La
divulgación de la física en el siglo XX
David Jou
Este artículo nos ofrece un
recorrido por los descubrimientos científicos y las revoluciones conceptuales
que han determinado el conocimiento que hoy tenemos de la realidad: cómo es el
universo o cuál es la naturaleza íntima de la materia. Se analiza la tradición
divulgativa que estos temas han suscitado a través de libros y revistas
publicados fuera y dentro de nuestro país.
This article leads us in a trip
through scientific discoveries and conceptual revolutions determinant for our
current knowledge about reality: how is the Universe like or which is the inner
nature of matter. The author analyses as well the popularization tradition
generated by those subjects, by means of books and magazines published within
and outside our borders.
La física ha constituido una
fuerza cultural de primer orden a lo largo del siglo XX. Lo ha sido no
propiamente como ciencia especializada, sino como base de revoluciones tecnológicas
que han incidido profundamente en la vida cotidiana de millones de personas, y
como fuente de profundos cambios conceptuales en la forma de comprender e
imaginar el mundo. Recordemos, entre las primeras, cinco revoluciones:
microelectrónica, ordenadores, energía nuclear, vuelos espaciales y
telecomunicaciones y, entre los segundos, los cambios de visión del mundo
provocados por la teoría de la relatividad y la física cuántica. La ruptura de
la frontera entre un saber especializado y un auténtico motor cultural hubiera
sido imposible sin una amplia actividad divulgativa, que extendiera entre el
gran público las novedades de los sucesivos descubrimientos y las inquietudes
por ellos suscitadas.
Al intentar trazar una panorámica de la divulgación
de la física en el siglo XX conviene, para alcanzar una cierta nitidez de
visión que trascienda el agobio de la multitud de obras de divulgación,
centrarse en unas pocas grandes líneas conductoras. Propongo adoptar para éstas
cinco grandes ámbitos temáticos: 1) astronomía y cosmología, 2) partículas
elementales, 3) las revoluciones conceptuales de la relatividad y la física
cuántica, 4) las consideraciones macroscópicas sobre la materia y 5) la
reflexión general sobre la física en un contexto cultural más amplio. Excluyo,
en cambio, no por falta de interés sino por carencia de suficiente
documentación, la divulgación de los conceptos físicos más directamente
relacionados con la tecnología: tengo la impresión de que la bibliografía no es
tan amplia en este campo como en los otros ámbitos a que me he referido
anteriormente. Sin embargo, la discusión del papel de la tecnología en la vida
y la cultura es incluida en no pocos textos dedicados a la reflexión general
sobre la ciencia.
Debo advertir que me limitaré a libros de
divulgación y ensayo, y sólo mencionaré a los escritos periodísticos muy
ocasionalmente. También esta restricción es debida a mis limitaciones
documentales y temporales, y no a una falta de interés del tema, tan sugerente.
De hecho, los artículos periodísticos y los titulares de prensa han ejercido
una influencia mucho más amplia que la de los libros, y creo que sería muy
interesante profundizar en la relación entre periodismo científico y libros de
divulgación escritos por científicos: cómo la prensa ha estimulado a los
científicos a escribir, cómo ha dado a conocer sus obras divulgativas, o cómo
ha falseado, con simplificaciones demasiado drásticas, esperanzas exageradas o
errores manifiestos, las informaciones científicas.
He optado por dedicar un apartado específico a la
divulgación de la física realizada por científicos españoles, en lugar de
incluirla en la actividad divulgativa estudiada en los apartados generales.
Ello nos permitirá subrayar con mayor énfasis esta aportación, cuyo estudio pormenorizado
y profundo podría resultar de gran interés para una historia del desarrollo
científico del país.
Astronomía y cosmología
Dedicamos el primer apartado al tema que más
poderosamente y de forma más persistente a lo largo de los siglos ha atraído la
atención del público: la contemplación del cielo y la consideración de los
enigmas cósmicos. La física del siglo XX ha aportado tres grandes novedades a
este campo: el incremento de posibilidades de observación, con el desarrollo de
astronomía de radioondas, de rayos X y de rayos gamma, con el uso de satélites
especializados y con el tratamiento informatizado de datos, que han abierto
nuevas ventanas a aspectos sorprendentes del cosmos. En segundo lugar, la
comprensión del papel decisivo de las reacciones nucleares como base de los
procesos físicos subyacentes a la evolución y la estructura de las estrellas,
que nos ha permitido comprender con profundidad la formación, evolución y final
de las estrellas. En tercer lugar, la observación de la expansión del universo,
que ha proporcionado la base de un modelo cosmológico sorprendente por su
dinamismo expansivo y por la posibilidad, inédita anteriormente, de evaluar su
edad a partir de datos observacionales. A estas consideraciones, deberíamos
añadir los conceptos teóricos aportados por la relatividad general, que
constituyen la base para la comprensión de dicho modelo, y que han cautivado la
curiosidad del gran público.
