Science and medicine in La Vanguardia and The New York Times
A chapter in the history of science
journalism
El diario
barcelonés La Vanguardia nació en 1881 con una expresa voluntad de
resaltar su contenido literario y científico. The New York Times, desde
el mismo momento de su publicación, cuando aún era The New York Daily Times,
incluía noticias procedentes del ámbito científico y técnico. La historia del
periodismo científico ha estado marcada por divulgadores que fueron capaces de
tener un público lector interesado en conocer el desarrollo científico,
tecnológico y médico.
Barcelona’s
newspaper La Vanguardia was born in
1881 with an expressed will of promoting literature and science contents. The New York Times, from the very
beginning of its publication, still being called The New York Daily Times, used to include news from scientific and
technological environments. The history of science journalism has been
milestoned by science communicators who were able to keep a pool of readers
interested in scientific, technological and medical development.
«Para
comprender una ciencia es necesario conocer su historia»
Auguste
Comte
Siempre es difícil abordar una historia no
escrita. En este caso, un capítulo del periodismo científico utilizando como
eje conductor un diario que en 2006 cumplirá 125 años de existencia: La
Vanguardia. Con la dificultad añadida de que este artículo pretende romper
en lo que sea capaz con la extraña tradición de falta de análisis y de
situación en perspectiva histórica de la prensa escrita, ya que intenta
realizar una aproximación a la historia de la difusión de las ciencias en uno de
los diarios de más prestigio de España y de Europa, pero que inexplicablemente
carece todavía de una historia escrita. Para ser sinceros, deberíamos decir que
más que de historias escritas de lo que estamos realmente hablando es de
historias publicadas, ya que es conocida la existencia de por lo menos dos
historias de La Vanguardia, elaboradas por los historiadores Pere Voltes
y Rafael Abella, pero que por la razón que sea nunca han llegado a ver la luz
pública.
Sea como sea, en realidad, la historia de La
Vanguardia está escrita, día a día, desde el 1 de febrero de 1881, día en
que apareció por primera vez este periódico. Y no sólo es así, sino que además
está al alcance de todos en las muchísimas páginas de su fecunda hemeroteca.
Nosotros vamos a realizar una aproximación histórica partiendo de una inmersión
en esa rica y apasionante hemeroteca, con el añadido de la experiencia personal
de uno de los autores de este artículo. Una historia que contará además con el
casi obligado recurso de la mirada puesta en otro diario de enorme prestigio, The
New York Times, una referencia indiscutible cuando se aborda el campo del
periodismo científico y que –éste sí– posee por lo menos tres1
historias publicadas.
Por ello, se hace necesaria una advertencia al
lector: lo que seguirá a continuación será en parte explícitamente subjetivo,
dado que uno de los autores –insistimos– es protagonista de una parte de la
historia que se explica, la comprendida entre 1982 y 1997. Esto sin duda tiene
un lado positivo, el valor de la primera mano, de la experiencia vivida, pero
también implica la necesidad de ser leído con cierta dosis de espíritu crítico,
como por otro lado se debería hacer siempre, porque es bien sabido que todas
las verdades son relativas, tienen facetas y admiten valoraciones a veces muy
diferentes.
En general, podríamos afirmar sin miedo a
equivocarnos, que el mundo del periodismo es poco proclive a la autocrítica, al
autoanálisis y a la autorreflexión, salvo posiblemente en algunos departamentos
más o menos recientes de marketing, pero esto es harina de otro costal. No
entraremos en los posibles porqués de esta situación, pero quizá algún día
valdría la pena abordar las razones de tan extraño comportamiento de los
grandes defensores y creadores de la opinión pública pero que parecen ignorar
la necesidad de que esa opinión pública tenga acceso al conocimiento de cómo se
genera y gestiona el mundo de las noticias, aspecto sin duda decisivo para
profundizar en nuestra democracia.
Por todo ello, esperamos que este artículo
contribuya no sólo a conocer mejor una historia aún no escrita del periodismo
científico, tomando como base dos diarios de prestigio –con las
particularidades y distancias propias entre uno y otro–, sino también a
fomentar una mayor reflexión y, –¿por qué no?– autocrítica, desde el propio
ejercicio profesional del periodismo científico.
«All
the news that’s fit to print»
[Lema
del editor Adolph S. Ochs de The New York Times que ha aparecido en la
primera página de este diario, al lado de su cabecera, durante más de cien
años]
The New York Times y
La Vanguardia nacieron en plena edad de oro de la divulgación
científica. El diario neoyorquino fue fundado con el nombre de The New York
Daily Times el 18 de septiembre de 1851. Aunque la historia que le ha
llevado a ser considerado uno de los diarios más influyentes del mundo
realmente empieza el 18 de agosto de 1896, cuando Adolph S. Ochs compra la
cabecera que estaba a punto de desaparecer al estar la empresa prácticamente en
bancarrota, conviene no menospreciar el papel de su predecesor, diario que, el
día de su nacimiento publicaba esta explícita declaración de intenciones:
Durante el
pasado verano, la prensa pública ha especulado y conjeturado, hasta un límite
realmente considerable y a través de numerosos canales, sobre cuáles iban a ser
las características y los propósitos de nuestro diario. (...) Algunos han dicho
que iba a ser un diario abolicionista, dedicado al mundo de la antiesclavitud,
radical en todo, temerario ante la constitución, las leyes o el bien público.
Otros han escrito que el diario iba a defender intereses particulares o de
partidos determinados. (...) Nosotros seremos conservadores en aquellos casos
en los que creamos que la postura conservadora sea la mejor para el bien común y
seremos radicales con todo aquello que consideremos necesita un tratamiento y
reforma radicales.
