduce una solución al «enfrentamiento» entre Goethe y
Newton: no se refieren a los mismos objetos y están hablando de distintos
niveles de realidad.2
El siglo XIX es un período crucial en el desarrollo de
las ciencias modernas. Los museos exponen los últimos hallazgos procedentes de
la prehistoria. La industria química aporta nuevos colorantes y nuevos
productos para la agricultura. La máquina a vapor, el telégrafo, la fotografía,
son todos ellos considerados símbolos de los tiempos modernos. La lucha contra
los agentes patógenos de Louis Pasteur, etc. En definitiva, las novedades
técnicas y las teorías científicas son estudiadas y debatidas en foros
públicos. Un discurso intelectual en el que todavía no se han separado las «dos
culturas», la humanista y la científica. Como consecuencia de esta situación,
los científicos se convierten en personajes públicos: Gay-Lussac y Aragó en
Francia; Faraday y Darwin en Inglaterra, etc., conforme a una idea de progreso
que lleva a la convicción de que la organización de la sociedad debe tener una
base científica.
La
interpretación cuántica de la radiación electromagnética nace en 1900 con
Planck y en 1905 con Einstein. La teoría atómica de Bohr es de 1913, la
ecuación de Schrödinger y el principio de indeterminación de Heisenberg fueron
formulados en 1926. Muchos otros fueron protagonistas directos o indirectos de
estos descubrimientos: Mme. Curie, Rutherford, Lorentz, Poincaré, etc. Una
reunión de estos personajes sería comparable, como afirma el profesor David
Jou, a un encuentro de Platón con Sócrates, o de Schiller con Goethe, o de
Mozart con Haydn, una confluencia cuyos frutos llegan hasta nosotros.
¿Existieron en realidad unos encuentros como los mencionados? Efectivamente, existieron,
y tuvieron lugar en Bruselas en las conferencias Solvay, y ocupan un lugar ineludible en la historia de la física de
este siglo.
Flamarion,
Goethe, Einstein, Heisenberg y otros muchos han sido objeto de estudio en esta
primera edición del curso titulado «Divulgadores de ciencia», impartido en la
Universidad Pompeu Fabra (UPF) de Barcelona el pasado mes de noviembre, con el
patrocinio del Ministerio de Ciencia y Tecnología, dirigido conjuntamente por
Vladimir de Semir, director del Observatorio de Comunicación Científica (OCC)
de la UPF; Antoni Malet, del Grupo de Historia de la Ciencia de la UPF, y por
Ricard Guerrero, catedrático de Microbiología en la Universidad de Barcelona.
El
objetivo de este curso ha sido el de descubrir, analizar y comprobar cómo el
conocimiento científico ha sido transmitido, cómo ha ido evolucionando y
quiénes han sido sus protagonistas, y cómo además de pasar a la historia como
grandes científicos, han sido al mismo tiempo grandes sembradores de ideas e
inquietudes científicas. Se ha puesto de manifiesto el papel que han tenido y
tienen los medios de comunicación, la divulgación a través de la literatura, el
cine, la ciencia ficción, el teatro, etc. La lectura dramatizada del libreto en
catalán de la obra de teatro Copenhagen de Richard Frayn, en torno a la
polémica Bohr-Heisenberg sobre la bomba atómica, en el auditorio del Edificio
Rambla de la UPF, fue una de las actividades paralelas realizadas durante el
curso a propósito de la celebración de la Semana de la Ciencia y en
colaboración con el Ayuntamiento de Barcelona.
Organizado
en tres sesiones presenciales y en 18 unidades temáticas, disponibles en red a
través del web del OCC (www.upf.es/occ), el curso ha partido de la Ilustración
hasta llegar a la actualidad con el importante papel que Internet y los medios
de comunicación tienen en la transmisión del conocimiento y en la formación de
opinión.
Aunque
conocemos con gran certeza el mundo natural, la ciencia sigue generando debates
acerca de cómo es posible que conozcamos el mundo y cuál es su significado.
1 Gould, S.J.: «Georges-Louis Leclerc,
conde de Buffon (1707-1788)», Revista de
Occidente, octubre 1999.
2
Heisenberg, W.: Philosophie. Le manuscrit
de 1942, Éditions du Seuil, París, 1998.