Ciencia y medicina en La Vanguardia y The New York Times

Un capítulo de la historia del periodismo científico

 

Science and medicine in La Vanguardia and The New York Times

A chapter in the history of science journalism

 

Vladimir de Semir y Gemma Revuelta

 

 

El diario barcelonés La Vanguardia nació en 1881 con una expresa voluntad de resaltar su contenido literario y científico. The New York Times, desde el mismo momento de su publicación, cuando aún era The New York Daily Times, incluía noticias procedentes del ámbito científico y técnico. La historia del periodismo científico ha estado marcada por divulgadores que fueron capaces de tener un público lector interesado en conocer el desarrollo científico, tecnológico y médico.

 

 

Barcelona’s newspaper La Vanguardia was born in 1881 with an expressed will of promoting literature and science contents. The New York Times, from the very beginning of its publication, still being called The New York Daily Times, used to include news from scientific and technological environments. The history of science journalism has been milestoned by science communicators who were able to keep a pool of readers interested in scientific, technological and medical development.

 

 

«Para comprender una ciencia es necesario conocer su historia»

Auguste Comte

 

Siempre es difícil abordar una historia no escrita. En este caso, un capítulo del periodismo científico utilizando como eje conductor un diario que en 2006 cumplirá 125 años de existencia: La Vanguardia. Con la dificultad añadida de que este artículo pretende romper en lo que sea capaz con la extraña tradición de falta de análisis y de situación en perspectiva histórica de la prensa escrita, ya que intenta realizar una aproximación a la historia de la difusión de las ciencias en uno de los diarios de más prestigio de España y de Europa, pero que inexplicablemente carece todavía de una historia escrita. Para ser sinceros, deberíamos decir que más que de historias escritas de lo que estamos realmente hablando es de historias publicadas, ya que es conocida la existencia de por lo menos dos historias de La Vanguardia, elaboradas por los historiadores Pere Voltes y Rafael Abella, pero que por la razón que sea nunca han llegado a ver la luz pública.

Sea como sea, en realidad, la historia de La Vanguardia está escrita, día a día, desde el 1 de febrero de 1881, día en que apareció por primera vez este periódico. Y no sólo es así, sino que además está al alcance de todos en las muchísimas páginas de su fecunda hemeroteca. Nosotros vamos a realizar una aproximación histórica partiendo de una inmersión en esa rica y apasionante hemeroteca, con el añadido de la experiencia personal de uno de los autores de este artículo. Una historia que contará además con el casi obligado recurso de la mirada puesta en otro diario de enorme prestigio, The New York Times, una referencia indiscutible cuando se aborda el campo del periodismo científico y que –éste sí– posee por lo menos tres1 historias publicadas.

Por ello, se hace necesaria una advertencia al lector: lo que seguirá a continuación será en parte explícitamente subjetivo, dado que uno de los autores –insistimos– es protagonista de una parte de la historia que se explica, la comprendida entre 1982 y 1997. Esto sin duda tiene un lado positivo, el valor de la primera mano, de la experiencia vivida, pero también implica la necesidad de ser leído con cierta dosis de espíritu crítico, como por otro lado se debería hacer siempre, porque es bien sabido que todas las verdades son relativas, tienen facetas y admiten valoraciones a veces muy diferentes.

En general, podríamos afirmar sin miedo a equivocarnos, que el mundo del periodismo es poco proclive a la autocrítica, al autoanálisis y a la autorreflexión, salvo posiblemente en algunos departamentos más o menos recientes de marketing, pero esto es harina de otro costal. No entraremos en los posibles porqués de esta situación, pero quizá algún día valdría la pena abordar las razones de tan extraño comportamiento de los grandes defensores y creadores de la opinión pública pero que parecen ignorar la necesidad de que esa opinión pública tenga acceso al conocimiento de cómo se genera y gestiona el mundo de las noticias, aspecto sin duda decisivo para profundizar en nuestra democracia.

Por todo ello, esperamos que este artículo contribuya no sólo a conocer mejor una historia aún no escrita del periodismo científico, tomando como base dos diarios de prestigio –con las particularidades y distancias propias entre uno y otro–, sino también a fomentar una mayor reflexión y, –¿por qué no?– autocrítica, desde el propio ejercicio profesional del periodismo científico.

 

«All the news that’s fit to print»

[Lema del editor Adolph S. Ochs de The New York Times que ha aparecido en la primera página de este diario, al lado de su cabecera, durante más de cien años]

 

The New York Times y La Vanguardia nacieron en plena edad de oro de la divulgación científica. El diario neoyorquino fue fundado con el nombre de The New York Daily Times el 18 de septiembre de 1851. Aunque la historia que le ha llevado a ser considerado uno de los diarios más influyentes del mundo realmente empieza el 18 de agosto de 1896, cuando Adolph S. Ochs compra la cabecera que estaba a punto de desaparecer al estar la empresa prácticamente en bancarrota, conviene no menospreciar el papel de su predecesor, diario que, el día de su nacimiento publicaba esta explícita declaración de intenciones:

 

Durante el pasado verano, la prensa pública ha especulado y conjeturado, hasta un límite realmente considerable y a través de numerosos canales, sobre cuáles iban a ser las características y los propósitos de nuestro diario. (...) Algunos han dicho que iba a ser un diario abolicionista, dedicado al mundo de la antiesclavitud, radical en todo, temerario ante la constitución, las leyes o el bien público. Otros han escrito que el diario iba a defender intereses particulares o de partidos determinados. (...) Nosotros seremos conservadores en aquellos casos en los que creamos que la postura conservadora sea la mejor para el bien común y seremos radicales con todo aquello que consideremos necesita un tratamiento y reforma radicales.