(...) Hemos escogido
este precio [un céntimo de dólar] deliberadamente, buscando una gran
circulación del diario así como una potente influencia.
New York Daily
Times,
jueves, 18 de septiembre de 1851. Vol.1, Nº1.
Por su parte, el diario barcelonés nació el 1 de
febrero de 1881 como «diario político de avisos y noticias» impulsado por los
hermanos Bartolomé y Carlos Godó con el fin de dar apoyo al liberal Práxedes
Mateo Sagasta. Sin embargo, rápidamente abandona este objetivo y se convierte
en un diario con vocación informativa plural adquiriendo un alto nivel
literario y científico. Pere Voltes señala en un artículo2 que La
Vanguardia desde un principio «se propuso enaltecer el contenido literario
y científico de sus páginas, hasta convertirse en una cierta etapa de aquella
primera época en el diario más abierto a que el estamento científico pudiera
expresar por su mediación las novedades de cada momento al público». Ya en el
primer año de vida La Vanguardia publica un artículo de Victor Hugo (9
de agosto de 1881) y poco más tarde inicia sus colaboraciones el famoso
astrónomo y divulgador francés Camille Flammarion (6 de enero de 1882).
Flammarion colaboró esporádicamente durante años con «artículos que en la época
causaban sensación», como recuerda también Pere Voltes. Así podemos encontrar
en las páginas de La Vanguardia del 5 de enero de 1899 un artículo
titulado «Más sobre lo del siglo XX» en el que escribe: «Hacia el fin de cada
siglo surge la misma cuestión del año en que comienza la centuria próxima.
Tengo a la vista documentos de los años 1799, 1699 y 1599 en que se estudia,
revuelve y discute la fecha de caducidad del siglo. Y dentro de cien años, en
1999, nuestros nietos renovarán la discusión del problema en los periódicos fin
de siglo de la época. También entonces como hoy existirán espíritus ineptos
que renovarán el embrollo secular.»
La vocación divulgadora de La Vanguardia llega
a ser tan intensa que, según recuerda Pere Voltes,3 «algunos hombres
de ciencia se valieron probablemente con mayor profusión del diario y no de las
publicaciones profesionales para dar a conocer el fruto de sus trabajos o
comentar el de otros». Este fue sin duda el notable caso de Josep Comas i Solà,
un astrónomo y divulgador de las ciencias –sin duda influenciado por Camille
Flammarion– que se ha convertido en una referencia obligada cuando se aborda la
historia de la divulgación científica desde Barcelona, Cataluña y España. Comas
i Solà escribió unos 1200 artículos de divulgación en La Vanguardia y es
en la actualidad objeto de la investigación de una tesis doctoral en la
Universidad Pompeu Fabra sobre su faceta de divulgador científico.4
La temática divulgadora que abordó fue fundamentalmente la astronomía, su
especialidad científica, y la sismología (fue el director-fundador del
Observatorio Fabra de Barcelona) pero no dejó de tratar otros muchos aspectos
del conocimiento científico con connotaciones sociales, filosóficas y
culturales que hicieron de él un auténtico divulgador de las ciencias,
integrando la cultura científica en una única cultura, aunque en ocasiones
fueran muy polémicas sus contribuciones. En este sentido hay que resaltar su
posicionamiento contrario a la teoría de la relatividad5 y sus
incursiones en el campo del espiritismo.6
«Si
nos aventuramos en el conocimiento y en la ciencia, lo hacemos tan sólo para
regresar mejor equipados para la vida»
Johann
Wolfang von Goethe
La presencia de la
ciencia en ambos diarios es, pues, tan antigua como la existencia de los
mismos. Aunque no siempre esta presencia ha estado protagonizada propiamente
por lo que hoy denominaríamos «periodistas científicos». Veamos, por ejemplo,
el caso de The New York Times. Desde el mismo momento de su publicación,
cuando aún era The New York Daily
Times, el periódico incluía entre sus informaciones una proporción nada
desdeñable procedente del ámbito científico y técnico. Al principio, esta
información solía tener la forma de una crónica de una reunión científica o
bien recogía las voces de algún debate protagonizado por la comunidad
científica. Así, en las primeras páginas de este diario es fácil encontrar la
transcripción completa de la conferencia inaugural de una facultad, con la
lista –¡también completa!– de los graduados en aquella promoción. Del mismo
modo, también son habituales en aquella época las crónicas referidas a las
demostraciones «quasi-públicas» de experimentos que pretendían rebatir o
confirmar teorías científicas en debate. Un buen ejemplo de este tipo de
crónicas lo constituyen las relacionadas con los experimentos públicos para
rebatir las teorías de la generación espontánea, las experimentaciones sobre
fermentación y, en general, todo el movimiento de debate científico que giró en
torno a figuras como Pasteur o Koch. O, en otro aspecto de la ciencia, la
crónica del debate en torno a los diversos logros de la física de principios de
siglo XX, que tanto marcó los acontecimientos posteriores.
En estos primeros años
de existencia de la publicación (última mitad del s. XIX) no sólo no sería
propio hablar de periodistas científicos, sino que ni siquiera había una
sección específica para la información científica. Ésta, como el resto de las
informaciones, se iba colocando debajo de la última «noticia» que había
llegado, fuera ésta sobre una reunión política, un atropello de un hombre por
un carrito de helados (de hecho, ¡ésta fue una de las informaciones que
aparecía en la primera página de la primera edición de The New York
Daily News!) o sobre el último navío que hubiera llegado a la ciudad. No se
trataba de auténticas noticias, como hoy las conocemos, sino de información que
iba llegando desde diferentes vías y, casi de la misma forma, así se iba
publicando en el periódico, llenando columna a columna todas las páginas del
diario. Por otra parte, es difícil saber con exactitud quién o quiénes eran los
encargados de redactar las crónicas y el resto de información científica por
aquellas épocas, pues la mayor parte de los textos no se acompañaban de firma
alguna.
