Artículos
La movilización de la
ciencia
La Big Science significó
la creación de organismos de gestión y de control. En este artículo se muestra
que la ciencia, y con ella los científicos, no viven aislados de su entorno
político y económico, están en contacto con los diversos estamentos del poder
social: administrativos, militares, empresariales... Las estructuras creadas en
torno a la guerra no se modificaron cuando ésta cesó y no sólo se han
mantenido, sino que lejos de desaparecer, los argumentos relacionados con la
seguridad nacional en el ámbito público y también en el privado, ganan terreno
día a día.
Big Science meant the creation of
management and monitoring bodies. This article reveals that science, together
with scientists, do not live isolated from their political and economical
environment, are in touch with several classes from the social power:
administrative, military, business... Structures created around the war were
not modified when it finished and have not only been kept, but arguments
related to national security in the public and private fields are gaining
ground day by day.
La ciencia
es una empresa colectiva de dimensiones portentosas. Cada año se publica en
cada disciplina una montaña de artículos especializados y sabemos que no todos
son igualmente influyentes, pero que todos demandan muchos recursos, muchas
máquinas, muchas directivas y muchos viajes. Hablamos entonces de miles de
científicos, congresos, laboratorios, revistas, conectados por Internet o
avión, que están participando en miles de competiciones, premios o jurados.
Todo ello requiere ingentes inversiones para financiar una actividad que padece
una hambruna insaciable. Nada parece ser suficiente.1
La
consecuencia más obvia es la burocratización de la ciencia: no podría
administrarse una institución social tan compleja sin la creación de enormes
organismos de gestión que a la par que diligencian otra montaña de papel
(memorias, instancias, informes...) demandan más oficinas de prensa, más
personal o más potentes equipamientos técnicos. En efecto, vivimos en una época
que los sociólogos de la ciencia describen como de Big Science.2
Los laboratorios y centros de investigación ya no son simples gabinetes de
estudio. Ahora, y desde hace muchas décadas, las instituciones científicas
parecen grandes fábricas que emplean a centenares de trabajadores y que
disponen, como muchas empresas, de oficina de relaciones exteriores o de
sistemas estrictos de seguridad.3
La
implicación de cuanto decimos es simple. Resulta virtualmente imposible para
los científicos no politizarse.4 Los gobiernos de todo el mundo
tienen la tendencia a intervenir cada día más en ciencia. En 1982, George
Keyworth, consejero científico de Reagan, afirmó que era «eminentemente
razonable» que el presidente impulsara agencias gubernamentales, tales como la National Science Foundation, que
«compartieran su filosofía política». El asunto provocó un escándalo y muy
pronto se organizó un frente de disidencia. Muchas universidades declararon que
el secreto no era negociable y que no aceptarían fondos que impusieran la
condición de una prerrevisión de artículos antes de ser enviados para su
publicación en revistas especializadas. La situación creada por esta
legislación fue calificada en el Bulletin
of the Atomic Scientific de atmósfera intimidatoria para impulsar la
autocensura entre los científicos. Estamos ante la punta de un iceberg del que
ignoramos sus verdaderas dimensiones. No hace mucho se supo de un episodio casi
grotesco en relación con un artículo sobre fusión inducida por láser, uno de
los métodos en experimentación para lograr la producción controlada de energía
termonuclear, enviado a Physical Review
Letters. Cuando los editores, siguiendo cauces habituales, enviaron el
texto para referee (arbitraje sobre
su calidad), el revisor le remitió un informe abreviado del que había suprimido
aquellas partes del texto que, en su opinión, debían someterse previamente a un
control que las desclasificara como material sensible. No acaba aquí la
paradoja, pues cuando se informó al autor del embrollo, lejos de sorprenderse,
explicó que probablemente las críticas del referee
tendrían que ver con un material que había descubierto y que no tuvo más
remedio que suprimir de su artículo por ser secreto. El caso muestra la
existencia de dos formas de cortocircuitar la función académica del editor de
una revista: el control político y la autocensura.5 Algo que, no
obstante, ya fue seriamente considerado por Bacon en los albores mismos de la
ciencia moderna. En su utópica Salomon's
House se reservaba a tres interpreters
of nature el privilegio de decidir si la información adquirida debía o no
ser difundida, quedando así reglamentada la supuesta necesidad del secreto.