(...) Hemos escogido este precio [un céntimo de dólar] deliberadamente, buscando una gran circulación del diario así como una potente influencia.

 

New York Daily Times, jueves, 18 de septiembre de 1851. Vol.1, Nº1.

 

Por su parte, el diario barcelonés nació el 1 de febrero de 1881 como «diario político de avisos y noticias» impulsado por los hermanos Bartolomé y Carlos Godó con el fin de dar apoyo al liberal Práxedes Mateo Sagasta. Sin embargo, rápidamente abandona este objetivo y se convierte en un diario con vocación informativa plural adquiriendo un alto nivel literario y científico. Pere Voltes señala en un artículo2 que La Vanguardia desde un principio «se propuso enaltecer el contenido literario y científico de sus páginas, hasta convertirse en una cierta etapa de aquella primera época en el diario más abierto a que el estamento científico pudiera expresar por su mediación las novedades de cada momento al público». Ya en el primer año de vida La Vanguardia publica un artículo de Victor Hugo (9 de agosto de 1881) y poco más tarde inicia sus colaboraciones el famoso astrónomo y divulgador francés Camille Flammarion (6 de enero de 1882). Flammarion colaboró esporádicamente durante años con «artículos que en la época causaban sensación», como recuerda también Pere Voltes. Así podemos encontrar en las páginas de La Vanguardia del 5 de enero de 1899 un artículo titulado «Más sobre lo del siglo XX» en el que escribe: «Hacia el fin de cada siglo surge la misma cuestión del año en que comienza la centuria próxima. Tengo a la vista documentos de los años 1799, 1699 y 1599 en que se estudia, revuelve y discute la fecha de caducidad del siglo. Y dentro de cien años, en 1999, nuestros nietos renovarán la discusión del problema en los periódicos fin de siglo de la época. También entonces como hoy existirán espíritus ineptos que renovarán el embrollo secular.»

La vocación divulgadora de La Vanguardia llega a ser tan intensa que, según recuerda Pere Voltes,3 «algunos hombres de ciencia se valieron probablemente con mayor profusión del diario y no de las publicaciones profesionales para dar a conocer el fruto de sus trabajos o comentar el de otros». Este fue sin duda el notable caso de Josep Comas i Solà, un astrónomo y divulgador de las ciencias –sin duda influenciado por Camille Flammarion– que se ha convertido en una referencia obligada cuando se aborda la historia de la divulgación científica desde Barcelona, Cataluña y España. Comas i Solà escribió unos 1200 artículos de divulgación en La Vanguardia y es en la actualidad objeto de la investigación de una tesis doctoral en la Universidad Pompeu Fabra sobre su faceta de divulgador científico.4 La temática divulgadora que abordó fue fundamentalmente la astronomía, su especialidad científica, y la sismología (fue el director-fundador del Observatorio Fabra de Barcelona) pero no dejó de tratar otros muchos aspectos del conocimiento científico con connotaciones sociales, filosóficas y culturales que hicieron de él un auténtico divulgador de las ciencias, integrando la cultura científica en una única cultura, aunque en ocasiones fueran muy polémicas sus contribuciones. En este sentido hay que resaltar su posicionamiento contrario a la teoría de la relatividad5 y sus incursiones en el campo del espiritismo.6

 

«Si nos aventuramos en el conocimiento y en la ciencia, lo hacemos tan sólo para regresar mejor equipados para la vida»

Johann Wolfang von Goethe

 

La presencia de la ciencia en ambos diarios es, pues, tan antigua como la existencia de los mismos. Aunque no siempre esta presencia ha estado protagonizada propiamente por lo que hoy denominaríamos «periodistas científicos». Veamos, por ejemplo, el caso de The New York Times. Desde el mismo momento de su publicación, cuando aún era The New York  Daily Times, el periódico incluía entre sus informaciones una proporción nada desdeñable procedente del ámbito científico y técnico. Al principio, esta información solía tener la forma de una crónica de una reunión científica o bien recogía las voces de algún debate protagonizado por la comunidad científica. Así, en las primeras páginas de este diario es fácil encontrar la transcripción completa de la conferencia inaugural de una facultad, con la lista –¡también completa!– de los graduados en aquella promoción. Del mismo modo, también son habituales en aquella época las crónicas referidas a las demostraciones «quasi-públicas» de experimentos que pretendían rebatir o confirmar teorías científicas en debate. Un buen ejemplo de este tipo de crónicas lo constituyen las relacionadas con los experimentos públicos para rebatir las teorías de la generación espontánea, las experimentaciones sobre fermentación y, en general, todo el movimiento de debate científico que giró en torno a figuras como Pasteur o Koch. O, en otro aspecto de la ciencia, la crónica del debate en torno a los diversos logros de la física de principios de siglo XX, que tanto marcó los acontecimientos posteriores.

En estos primeros años de existencia de la publicación (última mitad del s. XIX) no sólo no sería propio hablar de periodistas científicos, sino que ni siquiera había una sección específica para la información científica. Ésta, como el resto de las informaciones, se iba colocando debajo de la última «noticia» que había llegado, fuera ésta sobre una reunión política, un atropello de un hombre por un carrito de helados (de hecho, ¡ésta fue una de las informaciones que aparecía en la primera página de la primera edición de The New York Daily News!) o sobre el último navío que hubiera llegado a la ciudad. No se trataba de auténticas noticias, como hoy las conocemos, sino de información que iba llegando desde diferentes vías y, casi de la misma forma, así se iba publicando en el periódico, llenando columna a columna todas las páginas del diario. Por otra parte, es difícil saber con exactitud quién o quiénes eran los encargados de redactar las crónicas y el resto de información científica por aquellas épocas, pues la mayor parte de los textos no se acompañaban de firma alguna.