En mayo de 1877 se
publica por primera vez una columna que lleva por título Scientific Goosip (cotilleos
científicos). La columna irá apareciendo sin regularidad aparente, aunque con
relativa frecuencia, desde entonces hasta enero de 1886. La columna de
«cotilleos» obedece a una estructura que realmente hace honor a su nombre.
Pequeños párrafos de dos a cuatro líneas –y el ancho que permite una de las
siete columnas en las que estaba dispuesta la información en una página– dan
cuenta de hallazgos, innovaciones, patentes... y también de artículos
publicados en revistas científicas. Sorprende hasta qué punto en estos
«cotilleos» se escribe con naturalidad «Nature dice» tal cosa o tal
otra, como si a los lectores de entonces no hubiera que aclararles, como se
suele hacer en nuestros días, que Nature es «una prestigiosa revista
científica».
Las columnas de
«cotilleos científicos» se fueron transformando con el paso de los años en un
formato más estructurado denominado Science Notes (entre 1927 y 1942), o
incluso en otro formato de mayor amplitud, y acompañado generalmente de una
fotografía, denominado Science in the News, o Science in Review,
según las épocas. E incluso en ocasiones, sobre todo a partir de 1930, se publican
páginas enteras encabezadas por el título Science. Estos cuatro últimos
formatos aparecían publicados los domingos y, salvo en el caso de las páginas
completas, acostumbraban a compartir página con información sobre educación o
sobre patentes. También estos últimos cuatro formatos tienen en común un
elemento nuevo: en ellos figura el nombre de su autor. Un nombre destaca sobre
los demás, el de Waldemart Kaempfert, como veremos más adelante.
Uno de los primeros
periodistas científicos de los que se tiene constancia es John Michels,
redactor y posteriormente editor de la revista Science –que había creado
Thomas A. Edison a finales del siglo XIX– y que realizó las primeras crónicas
de actividades de las sociedades científicas de su época como free lance para
The New York Times. Es en el período comprendido entre las dos guerras
mundiales en el que se consolida este campo del periodismo especializado y más
concretamente entre los años 1920 y 1930 aparece la figura profesional del
periodista científico en prácticamente todos los grandes rotativos
norteamericanos. El profesor George R. Ehrhardt de la Duke University cita a
Alva Johnston como el primer reportero científico en plantilla en The New
York Times que fue galardonado con un premio Pulitzer en 1923 por la
cobertura informativa de la reunión de la American Association for the
Advancement of Science en Boston, conferencia que se convierte en la primera
que merece una rigurosa y seria atención informativa con un específico esfuerzo
en interpretar la importancia que tenía su contenido para el público. También
se incorpora a The New York Times en esos años el ya citado Waldemar
Kaempfert procedente de la revista Scientific American donde había sido managing
editor alrededor del año 1913. (Scientific American se fundó el 28
de agosto de 1845 como publicación semanal para convertirse en mensual en
noviembre de 1921, año en que precisamente E.W. Scripps lanza el primer
servicio de prensa dedicado a reportajes científicos llamado Science
Service.) No hay duda que fueron en gran medida las guerras mundiales las
impulsoras de un periodismo especializado en ciencia y tecnología.7
Los años veinte supusieron por tanto una
auténtica eclosión de las noticias científicas. En el año 1924 ya se planteó la
posibilidad de crear un suplemento semanal específico de Ciencia en The New
York Times, aunque esta iniciativa no se llegó a plasmar realmente
hasta 50 años más tarde en 1978, como veremos más adelante. Pero sin duda la
irrupción de la energía atómica fue la que marcó no sólo la historia de la
humanidad sino también la del periodismo científico.
«En
mi opinión, compartimentar el conocimiento suponía la esencia misma de la
seguridad. Mi regla era sencilla: todo hombre debería saber cuanto necesitara
para realizar el trabajo y nada más»
(General Leslie Groves)
En efecto, la inicial confluencia de intereses
entre las sociedades científicas y las agencias de prensa constituye el origen
del periodismo científico y le da carta de existencia en la redacciones a
partir de la Primera Guerra Mundial, pero su consolidación definitiva se
produce como consecuencia del mundo surgido de la Segunda Guerra Mundial. Por
primera vez emerge la conciencia generalizada de la capacidad destructora de la
tecnología que somos capaces de engendrar a la vez que se configuran dos
grandes bloques políticos antagónicos derivados de sus respectivas concepciones
ideológicas y económicas: el mundo capitalista y el mundo comunista. El
miércoles 8 de agosto de 1945 uno de los principales periódicos de Europa, Le
Monde, titulaba aquel evento como «una gran revolución científica».8
Seguramente en el momento de dar a conocer la noticia de Hiroshima no se
conocía todavía con exactitud la magnitud de los estragos causados por la
lanzamiento de la primera bomba atómica y podía ser valorada la noticia de esta
forma. En cambio, sí hubo quien estaba al corriente desde hacía tiempo, sabía
lo que iba a ocurrir en Japón y por ello constituye un hito del periodismo
científico que nunca ha sido valorado en toda su componente ética.
The New York Times tuvo
un protagonismo muy singular en aquellos acontecimientos y escribió una parte
de la historia de la humanidad, que es también historia del periodismo
científico. El protagonista fue un periodista llamado William Laurence nacido
en Lituania en 1888.
El joven William
Laurence manifestó bien pronto una postura política radical que le forzó, en
1905, a abandonar Rusia y desplazarse a los Estados Unidos. Allí se convirtió
en periodista científico, trabajando para diversos diarios y revistas del país.
