Einstein como
divulgador científico
Xavier Roqué
La figura singular de Einstein es en sí
misma una forma de divulgación de la ciencia por la fuerza con la que es capaz
de atraer al gran público. A partir de 1919 su popularidad es notoria. Este
trabajo recoge los esfuerzos de este científico por difundir sus ideas, ya
desde los primeros momentos, antes de estallar la Segunda Guerra Mundial,
cuando aun siendo un físico de reconocido prestigio era todavía desconocido por
la mayor parte de la sociedad.
The attraction
that Einstein character exerts on the general public converts him in an example
of Science Popularization. Since 1919 his popularity has become notorious. This
work gathers the this scientist efforts to spread his ideas, from the very
beginning, before the outbreak of World War II, when despite being a well known
scientist, most of society ignored his existence.
Albert
Einstein (1879-1955) ocupa un lugar singular entre los grandes científicos que
han divulgado con éxito sus ideas. Aun teniendo en cuenta que el sentido del
término «divulgar» ha cambiado con el tiempo, constatamos que la categoría de
científicos divulgadores está más poblada de lo que pudiera parecer (véase
entre otros Bensaude-Vincent y Rasmussen, eds., 1997). En el caso de
la física, la lista más somera debiera incluir a Galileo Galilei, cuyo Diálogo sobre los dos máximos sistemas del
mundo, ptolemaico y copernicano (1632), escrito en lengua vulgar, pone a
prueba la distinción entre literatura especializada y literatura popular;
Leonhard Euler, cuyas Cartas a una
princesa de Alemania sobre diversos temas de física y de filosofía (1768)
son un compendio de la ciencia ilustrada; Michael Faraday, que instituyó las
conferencias populares conocidas como Friday
Evening Lectures de la Royal Institution de Londres y escribió clásicos de
la divulgación científica, como su Historia
química de una vela (1861); James Clerk Maxwell, autor de entradas como
«Átomo» para la Encyclopaedia Britannica
(9ª edición, 1875) y de conferencias como «Moléculas» (1873), que alcanzaron
una enorme difusión; o, ya en nuestros días, Stephen Hawking, autor de best-sellers como Historia del tiempo, del Big Bang a los agujeros negros (1988) o El
universo en una cáscara de nuez (2000). Entre ellos se halla también
Einstein, quien sin embargo se distingue de sus colegas por dos razones que
merecen nuestra atención.
La
primera de ellas es la inmediatez. Einstein escribió su obra de divulgación más
elaborada y ambiciosa a los pocos meses de completar la teoría general de la
relatividad, antes de que la teoría contara con una sólida base experimental y
el favor mayoritario de los físicos. Aunque la mayoría de sus biógrafos no
considera que la redacción y publicación de esa obra requiera mayores
explicaciones, tiene sentido que nos preguntemos qué llevó a Einstein a tomar
una iniciativa que sería ingenuo considerar natural.
La
segunda razón de la singularidad de Einstein como divulgador tiene que ver con
su estilo. Lejos de simplificar sus ideas con el objetivo de acercarlas a los
no iniciados, Einstein nos invita a seguir de cerca el curso de sus
razonamientos, sin apenas llegar a traicionarlos en aras de la inteligibilidad.
Esta estrategia no siempre es viable, por lo que se impone subrallar de entrada
que las razones que hacen de Einstein un gran divulgador científico no son
ajenas a las que hacen de él uno de los más grandes científicos de todos los
tiempos. Algunos de los mayores hallazgos conceptuales de Einstein se basaron
en una actitud escéptica ante el conocimiento heredado y una revisión radical
de los conceptos más fundamentales (espacio, tiempo) abordada desde la máxima
simplicidad. Es por ello que, a la hora de divulgar, sus razonamientos no
exigieron mayores simplificaciones. Para Einstein, en definitiva, la
divulgación llegó a estar muy próxima a la creación científica, tanto en el
tiempo como en el ámbito más sutil del razonamiento.