En mayo de 1877 se publica por primera vez una columna que lleva por título Scientific Goosip (cotilleos científicos). La columna irá apareciendo sin regularidad aparente, aunque con relativa frecuencia, desde entonces hasta enero de 1886. La columna de «cotilleos» obedece a una estructura que realmente hace honor a su nombre. Pequeños párrafos de dos a cuatro líneas –y el ancho que permite una de las siete columnas en las que estaba dispuesta la información en una página– dan cuenta de hallazgos, innovaciones, patentes... y también de artículos publicados en revistas científicas. Sorprende hasta qué punto en estos «cotilleos» se escribe con naturalidad «Nature dice» tal cosa o tal otra, como si a los lectores de entonces no hubiera que aclararles, como se suele hacer en nuestros días, que Nature es «una prestigiosa revista científica».

Las columnas de «cotilleos científicos» se fueron transformando con el paso de los años en un formato más estructurado denominado Science Notes (entre 1927 y 1942), o incluso en otro formato de mayor amplitud, y acompañado generalmente de una fotografía, denominado Science in the News, o Science in Review, según las épocas. E incluso en ocasiones, sobre todo a partir de 1930, se publican páginas enteras encabezadas por el título Science. Estos cuatro últimos formatos aparecían publicados los domingos y, salvo en el caso de las páginas completas, acostumbraban a compartir página con información sobre educación o sobre patentes. También estos últimos cuatro formatos tienen en común un elemento nuevo: en ellos figura el nombre de su autor. Un nombre destaca sobre los demás, el de Waldemart Kaempfert, como veremos más adelante.

Uno de los primeros periodistas científicos de los que se tiene constancia es John Michels, redactor y posteriormente editor de la revista Science –que había creado Thomas A. Edison a finales del siglo XIX– y que realizó las primeras crónicas de actividades de las sociedades científicas de su época como free lance para The New York Times. Es en el período comprendido entre las dos guerras mundiales en el que se consolida este campo del periodismo especializado y más concretamente entre los años 1920 y 1930 aparece la figura profesional del periodista científico en prácticamente todos los grandes rotativos norteamericanos. El profesor George R. Ehrhardt de la Duke University cita a Alva Johnston como el primer reportero científico en plantilla en The New York Times que fue galardonado con un premio Pulitzer en 1923 por la cobertura informativa de la reunión de la American Association for the Advancement of Science en Boston, conferencia que se convierte en la primera que merece una rigurosa y seria atención informativa con un específico esfuerzo en interpretar la importancia que tenía su contenido para el público. También se incorpora a The New York Times en esos años el ya citado Waldemar Kaempfert procedente de la revista Scientific American donde había sido managing editor alrededor del año 1913. (Scientific American se fundó el 28 de agosto de 1845 como publicación semanal para convertirse en mensual en noviembre de 1921, año en que precisamente E.W. Scripps lanza el primer servicio de prensa dedicado a reportajes científicos llamado Science Service.) No hay duda que fueron en gran medida las guerras mundiales las impulsoras de un periodismo especializado en ciencia y tecnología.7

Los años veinte supusieron por tanto una auténtica eclosión de las noticias científicas. En el año 1924 ya se planteó la posibilidad de crear un suplemento semanal específico de Ciencia en The New York Times, aunque esta iniciativa no se llegó a plasmar realmente hasta 50 años más tarde en 1978, como veremos más adelante. Pero sin duda la irrupción de la energía atómica fue la que marcó no sólo la historia de la humanidad sino también la del periodismo científico.

 

«En mi opinión, compartimentar el conocimiento suponía la esencia misma de la seguridad. Mi regla era sencilla: todo hombre debería saber cuanto necesitara para realizar el trabajo y nada más»

 (General Leslie Groves)

 

En efecto, la inicial confluencia de intereses entre las sociedades científicas y las agencias de prensa constituye el origen del periodismo científico y le da carta de existencia en la redacciones a partir de la Primera Guerra Mundial, pero su consolidación definitiva se produce como consecuencia del mundo surgido de la Segunda Guerra Mundial. Por primera vez emerge la conciencia generalizada de la capacidad destructora de la tecnología que somos capaces de engendrar a la vez que se configuran dos grandes bloques políticos antagónicos derivados de sus respectivas concepciones ideológicas y económicas: el mundo capitalista y el mundo comunista. El miércoles 8 de agosto de 1945 uno de los principales periódicos de Europa, Le Monde, titulaba aquel evento como «una gran revolución científica».8 Seguramente en el momento de dar a conocer la noticia de Hiroshima no se conocía todavía con exactitud la magnitud de los estragos causados por la lanzamiento de la primera bomba atómica y podía ser valorada la noticia de esta forma. En cambio, sí hubo quien estaba al corriente desde hacía tiempo, sabía lo que iba a ocurrir en Japón y por ello constituye un hito del periodismo científico que nunca ha sido valorado en toda su componente ética.

The New York Times tuvo un protagonismo muy singular en aquellos acontecimientos y escribió una parte de la historia de la humanidad, que es también historia del periodismo científico. El protagonista fue un periodista llamado William Laurence nacido en Lituania en 1888.