Laurence tenía habilidad para poder transformar el complejo mundo científico
moderno en artículos inteligibles para el público en general. Al mismo tiempo
estableció buenos contactos personales con los líderes científicos del momento
y, en 1940, comenzó a escribir artículos sobre investigación atómica para The
New York Times y Saturday Evening Post. Laurence explicaba que en el
futuro pequeñas cantidades de uranio U-235 podían proporcionar calor y luz a
ciudades enteras y que, además, podrían dar lugar a una bomba atómica de
efectos destructivos masivos equivalentes a miles de toneladas de TNT.
Después
de Pearl Harbor, Laurence informó acerca de que científicos norteamericanos que
estaban trabajando en este campo se habían negado a hablar más con él. Empezó a
suponer que se había puesto en marcha algún programa militar secreto, que le
fue confirmado indirectamente cuando en el verano de 1942 el United Status
Office of Censorship le escribió para pedirle que no siguiera escribiendo sobre
el potencial de la energía nuclear. En abril de 1945, el general Leslie Groves,
jefe del Proyecto Manhattan, contactó con él y le contrató como cronista
oficial del desarrollo de la bomba atómica. Durante los siguientes tres meses
se le permitió entrevistar a los científicos que trabajaban en el proyecto y
preparar así los comunicados de prensa necesarios para cuando esta nueva arma
estuviera disponible. Laurence pudo seguir la primera explosión de una bomba
atómica en el desierto cercano a Alamogordo, Nuevo México, y además entrevistó
a la tripulación que tomó parte en el lanzamiento de la primera bomba sobre
Hiroshima e incluso voló en el avión que lanzó la segunda bomba sobre Nagasaki.9 Los artículos publicados sobre el tema en
el The New York Times en 1945 le valieron a Laurence el premio Pulitzer,
aunque significativamente todo este interesante episodio es muy poco destacado
en las dos historias recientes que se han escrito sobre el diario más
influyente del mundo. Quizá porque con toda seguridad plantean problemas de
ética periodística. William Laurence falleció en 1977.
De la paz tan brutalmente conseguida surgió la
guerra fría entre los dos grandes bloques y una enorme pugna por convencer al
mundo entero de cuál era el modelo de mayor éxito, rivalidad que quedó plasmada
en la carrera espacial que se inició en 1957 con el lanzamiento del primer Sputnik
soviético y que no quedó resuelta hasta que el primer hombre –Neil
Amstrong, un norteamericano– consiguió dejar su huella en la Luna en julio de
1969.10 Primero la bomba atómica y luego la carrera por la conquista
del espacio, con el trasfondo de la guerra política por la primacía de un
determinado modelo ideológico del mundo, fueron sin duda los catalizadores
decisivos para el impulso y la consolidación del periodismo científico tal como
hoy lo conocemos. En este sentido, no debemos olvidar que la guerra fría tuvo
un campo de batalla bien determinado: los medios de comunicación de masas.
Esta situación desembocó en los años setenta en
una presencia consolidada en las respectivas redacciones de expertos en
información científica y médica, pero sobre todo en la aparición de una
sensibilidad específica hacia estos temas por parte de editores y directores de
ambos diarios. Al mismo tiempo coincidió con profundos cambios en ambos
periódicos que a su vez implicaron la creación de suplementos o secciones
especializadas en temas científicos, tecnológicos y médicos, aunque en buena
parte no se debió sólo a una opción estrictamente informativa sino también
impulsada por razones de estrategia empresarial y de producción.
«No
tiene sentido publicar diarios que no interesan al público. Hay que pensar qué
quieren saber los lectores y no publicar las noticias que interesan a los
editores y directores»
(Arthur Ochs Sulzberger)
Tal como explica Edwin Diamond,11
durante el período comprendido entre 1970 y 1975, The New York Times sufrió
una severa disminución de su circulación y una notable reducción de sus
inserciones publicitarias. La crisis estaba planteada –por múltiples razones,
competencia de otros medios escritos y sobre todo de la televisión, entre
otras– y la primacía del Times estaba comprometida si no se conseguía
reconducir la situación. El editor Arthur Ochs Sulzberger, el director Abraham
Michael Rosenthal y el director comercial Walter E. Mattson fueron los
artífices de que el Times recuperara 100 000 ejemplares de circulación
entre 1976 y 1982 y otra cifra semejante hasta 1986 situándose el diario por
encima del millón de ejemplares a partir de ese año cuando en sólo un semestre
de 1971 había llegado a perder 31 000 ejemplares y se había situado en 814 000.
Entre las muchas iniciativas empresariales que
se tomaron figuró una decisiva para la consolidación del periodismo científico.
Una de las claves del éxito fue la decisión de incorporar suplementos temáticos
semanales para aumentar el interés informativo de lectores potenciales,
establecer nuevos puentes de fidelización entre el público y también abrir
nuevos mercados publicitarios. Entre ellos, todos los martes una sección
semanal dedicada a las ciencias, no sin una gran discusión interna entre sus
partidarios –muy especialmente del director, personalmente muy interesado por
los avances científicos y tecnológicos– y el sector comercial que apostaba por
un suplemento de Moda, que según su opinión tendría mayor incidencia
publicitaria. Así nació Science Times el 14 de noviembre de 1978.