La deriva nacionalista
La ciencia
nunca ha estado completamente libre de ciertos compromisos nacionales. De
hecho, su origen moderno se vincula a una voluntad de utilidad pública que,
además de un recurso retórico para desmarcarse de otros saberes previos,
constituyó un potente factor de anclaje en la realidad. Debe, pues, aceptarse
ese enraizamiento de partida en la nación, aun cuando se quiera subrayar su
internacionalismo: una característica que cabe asociar a sus fines, antes que a
sus orígenes.6 De todas formas tampoco se puede ser ingenuo en este
punto, pues los científicos siempre han ofrecido aplicaciones de su saber que
suponían una ventaja relativa para el país o la corona que les financiaba su
trabajo.
Desde el
último tercio del siglo xix,
especialmente tras el desenlace de la guerra franco-prusiana, los políticos e
intelectuales no escatimaron discursos que asimilaron el conflicto armado a un
enfrentamiento entre tecnologías rivales. Era común la creencia en que los
alemanes, primero, y posteriormente los japoneses, tras derrotar a Rusia a
principios de siglo, habían logrado la victoria en sus universidades y
laboratorios antes de que comenzara la batalla. Más que una creencia parecía
una obviedad vulgar. En las Reflexions
sur la puissance motrice du feu (1824) de Sadi Carnot abundaban las
metáforas que convertían al científico en un patriota comprometido en la
batalla por la ciencia. En este punto nadie acreditó tanto magisterio como
Pasteur y tras declarar la guerra a los microbios, extendería hasta el
paroxismo las analogías entre el guerrero y el científico. « »
La cantidad
de ejemplos que podemos dar en este punto es abrumadora. Uno muy antiguo:
Arquímedes, cuyas innovaciones militares mejoraron las máquinas para lanzar
proyectiles o sirvieron para la fabricación legendaria de un espejo que tras
concentrar los rayos del sol los proyectaba sobre las naves enemigas hasta
incendiarlas; tales aportaciones contribuyeron decisivamente a que los
ciudadanos de Siracusa resistieran el asedio del ejército romano en la segunda
guerra púnica. Pocos escaparon a esta deriva del saber: los cuadernos de
Leonardo están repletos de notas sobre armas y fortificaciones; Tartaglia,
traductor al italiano de las obras de Euclides y Arquímedes, se destacaría por
las mejoras que introdujo en las armas de fuego, una dedicación que no le
impidió reflexionar sobre el sentido de su saber: «Un día, meditando sobre mí
mismo –escribía el matemático italiano–, me pareció que era un poco censurable,
vergonzoso, inhumano y merecedor de castigo ante Dios y los Hombres, aspirar a
la perfección de un arte peligroso para nuestros vecinos y destructivo de la
raza humana. En consecuencia, no sólo desprecié el estudio de esos asuntos,
sino que incluso destruí y quemé todo cuanto había calculado y escrito sobre el
tema».7 Tan buenos propósitos, no obstante, fueron revisados cuando
vio su ciudad amenazada por los turcos. El propio Galileo, en carta a su patrón
el dogo de Venecia Leonardo Donato, incluía entre las ventajas del telescopio
su capacidad para observar desde segura distancia las defensas enemigas.
