Divulgación y popularización
científica en el siglo XVIII: entre la apología cristiana y la propaganda
ilustrada
Science spread and popularization during the 18th century:
between
Christian apology and illustrated propaganda
Intelectuales y científicos
ilustrados escribieron obras de divulgación. La religión, la política, los
distintos contextos sociales, así como ideologías
diversas se vislumbran en sus obras,
cursos y conferencias dirigidos al gran público.
Intellectuals and illustrated scientists wrote
popularization works. Religion, politics, different social contexts as well as
diverse ideologies are glimpsed in their books, courses and talks addressed to
the general public.
Los factores necesarios para el desarrollo de
estrategias de divulgación y popularización científica no se dan en Europa
antes del siglo XVIII. En primer lugar, porque en la segunda mitad del siglo
XVII aparece la entonces llamada «filosofía experimental» y se consolidan
simultáneamente las sociedades científicas. Sus frutos más destacados fueron
los Principios Matemáticos de la
Filosofía Natural (1687) y la Óptica
(1704) de Isaac Newton. Con ellos, la investigación del mundo físico adquirió
las características más sobresalientes de la ciencia experimental moderna. A
partir de este momento, se pudo distinguir y separar la ciencia («filosofía
natural» o «filosofía experimental») de otras formas de «filosofía» y de
conocimientos humanísticos. En consecuencia, se empezó a distinguir y separar
la divulgación y educación científica de la educación general humanística.
En segundo lugar, la ciencia experimental y
matematizada fue admirada profundamente por la ideología de la Ilustración, que
la tomó como modelo epistemológico e inspiró nuevas líneas de pensamiento
moral, estético y político. Esta centralidad dentro del pensamiento ilustrado
se expresó en un gran número de obras de divulgación, algunas de ellas
producidas por intelectuales y científicos de primerísima magnitud, como
Fontenelle, Voltaire, Euler, D’Alembert, Diderot o Buffon.
En tercer lugar, en el siglo XVIII se forma el
tejido social urbano de «clase media» que proporciona la audiencia por
excelencia para un discurso de divulgación científica. En Francia y muy
especialmente en Inglaterra, este nuevo grupo social acogerá con avidez no sólo
libros sobre «la filosofía del Sr. Newton», sino también cursos de introducción
a la nueva filosofía «mecánica y experimental» en los cuales ésta se asocia al
desarrollo técnico y económico (métodos para el cálculo de la longitud
geográfica, perfeccionamiento de máquinas de vapor, etc.).
En los
discursos ilustrados sobre la ciencia existen marcadas diferencias, que
responden a diferencias en los contextos sociales. En Inglaterra, la
divulgación del newtonianismo casi siempre se incardina en un discurso de
apología del cristianismo providencialista que subraya la racionalidad de la
verdad revelada y de la providencia divina. La divulgación del newtonianismo en
el contexto inglés también subraya los aspectos aplicados y la promesa de
beneficios utilitarios que encierra la nueva filosofía. En Francia, por el
contrario, la popularización de la nueva ciencia experimental casi siempre se
incardina en un discurso que proclama la incompatibilidad profunda entre la
razón y la verdad revelada. Puesto que la filosofía experimental se convierte
así en un ariete para batallas filosóficas e ideológicas, la popularización de
la ciencia no será por lo general ajena a estas batallas. Destacaremos,
finalmente, los orígenes de la divulgación científica para niños y jóvenes
lectores. Este es un aspecto de la divulgación científica al que los
historiadores todavía no han prestado la atención que exige.
Fontenelle
(1657-1757)
El primer clásico indiscutible en la historia de la
divulgación científica son los Entretiens
sur la pluralité des mondes (1686), de Bernard le Bouyer (o Bovier) de
Fontenelle, una obra de un éxito sin precedentes que se prolongó durante casi
todo el siglo XVIII, con 33 ediciones (sin contar traducciones) sólo entre 1686
y 1757. Fontenelle era sobrino del autor teatral Pierre Corneille y de su
hermano Thomas, influyente hombre de letras y editor de una de las primeras
revistas periódicas europeas, el Mercure
galant. Gracias a ellos, Fontenelle se introdujo desde joven en los salones
y círculos literarios y filosóficos de la refinada corte de Luis XIV. Sus
primeras obras fueron piezas teatrales y literarias, entre las cuales descuella
Nouveaux dialogues des morts (1683).
