Sociedades
y academias científicas: ¿estrategias sociales o elitismo?
Scientific societies and
academies: social strategies or elitism
La Royal Society en el Reino Unido o la
Académie des Sciences en Francia responden a dos modelos distintos de
institucionalización del conocimiento que, desde el siglo xvii, impulsaron la investigación y la
educación científica y técnica. En España, el fenómeno de las academias y las
sociedades científicas tiene su origen en el movimiento novator y en la
Ilustración y la primera institución, la Regia Sociedad de Medicina y Demás
Ciencias de Sevilla, se creó en 1700.
The
Royal Society in the United Kingdom or the Académie des Sciences in France are
two different models of institutionalisation of knowledge that since xvii boosted research, and scientific
and technical training. In Spain the phenomenon of scientific academies and
societies comes from the novator movement and the Enlightenment, and the
first institution, Regia Sociedad de Medicina y Demás Ciencias de Sevilla, was
created in 1700.
No
siempre se tiene conciencia de que la actividad científica no es únicamente una
actividad intelectual personal, sino que tiene una dimensión social muy
importante. Una expresión de este carácter social de la ciencia es, sin duda,
la constitución de agrupaciones de científicos, que empezó a tener relevancia a
partir del siglo xvi, cuando por
primera vez la actividad científica ya no fue vista como individual, sino que
necesitaba colectivos de cooperación y debate. Esto ocurrió principalmente en
Italia, donde se constituyeron varias entidades, como la Academia Secretorum
Naturae (Nápoles, 1560) o la Academia dei Lincei (Roma, 1600), que funcionaban
como tertulias con un cierto grado de organización, alguna de las cuales se
centró en las ciencias. Estas academias solían ser privadas, aunque contaban
con la protección de los príncipes, que las veían no sólo como una actividad de
esparcimiento refinado, propia del Renacimiento cultural que promovían, sino
también para asesorarse en temas de gobierno relacionados con la ciencia y la
técnica (Pyenson; Sheets Pyenson, 1999; los distintos trabajos contenidos en
Frängsmyr, 1990, entre una abundante bibliografía).
En esta
primera etapa, las academias no fueron instituciones de producción científica
en un sentido estricto y, además, interrumpieron pronto su funcionamiento.
Recordemos, sin embargo, que el nombre de academia provenía del centro
de enseñanza que Platón organizó para enseñar filosofía (que incluía lo que hoy
entendemos por ciencia). Esto podría hacer suponer que las academias
renacentistas eran centros de enseñanza, pero éste no fue su principal objetivo
o, por lo menos, no solían tener cursos regulares como los de las universidades
o de los colegios. La enseñanza de estas academias era, en todo caso, cooperativa, partiendo de la paridad
entre sus miembros.
En el
siglo xvii, dos iniciativas, en
realidad bastante distintas, marcarían de manera clara la trayectoria futura de
las entidades académicas. Se trata de la Royal Society de Londres, creada en
1660, y de la Académie des Sciences de París, creada pocos años después, en
1666.
La
Royal Society era una asociación de personas interesadas en la ciencia. Su
inspirador había sido el canciller Francis Bacon (1561-1626), cuya utopía había
otorgado un gran papel a los científicos y los técnicos, agrupados en la Casa de Salomón, el centro académico.
La Royal Society, que pretendía poner en práctica las ideas de Bacon, era
independiente de la Corona (a pesar de contar con reconocimiento real)
manteniéndose con las aportaciones de sus fellows que no eran únicamente
científicos. La presidencia de Isaac Newton entre 1703 y 1726 contribuyó a
situar la Royal Society en la cumbre de la ciencia inglesa y mundial.