Nunca han
faltado los científicos a esta cita histórica con el patriotismo. En 1915, la
revista Nature (vol. 95, p. 419)
publicaba un desesperado y persuasivo editorial para rogar que «todo el mundo
de la ciencia descubra métodos de destrucción que podamos usar [...] para
proteger la nación». Aquí se trataba de proteger ideales democráticos, mientras
al otro lado de la línea de fuego se apelaba, con los mismos argumentos, en la
dirección opuesta. Esto explica en gran medida el sentimiento de bancarrota y
desencanto respecto a la ciencia, un sentimiento que ganó la opinión pública
tras la Primera Guerra Mundial.8
La tendencia
a movilizar a los científicos no es nueva; así, cuando en 1798 el Gobierno del
Directorio envía la expedición militar a Egipto, pues «los beys que se han apoderado del gobierno de Egipto mantienen las
relaciones más estrechas con Inglaterra», salen de Francia, además de una tropa
formada por 32 000 hombres, un contingente civil de 167 personas, de los que
una buena parte proceden de la comunidad científica. Su reclutamiento lo
realizaron Bertholet y Monge, quienes llamaron las puertas de las instituciones
más prestigiosas: Geoffroy Saint-Hilaire, Savigny, Nectoux y Redouté abandonan
el Museo de Historia Natural; Méchain, Quesnot, Nouet, el Observatorio de
París; Comte dejará su puesto de director de la fábrica de Meudon para la
fabricación de aerostatos. Los científicos, según reflejan muchos testimonios,
se sintieron cómodos; hasta tal punto que Bonaparte, durante el año que pasó en
Egipto, reclamaba su total pertenencia a esta elite, participando en las
reuniones y trabajos académicos. Él mismo bromeó con los celos que sus
oficiales tenían del Institut creado
en El Cairo, nombrándolo su «amante favorita». En la víspera de su partida a
Francia, confesó el general a sus interlocutores sus sentimientos más íntimos:
«Me siento conquistador en Egipto como lo fue Alejandro; pero mi opción ha sido
marchar siguiendo las huellas de Newton».9 Y, en fin, como se ve, a
nadie parecía desagradar la buena marcha de este matrimonio de conveniencias
entre política y ciencia, entre los científicos y los militares. Nadie
sospechaba de tan feroz alianza entre cultura e imperio, ni del ayuntamiento de
las empresas del saber con los negocios del poder».10
La deriva militarista
Alvin
Weinberg, padre desde 1961 del concepto de Big
Science, lamentaba que la ciencia estaba aquejada de tres contagiosas
enfermedades: burocratitis, revistitis y
dolaritis.11 Y
si no mencionaba la militaritis era
porque tal vez pensaba que se trataba de un síntoma menos reciente y hasta
puede que no lo viera como patológico. Y desde luego tenía razón en lo que se
refiere a su antigüedad. Si mucha de la matemática que se investigó en el Renacimiento
está vinculada a la exigencia de resolver problemas de balística o de construir
buques de mayor arboladura y mejor armados, el caso de la cirugía daría para
redactar muchas páginas. Galeno, por ejemplo, perfeccionó el tratamiento de las
heridas en tendones y músculos mientras operaba a gladiadores. Ambroise Paré
desarrolló sus revolucionarias técnicas quirúrgicas practicando en el campo de
batalla. Lind descubrió la conexión entre el consumo de cítricos y la
prevención del escorbuto a requerimiento de la armada británica. Gran parte del
proceso que condujo hacia el experimentalismo científico debe ser atribuido a
la presencia de muchos técnicos y artesanos, entonces considerados
profesionales de segundo orden, vinculados a programas de desarrollo militar. Y
no es raro que así fuese porque el ejército siempre ha sido una de las mayores
empresas creadas por el poder, ya sea monárquica o liberal su estructura.
Durante la guerra norteamericana contra España por el dominio de Cuba, las
tropas de ocupación estadounidenses se enfrentaron a un imprevisto y mortal
enemigo: la fiebre amarilla. Y el dominio sobre la isla no pudo consolidarse
hasta que en 1900 la Reed Commission,
organizada por el general Leonard Wood, probó
que la infección era producida por el mosquito Aedes aegypti. Ejemplos significativos que, sin embargo, son
empequeñecidos por el impacto espectacular de las dos guerras mundiales. La
economía de guerra trajo formas de organización de la ciencia y la producción
que, entre otras consecuencias, pusieron al Reino Unido y Estados Unidos en la
vanguardia industrial. Y aunque todo el mundo había escuchado historias sobre
gases letales o los efectos de la radiactividad en Japón, parecía que la visión
del problema ofrecida por Bertrand Russell sería la dominante cuando dijo
aquello de que «un físico nuclear es más valioso que muchas divisiones de
infantería... Es el acero, el petróleo y el uranio, y no el ardor marcial, lo
que las naciones modernas deben mirar si quieren la victoria en la guerra». Y,
en fin, estar de acuerdo con la sentencia es más difícil de lo que parece pues,
como se ha dicho, la relación entre lo científico y lo militar no sólo es más
antigua de lo que reconoce Russell, sino también más estructural y amplia que
la mera asociación entre la guerra y la física.
Ya no
hablamos sólo de las investigaciones que condujeron al desarrollo de toda la
aviónica, incluidos el radar, los combustibles o los nuevos materiales, o del
encargo que recibió la BBC de crear la televisión desarrollando la capacidad
industrial para producir tubos de rayos catódicos. Tampoco nos quedamos en la
guerra química o en los crueles experimentos médicos que realizaron los nazis
en los campos de concentración y, desde luego, es muy difícil introducir en una
sola frase referencias al radar y la penicilina, al DDT y los antimaláricos, o
a la desmagnetización de los barcos y el condón.