Einstein
escribió numerosas obras y artículos de divulgación científica e
histórico-científica. Buena parte de esta literatura trata sobre relatividad y
es posterior a 1919, por razones que hemos de explicar en seguida. Debutó
magistralmente con su libro Sobre la
teoría de la relatividad especial y general (1917), al que siguieron
monografías como El significado de la
relatividad (1921) o La evolución de
la física (con Leopold Infeld,
1938). Sus numerosos artículos de divulgación están bien representados en
volúmenes recopilatorios como Mi visión
del mundo (1934) o Mis ideas y
opiniones (1954), volúmenes que, dicho sea de paso, permitirían abordar
otra faceta de Einstein, la del científico como persona pública creadora de
opinión.
Ciñéndonos
al Einstein divulgador, su producción queda netamente dividida en dos por la
fecha crucial de 1919. Con anterioridad, Einstein presenta la teoría de la
relatividad especial en publicaciones científicas no especializadas («Le
principe de relativité et ses conséquences dans la physique moderne», Archives des sciences physiques et
naturelles, 29, 1910, p. 5–28, CPAE, 3, doc. 2; «Die Relativitätstheorie», Vierteljahrschrift der Naturforschende
Gesellschaft in Zürich, 56, 1911, p. 1-14, CPAE, 3, doc. 17); escribe un
artículo «Sobre el principio de relatividad» a petición de los editores del Vossische Zeitung –el periódico alemán
de mayor tirada– tras tomar posesión de su cátedra en Berlín («Vom
Relativitäts-prinzip», Vossische Zeitung,
26 de abril de 1914, suplemento, p. 33-34; CPAE, 6, doc. 1); contribuye con
sendos artículos sobre atomismo y relatividad a la enciclopedia La cultura actual, su desarrollo y objetivos
(Paul Hinneberg, ed., Die Kultur der
Gegenwart. Ihre Entwicklung und ihre Ziele, part 3, sec. 3, vol. 1, Physik, p. 251-263 y 703-713, CPAE, 4,
docs. 20 y 21); y, sobre todo, publica en 1917 la que sigue siendo una de las
mejores obras de divulgación de la relatividad (Einstein, 1917).
La
aparición del artículo «Mi teoría» en The
Times («My theory», The Times, Londres, 28 de noviembre de
1919; reproducido en Einstein,
1954) marca el inicio de la segunda época, la de la proyección popular de
Einstein a escala planetaria. El mismo periódico había dado cuenta bajo el
titular de «Revolución en la ciencia. Nueva teoría del universo. Las ideas de
Newton destronadas» de la sesión conjunta celebrada el 6 de noviembre por la
Royal Society y la Astronomical Society en la sede de la Royal Society en
Londres, en la cual se dieron a conocer públicamente los resultados de la
expedición británica que había observado el eclipse total de Sol del 29 de mayo
con el fin de distinguir entre las predicciones de la teoría de la gravitación
newtoniana y la teoría de la relatividad. Ambas teorías predecían la curvatura
de la trayectoria de los rayos de luz debida al campo gravitatorio de un objeto
celeste (como el Sol), pero el valor predicho por Einstein doblaba el calculado
a partir de la teoría de la gravitación universal, al incluir la modificación
geométrica del espacio por la gravedad. El veredicto de la expedición,
favorable a Einstein, lo catapultó prácticamente de la noche al día a la fama
mundial. Para Einstein, su atracción popular respondía paradójicamente al aura
de misterio y dificultad que rodeaba su teoría. Sin embargo, el responsable de
la expedición británica, sir Arthur Eddington, ya percibió en su momento que el
triunfo de Einstein podía tener un significado especial como bálsamo para las
heridas abiertas por la Gran Guerra en la comunidad científica internacional.
Sean
cuales fueran los motivos de la popularidad de Einstein y sus ideas, los
escritos de divulgación posteriores a 1919 responden a circunstancias muy
distintas de las que llevaron a Einstein a ensayar la divulgación antes de
convertirse en una celebridad. En el primer caso se trata con frecuencia de
textos de encargo cuya redacción y recepción se producen bajo una intensa
presión mediática. En cambio, en los textos anteriores a 1919, y muy
particularmente en el libro sobre relatividad, la ausencia de fama confiere más
importancia y hace más evidente la motivación interior. Todo ello, junto con la
importancia de la relatividad en la carrera de Einstein, justifica que
limitemos nuestra breve discusión a considerar ese primer intento magistral por
difundir la esencia de la relatividad.
