Internet como medio de divulgación: de Eolo a Pandora
Muchos de los temas que a diario están presentes en los
medios de comunicación: clonación, guerra biológica, etc., despiertan el
interés de la sociedad. Ante ello, ¿es Internet una caja de Pandora? Y si lo
es, ¿qué virtudes y peligros encierra? El sensacionalismo y la falta de rigor
en la información científica pueden hacer zozobrar el barco de la ciencia.
Many
of the topics appearing daily in the media, such as cloning or biological
weapons, have raised the interest of the society. In view of this, is Internet
a Pandora’s box? And if it is so, which are the virtues and dangers it
encompasses? The sensationalism and the lack of rigor in the scientific
information can make the boat of science sink.
EOLO
Eolo era el dios de los vientos, a los que mantenía
encerrados en una cueva en la isla de Eolia y dejaba salir según su voluntad.
Tras el infortunio de Ulises y sus hombres con Polifemo, Eolo quiso ayudarlos y
dejó libre una brisa que soplaba en dirección a Itaca –destino de los
navegantes–, al tiempo que encerraba todos los vientos contrarios en un cofre,
que confió a Ulises. Al cabo de diez días, Ulises, que se había mantenido al
timón día y noche, avista la costa de Itaca y cae rendido por el sueño.
Aprovechando el sueño de Ulises, los hombres de la tripulación abren el cofre,
que creen que contiene un tesoro. De él salen todos los vientos contrarios que
alejan el barco de Itaca y lo dirigen de nuevo a Eolia.
Una característica de la última década del siglo xx ha sido el vertiginoso desarrollo de la tecnología y de
los nuevos medios de comunicación electrónica, que tienen su paradigma en
Internet. Nunca había habido tanta información al alcance de cualquier persona
como existe actualmente en la Red. De ahí que en los países occidentales se
haya generalizado el concepto de «sociedad del conocimiento» o de la
«información». Sin embargo, nuestra sociedad de la información presenta algunas
paradojas derivadas del mismo desarrollo tecnológico que ha hecho posible su
existencia. Por una parte, y ciñéndonos al ámbito de las ciencias de la vida,
han surgido nuevos campos del conocimiento, como la bioinformática, la
ingeniería genética, la genómica y la proteómica. Por otra, se han logrado
grandes avances en áreas clásicas que se han beneficiado de las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación. Además, Internet ha facilitado
el acceso a la información científica; la mayoría de las publicaciones disponen
ya de una versión on line y muchos
departamentos universitarios y centros de investigación exponen en la red el
resultado de su investigación y las publicaciones de sus investigadores.
La facilidad de comunicación ha puesto de manifiesto que, en ciencia,
«veracidad» y «velocidad» son conceptos difíciles de maridar. El tratamiento de
un tema no sigue el mismo ritmo en los medios de comunicación que en el ámbito
de la investigación. En aquéllos, principalmente en la «prensa» diaria
–cualquiera que sea su soporte: papel, ondas radioeléctricas o silicio–, la
inmediatez de la noticia tiene prioridad: una noticia deja de serlo cuando ha
perdido la novedad de la primera mano. Además, el sensacionalismo es un valor
añadido a la noticia. El rigor científico a veces queda marginado y no hace más
que entorpecer el trabajo del comunicador. Hay periodistas que antes de
publicar una noticia científica acuden al especialista en busca de
asesoramiento. Para el investigador consultado no siempre es fácil opinar sobre
un trabajo de investigación cuya única información es la que el periodista le
pasa: un comunicado de prensa (press
release), que es un breve resumen del artículo, y aún con el compromiso de
no difundirlo hasta que no haya salido la revista que lo publica. Si el
artículo describe algún descubrimiento o algún resultado que se aparte de los
obtenidos anteriormente en el mismo campo, es lógico que el científico
consultado se muestre cauteloso y no acepte opinar sobre ello, antes de conocer
con más profundidad el estudio.