El asunto es
más hondo. No es que exista una relación histórica e incuestionable entre
ciencia y guerra; las estructuras creadas en circunstancias tan excepcionales
no se modificaron cuando desapareció la causa que las originó, sino que fueron
crecientemente perfeccionadas añadiendo al agregado académico-militar una
tercera pata, la conformada por los intereses industriales y comerciales, que
no sólo dio estabilidad al sistema, sino que lo centuplicó. Y la consecuencia
más obvia nos conduce a la tesis de la militarización de la Big Science y la High Technology. Baste con traer a la memoria algunas cifras tan
contundentes como la que eleva hasta el 38,1 % el porcentaje de inversión
realizada por el Pentágono en I+D entre 1960 y 1973, o también la que nos dice
que el 60,2 % de los ingenieros aeronáuticos y el 35 % de los ingenieros
electrónicos norteamericanos trabajaban para el Departamento de Defensa.
Dolarización de la Big Science
Todavía nos
detendremos en un caso muy paradigmático: el desarrollo exitoso de una región
consagrada a la alta tecnología en el entorno creado alrededor de la
Universidad de Stanford. La transformación del condado de Santa Clara, desde
una idílica arcadia agraria hasta convertirse en el centro de la industria de
los semiconductores, tiene una historia con varios protagonistas y algunos
hitos memorables: Frederick Terman, un ingeniero eléctrico formado en el MIT (Massachusetts
Institute of Technology) y que es reconocido como el padre del Silicon Valley,
los laboratorios de la Bells y la declaración de la guerra de Corea.12
El elemento que cose todos estos ingredientes es el ejército y su habilidad
para contener la desmovilización exigida tras el fin de las hostilidades en el
Pacífico y desplazar hacia el Oeste programas de investigación que se
desarrollaran en un ambiente más tranquilo y reservado. Terman logró atraer
algunos ingenieros para que continuaran la investigación en tubos generadores
de radiofrecuencias (TWT) logrando espectaculares avances en la tecnología de
detección radar. En pocos años, trabajando en los Bell Labs y con fondos de
defensa, se alcanzaron notables éxitos que atraerían nuevos recursos y más
empresas, muchas de ellas creadas por los propios graduados en Stanford. Pero
la conversión de este pujante negocio electrónico en un emporio económico llegó
con la invasión china de la península de Corea y la multiplicación de contratos
clasificados para desarrollar un sistema de misiles. Las industrias acudieron
al campus como las moscas a la miel y en pocos meses establecieron
laboratorios, entre otras, la RCA, Hughes Aircraft, General Electrics,
Microwave Electronics, Philco, Silvana, y los míticos Hewlett y Packard crearon
su propia empresa. No tardaron en llegar propuestas que sugerían un cambio de
orientación que paulatinamente sustituyó los tubos de microondas por la
tecnología basada en la física del estado sólido y los semiconductores de silicio.
Y aunque el
prestigio de la región se debe a la implantación de las empresas que
desarrollarían la industria de la informática y las telecomunicaciones, la
principal fuente de recursos y de empleo vino del programa aeroespacial. La
nueva urgencia, que llevó a la Lockheed a mediados de la década de los
cincuenta, eran los misiles balísticos, lo que implicó desarrollar exóticos
materiales, sofisticados sistema de guía y velocidades supersónicas. Y desde
entonces nunca ha fallado esta alianza estructural entre intereses académicos,
militares e industriales.
El asedio a la ciencia
El asunto es que llueve sobre mojado. Que los
militares han ejercido históricamente un férreo control sobre la ciencia es un
hecho rebosante de pruebas. En la actualidad se calcula que controlan alrededor
del 50 % de los recursos destinados a la investigación. Y, desde luego, gran
parte de los desarrollos en física, matemáticas, química, cibernética y
biología se ha realizado bajo su más estricto control. El argumento de la seguridad
nacional sigue gozando de buena salud, aun cuando al abrirse archivos secretos
nos hemos enterado de que, con frecuencia, las amenazas que se quería
contrarrestar no eran sino interesadas quimeras fabricadas por el establishment para asegurarse su propia
supervivencia. Lo que aquí nos importa, sin embargo, no es hablar sólo de los
viejos asedios, sino también de los más recientes.