En
1666, Luis XIV, rey de Francia, y su primer ministro, Jean-Baptiste Colbert
crearon la Academia de Ciencias de París, dentro de un plan de creación de
academias de muchas especialidades, incluyendo el estudio de la lengua francesa
y de las humanidades. La Academia de Ciencias de París, a pesar de compartir
nombre con sus predecesoras en Italia, tenía unas características muy
distintas. Era directamente una iniciativa del Estado, el cual se comprometía a
sostener sus actividades, y tenía por objetivo reunir a la élite de la ciencia
francesa para asesorar al Gobierno en sus proyectos científicos y tecnológicos
y promover la investigación en el país. No tenía actividades docentes ni
organizó laboratorios o centros de investigación, aunque algunas instituciones,
como el Observatorio de París, nacieron muy vinculadas a la Academia.
En la
misma Francia, nacieron (o se reorientaron) instituciones «provinciales», de
ámbito local o regional, que tomaron igualmente el nombre de academias. Estas
instituciones –en Tolosa de Llenguadoc, Montpeller o Burdeus, por poner
ejemplos de Occitania– tenían una mayor diversidad de organización y de
objetivos, a pesar de haber tomado el mismo nombre. Muchas de ellas tenían
importantes actuaciones en el terreno de la formación científico-técnica y fueron,
más bien, asociaciones culturales y profesionales para promover la
investigación científica, con la idea de que la ciencia era un elemento
decisivo para el desarrollo económico y social.
Pero la
institucionalización de la ciencia fue un fenómeno más complejo si tenemos en
cuenta las asociaciones de aficionados a la ciencia, entre las cuales habría
que destacar la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia, creada en
1830, que constituyó uno de los apoyos principales a la investigación en un país
cuyas universidades se mantenían fuera del mundo científico y técnico, en una
época en que la Royal Society tampoco se implicaba en la transformación
industrial del país. Las asociaciones de aficionados se especializaron con el
nacimiento de, por ejemplo, sociedades astronómicas o de naturalistas, de entre
las cuales podemos destacar la Société Astronomique de France (1887).
Las
academias y sociedades se desarrollaron en el momento en el que surgía la
profesión de científico, pero no hay que establecer una relación mecánica entre
un proceso y otro. En algunos ámbitos, como por ejemplo Inglaterra, las
academias y sociedades impulsaron la investigación y la educación científica y
técnica, para compensar el hecho de que las universidades no se implicaran en
ellas. La profesionalización de los científicos debía superar aún muchos
obstáculos en el siglo xix. En
Francia, en la misma época, las academias y sociedades provinciales fueron el
contrapeso al centralismo de París, a pesar de que la Administración central
las intentó controlar o coordinar en todo momento (Fox, 1980). Representaban
una movilización cultural y científica paralela al desarrollo económico y
cultural regional que tenía lugar frente al centralismo radical heredado del
Antiguo Régimen y reforzado por la Revolución y los regímenes que la
sucedieron.
Hay que
destacar que el científico profesional moderno estaba surgiendo en los estados
que configuraron Alemania en 1871, generalmente como profesor universitario
que, además de sus obligaciones docentes, también tuvieron obligaciones en
investigación. En el último tercio del siglo xix,
la profesionalización empezó a enraizar en otros países, como Francia,
Inglaterra o Estados Unidos, en centros específicos de investigación públicos o
privados, como laboratorios nacionales o institutos tecnológicos. Las academias
y las sociedades jugaron un papel muy relevante en la canalización y el control
de la actividad científica. Los estados o las nuevas clases medias las
utilizaron para promover o justificar la investigación, así como para
desarrollar o reforzar la enseñanza científica y técnica. Algunas de estas
entidades fueron decisivas para la profesionalización de la ciencia y la
técnica, proceso en el que han intervenido otros agentes, como las universidades
o los grupos industriales (Pyenson; Sheets-Pyenson, 1999).
El caso de España
¿Una
academia de ciencias de proyección «nacional»?