En ella, por medio de diálogos entre personajes famosos del pasado, Fontenelle
avanza una posición escéptica sobre los sistemas filosóficos, que deja la
puerta abierta a un progresivo descubrimiento de verdades sobre el
funcionamiento de la naturaleza.
Fontenelle, autor de numerosas obras de crítica
literaria y filosófica, tiene en los Entretiens
sur la pluralité des mondes su obra más famosa.1 En los Entretiens, los descubrimientos astronómicos
de los siglos XVI y XVII se organizan de acuerdo con los principios físicos del
mecanicismo cartesiano. El sistema solar heliocéntrico se mueve gracias al
vórtice o torbellino de éter centrado en el Sol, y coexiste con otros
innumerables vórtices, cada uno con sus sistemas solares y sus mundos, también
probablemente habitados. Este sistema físico-astronómico es presentado como
hipotético, aunque dotado de una alta probabilidad, y como la culminación de
sistemas previos (de Ptolomeo, Copérnico, Tycho Brahe) que representan
progresivas mejoras en la comprensión de la naturaleza. Fontenelle era un
consumado escritor con una extraordinaria habilidad para encontrar la palabra
exacta así como las imágenes y comparaciones más afortunadas. En uno de sus párrafos
más célebres, compara la naturaleza a un teatro de ópera. Observamos qué ocurre
en la naturaleza como los espectadores observan el escenario desde sus butacas,
sin percibir las poleas, cables y contrapesos que mueven la maquinaria
escénica, con la diferencia que en la naturaleza «los cables están mejor
escondidos –tan bien escondidos, ciertamente, que ellos [los filósofos] han
intentado adivinar durante mucho tiempo las causas de los movimientos en el
universo–». Durante mucho tiempo los filósofos han intentado explicarlos por
medio de nociones absurdas o propiedades misteriosas, como «ligereza»,
«gravedad», «miedo al vacío», etc. Finalmente, gracias a Descartes y otros
modernos, «hoy en día no creemos que algo se pueda mover si no es afectado por
otro cuerpo y de alguna manera movido o arrastrado por cables… Cualquiera que
contempla la naturaleza como es en realidad, simplemente contempla lo que
sucede tras los bastidores del teatro» [p. 11-12]. Los Entretiens proporcionan una visión mecánica de la naturaleza
acompañada de innumerables reflexiones sobre la relatividad de los juicios
humanos. Un ejemplo importante es la relatividad de nuestra visión de la
realidad, siempre dependiente de dónde estamos, de nuestros movimientos, y de
los instrumentos que colocamos delante de nuestros ojos. La divulgación
cartesiana de Fontenelle viene acompañada también de lecciones morales
derivadas de la mecanización y la infinitud del universo y de la multitud de
mundos habitados que lo pueblan.
Aunque tenían buenos y bien conocidos antecedentes
en obras de Johannes Kepler, John Wilkins, Pierre Borel, Cirano de Bergerac y
Bernard Lamy, los Entreteniens de
Fontenelle tuvieron un impacto social sin precedentes.2 Entre las virtudes
que explican su éxito hay que contar con la calidad del estilo, ya mencionada,
y con su estructura formal: el autor y la marquesa (anónima) que le acoge en su
residencia de campo, mantienen durante cinco veladas un diálogo, lleno de
galantería, elegancia e inteligencia en el jardín, contemplando la bóveda
estrellada. El contenido científico es claro e inteligible sin caer en la
trivialización. Además, Fontenelle sabe combinar consideraciones morales y
sociales progresistas con información física y astronómica seria, aspecto éste
que ganaría importancia a medida que avanzara el siglo XVIII y que resultaría
característico de mucha literatura ilustrada. La figura de la inteligente
interlocutora femenina que hace de contrapunto al autor, y que le permite
pautar su discurso con comentarios y preguntas incisivas, responde al rôle que desempeñaban las mujeres
educadas de la alta sociedad parisina en los salones que presidían,
convertidos en espacios semipúblicos de debate intelectual.
En 1699, sobre la base del éxito de los Entretiens y de la reconocida calidad de
Fontenelle como ensayista, la Académie des Sciences francesa le ofreció el
cargo de secretario permanente (secretaire perpetuel). Este era un cargo
vitalicio de nueva creación cuya función era redactar los resúmenes anuales de
la actividad de la Academia, así como los Éloges,
o necrológicas oficiales.