La idea de crear secciones temáticas rotatorias
a lo largo de la semana no era nueva. Julius Ochs Adler, un sobrino del «fundador»
Adolph Ochs Sulzberger que trabajaba en el departamento comercial, se anticipó
a las ideas de los años setenta en una memoria–propuesta que presentó al editor
el 31 de diciembre de... 1924 (!). En este documento proponía un suplemento de
Economía y finanzas para los lunes, uno de Técnica y ciencia para los martes,
otro de Mujer, otro de Profesiones (abogados, médicos, etc.), otro de Deportes
y finalmente uno de Libros para los sábados. Cincuenta años después los
arquitectos del nuevo Times –como los define Edwin Diamond– utilizaron
diferentes rúbricas, pero no muy alejadas de aquella vieja y casi visionaria
propuesta, con la única realmente revolucionaria propuesta de un suplemento de
Fin de semana, cuando la cultura del ocio ya estaba instaurada en nuestra
sociedad pero que era impensable en los años veinte. Adler proponía incluso
auténticas revistas de 16 páginas que no formaran parte del cuerpo del diario,
pero insertas en él. Rosenthal en los años setenta decidió llamarles daily
magazines, pero en forma de páginas incorporadas con epígrafe
individualizado en el conjunto del diario. Los argumentos que se daban en los
años veinte fueron prácticamente los mismos que los de los años setenta: «Los
cambios que se producen en la sociedad con un mayor nivel económico e
intelectual del público implican una aggiornamento del diario»; «temas
que interesan a los ciudadanos o afectan a sus vidas cotidianas»; «oferta
diferenciada amena pero rigurosa para lectores más preparados»; «la existencia
demográfica y social de más jóvenes, más mujeres, más profesionales, más
estudiantes y campus universitarios en cada área»...
«Hay
un orden que regula nuestro progreso»
(Bernard
de Fontenelle)
Daniel Bell argumenta en su obra The coming
of post-industrial society (1973)12 que el nacimiento del
periodismo científico a gran escala de los años setenta se debe precisamente a
la necesidad de una interpretación adecuada de la naturaleza científica y
tecnológica del progreso. Y es que como dejó escrito Bertrand Russell, «la democracia
es necesaria pero no suficiente», por lo que sólo una ciudadanía bien educada,
informada, con criterio y espíritu crítico permitirá profundizar para alcanzar
una democracia que además sea realmente suficiente. La realidad es que queda
mucho camino por recorrer todavía.
La historia del periodismo científico ha estado
marcada –casi podríamos decir personalizada– por divulgadores científicos que
«impregnaron» las principales redacciones de los periódicos con sus artículos y
crearon un público lector fiel e interesado en conocer el desarrollo
científico, tecnológico y médico. Así fue en los casos de The New York Times
y de La Vanguardia hasta los años de la definitiva consolidación de
la ciencia como área temática, a finales de los setenta, principios de los
ochenta.
En La Vanguardia, tras la pionera y
fecunda labor divulgativa realizada por Comas Solà y la continuada presencia y
colaboración de otras personalidades de las ciencias –como Ferran Tallada,
catedrático de Cálculo y Mecánica Racional de la Escuela de Ingenieros– y de la
medicina de la Barcelona de principios de siglo XX –como por ejemplo el Dr.
Robert, del que podemos destacar el balance que La Vanguardia publicó de
la «Medicina del siglo XIX» en forma de ocho artículos entre el 6 de agosto de 1901
y el 24 de septiembre de 1901–, otros nombres relevantes merecen ser destacados
ya que fueron los que mantuvieron el interés por la divulgación científica
durante casi todo el siglo XX. Sin duda, uno de los más importantes fue el
profesor de Química y Física Miguel Masriera Rubio. Llegó a publicar durante 60
años más de dos mil artículos de divulgación en este diario, entre el 26 de
febrero de 1921 y el 8 de julio de 1981 («La búsqueda de lo absoluto: un
científico habla de arte»), poco antes de su muerte. Es significativo que la
periodicidad de su presencia en las páginas de La Vanguardia aumentó
notablemente a partir del año 1948, confirmando así también con su trayectoria
personal el impulso que la Segunda Guerra Mundial tuvo para el periodismo científico.
La figura y la labor de Masriera como divulgador científico no ha sido todavía
adecuadamente estudiada y debería ser motivo de alguna nueva tesis doctoral
sobre este campo del periodismo especializado.
«La
medicina enferma a las personas, la matemática las entristece y la teología las
hace sentirse pecadoras»
(Martín
Lutero)
En las páginas de La Vanguardia han
coexistido además, como ya hemos visto en el caso de principios de siglo, la
divulgación sobre descubrimientos científicos con la especial atención al mundo
de la medicina. Durante el siglo XX, el diario fue fiel reflejo de la sociedad
de la que emergía y en la que estaba radicado. Al ser Barcelona una ciudad con
gran tradición médica13 era casi inevitable que las principales
figuras del mundo de la medicina de cada época se asomaran con asiduidad a las
páginas de La Vanguardia. Entre los hitos más o menos recientes que cabe
destacar figura la creación en el año 1962 de una página semanal todos los
sábados con el epígrafe específico de Biología y Medicina, en la que junto a la
colaboración fija del profesor Arturo Fernández Cruz –que coordinaba la
sección– fueron apareciendo personalidades médicas como Rotés Querol, Sánchez
Lucas, Villar Palasí, Xavier Vilanova, Vidal Teixidó, Christian de Nogales,
Joan Ibiols, Antoni Puigvert y... Lluís Daufí, quien más tarde tomaría el
relevo como responsable de este espacio informativo semanal dedicado a la
medicina.14
Merece atención especial el artículo que el
profesor Fernández Cruz publicó el sábado 7 de abril de 1962 al crear esta
sección: «Contribución a una noble empresa cultural» en el que defendía la
necesidad de una divulgación rigurosa y amena de esta temática, que además
incitara a los lectores a continuar leyendo libros y formándose para poder entender
–culturalmente hablando– el mundo que iba surgiendo a partir de la nueva
biología y sus aplicaciones médicas. Esta página semanal se publicó hasta el 23
de junio de 1968, en que Fernández Cruz se trasladó a Madrid, reapareciendo
tres años después como «La Vanguardia de la Medicina», el 3 de octubre de 1971,
coordinada por Lluís Daufí.15 Esta sección semanal se mantuvo hasta
que en octubre de 1982 se incorporó a una más amplia sección semanal de
Ciencia y Medicina de La Vanguardia que, como en el caso de The New
York Times, se convirtió en un suplemento semanal.