En
España el fenómeno de las academias y las sociedades científicas tiene su
origen en el movimiento novator y en la Ilustración. Aunque se había
usado la denominación academia para centros de formación científica,
generalmente orientados a la formación de nobles y oficiales del Ejército,
existió un fenómeno de tertulias cultas en distintas ciudades españolas, cuya
primera institucionalización en el campo de las ciencias fue la Regia Sociedad
de Medicina y Demás Ciencias de Sevilla, creada en 1700. A finales de siglo xviii, José Moñino, conde de
Floridablanca, ministro de Carlos III, fue uno de los primeros en plantear la
organización de una Academia de Ciencias española, pensando en complementar el
sistema académico español, cuyo elemento más significado era la Real Academia
Española, fundada por Felipe V en 1713 para impulsar los estudios sobre la
lengua castellana como lengua española unificadora del Estado. Se ve que los
Borbones estaban intentando aplicar a España el modelo de estructura académica
establecido en Francia un siglo antes. Sin embargo, por lo que se refiere a la
ciencia, el proyecto acabó fracasando. Tras varios intentos, la Real Academia
de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid empezó su andadura en 1847,
cuando España estaba en una etapa histórica muy distinta, en la que la
capacidad del Estado para impulsar una política científica estaba muy mermada
y, al mismo tiempo, otros procesos estaban cambiando la situación cultural y
económica del país, de manera que el papel de una academia había cambiado
sustancialmente.
Volviendo
al período ilustrado, con una finalidad de modernización económica y social, la
Monarquía había patrocinado las llamadas sociedades económicas de amigos del
país, cuyo modelo había sido la Sociedad Vascongada fundada en 1763. Estas
entidades, que agrupaban las élites ilustradas locales, artesanos, burgueses
manufactureros, propietarios rurales, campesinos y miembros de la Iglesia,
jugaron un papel económico y cultural relevante, en muchos casos con el
establecimiento de enseñanzas de tipo científico y técnico. A pesar de que
siguieron existiendo a lo largo del siglo xix,
su impulso renovador se suele circunscribir al período anterior a la Guerra de
la Independencia (1808-1814). Las sociedades de amigos del país no llegaron a
cuajar en ciudades como Barcelona, donde las élites locales consiguieron a
mediados de siglo xviii el
establecimiento de una Junta de Comercio, cuyo arraigo a la vida económica y
científica acabó siendo mucho más sólido. Las escuelas científicas y técnicas
que la Junta de Comercio de Barcelona creó a partir de 1769 y, sobre todo,
después de 1814, constituyeron un sistema de enseñanzas cuya influencia en
Cataluña llega hasta nuestros días, como en los casos de la Escuela de Náutica
o la Escuela de Diseño de la Lonja; o algo más indirectamente, como origen, por
ejemplo, de la enseñanza de la química moderna en Cataluña y, más en
particular, como antecedente directo de la Escuela de Ingeniería Industrial,
que se formó en 1851 absorbiendo la mayoría de las escuelas científicas y
técnicas de la Junta.
A pesar
de todo, algunos autores consideran que el proyecto ilustrado de organizar las
ciencias a escala nacional fracasó. Hay que señalar que, a pesar de que la
academia no cuajara, el Estado desarrolló una política científica, en gran
parte basándose en el Ejército, en entidades como la Academia de Guardiamarinas
de Cádiz, el Observatorio Astronómico de San Fernando, la Academia Militar de
Matemáticas de Barcelona, los colegios de Cirugía o la Academia de Artillería
de Segovia, además de otros centros civiles, como los diversos laboratorios
químicos de Vergara y Madrid o el Jardín Botánico de Madrid. Este conjunto de
entidades habría constituido una institucionalización
metropolitana, según A. Lafuente, porque, a pesar de no tener la unidad que
le hubiese dado la existencia de una academia de ciencias tal como se había
proyectado, fue a través de ellas que el Estado ilustrado español recuperó la
iniciativa científica y técnica en la Península y en América.
Al lado
de las instituciones vinculadas al Estado, hemos visto que existían otras de
carácter local. De entre ellas, quisiera destacar la Real Academia de Ciencias
y Artes de Barcelona, fundada en 1764 con el nombre de Conferencia
Físico-Matemática Experimental. A pesar de que esta academia, siendo hoy en día
la decana de las instituciones científicas españolas, cuenta ya con varios
estudios sobre su historia, todavía queda mucho para que tengamos una
interpretación satisfactoria del significado de su fundación y de las
principales etapas de su trayectoria. Por un lado, no hay duda que la Academia
de Barcelona tiene muchos puntos en común con muchas de las academias
provinciales existentes en Francia y, en particular, con las existentes en la
Francia occitana donde estas entidades tuvieron una implantación muy sólida.