En los diferentes medios de comunicación, la publicación de una noticia
científica depende más de decisiones dentro del propio medio que del
significado de la investigación o el hallazgo. Incluso algunos medios no
siempre respetan el embargo que Science,
Nature y otras publicacions
científicas imponen sobre sus noticias. Cuanto más impacto pueda causar la
noticia, más tendencia hay al incumplimiento de ese compromiso. El 16 de agosto
de 1996 la revista Science publicó
los resultados del análisis de un meteorito marciano caído en la Tierra hace
unos 13 000 años. Del análisis, los autores deducían la posible existencia de
vida en el planeta rojo. Dicha noticia fue difundida unos días antes por un
periódico que no respetó el embargo. Unos meses después (27 de febrero de 1997)
en Nature se describió la obtención
de Dolly, la primera oveja clónica. En esa ocasión, un periódico británico
también se anticipó a la publicación del artículo científico. En el caso de
Dolly, además, el título del artículo de Nature
(«Viable offspring derived from fetal and adult mammalian cells») no aportaba
ninguna clave sobre el significado real del experimento.
En los últimos años ha habido algunas noticias relacionadas con la ciencia
cuya interpretación y repercusión han sido muy diferentes en los medios de
comunicación y en el ámbito estrictamente científico. Las bacterias
«jurásicas», la clonación y las células madre, y la guerra biológica son
algunas de ellas.
Las bacterias
jurásicas
El 19 de mayo de 1995 la revista Science
publicó un artículo firmado por Raul J. Cano y Monica K. Borucki, de la
Universidad Politécnica del Estado de California, en San Luis Obispo, en
Estados Unidos (atención: no es ninguno de los numerosos campus de la famosa
Universidad de California, aunque el nombre del centro puede llevar a
confusión). Aquel artículo describía la obtención e identificación de bacterias
a partir de esporas que habían permanecido atrapadas en ámbar durante millones
de años (entre 25 y 40) en el tubo digestivo de una abeja de una especie
actualmente extinguida. Los autores indicaban que la bacteria aislada no era
producto de la contaminación del medio de cultivo, que su origen era antiguo y
que presentaba un alto grado de parentesco con la bacteria actual, Bacillus sphaericus. Para aceptar la
validez de aquel experimento sería necesario que alguien más hiciese revivir
esas bacterias. Antes que acabase el año 1995, la misma revista Science publicó varios comentarios
críticos. En uno de ellos se negaba la validez de las conclusiones a las que
llegaron Cano y Borucki, aunque no cuestionaba la manera cómo realizaron el
experimento. Otro comentario, en cambio, indicaba que había sido un error
comparar las secuencias genómicas de aquella bacteria, que Cano y Borucki
retrotraían al oligoceno o al mioceno (era terciaria), con las secuencias
correspondientes en las bacterias actuales, y sugería otro tipo de prueba
genética para demostrar la edad de la bacteria aislada. Cano respondió a las
críticas, pero la duda sobre la edad real de las bacterias aisladas nunca se
aclaró.
Todo empezó con
Dolly
Con excepción de la publicación del genoma humano, pocas noticias
científicas han tenido tanto impacto mediático en los últimos diez años como el
artículo mencionado sobre la obtención de Dolly, la primera oveja clónica. Ni
siquiera el nacimiento, en julio del mismo año, de Polly, otra oveja que,
además de clónica, sea transgénica, causó tanto revuelo. La posibilidad de
obtener animales clónicos despertó reacciones muy diferentes por todo el mundo.
Especialmente porque, al tratarse de un mamífero, la posibilidad de la
clonación humana se veía muy cercana. Políticos y dirigentes de grupos
religiosos y de asociaciones y entidades supraestatales convocaron comités de
bioética para tratar las repercusiones que dicha práctica podía tener en la
sociedad y para modificar la legislación vigente. El año siguiente nació
Bonnie, la hija de Dolly, lo que probaba que los animales clónicos podían tener
descendencia. La clonación se veía como una técnica muy útil para la obtención
de animales que podrían ser verdaderas «fábricas» de fármacos.