El joven William Laurence manifestó bien pronto una postura política radical que le forzó, en 1905, a abandonar Rusia y desplazarse a los Estados Unidos. Allí se convirtió en periodista científico, trabajando para diversos diarios y revistas del país. Laurence tenía habilidad para poder transformar el complejo mundo científico moderno en artículos inteligibles para el público en general. Al mismo tiempo estableció buenos contactos personales con los líderes científicos del momento y, en 1940, comenzó a escribir artículos sobre investigación atómica para The New York Times y Saturday Evening Post. Laurence explicaba que en el futuro pequeñas cantidades de uranio U-235 podían proporcionar calor y luz a ciudades enteras y que, además, podrían dar lugar a una bomba atómica de efectos destructivos masivos equivalentes a miles de toneladas de TNT.

 Después de Pearl Harbor, Laurence informó acerca de que científicos norteamericanos que estaban trabajando en este campo se habían negado a hablar más con él. Empezó a suponer que se había puesto en marcha algún programa militar secreto, que le fue confirmado indirectamente cuando en el verano de 1942 el United Status Office of Censorship le escribió para pedirle que no siguiera escribiendo sobre el potencial de la energía nuclear. En abril de 1945, el general Leslie Groves, jefe del Proyecto Manhattan, contactó con él y le contrató como cronista oficial del desarrollo de la bomba atómica. Durante los siguientes tres meses se le permitió entrevistar a los científicos que trabajaban en el proyecto y preparar así los comunicados de prensa necesarios para cuando esta nueva arma estuviera disponible. Laurence pudo seguir la primera explosión de una bomba atómica en el desierto cercano a Alamogordo, Nuevo México, y además entrevistó a la tripulación que tomó parte en el lanzamiento de la primera bomba sobre Hiroshima e incluso voló en el avión que lanzó la segunda bomba sobre Nagasaki.9 Los artículos publicados sobre el tema en el The New York Times en 1945 le valieron a Laurence el premio Pulitzer, aunque significativamente todo este interesante episodio es muy poco destacado en las dos historias recientes que se han escrito sobre el diario más influyente del mundo. Quizá porque con toda seguridad plantean problemas de ética periodística. William Laurence falleció en 1977.

De la paz tan brutalmente conseguida surgió la guerra fría entre los dos grandes bloques y una enorme pugna por convencer al mundo entero de cuál era el modelo de mayor éxito, rivalidad que quedó plasmada en la carrera espacial que se inició en 1957 con el lanzamiento del primer Sputnik soviético y que no quedó resuelta hasta que el primer hombre –Neil Amstrong, un norteamericano– consiguió dejar su huella en la Luna en julio de 1969.10 Primero la bomba atómica y luego la carrera por la conquista del espacio, con el trasfondo de la guerra política por la primacía de un determinado modelo ideológico del mundo, fueron sin duda los catalizadores decisivos para el impulso y la consolidación del periodismo científico tal como hoy lo conocemos. En este sentido, no debemos olvidar que la guerra fría tuvo un campo de batalla bien determinado: los medios de comunicación de masas.

Esta situación desembocó en los años setenta en una presencia consolidada en las respectivas redacciones de expertos en información científica y médica, pero sobre todo en la aparición de una sensibilidad específica hacia estos temas por parte de editores y directores de ambos diarios. Al mismo tiempo coincidió con profundos cambios en ambos periódicos que a su vez implicaron la creación de suplementos o secciones especializadas en temas científicos, tecnológicos y médicos, aunque en buena parte no se debió sólo a una opción estrictamente informativa sino también impulsada por razones de estrategia empresarial y de producción.

 

«No tiene sentido publicar diarios que no interesan al público. Hay que pensar qué quieren saber los lectores y no publicar las noticias que interesan a los editores y directores»

 (Arthur Ochs Sulzberger)

 

Tal como explica Edwin Diamond,11 durante el período comprendido entre 1970 y 1975, The New York Times sufrió una severa disminución de su circulación y una notable reducción de sus inserciones publicitarias. La crisis estaba planteada –por múltiples razones, competencia de otros medios escritos y sobre todo de la televisión, entre otras– y la primacía del Times estaba comprometida si no se conseguía reconducir la situación. El editor Arthur Ochs Sulzberger, el director Abraham Michael Rosenthal y el director comercial Walter E. Mattson fueron los artífices de que el Times recuperara 100 000 ejemplares de circulación entre 1976 y 1982 y otra cifra semejante hasta 1986 situándose el diario por encima del millón de ejemplares a partir de ese año cuando en sólo un semestre de 1971 había llegado a perder 31 000 ejemplares y se había situado en 814 000.

Entre las muchas iniciativas empresariales que se tomaron figuró una decisiva para la consolidación del periodismo científico. Una de las claves del éxito fue la decisión de incorporar suplementos temáticos semanales para aumentar el interés informativo de lectores potenciales, establecer nuevos puentes de fidelización entre el público y también abrir nuevos mercados publicitarios. Entre ellos, todos los martes una sección semanal dedicada a las ciencias, no sin una gran discusión interna entre sus partidarios –muy especialmente del director, personalmente muy interesado por los avances científicos y tecnológicos– y el sector comercial que apostaba por un suplemento de Moda, que según su opinión tendría mayor incidencia publicitaria. Así nació Science Times el 14 de noviembre de 1978.