Proximidad temporal entre investigación y
divulgación
En
1915, tras años de esfuerzo, Einstein completó la teoría de la relatividad
general, «la generalización más ambiciosa imaginable de lo que conocemos como
«teoría de la relatividad», que a partir de ahora denominaremos «teoría de la
relatividad especial» para distinguirla de la primera» («Die Grundlage der
allgemeinen Relativitätstheorie», Annalen
der Physik, 49, 1916, p. 769-822). La teoría especial de la relatividad,
objeto de uno de los tres célebres artículos publicados por Einstein en 1905,
sólo consideraba observadores en movimiento relativo de translación uniforme (observadores inerciales). Para esta
clase de observadores, la teoría establecía la invariancia formal de las leyes
de la naturaleza (principio de
relatividad), lo que requería a su vez asumir la constancia de la velocidad
de la luz en el vacío, con independencia del estado de movimiento del cuerpo
emisor. Ambos postulados permitieron a Einstein disipar los problemas que
aquejaban la comprensión de los fenómenos ópticos y electromagnéticos en los
cuerpos en movimiento.
Sin
embargo, la limitación a movimientos inerciales no podía satisfacer a Einstein,
puesto que fenómenos tan importantes como la gravitación comportan la
aceleración de un observador respecto a otro. En 1907, Einstein tuvo «la idea
más feliz» de su carrera científica, al descubrir la equivalencia física entre
un campo gravitatorio y un sistema de referencia uniformemente acelerado (principio de equivalencia). Era el punto
de partida de la teoría de la relatividad general, que le iba a ocupar intensamente
durante los ocho años siguientes.
Entre la formulación de una y otra
teorías la situación profesional de Einstein dio un giro copernicano. En 1905
era un empleado en la Oficina Federal de Patentes suiza, tras haber intentado
repetida e infructuosamente obtener una posición académica. A partir de 1908,
cuando abandonó su empleo para desempeñar el cargo de Privatdozent (profesor sin salario que cobra de sus alumnos) en la
Universidad de Berna, su carrera se desarrolló a un ritmo vertiginoso que le
llevó a ocupar, en 1914, una posición privilegiada como miembro asalariado de
la Academia de Ciencias prusiana y titular de una cátedra sin obligaciones
docentes en Berlín. Ya en 1910 había recibido su primera nominación para el
premio Nobel de Física, que obtendría en 1921 por su descripción del efecto
fotoeléctrico, y en 1911 se había codeado con la élite de la física en el
primer Congreso Solvay.
Einstein
era pues, al estallar la Gran Guerra, un físico de reconocido prestigio pero
bajo perfil público. En Berlín, ciudad que abandonaría definitivamente a la
llegada de Hitler al poder, empezaría a despuntar como figura pública
posicionándose contra la guerra. También iba a ver culminada su carrera
científica, en buena medida gracias a la compleción de la teoría de la
relatividad. En noviembre de 1915 Einstein dio con las ecuaciones de campo de
la gravitación e, inmediatamente, empezó a pensar en la redacción de una obra
de divulgación sobre relatividad. El 3 de enero de 1916 le confió a su buen
amigo Michele Besso que no sabía por dónde empezar, «pero si no lo hago, la
teoría no será entendida, por más sencilla que sea en el fondo». La teoría de
la relatividad especial ya había sido objeto de monografías populares, como las
de Emil Cohn (Physikalisches über Raum und
Zeit, 1913) y Hendrik A. Lorentz (Das
Relativitätsprinzip, 1914), o artículos de talante filosófico como «Die
Relativitätstheorie der Physik», de Joseph Petzoldt (Zeitschrift für positivistische Philosophie, 2, 1914, p. 1-56).