Siendo una novedad en el panorama intelectual
europeo, ambos géneros fueron cultivados con enorme éxito por Fontenelle, para
los cuales consiguió un público muy amplio. Destaquemos este interés de la
Academia de Ciencias por incorporar un autor sin calificaciones propiamente
científicas, cuyo mérito principal residía en su habilidad literaria para
hablar de astronomía y filosofía natural. Fontenelle, portavoz oficial de la
Academia, «traducía» la ciencia producida por los académicos en algo
comprensible tanto para la sociedad culta, galante e ilustrada, como para los
servidores políticos de la monarquía absoluta de la que dependían absolutamente
la continuidad y las finanzas de la Academia, y los sueldos de los académicos.
Por otra parte, los Éloges de
Fontenelle (el más famoso de los cuales tal vez sea el dedicado a Newton)
construyeron la imagen heroica y apologética del científico (que todavía perdura),
al tiempo que institucionalizaban el culto a la posteridad, versión
secularizada de la salvación cristiana que propagó la Ilustración.3
Newtonianismo, religión y política
Después de Fontenelle, los más famosos divulgadores
científicos del siglo XVIII son la marquesa Emilie du Châtelet (1707-1749) y
Voltaire, su amante y amigo durante los últimos 15 años de su vida (1734-1749).
Estos son los años en que Voltaire estudiará con más intensidad la física de
Newton y participará activamente en la batalla por imponer una actitud
antimetafísica en la intelectualidad europea. Voltaire descubre a Newton
durante los años de su exilio londinense (1726-1729). Sus Lettres philosophiques (1734) comparan (favorablemente al lado
inglés) la monarquía parlamentaria, el sistema judicial y la tolerancia
religiosa que imperan al otro lado del canal de la Mancha con la monarquía
absoluta y el dogmatismo, privilegios y poder social de la iglesia Católica en
Francia.4 De las 25 cartas, seis están dedicadas a las actitudes
imperantes en Inglaterra hacia el conocimiento y la ciencia, y tres de ellas
específicamente a comparar la física de Newton con la de Descartes. Los títulos
hablan por sí solos: «Sobre Descartes y Newton», «Sobre el sistema de la
gravitación universal» y «Sobre la óptica de Newton».5
Cuando Voltaire publica sus Cartas filosóficas (cuyas críticas al Trono y al Altar le acarrean
no pocos problemas), la opinión científica preponderante en Francia todavía
está dirigida por la metafísica cartesiana (modernizada con injertos
leibnizianos). En 1736, el físico y matemático Pierre de Maupertuis (1698-1759)
dirige una expedición a Laponia para medir exactamente la longitud de un grado
de meridiano terrestre cercano al polo, y así dirimir la cuestión de si la
Tierra está aplanada por los polos (como predice Newton), o bien es delgada por
el ecuador como si fuera un melón (como deducen los cartesianos). Cuando
Maupertuis regresa a París en 1737, los primeros espadas del establishment
académico (Fontenelle, Cassini, Dortous de Mairan, Réaumur) se niegan a
interpretar los datos obtenidos como un desmentido de la física cartesiana.
La marquesa Du
Châtelet. Emilie, como será conocida en todos los círculos intelectuales
europeos, es una digna compañera de Voltaire. Su competencia matemática,
obtenida estudiando con Maupertuis y con el matemático Alexis Clairaut
(1713-1765), le permitió enfrentarse directamente a los Principios matemáticos de Newton, algo que muy poca gente podía
hacer en las primeras décadas del siglo XVIII y que ciertamente no estaba al
alcance de Voltaire. La traducción francesa de Madame Du Châtelet de los Principios matemáticos (publicada en
1759), la única traducción francesa disponible hasta finales del siglo XX, ha
sido considerada una de las mejores traducciones en cualquier lengua del
dificilísimo texto de Newton (en latín en el original). Emilie, que mantuvo
correspondencia científica con los mejores pensadores de su tiempo, estimuló a
Voltaire a estudiar a fondo a Newton. Juntos desde 1734, en su retiro rural de
Cirey organizan un laboratorio de física, repiten experiencias de óptica de
Newton, leen la metafísica de Leibniz y Wolf, y preparan memorias sobre la
naturaleza del fuego que someten a la Academia de Ciencias de París. Tal vez el
fruto más recordado de estos años de semirretiro son los Eléments de la philosophie de Newton que Emilie ayuda a Voltaire a
preparar y que será su contribución más importante a la difusión del
newtonianismo. Los Eléments es una
obra mayor que aparece en el momento justo, en 1738, en plena reacción
cartesiana después de la expedición de Maupertuis, y que ayuda decisivamente a
crear el clima antimetafísico característico de la Ilustración. La física de
Newton nos descubre las leyes de la naturaleza creadas de acuerdo con la imaginación
y la inescrutable libertad del Dios newtoniano, y no de acuerdo a los
principios metafísicos de Descartes o de Leibniz. Como dirá Voltaire, «toda la
metafísica a mi parecer contiene dos cosas, la primera lo que todos los hombres
inteligentes saben, la segunda lo que no sabrán jamás».6 Emilie no
será tan radical en su apreciación de la metafísica. Su propio libro de
divulgación de la física newtoniana, que tiene la forma de lecciones redactadas
para educar a su hijo (Institutions de
physique, publicado en 1740), contiene un primer capítulo donde se puede
reconocer la influencia de la metafísica de Leibniz en la definición del
espacio y la aceptación del principio de razón suficiente. Voltaire sentirá la
necesidad de romper una última lanza a favor de la reforma filosófica de Newton
y publicará en 1740 la Métaphysique de
Newton, ou Parallèle des sentimens de Newton et de Leibnitz.