Recordemos que la expansión del universo fue
descubierta por Hubble en 1929, y que la fusión nuclear no fue propuesta como
fuente esencial de energía de las estrellas, por Bethe, hasta 1939. Por ello,
hasta mitades de los años cuarenta, no encontramos propiamente libros que
recojan los aspectos más novedosos de las aportaciones de dicho siglo. Desde
este punto de vista, y sin querer en absoluto minimizar ni desdeñar la
actividad divulgativa de astrónomos relevantes anteriores (pensemos por ejemplo
en la obra de divulgación de Eddington, La naturaleza del mundo físico,
1928), propondría concentrar nuestra atención en la obra divulgativa de la
segunda mitad de siglo, que es la que por otro lado tenemos más presente.
El número de autores y de libros en este campo es
tan grande, que es especialmente necesario adoptar unas referencias como patrón
donde situarnos, antes de esbozar una panorámica. Así, mencionaré en primer
lugar la obra divulgadora de cinco científicos: G. Gamow (Un, dos, tres,
infinito), S. Weinberg (Los tres primeros minutos del universo,
1977), H. Reeves (Paciencia en el azul, 1986, La hora de embriagarse),
S. Hawking (Breve historia del tiempo, 1988, El universo en una
cáscara de nuez, 2001) y C. Sagan (Cosmos, 1982). Cada uno de estos
autores ha realizado aportaciones valiosas a la cosmología. Y cada uno tiene,
como divulgador, su propio estilo: Gamow es chispeante y ligero, Weinberg es
más secamente especializado, Hawking es conciso y autoreferencial, Reeves es
lírico, Sagan se adapta al lenguaje televisivo en su serie sobre el Cosmos que
tanta audiencia alcanzó.
El campo de la cosmología ha atraído a tantos
divulgadores que sólo podemos aspirar a mencionar algunas líneas. Mencionemos,
por ejemplo, que algunos divulgadores han defendido modelos alternativos al del
big bang, en especial, el modelo de la creación continua, entre ellos F. Hoyle
(El universo inteligente, 1983), J. Narlikar (La estructura del
universo, 1987), J. Singh (Teoría de la cosmología moderna, 1979),
H. Arp (Controversias sobre distancias cósmicas y los cuásares), lo cual
tiene el interés de subrayar los puntos débiles y las posibles limitaciones de
la teoría dominante. Los autores de influencia francesa prestan mayor atención
que los restantes a lo cultural y lo literario, quizás como resultado de la
influencia del discurso a la vez riguroso y poético de Reeves, en autores como
M. Cassé (Del vacío y de la creación, 1993), T.X. Thuan (La melodía
secreta, 1988). Otros autores tratan aspectos diversos de las teorías
recientes de la gravitación o de las partículas, como J. Wheeler (Un viaje
por la gravedad y el espacio-tiempo, 1994), S. Hawking, G. Ellis y R.
Penrose (Cuestiones cuánticas y cosmológicas, 1993), B. Greene (El
universo elegante). Así como algunos, entre los cuales están I. Novikov (Cómo
explosionó el universo, 1988) y M. Rees (Antes del principio. El cosmos y
otros universos) se interesan en la posibilidad (mediante la física
cuántica) de imaginar qué había antes del big bang (algo inadmisible en el
contexto clásico de la relatividad general) otros indagan, en cambio, el futuro
del universo, como F. Close (Fin) y F. Dyson (Infinito en todas
direcciones). Otros aportan detalles de diversa índole, como J. Trefil (La
cara oculta del universo, 1993), R.V. Wagoner y D.W. Goldsmith (Horizontes
cósmicos, 1982). Algunos dedican atención al desarrollo histórico de las teorías
cosmológicas, como T. Ferris y H. Pagels, Otros han estructurado sus obras
divulgativas en torno a la idea del principio antrópico, cuyo manifiesto
inicial fue el libro de J. Barrow y F. J. Tipler (The cosmological antrhopic
principle, 1986), que destaca el papel crucial de los valores numéricos de
las diversas constantes físicas para que pueda haber materia viva en el
universo, y que ha sido tratado, desde perspectivas diversas, por J. Gribbin (Coincidencias
cósmicas), O. Spiridónov (Las constantes físicas universales, 1984)
y M. Rowan-Robinson (Los nueve números del cosmos).
En astrofísica, la nueva visión de las estrellas
como hornos nucleares donde se han formado los átomos que nos constituyen, y su
espectacular desmesura: los aspectos llamativos de los agujeros negros, y la
violencia extraordinaria de las explosiones de las supernovas resultan muy
atractivos. También en el contexto astrofísico se presta cada vez mayor
atención a la formación de estrellas y sistemas planetarios, para analizar las posibilidades
de existencia de vida en otros planetas. Entre otros autores, mencionaremos a
M. Cassé (Genealogía de la materia, 2000), L.A. Marschall (Historia
de la supernova), y J. Heidmann (La vida en el universo) y E.
Schatzman (Los hijos de Urania, 1986). Asimismo, la información
adquirida con las numerosas misiones espaciales ha arrojado nueva luz sobre
numerosos detalles del sistema solar, divulgados por autores como R.