Einstein no había dudado en recomendar los trabajos de Cohn y Petzoldt en su
artículo sobre relatividad para el Vossische
Zeitung (abril de 1914), pero, al margen de las imprecisiones que había
detectado en Petzoldt, la formulación de la relatividad general permitía por
primera vez ofrecer una visión de conjunto sobre la teoría de la relatividad,
una oportunidad que Einstein no quería desaprovechar. En diciembre de 1916 el
manuscrito estaba listo, y desde el mismo momento de su aparición en 1917 el
libro cosechó un éxito notorio. Entre 1917 y 1923 aparecieron 14 ediciones y
fue traducido a diversas lenguas, entre ellas el castellano (1921). Einstein no
dejó de añadir secciones y apéndices, los dos últimos en 1954, sobre la idea de
espacio en la física y la filosofía.
No se trataba sólo de llegar el
primero o de ofrecer un relato de primera mano, circunstancias ambas nada
desdeñables tratándose de Einstein. Para explicar su agilidad habría que tener
en cuenta también la importancia de la divulgación científica en la cultura
prusiana, para la cual formación (Bildung)
significaba lo contrario de especialización. Para los científicos
centroeuropeos de la generación de Einstein la unidad del conocimiento estaba
fuera de dudas, y el científico podía y debía asumir el papel de intérprete de sus
ideas para disciplinas afines (como la filosofía) o para el público en general.
Max Planck, uno de los pocos mentores de Einstein, ejemplifica esta actitud,
pero cabe buscar referentes similares e igualmente influyentes sobre Einstein
entre científicos franceses como Henri Poincaré. La discusión sobre el papel de
Poincaré en la génesis de la relatividad especial no puede obviar uno de sus
textos más populares, La Science et
l'hypothèse (1902), leído ávidamente por Einstein.
Proximidad conceptual entre investigación y
divulgación
La
sofisticación de la teoría de la relatividad tiene más que ver con el carácter
paradójico de sus consecuencias y la complejidad de su expresión matemática
final, que con sus postulados, alcanzados mediante un razonamiento que, como ya
hemos observado, se aviene con la divulgación. Ya en su primer artículo sobre
relatividad para la prensa, reconocía Einstein haber aceptado gustosamente la
invitación porque «a pesar de que no puede obtenerse una visión completa de la
teoría de la relatividad sin un esfuerzo considerable, aquellos que la
contemplan desde lejos pueden, con todo, hacerse una idea de los métodos y
resultados de esta nueva rama de la investigación teórica».
La
aseveración de Einstein no era gratuita, porque la contemplación
pretendidamente ingenua de ciertos conceptos fundamentales era imprescindible
para la nueva teoría. De hecho, el artículo fundacional de la relatividad
especial contiene pasajes inauditos tratándose de un texto especializado. Así,
el cuidadoso análisis de los conceptos de tiempo y simultaneidad parte del
siguiente ejemplo: «Si afirmo que ‘el tren llega aquí a las 7 horas’, lo que
quiero decir es que ‘el paso de la minutera de mi reloj por el 7 y la llegada
del tren son sucesos simultáneos». Einstein afinó en sus artículos científicos
el estilo que luego aplicaría con éxito a la divulgación.
Otro
de los recursos de Einstein válido en ámbitos expositivos muy distintos
concierne las experiencias mentales. Se trata de un artefacto retórico que
Galileo había desplegado con maestría en su Diálogo,
donde entre otras cosas se argumentaba la imposibilidad de distinguir el reposo
del movimiento uniforme a partir de las experiencias realizadas en la bodega de
un barco. Einstein utilizó repetidamente un ejemplo similar, que implicaba a
dos trenes viajando a lo largo de vías paralelas en sentidos opuestos, para
justificar la no existencia de un observador inercial privilegiado
(posteriormente los trenes se han convertido en naves espaciales). Pero tal vez
el ejemplo más destacado se encuentre en Sobre
la teoría de la relatividad especial y general, donde se introduce y
justifica el principio de equivalencia mediante un ejemplo que no ha sido
superado y que merece leerse con detenimiento:
«Imaginemos
un trozo amplio de espacio vacío, tan alejado de estrellas y de grandes masas
que podamos decir con suficiente exactitud que nos encontramos ante el caso
previsto en la ley fundamental de Galileo […] Como cuerpo de referencia nos
imaginamos un espacioso cajón con la forma de una habitación; y suponemos que
en su interior se halla un observador pertrechado de aparatos. Para él no
existe, como es natural, gravedad alguna. Tiene que sujetarse con cuerdas al
suelo, so pena de verse lanzado hacia el techo al mínimo golpe contra el suelo.