La idea de crear secciones temáticas rotatorias a lo largo de la semana no era nueva. Julius Ochs Adler, un sobrino del «fundador» Adolph Ochs Sulzberger que trabajaba en el departamento comercial, se anticipó a las ideas de los años setenta en una memoria–propuesta que presentó al editor el 31 de diciembre de... 1924 (!). En este documento proponía un suplemento de Economía y finanzas para los lunes, uno de Técnica y ciencia para los martes, otro de Mujer, otro de Profesiones (abogados, médicos, etc.), otro de Deportes y finalmente uno de Libros para los sábados. Cincuenta años después los arquitectos del nuevo Times –como los define Edwin Diamond– utilizaron diferentes rúbricas, pero no muy alejadas de aquella vieja y casi visionaria propuesta, con la única realmente revolucionaria propuesta de un suplemento de Fin de semana, cuando la cultura del ocio ya estaba instaurada en nuestra sociedad pero que era impensable en los años veinte. Adler proponía incluso auténticas revistas de 16 páginas que no formaran parte del cuerpo del diario, pero insertas en él. Rosenthal en los años setenta decidió llamarles daily magazines, pero en forma de páginas incorporadas con epígrafe individualizado en el conjunto del diario. Los argumentos que se daban en los años veinte fueron prácticamente los mismos que los de los años setenta: «Los cambios que se producen en la sociedad con un mayor nivel económico e intelectual del público implican una aggiornamento del diario»; «temas que interesan a los ciudadanos o afectan a sus vidas cotidianas»; «oferta diferenciada amena pero rigurosa para lectores más preparados»; «la existencia demográfica y social de más jóvenes, más mujeres, más profesionales, más estudiantes y campus universitarios en cada área»...

 

«Hay un orden que regula nuestro progreso»

(Bernard de Fontenelle)

 

Daniel Bell argumenta en su obra The coming of post-industrial society (1973)12 que el nacimiento del periodismo científico a gran escala de los años setenta se debe precisamente a la necesidad de una interpretación adecuada de la naturaleza científica y tecnológica del progreso. Y es que como dejó escrito Bertrand Russell, «la democracia es necesaria pero no suficiente», por lo que sólo una ciudadanía bien educada, informada, con criterio y espíritu crítico permitirá profundizar para alcanzar una democracia que además sea realmente suficiente. La realidad es que queda mucho camino por recorrer todavía.

La historia del periodismo científico ha estado marcada –casi podríamos decir personalizada– por divulgadores científicos que «impregnaron» las principales redacciones de los periódicos con sus artículos y crearon un público lector fiel e interesado en conocer el desarrollo científico, tecnológico y médico. Así fue en los casos de The New York Times y de La Vanguardia hasta los años de la definitiva consolidación de la ciencia como área temática, a finales de los setenta, principios de los ochenta.

En La Vanguardia, tras la pionera y fecunda labor divulgativa realizada por Comas Solà y la continuada presencia y colaboración de otras personalidades de las ciencias –como Ferran Tallada, catedrático de Cálculo y Mecánica Racional de la Escuela de Ingenieros– y de la medicina de la Barcelona de principios de siglo XX –como por ejemplo el Dr. Robert, del que podemos destacar el balance que La Vanguardia publicó de la «Medicina del siglo XIX» en forma de ocho artículos entre el 6 de agosto de 1901 y el 24 de septiembre de 1901–, otros nombres relevantes merecen ser destacados ya que fueron los que mantuvieron el interés por la divulgación científica durante casi todo el siglo XX. Sin duda, uno de los más importantes fue el profesor de Química y Física Miguel Masriera Rubio. Llegó a publicar durante 60 años más de dos mil artículos de divulgación en este diario, entre el 26 de febrero de 1921 y el 8 de julio de 1981 («La búsqueda de lo absoluto: un científico habla de arte»), poco antes de su muerte. Es significativo que la periodicidad de su presencia en las páginas de La Vanguardia aumentó notablemente a partir del año 1948, confirmando así también con su trayectoria personal el impulso que la Segunda Guerra Mundial tuvo para el periodismo científico. La figura y la labor de Masriera como divulgador científico no ha sido todavía adecuadamente estudiada y debería ser motivo de alguna nueva tesis doctoral sobre este campo del periodismo especializado.

 

«La medicina enferma a las personas, la matemática las entristece y la teología las hace sentirse pecadoras»

(Martín Lutero)

 

En las páginas de La Vanguardia han coexistido además, como ya hemos visto en el caso de principios de siglo, la divulgación sobre descubrimientos científicos con la especial atención al mundo de la medicina. Durante el siglo XX, el diario fue fiel reflejo de la sociedad de la que emergía y en la que estaba radicado. Al ser Barcelona una ciudad con gran tradición médica13 era casi inevitable que las principales figuras del mundo de la medicina de cada época se asomaran con asiduidad a las páginas de La Vanguardia. Entre los hitos más o menos recientes que cabe destacar figura la creación en el año 1962 de una página semanal todos los sábados con el epígrafe específico de Biología y Medicina, en la que junto a la colaboración fija del profesor Arturo Fernández Cruz –que coordinaba la sección– fueron apareciendo personalidades médicas como Rotés Querol, Sánchez Lucas, Villar Palasí, Xavier Vilanova, Vidal Teixidó, Christian de Nogales, Joan Ibiols, Antoni Puigvert y... Lluís Daufí, quien más tarde tomaría el relevo como responsable de este espacio informativo semanal dedicado a la medicina.14

Merece atención especial el artículo que el profesor Fernández Cruz publicó el sábado 7 de abril de 1962 al crear esta sección: «Contribución a una noble empresa cultural» en el que defendía la necesidad de una divulgación rigurosa y amena de esta temática, que además incitara a los lectores a continuar leyendo libros y formándose para poder entender –culturalmente hablando– el mundo que iba surgiendo a partir de la nueva biología y sus aplicaciones médicas. Esta página semanal se publicó hasta el 23 de junio de 1968, en que Fernández Cruz se trasladó a Madrid, reapareciendo tres años después como «La Vanguardia de la Medicina», el 3 de octubre de 1971, coordinada por Lluís Daufí.15 Esta sección semanal se mantuvo hasta que en octubre de 1982 se incorporó a una más amplia sección semanal de Ciencia y Medicina de La Vanguardia que, como en el caso de The New York Times, se convirtió en un suplemento semanal.