A principios de los años ochenta, La
Vanguardia inició un proceso de modernización de su sistema de producción
en paralelo a un cambio generacional en diferentes ámbitos de la empresa,
incluida el área periodística. El corresponsal en Estados Unidos, Lluís Foix,
se reincorporó a la redacción, primero como director adjunto de Horacio Sáenz
Guerrero y luego como director de transición hasta que se formó un nuevo equipo
periodístico en torno a Francesc Noy. Foix era conocedor de la evolución del Times
de Nueva York y este hecho fue determinante para su apoyo y la creación de
una sección semanal de Ciencia en forma de suplemento, análogo en su filosofía
al que había nacido unos pocos años antes en The New York Times.
En el caso de La Vanguardia intervinieron
no sólo razones estrictamente de estrategia informativa y adaptación a las
nuevas áreas de interés potencial de los lectores, sino asimismo otros factores
estructurales. Inmersa en una auténtica revolución tecnológica con el paso
prácticamente directo de las viejas linotipias de plomo a la incorporación de
un proceso informatizado basado en el sistema Atex norteamericano, en los años
1981 y 1982 se había creado una comisión responsable de la reconversión
tecnológica en la que estaban representadas todas las secciones de la empresa.
La realidad es que cuando empezó este proceso en quienes menos se pensó fue en
los periodistas, ya que se vaticinó –luego se demostró que éste era un
planteamiento erróneo– que los periodistas se mostrarían reacios a cambiar sus
tradicionales sistemas de trabajo y se preveía que sólo a muy largo plazo
estarían dispuestos a incorporar el mundo del ordenador a la redacción. En
realidad se estaba pensando más en el taller y en la sección de publicidad
(especialmente en los anuncios por palabras) cuando se emprendió el citado
proceso de reconversión. De todos modos se decidió incorporar a la comisión a
un periodista, Vladimir de Semir,16 que se consideró adecuado para
participar en este proceso de profundo cambio en la empresa, por su formación
previa –había estudiado matemáticas–, su dominio de varias lenguas clave para
la formación que se debía realizar en Estados Unidos y en Alemania y su
disponibilidad personal a cambiar de área de trabajo: tras su incorporación al
diario en la sección de Regional, en aquel momento formaba parte de la sección
de Política catalana que dirigía Margarita Sáenz Diez desde la transición
política española.
Además eran los años en que se había fundado el
Museo de la Ciencia de la Fundación ‘La Caixa’ de Barcelona y Jorge Wagensberg
había sido nombrado su director. Wagensberg y De Semir habían sido compañeros
de escuela desde su infancia, se veían con cierta regularidad y en una ocasión
Wagensberg le comentó: «La Vanguardia debería prestar especial atención
a la divulgación científica, es un tema que interesa mucho a los ciudadanos...
¿Por qué no propones la creación de una sección de Ciencia?» Esta reflexión
coincidió con las conversaciones entre Foix y De Semir en plena reconversión
del diario: De Semir estaba inmerso en el proceso de adaptación tecnológica de
la empresa y había manifestado que a pesar de estar dispuesto a participar en
ese proceso no deseaba desconectarse del todo de su actividad como periodista,
aunque no fuera con la presión que impone la información diaria. Además hubo
otro factor realmente decisivo en la creación del suplemento de Ciencia del
diario. En aquella época, la edición dominical no podía absorber toda la
demanda publicitaria que aspiraba a ser insertada en las páginas de La
Vanguardia. La única solución posible era crear un cuadernillo adicional
para el domingo –el diario era en aquella época fasciculado, formado por dos,
tres o más cuadernillos independientes que permitían una agrupación,
presentación y maquetación de las diferentes secciones mucho más funcional y
atractiva que la actual–, un cuadernillo que, por razones de producción, se
pudiera cerrar el jueves y ser impreso con antelación para que no entorpeciera
el proceso de producción del diario los sábados en los talleres ante la
importante oferta que realizaba La Vanguardia todos los domingos.
La conjunción de estos tres factores comentados
condujo a la decisión del responsable de la redacción en aquellos momentos,
Lluís Foix, a crear unas páginas dominicales dedicadas a las ciencias, que
incorporaran la tradicional página de medicina que Lluís Daufí realizaba desde
hacía más de 10 años y que por su contenido podían ser ligeramente
intemporales, siendo cerradas informativamente los jueves. Así nació el 10 de
octubre de 1982 el primer suplemento de Ciencia de La Vanguardia, Jorge
Wagensberg fue su primer colaborador externo y el aspecto más relevante es que
por primera vez en la historia del diario este espacio informativo era dirigido
por un periodista que formaba parte de la redacción y no por un científico o
médico que colaboraba como divulgador científico externo. De todos modos, desde
un principio la filosofía de este suplemento fue la de que colaboraran estrechamente
periodistas, científicos y médicos para unificar criterios de rigor, amenidad y
actualidad.
«Es
difícil comunicar al público que la investigación está hecha de hipótesis, de
experimentos de control y de pruebas de falsificación»
(Umberto
Eco)
Estas páginas dominicales tuvieron una amplia
repercusión entre el mundo científico de Barcelona y de Cataluña ya que por
primera vez de forma amplia científicos y científicas de las universidades y
centros de investigación de toda España pudieron colaborar con sus artículos.