El
newtonianismo fue la gran moda intelectual de las décadas centrales del siglo
XVIII en la Europa continental (en Inglaterra la moda empezó mucho antes, como
ahora veremos), propagada en obras con títulos tan reveladores como Il newtonianismo per le dame, publicada
en 1737 por el noble veneciano Francesco
Algarotti. Ésta fue una obra popular, traducida al francés y al inglés, aunque
pocas igualaron el éxito de una obra de divulgación escrita por uno de los
mayores científicos del siglo, las Lettres
à une princesse d’Allemagne sur divers sujets de physique et de philosophie
de Leonhard Euler. Inspiradas por las clases a una princesa de la casa real
prusiana, las Cartas de Euler
(publicadas por primera vez en 1768) tuvieron un gran éxito: fueron traducidas
al italiano, español y danés, dos veces editadas en holandés y sueco, cuatro
veces en ruso, seis en alemán, nueve en inglés y doce en francés.7
De la mano de Newton, los ilustrados descubren orden en la naturaleza. No el orden
discutible que otorga a la naturaleza éste o aquel sistema metafísico, sino el
orden objetivo de la naturaleza. El newtonianismo descubre la ley natural como hecho objetivo –esta es toda la novedad y toda la fuerza de la nueva
filosofía experimental–. Cuando el pensador ilustrado francés mira la
naturaleza a través del prisma de Newton descubre la armonía de un mundo bien
hecho, pero cuando mira la sociedad descubre conflictos y desorden,
instituciones anacrónicas que se fundan en la tradición, autoridades civiles y
religiosas que propagan supersticiones. El newtonianismo fue un argumento para
buscar en la naturaleza el orden y la armonía social, y fue también un modelo
para descubrir las leyes en que fundar las ciencias «morales» (hoy diríamos
sociales). La autoridad de Newton permitió a la Ilustración entronizar la idea
de progreso y trivializar el problema de la moral convirtiéndola en un subproducto
de la razón y la educación. Tal vez el texto que mejor ejemplifica la fusión
ilustrada de la divulgación científica, el progreso técnico y material, la
psicología, la ética y la crítica social es la famosa Enciclopedia de D’Alembert y Diderot (1751-1765). Como ha dicho
C.C. Gillispie, el golpe maestro de Diderot consistió en hacer que la
tecnología diera soporte y consistencia a la ideología.
Es fácil
reconocer en lo que antecede la visión tradicional de la Ilustración: un
movimiento que ataca por medio de la ciencia y la razón una concepción
conservadora y absolutista del poder político que descansa en concepciones
religiosas dogmáticas. En esta visión tradicional, la ciencia (sinónimo de
razón) entra inevitablemente en contradicción con la teología y el dogma
católicos. Por ello es importante destacar que la difusión del newtonianismo en
Inglaterra no se adapta a este modelo. Desde el primer momento (la década de
1690), aparecen en Inglaterra obras cuya finalidad principal es demostrar no
sólo la perfecta armonía entre las Escrituras y la ciencia, sino incluso
convertir la ciencia en uno de los fundamentos principales de la Revelación
cristiana. Además, como han señalado recientemente M. Jacob, S. Schaffer y
otros, el orden descubierto en la naturaleza por la nueva ciencia de Newton y
la Royal Society se convirtió, con la mediación de la teología natural, en un
argumento para sustentar la nueva monarquía establecida en Londres tras la
revolución de 1688.