De manera casi paralela, se desarrolló una tecnología que, como en la
clonación, estaba basada en la transferencia del núcleo de una célula a otra.
Se empezaron a ensayar varias técnicas para la obtención de tejidos a partir de
células madre (con capacidad para originar cualquier tipo de tejido del
organismo) de las primeras fases del desarrollo embrionario. Su producción a
gran escala y la transformación en diferentes tejidos permitiría tratar
enfermedades degenerativas como la de Alzheimer o la de Parkinson o lesiones
medulares mediante el transplante de células, tejidos e incluso órganos
obtenidos en el laboratorio. Como ocurriera con la clonación, la experimentación
con células madre se han interpuesto numerosas barreras, sobre todo por la
oposición de algunos sectores a usar embriones humanos (sobrantes de la
fecundación in vitro y destinados a ser eliminados al cabo de unos años)
para la obtención de dichas células madre. En España, Bernat Soria, del
Instituto de Bioingeniería de la Universidad Miguel Hernández, el investigador
pionero en la aplicación de estas técnicas para el tratamiento de la diabetes,
ha declarado que, si no puede llevar a cabo su labor investigadora en España,
tendrá que hacerla en países donde las leyes lo permitan.
Tanto en el caso de la clonación como en el de las técnicas con células
madre, los medios de comunicación se han centrado con mucha frecuencia en
aspectos sensacionalistas. Los usos de la clonación con fines reproductivos son
los aspectos que más se han destacado. Las declaraciones del médico italiano
Severino Antinori, anunciando el año 2001 que pensaba clonar humanos y
afirmando en 2002 que ya lo había logrado, podría considerarse un aspecto
anecdótico de la investigación. Pero es más que una anécdota porque, a pesar de
que probablemente se trate de una falsedad, crea una visión distorsionada,
mercantilista y diabólica de la ciencia que no se corresponde con la realidad.
Y, además, afecta a las decisiones de los políticos que han de legislar sobre
la investigación.
La guerra biológica
El bioterrorismo, que hace varios años que ya se consideraba un peligro
potencial, se convirtió en una realidad con los ataques con esporas de carbunco
(anthrax en inglés) posteriores al 11
de septiembre de 2001, que causaron algunas muertes. El desconocimiento general
de esta enfermedad y el tratamiento alarmista de los medios de comunicación,
con información errónea en algunos casos, crearon una sensación general de
pánico. La población se sentía amenazada por una enfermedad que creía
desconocer. Sin embargo, el carbunco es una infección que ha estado presente en
las sociedades agropecuarias durante varios milenios.
El carbunco, conocido también como ántrax maligno y enfermedad de los
traperos o de los matarifes, es una enfermedad grave del ganado vacuno y ovino
que puede afectar también a las personas. Su agente causal, la bacteria Bacillus anthracis, es conocido desde
tiempos de Pasteur y Koch. Fue precisamente el estudio de esa enfermedad, que
Koch provocaba artificialmente en ratones a los que inyectaba sangre de
animales infectados, lo que le permitió desarrollar su teoría de la enfermedad
infecciosa. Algunas características de esta bacteria –gran resistencia a la
desecación y temperatura, mediante la formación de esporas, y su fácil
aislamiento y cultivo– hacen de ella un organismo muy adecuado para la guerra
biológica. Sin embargo, a diferencia de otras enfermedades humanas, el carbunco
no se transmite de persona a persona y una epidemia no podría extenderse por
contagio.
Estados Unidos, cuyo Gobierno ha logrado imbuir en un sector de la
población un temor desmesurado a un ataque bioterrorista, es el país que más a
fondo ha investigado las armas biológicas. Después de la Segunda Guerra Mundial
el ejército dispersó una bacteria, aparentemente inocua, en la bahía de San
Francisco, para estudiar el posible alcance de las armas biológicas (el color
rojo vivo de aquella bacteria facilitaba su detección en el agua). Las
protestas de algunos microbiólogos destacados fueron inútiles. Años más tarde
se han atribuido a aquella bacteria (Serratia
marcescens) algunos brotes infecciosos registrados en aquella época. Las
bacterias, los virus y las toxinas de origen biológico pueden causar estragos,
pero su manejo es mucho más difícil que el de las armas convencionales. Además,
en numerosos casos pueden prevenirse con vacunas y en otros pueden tratarse con
antibióticos. En cambio, contra las bombas y otras armas pesadas no hay
vacunas.
