Editorial
¿Cultura o
acultura? Culture or aculture ¿Puede hoy alguien estar al margen del conocimiento
científico y tecnológico? ¿Puede una persona considerarse culta sin saber cómo
evoluciona la capacidad de descubrimiento que posee el ser humano? ¿Puede la
ciudadanía estar ajena del debate ético que nos plantea el avance científico y
de las correspondientes decisiones sociales y políticas que se pueden derivar? No
hay duda de que en este comienzo del siglo xxi
el conocimiento humano experimenta una aceleración nunca antes conocida. Es
bien conocido –existen diversos estudios realizados al respecto– que toda la
información que contiene en un día un periódico como El País, La Vanguardia, El
Mundo o ABC corresponde a la que
hace un par de siglos gestionaba conceptualmente una persona durante toda su
vida. ¡Pero hay un peligro! Las diferencias entre
los que saben y los que no saben en un mundo en el que cada vez se valora más
el cómo que el qué hacemos puede provocar rupturas sociales aún mayores que las
que hemos vivido desde la revolución industrial. Constituye, por tanto, una
responsabilidad individual y colectiva el estar atentos al reciclaje continuado
de nuestras capacidades intelectuales y nuestra adaptación a la ya vertiginosa
capacidad de innovación de nuestra sociedad. Ya sean los conocimientos de aquí
o los que vengan de otras partes, pues la mezcla y la capacidad de asimilación
de la diversidad cultural serán factores decisivos que posibilitarán,
paradójicamente, la aparición y fortalecimiento de valores locales que serán
precisamente los que marcarán las diferencias de oportunidad y calidad de vida
en un mundo cada vez más irremediablemente globalizado. Esta construcción de una nueva sociedad del
conocimiento que se superpone a la que heredamos de la revolución industrial
supone un salto cualitativo respecto a la sociedad de la información. La
diferencia radica en que la sociedad de la información (un concepto surgido
eminentemente del campo tecnológico) considera a los ciudadanos y ciudadanas como
sujetos receptores, y por ello en buena parte agentes pasivos del sistema
comunicativo imperante. La ciudadanía de la sociedad del conocimiento (un
concepto fundamentalmente social y económico) ha de ser muy diferente: debe ser
capaz de diferenciar entre la comunicación que recibe, impulsar su espíritu
crítico y sobre todo desarrollar capacidad de discernimiento para poder estar
en condiciones de escoger. Saber elegir es, sin duda, la clave que define a
esta sociedad del conocimiento. Pero el desarrollo basado en el conocimiento
necesita ciertas condiciones indispensables. Entre ellas, que el conocimiento
sea definido y percibido como una forma de riqueza, que la naturaleza y el
papel de los recursos de conocimiento sean comprendidos y asimilados por el público
en general, aceptados como un valor universal e individual, y que la sociedad
en su conjunto incentive las actividades ricas en conocimiento e impulse sus
focos generadores de inteligencia y de saber. Dicho de otra forma: la sociedad
de la información estaría representada por los bits que circulan por las redes
de la comunicación, mientras que la sociedad del conocimiento implicaría una
indispensable simbiosis de los bits con las neuronas de nuestros cerebros. Hoy, las diferentes administraciones e instituciones
han de ser capaces de pilotar la adaptación a la cultura del conocimiento, pues no toda la ciudadanía tiene la
misma capacidad para afrontar el uso y las oportunidades que ofrecen las nuevas
tecnologías y para la aplicación de los conocimientos científicos y
tecnológicos. No hay que olvidar que en cada revolución que ha tenido lugar en
la historia de la humanidad se estima que desde que empiezan a detectarse los
primeros indicios de cambio hasta que éstos se instauran plenamente en la
sociedad, por lo menos una generación no puede adaptarse a tales cambios. Para
ello es fundamental la educación y la formación cultural continuada y que
sepamos transmitir los valores de la sociedad del conocimiento que ya poseemos.