A principios de los años ochenta, La Vanguardia inició un proceso de modernización de su sistema de producción en paralelo a un cambio generacional en diferentes ámbitos de la empresa, incluida el área periodística. El corresponsal en Estados Unidos, Lluís Foix, se reincorporó a la redacción, primero como director adjunto de Horacio Sáenz Guerrero y luego como director de transición hasta que se formó un nuevo equipo periodístico en torno a Francesc Noy. Foix era conocedor de la evolución del Times de Nueva York y este hecho fue determinante para su apoyo y la creación de una sección semanal de Ciencia en forma de suplemento, análogo en su filosofía al que había nacido unos pocos años antes en The New York Times.

En el caso de La Vanguardia intervinieron no sólo razones estrictamente de estrategia informativa y adaptación a las nuevas áreas de interés potencial de los lectores, sino asimismo otros factores estructurales. Inmersa en una auténtica revolución tecnológica con el paso prácticamente directo de las viejas linotipias de plomo a la incorporación de un proceso informatizado basado en el sistema Atex norteamericano, en los años 1981 y 1982 se había creado una comisión responsable de la reconversión tecnológica en la que estaban representadas todas las secciones de la empresa. La realidad es que cuando empezó este proceso en quienes menos se pensó fue en los periodistas, ya que se vaticinó –luego se demostró que éste era un planteamiento erróneo– que los periodistas se mostrarían reacios a cambiar sus tradicionales sistemas de trabajo y se preveía que sólo a muy largo plazo estarían dispuestos a incorporar el mundo del ordenador a la redacción. En realidad se estaba pensando más en el taller y en la sección de publicidad (especialmente en los anuncios por palabras) cuando se emprendió el citado proceso de reconversión. De todos modos se decidió incorporar a la comisión a un periodista, Vladimir de Semir,16 que se consideró adecuado para participar en este proceso de profundo cambio en la empresa, por su formación previa –había estudiado matemáticas–, su dominio de varias lenguas clave para la formación que se debía realizar en Estados Unidos y en Alemania y su disponibilidad personal a cambiar de área de trabajo: tras su incorporación al diario en la sección de Regional, en aquel momento formaba parte de la sección de Política catalana que dirigía Margarita Sáenz Diez desde la transición política española.

Además eran los años en que se había fundado el Museo de la Ciencia de la Fundación ‘La Caixa’ de Barcelona y Jorge Wagensberg había sido nombrado su director. Wagensberg y De Semir habían sido compañeros de escuela desde su infancia, se veían con cierta regularidad y en una ocasión Wagensberg le comentó: «La Vanguardia debería prestar especial atención a la divulgación científica, es un tema que interesa mucho a los ciudadanos... ¿Por qué no propones la creación de una sección de Ciencia?» Esta reflexión coincidió con las conversaciones entre Foix y De Semir en plena reconversión del diario: De Semir estaba inmerso en el proceso de adaptación tecnológica de la empresa y había manifestado que a pesar de estar dispuesto a participar en ese proceso no deseaba desconectarse del todo de su actividad como periodista, aunque no fuera con la presión que impone la información diaria. Además hubo otro factor realmente decisivo en la creación del suplemento de Ciencia del diario. En aquella época, la edición dominical no podía absorber toda la demanda publicitaria que aspiraba a ser insertada en las páginas de La Vanguardia. La única solución posible era crear un cuadernillo adicional para el domingo –el diario era en aquella época fasciculado, formado por dos, tres o más cuadernillos independientes que permitían una agrupación, presentación y maquetación de las diferentes secciones mucho más funcional y atractiva que la actual–, un cuadernillo que, por razones de producción, se pudiera cerrar el jueves y ser impreso con antelación para que no entorpeciera el proceso de producción del diario los sábados en los talleres ante la importante oferta que realizaba La Vanguardia todos los domingos.

La conjunción de estos tres factores comentados condujo a la decisión del responsable de la redacción en aquellos momentos, Lluís Foix, a crear unas páginas dominicales dedicadas a las ciencias, que incorporaran la tradicional página de medicina que Lluís Daufí realizaba desde hacía más de 10 años y que por su contenido podían ser ligeramente intemporales, siendo cerradas informativamente los jueves. Así nació el 10 de octubre de 1982 el primer suplemento de Ciencia de La Vanguardia, Jorge Wagensberg fue su primer colaborador externo y el aspecto más relevante es que por primera vez en la historia del diario este espacio informativo era dirigido por un periodista que formaba parte de la redacción y no por un científico o médico que colaboraba como divulgador científico externo. De todos modos, desde un principio la filosofía de este suplemento fue la de que colaboraran estrechamente periodistas, científicos y médicos para unificar criterios de rigor, amenidad y actualidad.