«Supongamos
que en el centro del techo del cajón, por fuera, hay un gancho con una cuerda,
y que un ser –cuya naturaleza nos es indiferente– empieza a tirar de ella con
fuerza constante. El cajón, junto con el observador, empezará a volar hacia
«arriba» con movimiento uniformemente acelerado. Su velocidad adquirirá con
el tiempo cotas fantásticas... siempre que juzguemos todo ello desde otro
cuerpo de referencia del cual no se tire con una cuerda.
«Pero
el hombre que está en el cajón ¿cómo juzga el proceso? El suelo del cajón le
transmite la aceleración por presión contra los pies. Por consiguiente, tiene
que contrarrestar esta presión con ayuda de sus piernas si no quiere medir el
suelo con su cuerpo. Así pues, estará de pie en el cajón igual que lo está una
persona en una habitación de cualquier vivienda terrestre. Si suelta un cuerpo
que antes sostenía en la mano, la aceleración del cajón dejará de actuar sobre
aquél, por lo cual se aproximará al suelo en movimiento relativo acelerado. El
observador se convencerá también de que la
aceleración del cuerpo respecto al suelo es siempre igual de grande,
independientemente del cuerpo con que realice el experimento.
«Apoyándose
en sus conocimientos del campo gravitatorio […] el hombre llegará así a la
conclusión de que se halla, junto con el cajón, en el seno de un campo gravitatorio
bastante constante. Por un momento se sorprenderá, sin embargo, de que el
cajón no caiga en este campo gravitatorio, mas luego descubre el gancho en el
centro del techo y la cuerda tensa sujeta a él e infiere correctamente que el
cajón cuelga en reposo en dicho campo.
«¿Es
lícito reírse del hombre y decir que su concepción es un error? Opino que, si
queremos ser consecuentes, no podemos hacerlo, debiendo admitir por el
contrario que su explicación no atenta ni contra la razón ni contra las leyes
mecánicas conocidas. Aun cuando el cajón se halle acelerado respecto al
‘espacio de Galileo’ considerado en primer lugar, cabe contemplarlo como
inmóvil. Tenemos, pues, buenas razones para extender el principio de
relatividad a cuerpos de referencia que estén acelerados unos respecto a otros,
habiendo ganado así un potente argumento a favor de un postulado de relatividad
generalizado.»
No
cabe duda de que este argumento debió jugar un papel en la concepción del
principio de equivalencia, lo que significa que no estamos ante un simple
artificio expositivo o retórico. Para Einstein, sin embargo, la posibilidad de
recrear sus argumentos ante el público lector de obras de divulgación no era el
único motivo para seguir de cerca el curso de las investigaciones. En el
prefacio Sobre la teoría de la
relatividad especial y general advertía, en este sentido, que había «puesto
todo su empeño en resaltar con la máxima claridad y sencillez las ideas
principales, respetando por lo general el orden y el contexto en que realmente
surgieron». Otros textos de Einstein son, sin pretenderlo, igualmente
explícitos en su valoración de un método de exposición que tiene algo de
histórico, aunque un historiador profesional y gran conocedor de la obra de
Einstein, Gerald Holton (1973)
haya cuestionado el rigor de sus reconstrucciones. En noviembre de 1914,
Einstein publicó una breve pero significativa reseña de El principio de relatividad de Lorentz, que se abría con la
siguiente consideración: «No escasean los autores capaces de presentar con
claridad una teoría actual, pero casi siempre se ofrece al lector un producto
acabado, lo que le impide sentir la emoción de la investigación y el
descubrimiento, el curso vivo del pensamiento, comprender con claridad las
circunstancias que determinaron el que se prefiriera un camino a cualquier
otro. La lectura de este libro, por el contrario, permitirá al lector seguir el
desarrollo del pensamiento» (Die Naturwissenschaften,
2, 1914, p. 1018; CPAE, 6, doc. 11). Einstein aplicó este precepto en algunos
de sus artículos de investigación, como «Consideraciones cosmológicas sobre la
teoría de la relatividad general», donde leemos: «Ahora conduciré al lector por
el camino indirecto y áspero que yo mismo he recorrido, porque es mi única
esperanza de que el resultado final pueda interesarle» (Königlich Preußische Akademie der Wissenschaften, Berlín, Sitzungsberichte, 1917, p. 142-152;
CPAE, 6, doc. 43).
