Editorial

  COMUNICACIÓN CIENTÍFICA, ¿UNA ASIGNATURA PENDIENTE?

«Creo que necesitamos la colaboración de los periodistas, porque los científicos podemos hacer muy buena ciencia, pero no sabemos divulgarla.» Margarita Salas, presidenta del Instituto de España y profesora de investigación del Centro de biología Molecular «Severo Ochoa», considera que «divulgar la ciencia es difícil, pero debe haber una divulgación en la que colaboren científicos y periodistas para hacer llegar a los ciudadanos la realidad de que se hace ciencia y de que hay avances y descubrimientos importantes para la sociedad y que la sociedad debe conocer».1 Como las palabras se demuestran con hechos, la discípula de Severo Ochoa ha impulsado un acuerdo entre el Instituto de España y la Dirección General de Universidades e Investigación para poder incentivar esta necesaria colaboración entre científicos y periodistas.

En realidad hace ya muchos años que un amplio sector de las ciencias colabora con el mundo del periodismo especializado en la difusión de los conocimientos científicos, y es bien conocido que existen además muy buenos científicos que al mismo tiempo son excelentes divulgadores de su saber. El problema es que en los últimos años se ha producido una singular eclosión al mismo tiempo en la necesidad de difundir los avances científicos y médicos y en el interés o demanda social por conocer aspectos de esos desarrollos. Cada vez está más presente en la cultura ciudadana la idea de que los descubrimientos científicos tienen a corto, medio o largo plazo una incidencia decisiva en las vidas cotidianas de todos nosotros. Naturalmente, el primer vehículo comunicacional que siembra las preguntas entre el ciudadano e incrementa su curiosidad, más o menos innata, por conocer son los fenómenos catastróficos de toda índole que los medios de comunicación transmiten cada vez con mayor celeridad y detalle: accidentes industriales, combate de enfermedades, problemas medioambientales...

No hay duda de que sobre el ciudadano normal se produce una importante presión que aumenta a medida que el mundo de la comunicación impregna de noticias a la sociedad en general con recursos cada vez más potentes. Hoy es casi imposible vivir en la ignorancia de lo que sucede en cualquier parte del mundo, ya sea el paso de un cometa espectacular o la aparición de la sospecha de que nuevos y singulares agentes infecciosos pueden ser transmitidos del mundo animal a los seres humanos. El bombardeo de noticias en el entorno cotidiano es apabullante, sobre todo cuando los medios, por una curiosa coincidencia basada en el equivalente de una explosión por simpatía, se copian unos a otros en sus criterios de selección y valoración de noticias. Esta extraordinaria oferta de hechos noticiables crea a su vez una demanda de explicación y de discernimiento del receptor de tan variados y amplios mensajes. De ahí nace la ineluctable necesidad de un periodismo cada vez más especializado y competente, en suma mejor formado.

Paralelamente, la evolución de la investigación científica en todos sus ámbitos se incrementa a un ritmo vertiginoso. Técnicas cada vez más poderosas posibilitan adentrarse con mayor seguridad y precisión en el apasionante mundo del conocimiento científico, descifrando grandes incógnitas, entendiendo los procesos involucrados en la vida y profundizando en el saber que constituye el principal acervo de la humanidad. Pero a medida que el ser humano se adentra en el conocimiento del universo, se hace más patente su complejidad y son necesarias nuevas especialidades científicas y nuevas técnicas. Y el ciclo continúa sin fin. Para hacerlo posible, inevitablemente los científicos necesitan más recursos que sólo una sociedad informada es capaz de comprender y de exigir de sus poderes políticos y económicos.

La simbiosis de científicos y periodistas en torno a la comunicación de los desarrollos científicos es, por lo tanto, una necesidad indiscutible.

¿Cómo hacerla posible y mejorarla?

De una forma natural a lo largo de los últimos veinte años se ha ido produciendo un acercamiento entre ambos campos de actividad. Con toda seguridad, la primera etapa de la conquista del espacio, la llegada a la Luna y la emergencia de la preocupación por la evolución de nuestro planeta cuando fue contemplado desde el espacio y se evidenció su fragilidad, fueron factores decisivos de la creciente colaboración entre científicos y periodistas. Una colaboración que, en mayor o menor grado, siempre ha existido en el campo de la medicina, pues la preocupación de los seres humanos por su salud es una constante lógica.

La realidad es que hoy esa colaboración necesaria de científicos y periodistas que reclama la doctora Margarita Salas hace ya muchos años que funciona en determinados ámbitos de nuestra sociedad. Media docena de universidades europeas llevan a cabo programas de formación en comunicación científica de segundo o tercer ciclo, siendo la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona la pionera en España. Seguramente hemos de profundizar todavía mucho en la mejora de estos programas de formación y de interrelación entre ciencias y comunicación. Sin embargo, el camino está abierto, pero quizá se ha hecho en una sola dirección: los estudios de periodismo y sociología se han acercado en busca de la simbiosis. Echamos de menos que las facultades científicas integren en sus estudios alguna materia relacionada con la comunicación. Es lógico que nuestros científicos se licencien sin saber en su mayoría que es Nature, The Lancet, Science, Cell o The New England Journal of Medicine? Una aproximación durante los estudios científicos al fenómeno de la comunicación científica constituiría un gran paso adelante en busca de esa estrecha colaboración que se reclama. Esta es sin duda —y nunca mejor dicho— una asignatura pendiente.

Por ahora, la propia dinámica social hace posible que la necesidad se vaya convirtiendo en realidad. Pero debemos entre unos y otros, entre científicos y periodistas, consolidar este indispensable camino de colaboración. De hecho, esta es una de las razones de la existencia del Observatorio de la Comunicación Científica y de una publicación como Quark.

 

1. Noticias Mèdicas, núm. 3608, marzo 1966.