La más famosa
de las iniciativas dirigidas a utilizar la ciencia en beneficio del
cristianismo es las Boyle lectures, o
conferencias boyleanas, fundadas por el eminente hombre de ciencia Robert
Boyle, hijo de una distinguida e influyente familia aristocrática. En su
testamento (1691), Boyle legó 50 £ anuales, una cantidad importante entonces,
para conferencias. Sin entrar en lo que separa a las distintas iglesias
cristianas, estas conferencias debían demostrar la verdad de la religión
cristiana contra los argumentos de ateístas, deístas, judíos, etc. Boyle
sugería además que para ello debían utilizar en la medida de lo posible los
argumentos proporcionados por el estudio experimental de la naturaleza. Muchos
de los primeros conferenciantes (Richard Bentley, William Derham, Samuel
Clarke, etc.) cumplieron los deseos de Boyle con temas como Astro-Theology: or a Demonstration of the
being and attributes of God, from a survey of the heavens, título de la
serie de conferencias pronunciadas por William Derham, publicadas en forma de
libro en 1715. Tal vez el más conocido de estos conferenciantes sea el primero,
R. Bentley, que mantuvo una interesante correspondencia con el propio Newton
para preparar sus conferencias. Bentley sugirió que la fuerza de gravedad, dado
su carácter misterioso y la imposibilidad de explicar su transmisión a
distancia en el vacío, podía ser el medio (inmaterial, subrayémoslo) por el que
Dios inyectaba «fuerza» en el universo y lo mantenía constantemente en
equilibrio y funcionando. Newton nunca desmintió esta interpretación e incluso
alabó privadamente a Bentley por proponerla.8
Las
conferencias boyleanas son características de la llamada «teología natural», un
género muy popular en Inglaterra en el siglo XVIII y primera mitad del XIX,
pero que también tuvo algún representante ilustre en el continente, como el
reverendo Noël Pluche, autor de Le
Spectacle de la Nature (9 volúmenes aparecidos entre 1732 y 1750, reeditada
innumerables veces y traducida también al español). En este género (en el que
destacaron autores como N. Grew, J. Ray, W. Whiston, J. Harris, etc.) se trata
de explicar la complejidad del funcionamiento de la naturaleza a la luz de los
descubrimientos científicos para extraer como moraleja una mayor reverencia
hacia la inteligencia y la omnipotencia divinas, creadoras de esta complejidad.
Otra faceta
importante de la difusión del newtonianismo en Inglaterra es su vinculación con
el discurso político justificador de la nueva monarquía «constitucional», de la
casa de Hannover, que reinó a partir de 1688. Muchos de los autores que
participaron en la difusión del newtonianismo en la forma de teología natural
pertenecían al sector llamado latitudinario de la Iglesia Anglicana.
Este sector propugnaba una interpretación laxa o amplia (de ahí su nombre) de
los principios del anglicanismo para que en él cupieran el mayor número posible
de fieles. Propugnaban, al mismo tiempo, una aproximación racionalista y
tolerante a cuestiones de dogma y liturgia. Políticamente, estaban a favor del
nuevo régimen «constitucional» que eliminaba definitivamente el peligro de la
tentación absolutista de los Stuart, depuestos en 1688. Por cierto, la
veneración de estos autores y clérigos por la nueva ciencia, y sus intentos por
armonizar ciencia y revelación y por hacer descansar la fe en la racionalidad del
universo descubierta por la ciencia, fueron salvajemente satirizados por
Jonathan Swift en el tercer libro de Los
viajes de Gulliver (1728). Asumiendo una semejanza profunda entre la
naturaleza y el orden social, estos autores argumentaron que de la misma forma
que la omnipotencia divina se manifestaba en la naturaleza de forma ordenada,
siguiendo las leyes físicas que Newton había descubierto, de la misma forma el
poder del monarca necesitaba ser regulado y ordenado por medio de las leyes
parlamentarias.9
Cursos y
conferenciantes no universitarios
En el siglo XVIII, se tiene por la ciencia una alta
y multifacética estima. Se expresa en el gran número de libros que exponen
simplificadamente los principales resultados científicos. Se expresa también en
el elevado número de sociedades científicas que florecen como setas por la
geografía europea, en número siempre creciente (figuras
1 y 2). Y se expresa también en un fenómeno característico del Siglo
de las luces, las conferencias científicas públicas no universitarias.