Si
alguna conclusión puede extraerse de una presentación tan breve, es que la
divulgación entendida como una simplificación del discurso científico puede ser
contraproducente y conseguir que, lejos de atraer al público y ganar su
complicidad con la ciencia, se le aburra y ahuyente de la misma. Casos como el
de Einstein sugieren que el público puede llegar a sentirse más atraído por la
ciencia tal como se hace que por las versiones sintéticas enlatadas que sirven
sus más arduos propagandistas.
Doctor
en historia de la física por la Universidad de Barcelona. Desde 1997 es
profesor titular de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de
Barcelona, donde dirige el Centre d’Estudis d’Història de les Ciències
(http://www.uab.es/cehic/). Por formación e intereses ha trabajado
principalmente sobre la ciencia del siglo XX. Su tesis trató sobre la historia
de la electrodinámica cuántica y la física nuclear; sin abandonar las
cuestiones técnicas, se ha interesado también por la dimensión social de la
ciencia o la imagen pública del científico. Ha revisado la figura de Marie
Curie retratándola como una científica emprendedora que, con sus extensas
conexiones industriales, prefigura algunas de las relaciones propias de la Gran
Ciencia (Big Science). También ha
traducido clásicos de la física al castellano.
Bibliografía
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4 (1995). The Swiss Years: Writings,
1912–1914; v. 5 (1993). The Swiss
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Braunschweig: Vieweg. Hay dos traducciones al castellano: Fernando Lorente de
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Einstein, A.: The Meaning of Relativity,
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Einstein, A.; Infeld, Leopold
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Growth of Ideas From Early Concepts to Relativity and Quanta. Nueva York:
Simon and Schuster. Traducción castellana: La
física, aventura del pensamiento (Buenos Aires: Losada, 3ª ed. 1945);
traducción al catalán de Humbert Padellans:
L'evolució de la física. Barcelona, Edicions 62, 1968; 2ª ed., 1984, a
cargo de David Jou.
Einstein, A.: La teoria de la
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Institut d’Estudis Catalans; Vic, Eumo, 2000.
Holton, G.: Ensayos sobre el
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Locke, D.: La ciencia como escritura.
Madrid, Cátedra, 1997.
Pais, A.: «Einstein and the press». En: A. Pais: Einstein Lived Here. Nueva York, Oxford University Press, 1994:
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Referencias en Internet
The Einstein Papers Project: http://www.einstein.caltech.edu/
Página web de los
editores de los Collected Papers of
Albert Einstein (CPAE), originalmente en la Universidad de Boston y
actualmente en el California Institute of Technology (Pasadena), que contiene
resúmenes de los volúmenes publicados y abundante información sobre el
proyecto.
Albert Einstein Archives:
http://sites.huji.ac.il/jnul/einstein/
Página de la
Universidad Hebrea de Jerusalén, que preserva el legado documental de Einstein.
Einstein - Image and Impact:
http://www.aip.org/history/einstein/index.html
Exposición virtual
sobre Einstein creada por el Center for History of Physics del American
Institute of Physics (Washington). Simple pero fiable.
Albert
Einstein Online: http://www.westegg.com/einstein
Una página particular de enlaces,
con secciones sobre biografía, citas, estudios… Por definición irregular y nada
selectiva.