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Figura 1 Científicos de la ficción: el lado menos amable de la ciencia. (Izquierda) En Dr. Cyclops (1940), el Dr. Thorkel, un científico idealista, intenta mejorar el mundo mediante un material radiactivo, el radio («entrometiéndose en poderes reservados a Dios»). Aunque no vacila en utilizarlo con finalidades malévolas (reducción de tamaño del personal), cuando se descubre su secreto. (Derecha) En Reanimator (1985), el Dr. West, una mente tan brillante como retorcida, está dispuesto, cual Frankenstein moderno, a ir más lejos que nadie en el tema de la vida y la muerte. No duda en entregarse a los más dudosos y siniestros experimentos con cadáveres. Ambos filmes reflejan también los campos científicos en auge en esas épocas (la energía nuclear y la biología)
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Figura 2 Laboratorios de la ficción. (Izquierda)
El laboratorio donde el Dr. Caine desarrollará su particular método para
obtener la invisibilidad en El hombre sin
sombra (2000), última revisión del mito del hombre invisible. Nada que se parezca a los asépticos y pulcros
laboratorios de experimentación bioquímica. Por lo que parece, sigue imperando
la regla no escrita citada. Algo que setenta años antes se había ya planteado
al recrear el laboratorio de Víctor Frankenstein en El Doctor Frankenstein (1931) (Derecha)