En efecto, las multinacionales imponen a los
investigadores una cláusula de confidencialidad que les obliga a retrasar la publicación
de su trabajo hasta que no estén registradas las patentes que pudiera generar.
Hay encuestas que lo confirman, y así un 20 % de los científicos reconocen como
propia tal conducta.13 El caso
Kern constituye la punta de un iceberg cuya profundidad desconocemos. En
1994, la empresa Microfibres (Rhode
Island) contrató a David Kern, profesor en la Brown University, para que probase que la degeneración pulmonar
que padecía uno de sus empleados no era una enfermedad laboral. Y todo fue bien
hasta que encontró indicios de lo contrario. Quiso entonces llevar sus
hallazgos a un congreso de especialistas, pero la multinacional se opuso
alegando que tendría que desvelar el proceso químico de producción. Las
negociaciones para preservar el secreto industrial, sin menoscabo de la salud
de los trabajadores, fracasaron. Entonces Kern acudió a la reunión científica y
fue expulsado de la universidad. La cláusula de confidencia tenía la mayor
fuerza legal y su institución, lamentando que mordiera la mano que les daba de
comer, lo despidió. En fin, los hechos hablan solos: la voracidad de las
compañías, junto con la docilidad de los investigadores, no siempre trabajan a
favor del bienestar común.14
Pero hay todavía otro mecanismo de ocultación no
menos grave: el monopolio que ejercen las grandes editoriales científicas sobre
la información. En la actualidad existen decenas de miles de revistas
científicas, pero sólo unas 20 000 son verdaderamente influyentes. Estas
revistas tienen una cuota de abono abusiva, que a veces ronda los 15 000 euros
al año. Si añadimos que un autor puede pagar hasta 1500 euros por publicar un
artículo, se concluye que ni las grandes instituciones pueden pagar la factura
que originan las suscripciones y publicaciones de sus miembros.15 O
sea que sólo los muy ricos acceden a la información de calidad, una realidad
que agrava el problema del secreto impuesto por militares y multinacionales. Y
las tres, incluyendo ahora las corporaciones editoriales, deben ser combatidas
si es que aún seguimos creyendo que la libertad académica y la libre
circulación de ideas son la divisa de la ciencia.
La
deriva corporativa
La situación, se mire por donde se mire, es
inquietante. El penúltimo ejemplo para reforzar nuestro argumento tiene que ver
con la conducta más que sospechosa de los grandes laboratorios farmacéuticos.
Todo el mundo sabe que detrás de cada desgracia siempre hay un inmenso negocio.
Y así, no es raro que las tragedias ecológicas, industriales o sanitarias
motiven la aparición de instituciones dispuestas a combatirlas. Ninguna, sin
embargo, debiera contar con un departamento dedicado al patrocinio de las
amenazas que sostiene su ámbito de actividades. Pues bien, hace poco el British Journal of Medicine, una revista
de reconocido prestigio, acusaba a los laboratorios farmacéuticos de inventar
enfermedades para mejorar sus ganancias. Detengámonos en los detalles.
El denunciante, Ray Moynihan, explicaba que la disfunción sexual femenina, tecnicismo
que designa la imaginada impotencia en la mujeres, es una circunstancia que los
laboratorios quieren medicalizar y luego tratar con alguna droga.16
El hecho concreto es que la definición de la enfermedad y su incidencia fueron
acordados en un congreso en el que los participantes eran profesionales
vinculados a la industria farmacéutica. Allí se concluyó que la supuesta
disfunción afectaba al 47 % de las mujeres. Para obtener la cifra se preguntó a
1500 mujeres si habían padecido alguno de los siete problemas de una lista que
incluía como disfunciones el poco apetito sexual o el miedo a no tener
orgasmos. Los investigadores decidieron que una simple respuesta afirmativa era
suficiente para engrosar la estadística de los pacientes. Actuando así, los
supuestos científicos, produjeron con el mismo gesto tres atropellos: primero,
condenaron al 50 % de las mujeres a la condición de enfermas; segundo,
disfrazaron de científica una mera actuación de propaganda comercial y,
tercero, contribuyeron a la transformación de nuestro entorno en un hospital,
donde el principal derecho político acabará siendo el de recibir tratamiento en
una sociedad obligada a mantener abierta la oferta creciente de nuevas drogas.