Las tres o cuatro páginas iniciales fueron evolucionando en función de la
publicidad que se debía insertar y llegaron a convertirse en alguna ocasión en
unas 20 páginas, saltando también a la portada de huecograbado del
correspondiente cuadernillo e incorporando a un ilustrador gráfico de gran
impacto por su capacidad de síntesis de los temas científicos, Fernando Krahn.
Todo esto, unido a que se publicaban el día de mayor difusión del diario,
convirtieron a este suplemento más o menos desestructurado –dependía siempre de
la publicidad que debía absorber– en muy popular entre los lectores y demostró
que una oferta informativa completamente nueva de calidad mantenida acababa
creando una demanda entre los lectores. En efecto, cuando en el año 1989 se
estaba preparando la segunda etapa de la reconversión de La Vanguardia una
encuesta interna de la empresa entre los lectores y suscriptores reveló que la
sección de Ciencia era una de las más apreciadas por el público fiel al diario.
Esta segunda etapa del cambio tecnológico de La
Vanguardia comportaba la compra de una nueva rotativa que podía imprimir
también en color y se procedió al rediseño del diario, para lo que se contrató
a uno de los expertos mundiales más conocidos: Milton Glaser, el norteamericano
inventor del I love NY. Glaser y su equipo prepararon la nueva maqueta
de La Vanguardia e introdujeron el concepto que había significado en su
día la recuperación espectacular del Times de Nueva York: dotar al
diario de un suplemento diario diferente cada día de la semana para crear y
fidelizar nuevos lectores y lectoras. Uno de ellos fue precisamente el de
Ciencia y Tecnología que pasó a editarse los sábados a partir del 7 de octubre
de 1989 y que en su caso –otros iban en el cuerpo general del diario– tenía el
formato de cuaderno o revista independiente a todo color con 16 páginas
(curiosamente tal como había concebido, salvo el color que entonces era
imposible, Julius Ochs Adler en el año 1924 para The New York Times).
Como resultado de esta introducción de un nuevo diseño y oferta de suplementos
diarios también se creó el suplemento de Salud y Calidad de Vida, que se
comenzó a publicar el 4 de octubre de 1989 todos los miércoles en las páginas
interiores y centrales del diario (la nueva rotativa implicó que La
Vanguardia perdiese su característica de fasciculada), con un total de ocho
páginas. Posteriormente, el 7 de septiembre de 1990, dado el éxito que había
alcanzado el suplemento de Ciencia y Tecnología, se decidió que este suplemento
–que pasó a llamarse Medicina y Calidad de Vida– también fuera a todo color,
pasara de las ocho páginas iniciales a un total de 12 y se ofertara al lector
como un cuaderno individual encartado en el diario. El responsable de su
contenido era el doctor Antonio Salgado, que se había incorporado como
colaborador de Lluís Daufí el 31 de octubre de 1982, en la primera etapa del
suplemento de Ciencia y Medicina, hasta que en 1987 se hizo cargo del área
médica siguiendo la larga tradición de médicos colaboradores de La
Vanguardia.
Esta oferta de dos suplementos en forma de
revista se mantuvo hasta que el 4 de marzo de 1995 se fusionaron en forma de
auténtica revista que pasó a llamarse Ciencia y Vida que se encartaba
con el diario todos los sábados, aunque su vida fue relativamente corta ya que
perduró hasta el 24 de febrero de 1996 en que pasó a editarse de nuevo con el
diario con el nombre Ciencia y Salud, perdiendo buena parte de sus
características de papel especial y a todo color, época en que el responsable
fue el periodista científico Lluís Reales, que se había formado en el equipo de
suplementos que dirigió Vladimir de Semir desde 1989 hasta 1996. Las razones de
estos cambios, a pesar del éxito y audiencia que la ciencia y la medicina tenía
entre los lectores, se deben a nuevos criterios empresariales aparecidos en el
Grupo Godó a finales de los años noventa. Finalmente, en julio de 1997 el
suplemento de Ciencia y Salud dejó de editarse.17 Tres años después
el defensor del lector de La Vanguardia todavía recibía cartas de los
lectores preguntando sobre el suplemento de Ciencia y las razones de su no
publicación.18
A partir de la fecha de desaparición del
suplemento toda la temática científica y médica se pasó a tratar únicamente en
la sección de Sociedad del diario con los problemas que ello comporta.19
Es interesante conocer la evolución que la información científica ha tenido en
épocas recientes en diferentes medios europeos (The New York Times sigue
fiel a su tradición y continúa publicando su Science Times todos los
martes).20 En los principales diarios europeos sigue existiendo un
espacio específico para la información científica y médica, ya sea en forma de
suplemento como es el caso de La Stampa, diario italiano que mantiene
desde 1981 un suplemento de cuatro páginas todos los lunes además de la
información diaria o como el de Le Monde y Le Figaro en Francia,
que ofrecen una página diaria dedicada a esta temática diferenciada del resto
de secciones.21 En este sentido, hay que resaltar la iniciativa
reciente del periódico El Mundo, que además de mantener un suplemento
Salud todos los sábados ha decidido suprimir a partir del 24 de septiembre de
2002 su sección de Sociedad y ha creado un espacio diario dedicado a Ciencia de
dos páginas.
La historia del periodismo científico sigue,
porque como afirma el catedrático de Historia de la Ciencia José Manuel Sánchez
Ron: «Necesitamos ver la ciencia, sus contenidos y posibilidades que abre,
desde el prisma de la vida, de todo aquello que lenta y laboriosamente ha
conducido a crear lo que somos, a configurar la condición humana».22
Vladimir de Semir
Director del
Observatorio de la Comunicación Científica (http://www.upf.es/occ) y del Máster en Comunicación Científica de la
Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Director de Quark. Miembro de la European Network of Science
Communication Teachers (ENSCOT) y del Comité ejecutivo de la red internacional
Public Communication of Science and Technology (PSCT). Miembro del Consello da
Cultura Galego y de los comités científicos del Museo del Hombre de La Coruña y
del Museo Nacional de la Ciencia y de la Técnica de Cataluña. Creador y editor
de los suplementos de Ciencia y Medicina de La Vanguardia (1982-1996).