Estas
conferencias estaban normalmente agrupadas en series o cursos que podían
consistir en no más de diez o doce conferencias o clases magistrales, o bien
podían extenderse durante dos meses, o más, a razón de una conferencia diaria
(comprendiendo así 40 y hasta 50 clases). Los profesores de estos cursos no
responden a un único perfil. Algunos, principalmente en ciudades importantes
como París o Leiden, podían ser profesores de universidad (como Willem van
‘sGravesande en Leiden, Peter van Musschenbroek en Utrecht) o académicos
relevantes (como Jean-Antoine Nollet y Georges Buffon en París, o John
Desaguliers en Londres). Sin embargo, a partir de las primeras décadas del
siglo XVIII, primero en Inglaterra y Holanda, y después en Francia y el norte
de Italia, la moda de las conferencias públicas de filosofía experimental se
extiende a casi toda la población urbana. En algún caso, los cursos estaban
ofrecidos por científicos importantes, como Nollet y Buffon en París. En otros
casos, los cursos eran de gran nivel y calidad, como los de ‘sGravesande en
Leiden, y se convirtieron en reclamos europeos, con cientos de estudiantes
internacionales acudiendo a los mismos cada año.
En grandes ciudades como París y Londres eran muchos
los cursos ofrecidos, pero además la demanda se extendía a las ciudades
importantes (Birmingham, Liverpool, Manchester, etc.), a las no tan importantes
(Leicester, Nottingham, etc.), e incluso a balnearios y ciudades de descanso
(Bath, etc.). Esta amplia demanda se cubría por medio de profesores que estaban
un escalón por debajo de los profesores de universidad y los miembros de las
academias y sociedades científicas. Eran profesores normalmente ligados al
mundo de los artesanos educados como fabricantes de instrumentos científicos,
ingenieros, etc. Algunos de ellos podían ofrecer sus cursos en la corte o el
palacio (urbano o rural) de algún noble de cuyo mecenazgo disfrutaban. Otros
convertían su propia casa en escuela o academia. Muchos, sin embargo, ofrecían
sus conferencias y cursos de forma itinerante por ciudades grandes y pequeñas.
De esta forma, las cafeterías (coffee
houses) del siglo XVIII se convirtieron a menudo en aulas de divulgación
científica.
En estas
conferencias, los instrumentos científicos desempeñaban un papel central (esto
no se aplica evidentemente a los cursos de historia natural en el Jardín des
Plantes de París). Se trataba, en primer lugar, de «demostrar» las maravillas
de la naturaleza por medio de microscopios y telescopios y de instrumentos especialmente
diseñados para producir efectos espectaculares e inesperados para el observador
no educado: chispas eléctricas, efectos magnéticos y ópticos, pesos
que se equilibran de forma inesperada, propiedades del vacío, etc. Si bien
es cierto que estas conferencias y cursos tenían una componente lúdica y de
entretenimiento importante, sería erróneo deducir que estos cursos y
conferencias estaban más cerca del espectáculo del charlatán que de la clase
académica. Por una parte, una finalidad principal de estas conferencias,
declaraban quienes las ofrecían, era explicar las razones y causas de estos
efectos maravillosos para que personas adineradas no se dejaran engañar
ingenuamente por promotores de aventuras técnicas sin fundamento. Por otra
parte, estos cursos ofrecían, junto a efectos físicos que sólo es posible
descubrir experimentalmente, la «demostración» o ilustración de verdades
teóricas (de la mecánica, hidrostática, neumática, etc.), cuya presentación
matemática es inaccesible para el público en general. Especialmente en
Inglaterra, muchos de estos cursos daban gran importancia a las aplicaciones y
implicaciones de la ciencia de la mecánica para el diseño y mejora de máquinas,
y constituyen un buen ejemplo de cómo la divulgación científica se asoció al conocimiento
científico de las máquinas y contribuyó así a preparar la revolución
industrial.
Divulgación
para jóvenes lectores
A finales del siglo XVII aparece en Europa la
literatura para niños (entendiendo por ello la literatura cuyo público es
preadulto, entre los 3 y los 15 o 16 años). En este cambio de siglo aparecen
por primera vez libros para aprender pensados para niños: márgenes amplios,
páginas pequeñas, tipos grandes y simplificados, láminas y dibujos, vocabulario
y gramática simplificados. A partir de 1740, como demuestra el éxito de la
empresa editorial de John Newberry, existe un mercado para muchas clases de
literatura infantil.