Smoluchowski (El sistema solar, 1986).
El descubrimiento, entre 1950 y 1970, a medida que
se incrementaba la energía que se podía alcanzar en los aceleradores, de una
gran cantidad de nuevas partículas, y el esfuerzo de clasificarlas
consistentemente fue uno de los motores más importantes de la física en este período.
Dicha clasificación culminó hacia mitades de la década de 1970, con el éxito de
las predicciones de la teoría de los quarks. En la actualidad, las partículas
elementales se clasifican en dos grupos: los leptones (partículas elementales
no sensibles a la interacción fuerte, como por ejemplo el electrón) y hadrones
(partículas compuestas por quarks, sensibles a las interacciones nucleares
fuertes, como por ejemplo el protón y el neutrón). Este campo se ha ido
vinculando cada vez más a la cosmología, ya que en el universo primitivo, en
concreto en momentos anteriores a las primeras décimas de segundo, muchas de
estas partículas eran muy abundantes. La obra ya mencionada de Weinberg (Los
tres primeros minutos del universo, 1977) fue una de las primeras en
establecer este puente entre el conjunto del universo y sus constituyentes
elementales. Por ello, muchas de las obras que hemos mencionado en la sección
anterior, contienen mucha información sobre partículas. Entre los autores que
han dedicado mayor atención al tema de las partículas sin situarlas de entrada
en el contexto cosmológico podemos mencionar a H. Fritzsch (Los quarks,
materia prima del universo), R. Feyman y S. Weinberg (Las partículas
elementales y las leyes de la física, 1991), M. Gell-Mann (El quark y el
jaguar), F. Close (La cebolla cósmica), R.L. Forward y J. Davis (Explorando
el mundo de la antimateria).
El segundo gran motor de la investigación en grandes
energías ha sido la búsqueda de una unificación de las interacciones conocidas
(gravitatoria, electromagnética, nuclear débil y nuclear fuerte). Las
interacciones electromagnética y nuclear débil fueron unificadas por la teoría
de Weinberg, Glashow y Salam, confirmada experimentalmente en numerosas
ocasiones, y existe también una teoría de gran unificación, que combina la
teoría unificada electrodébil con las interacciones nucleares fuertes. Sigue
constituyendo un problema abierto la unificación de estas interacciones con la
fuerza gravitatoria, que exige combinar gravitación con mecánica cuántica, lo
cual sigue siendo uno de los objetivos principales de la física actual.
Intentos en esta dirección se producen en el campo de las teorías de
supercuerdas, según las cuales el espacio-tiempo tendría diez dimensiones, y
las partículas no serían objetos puntuales, sino excitaciones de unas cuerdas
que se movieran en este espacio de dimensionalidad superior. No se puede
desglosar este campo de los desarrollos modernos en cosmología (toda la obra de
Hawking, por ejemplo, es un intento de combinar relatividad general y física
cuántica) ni de las teorías de partículas elementales. Entre los autores que
han dedicado una atención más explícita a este tema podríamos citar a S.
Glashow (Interacciones, 1990; El encanto de la física, 1993),
P.C.W. Davies (Superfuerza), P.C.W. Davies y J. Brown (Supercuerdas:
¿una teoría de todo? ,1988).
Las revoluciones conceptuales de la
relatividad y la cuántica
La relatividad especial y la física cuántica nos han
obligado a cambiar profundamente algunos aspectos de nuestra imagen del mundo.
En la relatividad especial, el espacio y el tiempo dejan de ser absolutos, para
pasar a serlo la velocidad de la luz en el vacío. En la física cuántica,
hallamos incertidumbre, indeterminación, complementariedad entre el sujeto y el
objeto. Veamos con mayor detalle cómo se han divulgado estas novedades.
La teoría de la relatividad especial, de 1905, ya
llenó de asombro a los pensadores y al público. Éste, probablemente, interpretó
la teoría más como una formulación de relativismo a ultranza que en su propio
significado de absolutización de la velocidad de la luz y del intervalo
espacio-temporal entre dos acontecimientos, en detrimento del carácter absoluto
del espacio y el tiempo, viejos conocidos de la humanidad. La figura poco
convencional de Einstein y de sus posiciones pacifistas y progresistas
ampliaron el radio de atracción de estas ideas en el público. El desarrollo de
la relatividad general, en 1915, y la comprobación observacional de algunas de
sus predicciones más espectaculares, ocuparon titulares de portada en la prensa
de la época, y elevaron a Einstein al nivel de Newton. Súmese a ello la
participación indirecta de Einstein en el inicio de los proyectos de
investigación nuclear que condujo a las bombas de 1945, cuyo desarrollo no
hubiera sido posible sin la comprensión teórica del fenómeno nuclear a partir
de la famosa ecuación E = mc2. No sorprende, pues, que la relatividad y la
figura de Einstein sean uno de los polos de la divulgación científica a lo
largo del siglo XX. Evocaremos aquí, entre muchas otras, las obras divulgativas
o ensayísticas del propio Einstein (El significado de la relatividad,
1921; La teoría de la relatividad especial y general, 1917; Mi visión
del mundo, 1953; Notas autobiográficas, 1949), el repaso de los
conceptos físicos efectuado por A. Einstein y L. Infeld (La evolución de la
física, 1938), la introducción a la relatividad de B. Russell (ABC de la
relatividad), y obras de G. Cohen-Tanoudji y M. Spiro (Materia, espacio,
tiempo, 1986), B. Hoffman (La relatividad y sus orígenes, 1985), A.