Aún podemos decir algo más, pues la sospecha de que
se inventa una enfermedad para cada píldora es creciente. Mucha gente ve en la
calvicie, la timidez, la menopausia o la lentitud una enfermedad. Las guerras
contra el colesterol, el asma, la obesidad o el colon irritable –padecimientos
que cuando son graves merecen atención sanitaria– son tan indiscriminadas que
debemos preguntarnos por qué de repente todo el mundo está enfermo. Se culpan a
la contaminación, el estrés o a no se cuál radiación, y hay quienes dicen que
enfermamos para solicitar clemencia y así evadirnos de tantas
responsabilidades. En todo caso, no es banal formular alguna hipótesis sobre el
papel de las multinacionales farmacéuticas.
Sabemos ya como funciona. Se trata de convertir
pequeños achaques en grandes problemas y los signos débiles en asuntos serios.
Después, lo más importante es organizar profundas (y, por cierto, muy costosas)
campañas publicitarias cuya función es entrenar a los consumidores en el
ejercicio de identificar como síntomas de enfermedad lo que hasta entonces eran
conductas más o menos curiosas. Así, mientras los laboratorios producen la
enfermedad, las organizaciones de consumidores suministran los enfermos.
El negocio consiste en convencer a la gente de que
todo cuanto nos sucede es consecuencia de una disfunción bioquímica y que,
además, podemos vivir alejados del dolor o la infelicidad. Ningún ejemplo es
más dramático que el de la depresión. Todo el mundo parece estar deprimido. En
la última década, el número de ciudadanos que se declaran deprimidos se ha
multiplicado por siete. Las cifras son tan escandalosas que parecería que estamos
ante una epidemia.17 Tanto que Wurtzel en su impactante Nación Prozac alentaba a los
feroces consumidores norteamericanos del famoso ansiolítico («la droga de la
felicidad») a no considerar la depresión como una especie de estado natural de
los humanos. Más aún, les animaba a rebelarse y confiar en la posibilidad de
restaurar su ansiado equilibrio mental sin recurrir a píldoras.
Lo que queremos saber
Dos palabras
más. Pensar la ciencia y la tecnología de nuestros días obliga a considerar
dimensiones tan complejas como antiguas. Muchos de los problemas que hoy se
asoman a la opinión pública vienen de lejos y no admiten análisis prêt-à-porter, ni fórmulas simplistas de
calificación o descalificación. En particular, la militarización de la
investigación científica o de la innovación tecnológica es un camino que se ha
recorrido en ambas direcciones y que parece tan estructural como también lo son
las dimensiones experimental, paradigmática, pública o nacionalista de la
ciencia en su deriva histórica. La militarización, no obstante, es un tópico
menos reciente que el de la corporativización. Los ejemplos abundan sin que la
prensa diaria, la opinión pública, les dedique la debida atención. Hoy, sin
embargo, más que nunca, el discurso sobre las bondades o la importancia de la
ciencia y la tecnología en nuestro mundo, necesita de una reflexión en paralelo
sobre el tipo de ciencia que queremos. El asunto entonces no es qué sabemos,
sino qué queremos saber.18 Muchas de las encrucijadas a las que nos enfrentamos
sólo tienen solución ensanchando el campo de la política, incluyendo en su
agenda los asuntos científicos que durante largo tiempo escaparon a su control.
Cultura científica es entonces sinónimo de cultura política, pues políticos son
muchos de los problemas científicos, y científicos vienen siendo los problemas
políticos. Necesitamos pues desarrollar nuevas formas de competencia a partir
de la primacía acordada para la conciencia.
1 Derek J. de Solla Price, en su Little Science, Big Science (1963), probó que la actividad
científica crece exponencialmente, duplicando su dimensión cada quince años. En
términos absolutos y desde el siglo xvii,
el incremento había sido de cinco órdenes de magnitud.
2 Peter Galison, «The Many Faces of Big
Science», en: Peter Galison y Bruce
Hevly (eds.), Big Science.
The Growth of Large-Scale Research, Stanford, Stanford University
Press, 1992.
3 Mucha y muy polémica es la literatura
publicada sobre esta materia. Los estudios de etnografía del laboratorio nos
han entregado una imagen del día a día de las prácticas científicas nada
convencional. Un excelente resumen puede encontrarse en Dominique Pestre, «Pour une histoire sociale et culturelle
des sciences. Nouvelles définitions, nouveaux objets, nouvelles pratiques», Annales HSS 1995; 3
(mayo-junio): 487-522.