Esta casa editorial, que vendió durante todo el
siglo XVIII y más allá enormes cantidades de libros infantiles, publicó en 1761
un libro atribuido a «Tom Telescope» (probablemente un pseudónimo del mismo
Newberry) cuyo título completo merece ser citado: The Newtonian system of philosophy adapted to the capacities of young
gentlemen and ladies, and familiarized and made entertaining by objects with
which they are intimately acquainted : being the substance of six lectures read
to the Lilliputian society, by Tom Telescope, A.M. and collected and methodized
for the benefit of the youth of these kingdoms / by their old friend Mr.
Newbery, ... who has also added variety of cooper-plate cuts, to illustrate and
confirm the doctrines advanced. El libro fue un gran éxito, y se le
atribuyen ventas (en una estimación conservadora) entre 25 000 y 30 000
ejemplares entre 1760 y 1800.10
Se trata de uno de los libros para niños (en este
caso, para preadolescentes entre 12 y 14-15 años) más interesantes escritos en
el Siglo de las luces. Aunque relativamente breve (126 páginas), contiene mucha
información, expresada claramente y con ayuda de buenos ejemplos y láminas. Se
divide en 6 capítulos. El primero sobre la materia y el movimiento. El segundo
sobre el universo y, en particular, el sistema solar. El tercero sobre la
atmósfera y fenómenos meteorológicos. El cuarto sobre lo que llamaríamos
geología: montañas, volcanes, terremotos, ríos y océanos. El quinto sobre
vegetales y animales. Y el sexto sobre el hombre, la manera cómo llega a
comprender el mundo, el dolor y la felicidad. Hay referencias a Dios, pero sólo
como inteligencia divina que ha ordenado el universo según un plan que la razón
puede descubrir.
El libro de Tom Telescope no sólo es importante por
la cantidad y calidad de la información científica que adapta a jóvenes
lectores, sino también por la filosofía que lo anima y los valores que instila.
Si la ciencia es newtoniana, la psicología es lockeana (o sea empirista), y la
moral humanitaria. El maltrato y la crueldad innecesaria con los animales,
especialmente pájaros, es severamente criticada, así como la indiferencia ante
el dolor humano y la crueldad del tráfico de esclavos.
El libro de Tom Telescope no fue el único en su
clase. El libro anónimo A museum for
young gentlemen and ladies, que le antecedió en algunos años, iba dirigido
a una audiencia algo más joven y conoció 15 ediciones anteriores a 1800. Samuel
Ward publicó una obra en 12 (pequeños) volúmenes en 1776 y dos años más tarde
una Historia natural de pájaros y animales dirigida a niños muy pequeños
y escrita por mister Tell-Truth. Hacia 1800 y sólo en Inglaterra, el número de
títulos «científicos» dirigidos a niños no debía bajar de 30, y todos ellos, en
mayor o menor medida, incorporaban la filosofía y los ideales de la
Ilustración. Muchos de ellos disfrutaron de grandes ventas, con ediciones de 10
000 y 15 000 ejemplares, y en algunos casos con gran número de ediciones.
Otro aspecto de la divulgación científica
relacionado con el anterior es la aparición del juguete «científico» a partir
de 1750. Esto incluye desde juegos de mesa, basados en el conocimiento de
nombres y datos (por ejemplo, Pleasures of Astronomy era un juego
popular entre 1790 y 1830), hasta modelos de instrumentos y máquinas, y en
particular microscopios y telescopios para uso familiar, y también «zoológicos»
y «aviarios» en miniatura.
Como ha subrayado J. Plumb, el libro de Tom
Telescope, y la literatura infantil en general, por dirigirse a mentes en
formación, constituyen una de las vías principales para difundir las ideas de la Ilustración en la sociedad y
generar nuevas actitudes sociales.
Por otra parte, el libro infantil y juvenil de divulgación científica pertenece
a lo que anacróncamente podemos llamar el mercado del ocio. Este mercado cambia
de naturaleza entre 1670 y 1770, arrastrado por la aparición de una clase media
cada vez más extendida y de mayor poder adquisitivo. En la Ilustración, esta
clase media, principalmente urbana, siempre estuvo bien dispuesta hacia
aquellas actividades y bienes de consumo que prestigian, al mismo tiempo que
entretienen y educan.11
Antoni Malet
Nacido en Barcelona, en1950, Antoni Malet es licenciado en matemáticas por la Universidad de Barcelona y doctor en historia por la Universidad de Princeton. Es autor de una biografía del matemático catalán Ferran Sunyer i Balaguer, así como de numerosos trabajos sobre las matemáticas y la física de los siglos XVI y XVII. Sus centros de interés son la revolución científica y la organización social de la ciencia en la España contemporánea. Como becario e investigador ha realizado estancias de investigación en la Universidad de Princeton, California (San Diego) y la Universidad de Cornell, entre otras.