Sazánov (El universo tetradimensional de Minkowski, 1988), C. Will, (¿Tenía
razón Einstein?), D. Bodanis (E = mc2. Biografía de una ecuación)
y las numerosas biografías de Einstein, en particular la tan detallada y precisa
de A. Pais (El Señor es sutil. Vida y obra de A. Einstein) y las más
descriptivas de C. Seelig, P. Michelmore, H. Cuny, C. Bidon Chanel, E.
Quintanilla, J. Rodríguez Lázaro, B. Kouznetsov, L. Navarro Veguillas y otros.
En una primera etapa, la del primer cuarto del siglo
XX, las sorpresas conceptuales de la mecánica cuántica se centraban en la
dualidad de partícula y onda, es decir, en el hecho de que la luz y la materia
se presentaran a veces como partículas y a veces como ondas, siendo éstas dos incompatibles.
Se tuvo que modificar la visión clásica, de manera que ondas y partículas no
constituían la realidad más profunda, sino manifestaciones de esta realidad que
resultaba inaccesible a la intuición. Pero este distanciamiento entre fenómeno
y noúmeno, para decirlo en términos kantianos, no agotaba las sorpresas de la
física. Se descubrió que la física cuántica implicaba un indeterminismo de
fondo de la naturaleza, plasmado en las relaciones de incertidumbre de
Heisenberg, lo que llamó poderosamente la atención de los filósofos. Estas
sorpresas impregnan las publicaciones ensayísticas o divulgativas de los
fundadores de la teoría cuántica, como Planck (Conferencias y recuerdos,
1949), Bohr, Heisenberg (El todo y la parte, Encuentros y conversaciones con
Einstein y otros ensayos), Born (Ciencia y conciencia en la era atómica),
Schrödinger (Qué es la materia, y otras obras de las que hablaremos
posteriormente). De estos autores, la mayoría escriben tan sólo artículos
surgidos de conferencias, más que aspirar propiamente a libros en conjunto, con
la excepción de Schrödinger.
El éxito predictivo de la física cuántica hizo que
la mayoría de físicos optaran por un positivismo bastante elemental y limitaran
su atención a efectuar predicciones sobre resultados experimentales, sin
preguntarse más a fondo por la realidad. P. Feynman (Electrodinámica
cuántica. La extraña teoría de la luz y la materia, 1985). El trabajo de
físicos como D. Bohm y J. Bell sobre la existencia o no de una realidad
objetiva condujo, a finales de la década de 1960, a posibilidades de
confrontación experimental entre las predicciones que surgirían del carácter
completo o no completo de la descripción cuántica, con éxito considerable para
la descripción cuántica. Entre los autores que han divulgado estas novedades
conceptuales debemos mencionar a B. d’Espagnat (En busca de lo real,
1979), J.S. Bell (Lo decible y lo indecible en mecánica cuántica, 1987),
S. Ortoli y J.P. Pharabod (El cántico de la cuántica, 1984), J.M. Jauch
(Sobre la realidad de los cuantos, 1973), F. Selleri (Física sin
dogmas, El debate de la teoría cuántica, 1986), J. Gribbin (En busca del
gato de Schrödinger), P.C. Davies (ed.) (El fantasma en el átomo),
M. Talbot (Más allá de la teoría cuántica). Algunas de estas inquietudes
han sido relacionadas con las filosofías orientales por F. Kapra (El tao de
la física, 1979), en una línea esbozada inicialmente por Schrödinger, y ha
alcanzado un gran éxito de público.
Materia
Hemos hablado ya de las partículas elementales como
constituyentes básicos de la materia. Pero la materia no se presenta a nuestra
experiencia directamente en esta forma, sino formando objetos macroscópicos que
van desde las células biológicas hasta el planeta, para no extendernos a escala
superiores, ya tratadas al hablar de cosmología y de astrofísica. El análisis
de la materia supone diversas perspectivas. Una de ellas es la termodinámica.
Destaca, en este campo, la obra de I. Prigogine, que ha realizado importantes
aportaciones a la termodinámica del no equilibrio, y ha contribuido a la
reflexión sobre el tiempo y sobre la estructura en sistemas alejados del
equilibrio. Sus obras, la mayoría de las cuales escritas en colaboración con I.