 

«Es difícil comunicar al público que la investigación está hecha de hipótesis, de experimentos de control y de pruebas de falsificación»

(Umberto Eco)

 

Estas páginas dominicales tuvieron una amplia repercusión entre el mundo científico de Barcelona y de Cataluña ya que por primera vez de forma amplia científicos y científicas de las universidades y centros de investigación de toda España pudieron colaborar con sus artículos. Las tres o cuatro páginas iniciales fueron evolucionando en función de la publicidad que se debía insertar y llegaron a convertirse en alguna ocasión en unas 20 páginas, saltando también a la portada de huecograbado del correspondiente cuadernillo e incorporando a un ilustrador gráfico de gran impacto por su capacidad de síntesis de los temas científicos, Fernando Krahn. Todo esto, unido a que se publicaban el día de mayor difusión del diario, convirtieron a este suplemento más o menos desestructurado –dependía siempre de la publicidad que debía absorber– en muy popular entre los lectores y demostró que una oferta informativa completamente nueva de calidad mantenida acababa creando una demanda entre los lectores. En efecto, cuando en el año 1989 se estaba preparando la segunda etapa de la reconversión de La Vanguardia una encuesta interna de la empresa entre los lectores y suscriptores reveló que la sección de Ciencia era una de las más apreciadas por el público fiel al diario.

Esta segunda etapa del cambio tecnológico de La Vanguardia comportaba la compra de una nueva rotativa que podía imprimir también en color y se procedió al rediseño del diario, para lo que se contrató a uno de los expertos mundiales más conocidos: Milton Glaser, el norteamericano inventor del I love NY. Glaser y su equipo prepararon la nueva maqueta de La Vanguardia e introdujeron el concepto que había significado en su día la recuperación espectacular del Times de Nueva York: dotar al diario de un suplemento diario diferente cada día de la semana para crear y fidelizar nuevos lectores y lectoras. Uno de ellos fue precisamente el de Ciencia y Tecnología que pasó a editarse los sábados a partir del 7 de octubre de 1989 y que en su caso –otros iban en el cuerpo general del diario– tenía el formato de cuaderno o revista independiente a todo color con 16 páginas (curiosamente tal como había concebido, salvo el color que entonces era imposible, Julius Ochs Adler en el año 1924 para The New York Times). Como resultado de esta introducción de un nuevo diseño y oferta de suplementos diarios también se creó el suplemento de Salud y Calidad de Vida, que se comenzó a publicar el 4 de octubre de 1989 todos los miércoles en las páginas interiores y centrales del diario (la nueva rotativa implicó que La Vanguardia perdiese su característica de fasciculada), con un total de ocho páginas. Posteriormente, el 7 de septiembre de 1990, dado el éxito que había alcanzado el suplemento de Ciencia y Tecnología, se decidió que este suplemento –que pasó a llamarse Medicina y Calidad de Vida– también fuera a todo color, pasara de las ocho páginas iniciales a un total de 12 y se ofertara al lector como un cuaderno individual encartado en el diario. El responsable de su contenido era el doctor Antonio Salgado, que se había incorporado como colaborador de Lluís Daufí el 31 de octubre de 1982, en la primera etapa del suplemento de Ciencia y Medicina, hasta que en 1987 se hizo cargo del área médica siguiendo la larga tradición de médicos colaboradores de La Vanguardia.

Esta oferta de dos suplementos en forma de revista se mantuvo hasta que el 4 de marzo de 1995 se fusionaron en forma de auténtica revista que pasó a llamarse Ciencia y Vida que se encartaba con el diario todos los sábados, aunque su vida fue relativamente corta ya que perduró hasta el 24 de febrero de 1996 en que pasó a editarse de nuevo con el diario con el nombre Ciencia y Salud, perdiendo buena parte de sus características de papel especial y a todo color, época en que el responsable fue el periodista científico Lluís Reales, que se había formado en el equipo de suplementos que dirigió Vladimir de Semir desde 1989 hasta 1996. Las razones de estos cambios, a pesar del éxito y audiencia que la ciencia y la medicina tenía entre los lectores, se deben a nuevos criterios empresariales aparecidos en el Grupo Godó a finales de los años noventa. Finalmente, en julio de 1997 el suplemento de Ciencia y Salud dejó de editarse.17 Tres años después el defensor del lector de La Vanguardia todavía recibía cartas de los lectores preguntando sobre el suplemento de Ciencia y las razones de su no publicación.18

A partir de la fecha de desaparición del suplemento toda la temática científica y médica se pasó a tratar únicamente en la sección de Sociedad del diario con los problemas que ello comporta.19 Es interesante conocer la evolución que la información científica ha tenido en épocas recientes en diferentes medios europeos (The New York Times sigue fiel a su tradición y continúa publicando su Science Times todos los martes).20 En los principales diarios europeos sigue existiendo un espacio específico para la información científica y médica, ya sea en forma de suplemento como es el caso de La Stampa, diario italiano que mantiene desde 1981 un suplemento de cuatro páginas todos los lunes además de la información diaria o como el de Le Monde y Le Figaro en Francia, que ofrecen una página diaria dedicada a esta temática diferenciada del resto de secciones.21 En este sentido, hay que resaltar la iniciativa reciente del periódico El Mundo, que además de mantener un suplemento Salud todos los sábados ha decidido suprimir a partir del 24 de septiembre de 2002 su sección de Sociedad y ha creado un espacio diario dedicado a Ciencia de dos páginas.