Científicos y tecnólogos desempeñan un papel decisivo en esta sociedad y por
ello tienen una responsabilidad especial no sólo en llevar a buen término su
labor, sino saber explicarla a la sociedad, ya que es indispensable que todos
seamos capaces de asimilar y participar en la rápida innovación inherente a la
sociedad del conocimiento. Esta
es una aproximación a la reflexión teórica, ¿pero en qué situación nos
encontramos? El tradicional divorcio entre humanidades y ciencias que C.P. Snow
bautizó en 1959 como las dos culturas1 sigue siendo una realidad, e
incluso se ha agravado. Un solvente informe –entre otros muchos en tiempos
recientes– nos ha dado la respuesta: «La relación de la sociedad con la ciencia
está en una fase crítica». Con esta frase comienza un amplio informe del Select
Committee on Science and Technology of the House of Lords de Gran Bretaña dado
a conocer en marzo del 2000 sobre «Ciencia y sociedad».2 Los lords
señalan que existe una crisis de confianza en la ciencia y que muchos valores
son puestos en duda, entre otras razones, porque existe fundamentalmente una
reticencia del público sobre la autoridad científica y porque la mayoría de la
información que recibe la ciudadanía una vez superada la escuela está
determinada por la creación de una realidad deformada por los medios de
comunicación, a los que se señala como uno de los principales responsables de
la trivialización de los mensajes culturales que se está produciendo. «Además
de la negativa imagen de la ciencia real –afirma el informe–, los medios
ofrecen un exótico abanico de material que va más allá de la respetabilidad
científica y que tiende a debilitar la mente.» Como podemos observar, estos
argumentos reflejan una profunda crisis de valores que, sin duda, hay que
englobar en la deriva que padece el sistema informativo mundial y que
compromete el nivel cultural de nuestra sociedad. Ello
se traduce no sólo en un problema cultural, sino que tiene implicaciones
negativas en muchos otros ámbitos sociales y económicos. Influye incluso en una
fuerte disminución de vocaciones científicas que amenaza a la sociedad europea
y compromete su competencia futura. Por ello, no nos ha de extrañar que la
necesidad de la promoción de la cultura científica haya entrado ya en la
política europea y que se haya puesto en marcha desde la Comisión Europea un
Plan de Acción Ciencia y Sociedad.3 Hoy se impone la cultura de lo efímero y la
cultura de la redundancia. Es lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu
definió como «la circulación circular de la información», al tiempo que
denunciaba la irrupción del fast thinking
en nuestras vidas como contaminación del mundo audiovisual, un mensaje rápido y
superficial que –como el fast food en
el caso de la elección de lo que comemos– nos impide pensar, reflexionar y
escoger, y por tanto que generemos cultura. De esta forma, además, se favorece
la exclusión social desde un punto de vista cultural: todos aquellos que
utilizan la televisión como fuente primordial de su aprendizaje cultural (que,
como sabemos, son mayoría en nuestra sociedad) quedan muy limitados para poder
desarrollar una cultura propia y crítica. Este problema es el reflejo de un desequilibrio mucho más profundo que padece nuestra sociedad y que supone la imposibilidad de afrontar con rigor los muchos problemas de desigualdad en el mundo que vivimos. Nos referimos al desequilibrio entre el saber y el poder. Hay
que ajustar la oferta y la demanda de la diseminación cultural, con el fin de
reequilibrar el mundo del saber para amortiguar la generalización de una
mediocridad social que se deriva de la prepotencia del mundo del poder. «La
democracia es necesaria, pero no suficiente.» Es una frase de un filósofo hoy
algo olvidado, Bertrand Russell. Si no se desarrolla el indispensable espíritu
crítico de una sociedad –y para ello es necesario poner el énfasis en la
educación y en la cultura– nuestra democracia será incompleta. El complemento
del pensamiento de Albert Einstein nos ayuda a hacer más explícita la trampa en
la que podemos estar cayendo: «La restricción del conocimiento adormece el
espíritu filosófico de un pueblo y conduce a la pobreza espiritual». Por tanto,
hemos de luchar activamente para evitar que consiga cuajar la tercera cultura que se nos quiere imponer, la acultura basada en lo superficial y en la mediocre uniformidad
de la circulación circular de las ideas enraizada en el pensamiento único y
dirigido. Para ello más que nunca es indispensable que las dos culturas
confluyan en la cultura, una única y
sólida basada en el pensamiento crítico, que nos permita ser auténticos protagonistas
responsables de nuestra evolución para convertirnos en ciudadanos competentes
en sociedades cohesionadas y más justas. Vladimir de Semir
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