Stengers, son La nueva alianza (1982), ¿Sólo una ilusión? (1983)
y Entre el tiempo y la eternidad (1979). También en termodinámica,
especialmente en la relación de esta teoría con el concepto de flecha de
tiempo, podemos mencionar asimismo las obras de P. Coveney y R. Highfield (La
flecha del tiempo, 1990), R. Morris (Las flechas del tiempo) y P.W.
Atkins (La segunda ley).
La teoría del caos determinista ha recibido una gran
atención popular, en buena parte por su nombre especialmente llamativo (algo
semejante ocurrió anteriormente con la obra del matemático R. Thom sobre teoría
de las catástrofes). Alcanzó un gran éxito la obra del periodista J. Gleick (Caos.
El nacimiento de una nueva ciencia, 1988). Entre los creadores de la
teoría, destacan las obras de B. Mandelbrot (Los objetos fractales,
1975; La geometría fractal de la naturaleza, 1982), D. Ruelle (Azar y
caos, 1993) y E. Lorenz (La esencia del caos, 1995), las de los
matemáticos J. Briggs y E.D. Peat (Espejo y reflejo. Del caos al orden,
1989), I. Stewart (¿Juega Dios a los dados?, 1991) y también la de M.
Gell-Mann (El quark y el jaguar) que, pese a provenir de la física de
las partículas elementales, se ha interesado abiertamente por las nuevas
teorías no lineales de la física.
La investigación en nuevos materiales
(superconductores, fibras ópticas, semiconductores, suspensiones, medios
granulares) y su posible incidencia en la tecnología ha sido objeto de textos
de P.G. de Gennes (Los objetos frágiles, 1991) y S. Ortoli y J. Klein (Historia
y leyendas de la superconductividad), entre otros. También ha recibido una
atención considerable (aunque pocos libros en esta dirección han sido
traducidos al castellano) la física del mundo cotidiano, que presenta
situaciones de gran atractivo en divulgación científica. En este contexto
debemos tener presentes varias obras de I. Asimov (Cien preguntas sobre la
ciencia) y de J. Trefil. Otro campo de interés divulgativo, pero poco
explorado, es la relación entre la física y la vida, en que podemos mencionar,
por ejemplo, los escritos de S. Vogel (Ancas y palancas. Mecánica natural y
mecánica humana, 1998).
Cultura
Muchos científicos se han preguntado por el papel de
la física en la cultura contemporánea, por sus resonancias en la sociedad, por
la responsabilidad del científico frente a las aplicaciones de la ciencia.
Empezaremos este breve repaso por la obra de A. Einstein y L. Infeld, La
evolución de la física (1938) que se mantiene dentro del campo de la
física, pero desde una perspectiva conceptual; E. Schrödinger, después de la
Segunda Guerra Mundial, pronunció en el Instituto de Estudios Avanzados de
Dublín, donde se refugió tras el ascenso del nazismo, diversas series de
conferencias que resultaron muy influyentes: especialmente, el ciclo “¿Qué es
la vida?”, atrajo a bastantes físicos jóvenes hacia el estudio molecular de la
biología, y se anticipó, con algunas intuiciones memorables, a los desarrollos
futuros de la biología molecular tras el descubrimiento de la estructura del
DNA; otros ciclos de conferencias de Schrödinger son: «¿Qué es una ley de la
naturaleza?» y «Mente y materia». También otros autores se han interesado
especialmente por la naturaleza de las leyes físicas y por el papel de las
matemáticas en la descripción del mundo; cabe mencionar, especialmente, a R.
Feynman (El carácter de la ley física) y J. Barrow (Impossibility,
1998; Pi in the Sky, 1992; A world within a world, 1990; The
cosmological anthropic principle, 1986, y otras obras, pocas de ellas
traducidas al castellano).
Algunos autores han esbozado visiones muy generales
de la física orientadas hacia la resolución de grandes cuestiones culturales.
Así, R. Penrose (La nueva mente del emperador, 1991; Sombras de la
mente, 1995) trazaba un cuadro en que física cuántica, relatividad general
y termodinámica eran utilizadas para argumentar el carácter no algorítmico de
la conciencia y, por lo tanto, de la imposibilidad de conseguir ésta mediante
algoritmos de inteligencia artificial. D. Bohm (La totalidad y el orden
implicado) combinaba una interpretación de la mecánica cuántica mediante
variables ocultas no locales con algunas analogías basadas en los hologramas
para perfilar una nueva visión, poco convencional, sobre el orden de la
naturaleza. J.M. Lévy-Léblond (Conceptos contrarios o el oficio de
científico, 1996) ha analizado con espíritu crítico diversos aspectos
sociológicos de la práctica de la ciencia.