Pandora
En la
mitología griega, Pandora era el nombre de la primera mujer mortal, que fue
hecha por Hefesto (Vulcano) siguiendo las órdenes de Zeus, que quería vengarse
de Prometeo, porque éste había robado el fuego divino. Pandora recibió de cada
uno de los dioses un don que Zeus depositó en una caja (en una jarra, según
Hesiodo), ordenando a Pandora que no la abriese bajo ningún concepto. Zeus
ofreció Pandora a Prometeo, el cual desconfió y advirtió a su hermano Epimeteo
de que recelase también. Pero éste se enamoró de Pandora, la tomó por esposa y
aceptó la caja como dote. Epimeteo abrió la caja (según algunas versiones fue
Pandora quien lo hizo) y de su interior salieron todos los males que desde
entonces han asolado a la humanidad. Cuando intentó cerrarla sólo logró
mantener en su interior la esperanza.
Se ha hablado de Internet como de la caja de Pandora, llena de dones, pero
que al abrirla deja escapar lo peor que contiene en su interior. Pero Internet
es un reflejo de la sociedad que la ha creado, y es lógico que en ella se
encuentre de todo. En el campo de la ciencia, la facilidad de comunicación y de
acceso a las fuentes es una arma de doble filo: cualquier persona que tenga
acceso a Internet puede difundir todo tipo de información por la Red. Como en
tantos otros campos del conocimiento, esa facilidad de «publicación» ha
favorecido la proliferación de la divulgación científica, pero también de la
«paracientífica». A veces, bajo la apariencia de una publicación electrónica
rigurosa se esconden la falacia, el engaño y el negocio de unos pocos. En
campos como la medicina, que pueden afectar a la salud humana, es preciso estar
alerta. Hay que establecer criterios que permitan determinar la veracidad y la
calidad de la divulgación científica presente en la Red, lo cual no siempre es
fácil. La Unión Europea ha querido encarar el asunto elaborando una serie de
directrices mediante las cuales, la información relativa a aspectos de la
salud, deberá hacer constar, entre otros datos, la procedencia de las fuentes
con el fin de garantizar su credibilidad.
Valores éticos en la
información
Según Noëlle Lenoir, del Comité de Bioética de la UNESCO, la práctica
científica debe regirse por cuatro principios: respeto a la dignidad y a la
libertad; prevención de los riesgos tecnológicos de los que depende el futuro
de la humanidad; preservación de la libertad de creación científica; y
solidaridad intelectual y moral, que permita que las ventajas del progreso
beneficien a toda la humanidad. Estos principios son aplicables a los
investigadores y a los organismos e instituciones de los que depende la
investigación, ya sean de ámbito local, regional, nacional o internacional. Hay
una conducta ética que debe exigirse a organismos e instituciones: la creación
de un sistema de reconocimiento ecuánime y fidedigno de la calidad de la
investigación, de integridad y correcta aplicación de los resultados. Disfrazar
de ética la demagogia es una estratagema de algunos políticos que puede
perjudicar a la ciencia cuando, en nombre del bien común, intentan delimitar
los campos de investigación a los que hay que destinar el dinero público. Y
disfrazar de ciencia el sensacionalismo y la falsedad es la estratagema de
algunos medios para aumentar su audiencia y sus beneficios.
Internet y la
divulgación científica
La población debe conocer los avances de la ciencia, debe abandonar lo que
Carl Sagan definió como «analfabetismo científico». La divulgación ocupa un
papel destacado como medio para poner al alcance de la población el
conocimiento científico y es la última fase del proceso científico. Además de
diarios, revistas y libros utiliza el cine, la televisión, exposiciones
permanentes (museos) y temporales y otros medios audiovisuales, entre los
cuales actualmente destaca Internet.