Hay que tener en cuenta que muchos catalanes se formaron en las universidades
de Montpeller o Tolosa de Llenguadoc, cercanas en el espacio y en la tradición
cultural, frente a la crisis del sistema universitario catalán, agudizado por
la acción de Felipe V.
La
analogía de la Academia de Barcelona con las academias provinciales francesas
incluye el hecho de haber asumido, junto con la Junta de Comercio, una tarea
muy significativa en la enseñanza de las ciencias, como lo ha puesto de
manifiesto Francesc Barca (en su trabajo incluido en Nieto-Galán y Roca Rosell,
2000), y de haber actuado como referente experto en el proceso de modernización
económica que Cataluña protagonizaba ya desde los años 1730 con la introducción
de las primeras fábricas de indianas que ayudaron a desencadenar un proceso de
industrialización pionero en España. En este sentido, la Academia de Barcelona
tomaría un relieve claro como apoyo y símbolo científico de ese proceso.
El
fracaso del establecimiento de una academia «nacional» nos daría una muestra de
las limitaciones del esfuerzo realizado desde la Corona para introducir la
industria y la economía moderna en el conjunto de España. Además, después de
las guerras napoleónicas, en el reinado de Fernando VII, España entró en un
período de estancamiento económico y en una etapa de autoritarismo y represión.
Los opositores al rey déspota habían elaborado una política científica para
España que no llegó a ser viable: la muerte en el exilio en Gibraltar del que
había sido Regente del Reino durante la guerra, el científico y oficial de
marina valenciano Gabriel Císcar, puede ser un símbolo de este fracaso.
Se
puede decir que es en la segunda mitad del siglo xix cuando aparece en España el fenómeno del asociacionismo
científico. Este primer asociacionismo refleja el voluntarismo con el que se
practicaba la investigación científica y, al mismo tiempo, la fascinación por
la ciencia de los sectores sociales que estaban accediendo a una educación
mínima, en un país donde, todavía en 1900, la tasa de analfabetismo alcanzaba el
70% de la población. No tenemos una caracterización historiográfica del
surgimiento de las primeras asociaciones científicas y, por lo tanto, no
estamos en condiciones de establecer ni una periodización ni una interpretación
satisfactoria. Nos limitaremos a plantear algunos elementos que puedan ayudar a
estudios ulteriores.
El
asociacionismo científico se plasmó muy pronto en los campos en los que los
aficionados tenían más oportunidades de desarrollar su labor, principalmente,
las ciencias naturales y la astronomía, en algunos casos en relación directa
con movimientos como el excursionismo científico, que se desarrolló en Cataluña
a partir de los años 1870.
Las
primeras sociedades científicas amateurs relevantes datan del último tercio del
siglo xix. En Cataluña, la más
relevante de entre las pioneras es, sin duda, la Institució Catalana d’Història
Natural, creada en 1899. Tras ella, podemos mencionar la Sociedad Astronómica
de Barcelona (1910) y la Sociedad Astronómica de España y América (1911). La
Sociedad Astronómica de Barcelona tuvo un papel muy destacado en reunir y
coordinar aficionados a la astronomía y a la ciencia y, en particular, a muchos
observadores meteorológicos voluntarios. No debe extrañar pues que de ella
surgiera el Servei Meteorològic de Catalunya en 1921. La Sociedad de España y
América, que fue inicialmente una escisión de la primera, ha llegado hasta
nuestros días como un lugar de encuentro entre astrónomos amateurs y
profesionales, teniendo en cuenta que estos últimos eran inicialmente un grupo
muy reducido. De hecho, en la Cataluña de los primeros años del siglo xx, la ciencia tenía un grado muy
escaso de profesionalización, excepto por lo que se refiere a la medicina y a
la ingeniería, que eran las únicas profesiones científicas que se podían
ejercer de manera privada.