Las biografías de científicos son otro campo de
divulgación, especialmente eficaz para establecer un puente de diálogo con
humanistas y para llegar a un público más o menos amplio. La figura más
emblemática de la física del siglo XX es indudablemente A. Einstein, al cual se
han dedicado numerosas biografías y ensayos, ya mencionados en el apartado
sobre relatividad; otras personalidades llamativas, dentro del tono
externamente anodino de la vida de la mayoría de científicos, han sido
Schrödinger (biografía escrita por W. Moore, 1991), Feynman (biografía escrita
por J. Gleick, 1992) o S. Hawking (biografías escritas por J. Boslough 1990, y
K. Ferguson, 1991) que han suscitado recientemente la atención, fuera por el humor,
el desenfado y la brillantez de Feynman como por las duras condiciones de vida
de la enfermedad que ha paralizado a Hawking desde su juventud.
Asimismo, es grande el interés de la perspectiva
histórica como ámbito de divulgación científica. Para el gran público, destaca
I. Asimov, divulgador tan influyente, autor, entre muchas otras obras de una
Biografía de la física. Entre los historiadores de la ciencia, y aún de la
cultura en general, ha sido muy influyente los estudios de T.S. Kuhn (La
estructura de las revoluciones científicas) en que establecía un modelo
general de cambio científico y de progreso y el de K. Popper (La lógica de
la investigación científica); ambos autores utilizan muchos ejemplos
extraídos de la historia de la investigación en ciencias físicas. El mismo Kuhn
ha estudiado con detalle el inicio de la teoría cuántica (La teoría del
cuerpo negro y la discontinuidad cuántica). Tema que ha atraído a muchos
otros autores, como P. Forman (Cultura, causalidad y teoría cuántica en
Weimar 1918-1927). Otros libros influyentes sobre la historia de la física
son los de A. Koyré (Estudios galileanos, 1966), G. Holton (Ensayos
sobre el pensamiento científico en la época de Einstein), I.B. Cohen (La
revolución newtoniana y la transformación de las ideas científicas), W.
Berkson (Las teorías de los campos de fuerza. Desde Faraday a Einstein),
L. Sklar (Filosofía de la física, 1994).
El interés de las nuevas visiones de la realidad,
sobre todo en cosmología, física cuántica, constitución de la materia y teoría
del caos, ha alcanzado la teología, otra exploradora de los fundamentos de la
realidad. Por ello, conviene mencionar algunas obras sobre las relaciones entre
la física y la teología. Desde el lado de la física, podemos mencionar a P.C.W.
Davies (Dios y la nueva física) y F. Tipler (La física de la
inmortalidad), desde el lado de la teología, a C. Tresmontant (Teología
y ciencias de la naturaleza, 1970) y dos teólogos con formación de físicos,
S. Jaki (La importancia de la física) y J. Polkinghorne (Ciencia y
creación, 1988; Ciencia y providencia, 1989; Ciencia y fe
cristiana, 1994; Quarks, caos y cristianismo, 1994). En algunas
ocasiones, conversaciones entre filósofos creyentes y científicos agnósticos
han alcanzado una gran difusión, como en el caso del libro de J Guitton, I y G.
Bogdanov (Dios y la ciencia, 1996). Finalmente, algunos autores han
relacionado la física con otras espiritualidades, como el ya mencionado F.
Kapra (El tao de la física, 1979) o M. Talbot (Misticismo y física
moderna, 1980).
La divulgación de la física en España
Dedico este último apartado a considerar con cierto
detalle la divulgación realizada en Cataluña, y en España en general, durante
el siglo XX. Durante los primeros años del siglo, destacan dos figuras notables
que dedican un esfuerzo considerable a esta labor: se trata de Josep Comas i
Solà, astrónomo, director del Observatorio Fabra de Barcelona y a quien se
deben bastantes descubrimientos de interés, que mediante su participación en la
prensa barcelonesa de la época logra suscitar una atención considerable en sus
conciudadanos, y en Cataluña en general, donde aparecerán sociedades
astronómicas, entre las cuales destaca la de Sabadell. En Madrid, el
matemático, físico e ingeniero de caminos José Echegaray, que también recibió
el premio Nobel de Literatura en 1902, publicó numerosos artículos sobre temas
físicos.
Después, esta tradición divulgativa parece
truncarse, en tanto que se aumenta, en cambio, el interés por potenciar el
desarrollo de la investigación científica. El Institut d’Estudis Catalans en
Barcelona y la Junta de Ampliación de Estudios en Madrid convocan becas de
investigación en el extranjero e invitan a científicos de prestigio, entre los
cuales destaca Einstein, cuya visita a ambas ciudades en 1923 fue seguida con
notable interés por la prensa.
La tradición editorial de Barcelona se refleja
también en la divulgación. Hacia 1920 es fundada la revista Ibérica por los
jesuitas, fundadores y responsables de dos iniciativas científicas tan
influyentes como el Instituto Químico de Sarriá y el Observatorio del Ebro. Más
o menos en la misma época es fundada en Barcelona la editorial Labor, que
durante unos setenta años realizará una importantísima tarea de publicación de
libros científicos, técnicos y divulgativos.