La divulgación científica puede ser una arma de doble filo dado que no está
sometida a revisión y que sus destinatarios no siempre son capaces de juzgar su
calidad y fiabilidad. Uno de los peligros que la acechan es la presentación de
pseudociencia como ciencia genuina. Serían las tinieblas que harían ver como
real lo que no tiene una base sobre la que sustentarse. El auge de Internet y
la facilidad de publicación en ese medio, unido a la gran difusión del la
lengua inglesa como vehículo de comunicación universal y a la posibilidad de
acceder a un sitio web desde cualquier lugar del mundo, han sido la causa de
que la transmisión de las paraciencias alcance grandes proporciones.
Por la ya mencionada facilidad de publicación en Internet, en los últimos
años han surgido numerosas revistas electrónicas de divulgación. Muchos centros
públicos y privados de investigación también dedican un espacio de sus sitios
web a la divulgación. Buscar cualquier tipo de información en la telaraña mundial
se ha convertido en una tarea fácil con la ayuda de los potentes buscadores
como Altavista o Google. Es más, si no se delimita bien el campo de búsqueda,
los resultados que proporcionan dichos buscadores pueden ser abrumadores.
Fiabilidad de la
información
Un problema que plantea la búsqueda de información por Internet es
determinar su fiabilidad. Dada la complejidad de la red es frecuente hallar
información que no corresponde a ningún tipo de publicación. Si la información
se ha localizado en el servidor de una institución, es conveniente acudir a la
página principal y comprobar de qué entidad se trata. El que sea una
universidad puede ser un buen indicio, pero no es una garantía total. En los
Estados Unidos, por ejemplo, se encuentran las mejores universidades de los
países occidentales, pero también las peores. La presencia en el nombre de la
entidad de palabras como «centro de estudios», «instituto» o «investigación»
tampoco sirven para dar completa credibilidad. Bajo esas denominaciones pueden esconderse
instituciones con finalidades ajenas a la difusión del conocimiento que deriva
de la adecuada aplicación de la ciencia. De buena fe en unos casos y con
finalidades oscuras en muchos otros, los impulsores y acólitos de las
paraciencias han encontrado en Internet un medio ideal para difundir sus ideas
y promocionar sus productos.
Una medida cautelar es ver quién está tras la publicación electrónica. Las
publicaciones electrónicas serias procuran contar con un comité editorial
formado por personas que puedan responder de la fiabilidad de los artículos o
incluso que colaboren con artículos propios. Aunque hay excepciones, no es
conveniente conceder demasiado crédito a las páginas personales. Incluso con la
mejor intención, si se trata de un aficionado carente de una sólida base
científica, podría transmitir una información errónea. Tampoco son
excesivamente de fiar las páginas que dependen de una marca comercial; y menos
aún las que llevan el marchamo de un grupo religioso o sectario.
Conclusión
El sensacionalismo y la falta de rigor en la información científica puede
actuar como los vientos de Eolo e impedir el avance del barco de la Ciencia.
Por otra parte, Internet puede ser como el cofre de Pandora; su mal uso puede
causar la difusión la pseudociencia. Sin embargo, sería un error cerrarlo. Lo
que hay que hacer es fomentar el conocimiento científico que haga posible
separar el grano de la paja.
Catedrático de Microbiología de la Universidad de
Barcelona y Professor of Graduate Studies de la University of
Massachusetts-Amherst. Actualmente dirige la revista International Microbiology, de la Sociedad Española de
Microbiología. Es autor de unos 250 artículos en libros y revistas
internacionales sobre ecología, genética y fisiología bacterianas y también de
numerosos artículos en libros y revistas sobre temas de divulgación y de
comunicación científicas. En la actualidad desarrolla dos proyectos
relacionados con la enseñanza (MicroNet) y la actualización de la ciencia y la
técnica microbiológicas a través de Internet (MicroBios).