En
Cataluña, el catalanismo político se planteó potenciar la investigación y, por
esta razón, la Diputación de Barcelona creó en 1907 el Institut d’Estudis
Catalans, una academia que inicialmente trataba sólo de historia del arte y de
literatura, pero que en 1911 creó una sección de Ciencias. Ligada a ella
apareció un nuevo tipo de entidad asociativa, la Societat de Biologia de
Barcelona (1912) que, a diferencia de las anteriores, era una asociación de
investigadores biomédicos, la mayor parte de ellos pertenecientes al
Laboratorio Microbiológico Municipal. Esta sociedad fue la primera filial del
Institut d’Estudis Catalans, que incorporó pocos años después la Institució
Catalana d’Història Natural, en la que seguían predominando los amateurs. Antes
de la Guerra Civil, el Institut creó dos sociedades filiales más, la Societat
Catalana de Ciències Físiques, Químiques i Naturals (1932) y la de Geografia
(1935), ambas con científicos amateurs, aunque llevaran a cabo proyectos
profesionales, como el proyecto de división comarcal de Cataluña.
En el
ámbito del Estado español, las iniciativas tenían una orientación más
académica, si tenemos en cuenta la fundación de la Real Sociedad de Historia
Natural en 1871, la de la Real Sociedad de Física y Química en 1903 o la de la
Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, en 1908. Estas entidades
tenían una orientación definidamente académica e institucional, a pesar de que
la situación de la investigación en España ponía muchas limitaciones a esta
orientación. La Sociedad de Física y Química se nutrió pronto de los primeros
investigadores profesionales ligados a la Junta para Ampliación de Estudios y
la Asociación fue una entidad cuyo carácter está todavía por determinar desde el
punto de vista historiográfico, pero, por los estudios existentes, podemos
afirmar su implantación muy desigual en el territorio español y la coexistencia
en su seno de profesionales y amateurs.
De
todas formas, en el establecimiento de academias y sociedades científicas en
España se reflejó de manera patente el escaso grado de profesionalización de la
investigación, que contrastaba con el auge del movimiento de aficionados a la
ciencia. Es difícil y, quizás, prematuro, interpretar el papel de las asociaciones
de aficionados a la ciencia. En el caso de Cataluña, tengo la impresión que
estas asociaciones reflejan la conciencia de las clases trabajadoras y de las
clases medias del papel del conocimiento, no sólo como instrumento de trabajo,
sino también para mejorar sus condiciones de vida. Por otro lado, las academias
oficiales, incluidas las patrocinadas por entidades locales, como el Institut
d’Estudis Catalans, pretendían establecer una conexión entre la política
científica y el mundo universitario e investigador. Esta conexión presentó
muchos altibajos y deficiencias por la limitación de los gobiernos al apoyar la
investigación, lo cual deslució, sin duda, el elitismo que las academias debían
de tener según su constitución. Por su lado, las asociaciones de aficionados,
cuya misma constitución les daba una existencia irregular, contribuyeron a
crear una demanda social de ciencia, hasta el punto que, en la Cataluña de
antes de la Guerra civil 1936-1939, la ciencia y la técnica parecían ser
objetivos políticos de primera prioridad.
Estudió física en la Universidad de Barcelona
y en 1990 obtuvo un doctorado sobre historia de la física en Cataluña en la
Universidad Autónoma de Madrid. Se ha interesado en las influencias mutuas
entre técnica, ciencia y sociedad en el período contemporáneo, particularmente
en Cataluña y España. Actualmente es profesor en la Universidad Politécnica de
Cataluña (UPC) y presidente de la Societat Catalana d’Història de la Ciencia i
de la Técnica, filial del Institut d’Estudis Catalans.
Bibliografía
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Roca Rosell, A.: (1999) «Las sociedades
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61-75.