Concejal de Ciudad del Conocimiento de Barcelona.
Gemma Revuelta
Profesora asociada de Comunicación Científica (Biología) y
Periodismo Científico (Periodismo) en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona).
Subdirectora del Observatorio de la Comunicación Científica (UPF).
Investigadora del Instituto Municipal de Investigación Médica (IMIM) de
Barcelona. Subdirectora de la revista Quark.
Codirectora del Informe Quiral (medicina y salud en la prensa diaria)
desde el año 1997. Miembro de la European Network of Science Communication
Teachers (ENSCOT). Miembro de la Comisión Técnica de «Ciencia e Técnica nos
Medios de Comunicación en Galicia», del Consello de Cultura Galega. Licenciada
en Medicina por la Universidad de Barcelona y Máster en Comunicación Científica
por la UPF
Notas
1 Meyer Berger, The story
of the New York Times, Simon and Schuster, Nueva York, 1951. Goulden J.C, Fit to print. A.M.
Rosenthal and his Times, Lyle Stuart Inc., New Jersey, 1988. Diamond E., Behind the Times, Villard
Books, Nueva York, 1994.
2 Voltes, P.: «La
col·laboració de professors universitaris a l’antiga Vanguardia», 1990.
3 Ibidem.
4 Véase artículo específico en esta
publicación: Cebrian, I.: «Josep Comas i Solà:
divulgador científico», Quark
2002; 26: 82-91.
5 «Las conferencias de Albert Einstein»,
artículo publicado en La Vanguardia el 14 de marzo de 1923. Sobre la
visita de Albert Einstein a España y más concretamente a Barcelona, véase
«Einstein y los españoles. Ciencia y sociedad en la España de entreguerras»,
Thomas F. Glick, Alianza Universidad, Madrid, 1986.
6 Véase
la edición facsímil de «El espiritismo ante la ciencia», de J. Comas Solà
editada por Alta Fulla-Mundo Científico en 1986, con un excelente prólogo del
historiador de las ciencias Antoni Roca.
7 Para profundizar en el tema se pueden
consultar dos obras de Bernadette Bensaude-Vincent, profesora de Historia y de
Filosofía de las Ciencias de la Universidad París X: La science populaire
dans la presse et l’édition, CNRS Édtions, París, 1997, y L’opinion
publique et la science, Institut d’Édition Sanofi-Synthelabo, París, 2000.
8 Véase
portada de Le Monde del 8 de agosto de 1945.
9 «Atomic
Bomb on Nagasaki», The New York Times, September 9. (William Laurence
describe como testigo directo la explosión de Nagasaki, artículo reproducido en
http://chnm.gmu.edu/courses/122/hiro/laurence.htm.)
10 Para detalles sobre la carrera espacial y su
influencia en los medios de comunicación se puede consultar la tesis doctoral
de Xavier Duran: «Tratamiento periodístico de dos hechos tecnológicos: los
primeros Sputniks (1957) y la llegada a la Luna (1969) en la prensa
diaria de Barcelona», Universidad Autónoma de Barcelona, 1997.
11 Capítulo 5 de «Behind The Times: Inside The
New York Times», Villard Books, Nueva York, 1994.
12 Nueva edición actualizada por el propio
autor publicada por Basic Books (Perseus Books Group), Nueva York 1999.
13 La
guía Paseos por la Barcelona científica establece que la profesión que
está más representada en el callejero de la ciudad es precisamente la de
médico. Véase Piqueras, M.; Duran, X.:
Paseos por la Barcelona científica, Ayuntamiento de Barcelona, 2002.
14 Puede seguirse la capacidad divulgativa
de Lluís Daufí en su obra La enfermedad, hoy, Biblioteca Científica
Salvat, Barcelona, 1994.
15 Una aproximación a la historia de la
divulgación médica en La Vanguardia se puede consultar en la tesis doctoral
de Antonio Salgado, «Descripción y valoración de la información de un
suplemento semanal de medicina y salud de un periódico de Barcelona», Universidad Autónoma de Barcelona, 1992.
16 De
aquí en adelante la narración debe ser considerada por el lector como
necesariamente subjetiva o personal, ya que uno de los autores de este artículo
es el protagonista de estos hechos.
17 Los ejemplares de Ciencia y Salud de
febrero 1996 a julio 1997 pueden ser consultados en:
http://www.lavanguardia.es:8000/ciencia.
18 El 24 de abril de 1993 el suplemento de
Ciencia y Tecnología publicó una encuesta entre sus lectores que demostró el
alto grado de fidelización que se había establecido.
19 Para
un análisis pormenorizado de la situación del periodismo científico en la
actualidad puede ser consultado el artículo «Periodismo científico: un discurso
a la deriva» de Vladimir de Semir, en la revista Discurso y Sociedad
(Editorial Gedisa) de junio del 2000.
20 Consúltese
Sciences aux quotidiens del profesor Pierre Fayard (Z, Niza, 1993) y el
artículo «El fin del periodismo científico» de John Franklin en Quark [1998 (11): 53-63] o en
http://www.imim.es/quark.
21 Sobre
la situación de la divulgación científica en Europa puede ser consultado un
reciente informe de la Comisión Europea, «The Promotion of RTD Culture and
Public Understanding of Science», en http://www.cordis.lu.
22 «¿Para
qué la ciencia?», artículo de José Manuel Sánchez Ron, en El País del 7
de enero del 2003.