La Guerra Civil truncará la mayoría de las
iniciativas culturales españolas, durante un período bastante largo –con una
represión acentuada, en Cataluña, por la prohibición del uso del catalán en
todos los ámbitos públicos–. No obstante, de forma ocasional, algunos autores,
como M. Masriera, hablarán de las novedades de la física desde sus
colaboraciones en La Vanguardia. Poco a poco irán surgiendo y
multiplicándose las editoriales interesadas en divulgación, aunque buena parte
de esta tarea irá más bien enfocada hacia las ciencias naturales. En Barcelona,
además de la ya mencionada Labor, destacan Tusquets (con la colección
Metatemas), Ariel, Crítica (actualmente del grupo Planeta), Plaza Janés,
Gedisa, Omega, Kairós y Prensa científica, en castellano; Rubes Editorial en
castellano y catalán, y Edicions 62 y Pòrtic en catalán. En Madrid, Alianza
Editorial, Espasa Calpe y Debate. En lo que respecta a la producción de
colecciones para la distribución en quioscos, Orbis y RBA. No debemos olvidar
las editoriales vinculadas a las universidades, alguna de las cuales
(Complutense de Madrid, por ejemplo, publican colecciones de divulgación). En
lo que respecta a las revistas, en Barcelona, son traducidas Scientific
American (Investigación y ciencia) y La Recherche (Mundo
científico), mientras aparecen en catalán la revista Ciència (cuya
aparición ha quedado truncada en dos ocasiones) y la Revista de Física,
de la Societat Catalana de Física. En Madrid, son publicadas Muy Interesante
y otras revistas dedicadas a un público muy amplio y, más especializada, la Revista
Española de Física, de la real Sociedad Española de Física. En Valencia,
destaca la publicación reciente, en catalán, de la revista Mètode y la
editorial Bromera, con una colección de divulgación, también en catalán.
La mayoría de obras de divulgación publicadas en
España corresponden a traducciones. No obstante, hacia principios de 1980,
alcanzada ya una cierta masa crítica en el número de investigadores, una serie
de investigadores o de personas con elevada formación científica empiezan a
colaborar en la prensa y a publicar libros. El suplemento de Ciencia y
Tecnología de La Vanguardia, por ejemplo, ejerció un importantísimo
papel movilizador en esta dirección, en lo que se refiere, al menos, a Cataluña.
Destacaremos a continuación algunos autores.
En catalán, podemos mencionar Francesc Nicolau (Ciències
físiques i filosofia de la naturalesa, La constitució de la materia,
1986; Els astres i l’astrofísica, 1992, además de obras sobre la
evolución, el cerebro, la geología), Xavier Duran (L’esperit de la ciencia,
1991; En el llindar del futur, 1990; El nacionalisme a l’era
tecnològica, 1994; Les cruïlles de la utopia, Cent noves preguntes sobre
la ciència), Santiago Riera (Origen i evolució de l’univers), Eduard
Salvador (L’univers conegut, 1992), Giner-Sorolla (Un nou Gènesi,
1975), J.M. Trigo (Nosaltres a l’univers, L’origen del sistema solar),
A. Lloret (Física pop, 1974; Diccionari de física nuclear, 1972),
J.E. Llebot (Els fluids de la vida, 1995; El canvi climàtic,
1997), D. Jou (Matèria i materialisme, 1994; El temps i la memòria en
la ciència contemporània, 1999).
En
castellano, J. Wagensberg (Ideas sobre la complejidad del mundo, 1985; Ideas
para la imaginación impura, 1999), D. Jou y M. Baig (La naturaleza y el
paisaje, 1993), E. Battaner (La física de las noches estrelladas),
C. Sánchez del Río (Desarrollo de los conceptos y de las teorías físicas),
F.J. Ynduráin (Electrones, neutrinos y quarks), J.M. Sánchez Ron (El
origen y el desarrollo de la relatividad, 1983; Historia de la física
cuántica, 2000), L. Navarro Veguillas (Einstein, científico y rebelde),
C. Pajares, Fernández Rañada, R. Alemán (Grandes metáforas de la física,
1998; Tras los secretos del universo, 2001). También ha habido obras
dedicadas a la relación entre física y teología como Fernández Rañada (Físicos
y Dios), M. García Doncel, u obras de pensadores procedentes de otros
campos pero con un interés notable por algunos aspectos de la física, como el
filósofo J. Ferrater Mora (De la materia a la razón), o el historiador
de la medicina y académico P. Laín Entralgo (Cuerpo y alma, 1991).
Desgraciadamente, la bibliografía producida por nuestros científicos no ha
ejercido casi nunca una influencia internacional de alcance mundial, ya que
casi ninguna obra ha sido traducida a otras lenguas.