La historia del periodismo científico sigue, porque como afirma el catedrático de Historia de la Ciencia José Manuel Sánchez Ron: «Necesitamos ver la ciencia, sus contenidos y posibilidades que abre, desde el prisma de la vida, de todo aquello que lenta y laboriosamente ha conducido a crear lo que somos, a configurar la condición humana».22

 

 

Vladimir de Semir

 

Director del Observatorio de la Comunicación Científica (http://www.upf.es/occ)  y del Máster en Comunicación Científica de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Director de Quark. Miembro de la European Network of Science Communication Teachers (ENSCOT) y del Comité ejecutivo de la red internacional Public Communication of Science and Technology (PSCT). Miembro del Consello da Cultura Galego y de los comités científicos del Museo del Hombre de La Coruña y del Museo Nacional de la Ciencia y de la Técnica de Cataluña. Creador y editor de los suplementos de Ciencia y Medicina de La Vanguardia (1982-1996). Concejal de Ciudad del Conocimiento de Barcelona.

vladimir.semir@peca.upf.es

 

 

Gemma Revuelta

 

Profesora asociada de Comunicación Científica (Biología) y Periodismo Científico (Periodismo) en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona). Subdirectora del Observatorio de la Comunicación Científica (UPF). Investigadora del Instituto Municipal de Investigación Médica (IMIM) de Barcelona. Subdirectora de la revista Quark. Codirectora del Informe Quiral (medicina y salud en la prensa diaria) desde el año 1997. Miembro de la European Network of Science Communication Teachers (ENSCOT). Miembro de la Comisión Técnica de «Ciencia e Técnica nos Medios de Comunicación en Galicia», del Consello de Cultura Galega. Licenciada en Medicina por la Universidad de Barcelona y Máster en Comunicación Científica por la UPF

gemma.revuelta@peca.upf.es

 

 

Notas

 

1 Meyer Berger, The story of the New York Times, Simon and Schuster, Nueva York, 1951. Goulden J.C, Fit to print. A.M. Rosenthal and his Times, Lyle Stuart Inc., New Jersey, 1988. Diamond E., Behind the Times, Villard Books, Nueva York, 1994.

2 Voltes, P.: «La col·laboració de professors universitaris a l’antiga Vanguardia», 1990.

3 Ibidem.

4 Véase artículo específico en esta publicación: Cebrian, I.: «Josep Comas i Solà: divulgador científico», Quark 2002; 26: 82-91.

5 «Las conferencias de Albert Einstein», artículo publicado en La Vanguardia el 14 de marzo de 1923. Sobre la visita de Albert Einstein a España y más concretamente a Barcelona, véase «Einstein y los españoles. Ciencia y sociedad en la España de entreguerras», Thomas F. Glick, Alianza Universidad, Madrid, 1986.

6 Véase la edición facsímil de «El espiritismo ante la ciencia», de J. Comas Solà editada por Alta Fulla-Mundo Científico en 1986, con un excelente prólogo del historiador de las ciencias Antoni Roca.

7 Para profundizar en el tema se pueden consultar dos obras de Bernadette Bensaude-Vincent, profesora de Historia y de Filosofía de las Ciencias de la Universidad París X: La science populaire dans la presse et l’édition, CNRS Édtions, París, 1997, y L’opinion publique et la science, Institut d’Édition Sanofi-Synthelabo, París, 2000.

8 Véase portada de Le Monde del 8 de agosto de 1945.

9 «Atomic Bomb on Nagasaki», The New York Times, September 9. (William Laurence describe como testigo directo la explosión de Nagasaki, artículo reproducido en http://chnm.gmu.edu/courses/122/hiro/laurence.htm.)

10 Para detalles sobre la carrera espacial y su influencia en los medios de comunicación se puede consultar la tesis doctoral de Xavier Duran: «Tratamiento periodístico de dos hechos tecnológicos: los primeros Sputniks (1957) y la llegada a la Luna (1969) en la prensa diaria de Barcelona», Universidad Autónoma de Barcelona, 1997.

11 Capítulo 5 de «Behind The Times: Inside The New York Times», Villard Books, Nueva York, 1994.

12 Nueva edición actualizada por el propio autor publicada por Basic Books (Perseus Books Group), Nueva York 1999.

13 La guía Paseos por la Barcelona científica establece que la profesión que está más representada en el callejero de la ciudad es precisamente la de médico. Véase Piqueras, M.; Duran, X.: Paseos por la Barcelona científica, Ayuntamiento de Barcelona, 2002.

14 Puede seguirse la capacidad divulgativa de Lluís Daufí en su obra La enfermedad, hoy, Biblioteca Científica Salvat, Barcelona, 1994.

15 Una aproximación a la historia de la divulgación médica en La Vanguardia se puede consultar en la tesis doctoral de Antonio Salgado, «Descripción y valoración de la información de un suplemento semanal de medicina y salud de un periódico de Barcelona»,  Universidad Autónoma de Barcelona, 1992.

16 De aquí en adelante la narración debe ser considerada por el lector como necesariamente subjetiva o personal, ya que uno de los autores de este artículo es el protagonista de estos hechos.

17 Los ejemplares de Ciencia y Salud de febrero 1996 a julio 1997 pueden ser consultados en: http://www.lavanguardia.es:8000/ciencia.

18 El 24 de abril de 1993 el suplemento de Ciencia y Tecnología publicó una encuesta entre sus lectores que demostró el alto grado de fidelización que se había establecido.

19 Para un análisis pormenorizado de la situación del periodismo científico en la actualidad puede ser consultado el artículo «Periodismo científico: un discurso a la deriva» de Vladimir de Semir, en la revista Discurso y Sociedad (Editorial Gedisa) de junio del 2000.

20 Consúltese Sciences aux quotidiens del profesor Pierre Fayard (Z, Niza, 1993) y el artículo «El fin del periodismo científico» de John Franklin en Quark [1998 (11): 53-63] o en http://www.imim.es/quark.

21 Sobre la situación de la divulgación científica en Europa puede ser consultado un reciente informe de la Comisión Europea, «The Promotion of RTD Culture and Public Understanding of Science», en http://www.cordis.lu.

22 «¿Para qué la ciencia?», artículo de José Manuel Sánchez Ron, en El País del 7 de enero del 2003.