4 Antonio Lafuente y Tiago
Saraiva: «La OPA de la ciencia
y la abducción de las humanidades», Claves
de razón práctica 2001; 112:
69-76.
5 Los casos mencionados son analizados en:
J.W. Grove, In Defence of Science. Science. Technology, and Politics in Modern Society,
Toronto, University of Toronto Press, 1989.
6 Antonio
Lafuente, «Conflicto de lealtades: los científicos entre la nación y la
República de las Letras», Revista de
Occidente 1994; 161 (octubre): 97-122.
7 Citado en Grove, op. cit. p. 68.
8 Roy McLeod, «The
'Bankruptcy of Science' Debate: The Creed of Science and Its Critics,
1885-1900», Science, Technology, and
Human Values 1982; 7: 2-15. Leslie Sklair, «The Revolt
against the Machine: Some 20th Century Criticisms of Scientific Progress», Cahiers d'Histoire Mondiale 1970; 12: 479-489.
9 Nicole
Dhombres, Les savants en revolution, 1789-1799, París, Cité des
Sciences et de l'Industrie, 1999. La cita en p. 139.
10 Michel
Serres, «Paris 1800», en: Michel
Serres (ed.): Elementos para
una historia de las ciencias,
Madrid, Cátedra, 1991.
11 James H. Capshew y Karen A. Rader, «BigScience: Price to
the Present», Osiris 1992; 7: 3-25. J.M. Sánchez Ron, El poder de la ciencia, Madrid,
Alianza, 1992. La Big Science ha
heredado también del proyecto Manhattan la tendencia al secreto, la
jerarquización y la megalomanía. Peter
Goodchild, J. Robert
Oppenheimer. Shatterer of Worlds, Nueva York, Fromm International,
1985.
12 No quedará decepcionado quien interesado
por estos aspectos recurra a Peter
Galison y Bruce Hevly (eds.), Big
Science. The Growth of Large-Scale
Research, Stanford, Stanford University Press, 1992. Véase
también Robert Fox, ed., Technological Change, Amsterdam,
Harwood Academic Pb., 1996.
13 David Blumenthal et al.,
«Witholding Research Results in Academic Life Science. Evidence From a national
Survey of faculty», JAMA 1997; 277: 1224-1228. Steven Benowitz, «Progress Impeded?», The Scientist 1996; 10: 1.
14 Wade Roush, «Secrecy Dispute Pits Brown
Researcher Against Company», Science 1997; 276: 523-525 (http://www.aaas.org/spp/secrecy/readings/Roush.htm). M. Schuchman, «Secrecy in science: the flock worker's lung
investigation», Ann Intern Med 1998; 129: 341-344.
También, por ejemplo, el editorial «New Disease, Old Story», Ann Int Med 1998; 129: 327-328.
15 Denis Delbecq, «À l'abordage des revues scientifiques», Liberation, 14 de febrero 2002.
Este y otros artículos sobre este asunto, conocido como The Budapest Open Access Initiative, pueden encontrarse en
http://www.inserm.fr/serveur/ist.nsf/archives/2CE96B5B7D6EB6DD80256B7B0057AFFD?OpenDocument
16 Ray Moynihan, Ioana Health y David Henry, «Selling sicness: the
pharmaceutical industry and disease mongering», Br Med J 2002; 324: 886-891.
17 El asunto es el principal objeto de
atención para P. Pignarre, Comment la depresion est devenue une
epidemie, París, La Découverte, 2001.
18 Hans Blumenberg, La legibilidad del mundo, Barcelona,
Paidós, 2000.
Doctor en Ciencias Físicas, trabaja en el Instituto de Historia
(CSIC). Entre sus libros más recientes están la edición de los Elementos de
la filosofía de Newton de Voltaire (Barcelona, Círculo de Lectores, 1998),
la Guía del Madrid científico. Ciencia y corte (Madrid, Doce Calles, 1998),
así como catálogos de diversas exposiciones y artículos de divulgación de la
ciencia. Fue colaborador del suplemento Babelia de El País; en la
actualidad colabora habitualmente en El Periódico de Cataluña y escribe
reseñas de libros de ciencia en ABC Cultural. Dirige la colección
Novatores sobre científicos españoles de la Editorial Nivola.