Conclusiones
Esta breve síntesis sobre la
divulgación de la física ha dejado en la penumbra las aportaciones de los
periodistas, limitación de la que ya he advertido en la introducción del
artículo. Creo que sería muy interesante profundizar en el análisis de la
interacción entre científicos y periodistas. En concreto, se podría explorar
hasta qué grado los científicos han participado directamente en la prensa o,
por el contrario, han dejado a los periodistas la labor de divulgación. Se
debería ponderar cuál ha sido el interés de los periodistas por tener una
relación directa con los científicos para transmitir al público información de
primera mano, dar a conocer su labor, y estimular las vocaciones científicas en
los jóvenes. Se podría estudiar qué resonancia tuvieron en la prensa los
descubrimientos que hemos ido mencionando. Sería ilustrativo analizar cómo
recibió la crítica la aparición de libros de divulgación y rastrear su
influencia en los escritos de los pensadores contemporáneos. De hecho, en el
último cuarto de siglo se ha vivido una explosión de la divulgación realizada
por científicos, superando así la desconfianza que anteriormente muchos de
ellos sentían hacia la divulgación. Han contribuido a ello los grandes éxitos
de ventas de algunos títulos, que han estimulado a las editoriales a invertir y
promocionar colecciones de divulgación.
Un segundo aspecto a considerar sería la influencia
de los medios audiovisuales en la divulgación. Estos medios requieren para el
científico una dedicación muy superior a la de un artículo o un libro de
divulgación, y puede contribuir a alejar a los científicos del mundo de la
divulgación, si bien, por el contrario, puede acercar al público. Aún en el
caso de que el científico se sienta atraído por participar en la divulgación,
el medio expresivo basado en la imagen supone una dinámica a la cual el
investigador no está acostumbrado.
En tercer lugar, cabe reflexionar sobre el papel que
las redes informáticas de comunicación están jugando en la divulgación. Los
periodistas pueden acudir directamente a ellas, sin necesidad de trato personal
con el científico, lo que puede tener ventajas e inconvenientes. Entre las
primeras, la mayor disponibilidad de información; entre los segundos, la falta
de una relación directa que permita una discusión detallada de las dudas que
surgen en la interpretación de las informaciones, o en la ampliación de las
mismas.
Sería interesante, finalmente, seguir el rastro de
las ideas científicas en la ciencia ficción y en la literatura, que permiten
evaluar hasta qué punto el imaginario de una época se ha ido impregnando, desde
la sorpresa a la naturalidad, del espíritu científico. En definitiva, me
interesa no ocultar las limitaciones de este breve artículo; creo que el deseo
de superarlas suscita numerosas cuestiones que podrían dar pie a
investigaciones más profundas sobre la actividad de la divulgación científica.
David Jou
Poeta y físico. Doctor en
Ciencias por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Catedrático de Física
de la Materia Condensada de la UAB. Es miembro de la sección de ciencias y
tecnología del Institut d’Estudis Catalans y de la Comisisió per a l’Estímul de
la Cultura Científica que asesora al Departamento de Cultura de la Generalitat
de Catalunya. Ha publicado un centenar de trabajos de investigación sobre
termodinámica de procesos irreversibles y mecánica estadística fuera del
equilibrio, en revistas de difusión internacional, y cinco libros sobre estas
especialidades. Por su obra científica ha obtenido los premios Eduard Fontserè
(1983), Rey Juan Carlos I (1986), medalla Narcís Monturiol (1991) y Ciutat de
Barcelona (1993). Como divulgador científico fue colaborador habitual del
desaparecido Suplemento de Ciencia de La Vanguardia, donde publicó más
de un centenar de artículos, dos libros y ha obtenido el premio Divulga (1981)
del Museo de la Ciencia de Barcelona. Como poeta ha publicado 16 libros de
poesía y ha recibido diversos premios literarios. Ha publicado también estudios
sobre el escultor Pere Jou (1991).
Bibliografía
En el texto me he limitado a
obras traducidas al castellano, por lo cual he dado los títulos en esta lengua.
La fecha indicada junto a cada obra corresponde, en cambio, a la de la primera
edición en la lengua original, lo cual permite tener una visión más precisa del
desarrollo histórico. En esta última sección, selecciono doce textos clásicos
del ensayo o la divulgación en física del siglo XX, cuya lectura, generalmente
accesible, es recomendable para quien quiera tener una idea de la influencia de
la física en la cultura contemporánea.
I. Asimov: El Universo,
Alianza, Madrid, 1970.
A. Einstein y L. Infeld, La
evolución de la física, Salvat Editores, 1986.
B. d’Espagnat: En busca de
lo real, Alianza editorial, Madrid, 1983.
R. Feyman y S. Weinberg:
Las partículas elementales y las leyes de la física, 1991.
J. Gleick: Caos. El nacimiento
de una nueva ciencia, Madrid, 1990.
T.S. Khun: La estructura de
las revoluciones científicas, Fondo de cultura económica, México, 1971.
B. Mandelbrot: La geometría
fractal de la naturaleza, Metatemas, Busquets, 1999.
R. Penrose: La nueva mente
del emperador, Mondadori, Madrid, 1992.
I. Prigogine y I. Stengers: La
nueva alianza, Alianza editorial, Madrid, 1983.
E. Schrödinger: ¿Qué es la
vida?, Metatemas, Tusquets, Barcelona, 1980.
S. Weinberg: Los tres
primeros minutos del universo, Alianza editorial, Madrid, 1977.