Notas
[1] En Doutes sur le système physique des causes occasionelles (1686) critica la versión de Malebranche del cartesianismo, el sistema filosófico más extendido y prestigioso en la Francia de entonces. En la Histoire des oracles (1686) hace un estudio histórico comparado de las principales religiones que contiene una revisión crítica de los principales mitos y leyendas religiosos y explicaciones naturalistas de fenómenos reputadamente maravillosos o sobrenaturales. En 1687 apareció la primera edición de su Digression sur les anciens et les modernes, una de las primeras contribuciones al famoso debate que en Francia y en Inglaterra enfrentó a quienes, al comparar la antigüedad con el presente, percibían un claro progreso intelectual, moral y artístico (William Wotton, Fontenelle, Charles Perrault, entre otros), y los que no (como Racine, Boileau, La Bruyère, La Fontaine, o William Temple). La producción propiamente científica de Fontenelle es limitada, pero en ella destaca un largo, denso y original análisis del infinito matemático, Élemens de la géométrie de l’infini (1727).
2 J. Kepler, Somnium (1634); J. Wilkins, The Discovery of a World in the Moone (1638), traducida en 1655 al francés como Le monde de la lune; P. Borel, Discours nouveau prouvant la pluralité des mondes (1657); C. de Bergerac, L’autre monde: l’histoire comique des états et empire de la lune (1657); B. Lamy, Entretiens sur les sciences (1684).
3 C.L. Becker, The Heavenly City of
the Eighteenth-Century Philosophers (New Haven, Yale University Press, 1932),
p. 119-151.
4 Estas Lettres philosophiques han terminado llamándose Lettres d’Angleterre. Existe versión española: Cartas filosóficas (Madrid, Alianza, 1988).
5 La carta 11ª explica los ensayos para vacunar contra la viruela. Las dos siguientes exponen el experimentalismo y empirismo de Bacon y Locke. Las tres siguientes son las citadas por el título en el texto.
6 Voltaire a Federico de Prusia, ca. 5 Abril 1737 (citado en Vaillot, Avec Mme Du Châtelet, p. 77).
7 Existe una versión española moderna: L. Euler, Cartas a una princesa de Alemania de física y filosofía (Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1990).
8 R. Bentley, The Folly and Unreasonableness of Atheism
Demonstrated from the Advantage and Pleasure of a Religious Life, The Faculties
of Humane Souls, the Structure of Animate Bodies, & the Origin and Frame of
the World: In Eight Sermons Preached at the Lecture Founded by the Honourable
Robert Boyle, Esquire; in the First Year, 1692 (Londres, 1693).
9 La influencia de este argumento es
importante tanto en la Inglaterra ilustrada como para los founding fathers de los Estados Unidos de América. Véase M. Jacob, The Newtonians and the English Revolution, 1689-1720 (Ithaca,
Cornell University Press, 1976); I.B. Cohen, Science and the founding fathers: science in the political thought of
Jefferson, Franklin, Adams & Madison (Nueva York, W.W. Norton, 1995).
10 N. Mckendrick, J. Brewer, J.H. Plumb, The Birth of a Consumer Society. The Commercialization of Eighteenth-Century
England (Bloomington, Indiana University Press, 1982), p. 301-303.
11 Plumb, Birth of a Consumer Society, p. 284-285.
Figura 1
Crecimiento de las academias y sociedades científicas entre 1650 y 1800
Las línea interna y externa delimitan en el gráfico las
áreas correspondientes a las sociedades oficiales y privadas, respectivamente
(Fuente: McClellan, James E., III.: Science
Reorganized: Scientific Societies in the Eighteenth Century,
Nueva York, Columbia University Press, 1985.)

Figura 2 Sociedades científicas en la Europa
de 1789. (Recuadros blancos: sociedad oficial; círculos blancos: academia
oficial; triángulos blancos: academia renacentista oficial; recuadros negros:
sociedad privada; círculos negros: academia privada; triángulos negros: academia renacentista privada
(Adaptada de: McClellan, James E.,
III.: Science
Reorganized: Scientific Societies in the Eighteenth Century, Nueva York, Columbia University
Press, 1985.)
