A. T.: Usted está en una situación privilegiada en la difusión del conocimiento científico. Como editor de la revista Nature, ocupa uno de los mejores puestos en la cadena de difusión de la ciencia. Desde su atalaya, ¿qué piensa del nivel de educación científica de la población? ¿Cuál es el interés que despierta ahora la ciencia?, ¿ha aumentado o ha disminuido? De hecho, en los últimos 10 o 15 años, el volumen de información científica que recibe todo el mundo es enorme...
J. M.: Déjeme comentar algo sobre lo que
usted decía de mi situación privilegiada. Es cierto: soy muy
privilegiado. Pero, a pesar de haber sido un científico
profesional que trabajaba en el mundo académico, ahora me
considero esencialmente un periodista. Como periodista tengo, hay
que reconocerlo, un enorme privilegio porque cada vez que abro el
correo me encuentro con innovaciones científicas de gran
interés. Cada día hay verdaderas sorpresas y si uno tiene un
interés personal en la ciencia, tal vez no exista mejor lugar
para seguirla.
Por lo que se refiere a la comprensión que tiene la población
de la ciencia, he podido constatar que depende en buena medida
del tipo de pregunta que se haga. Si pregunta, por ejemplo, a
cualquier persona de la calle que le describa, en ese mismo
momento, la estructura del DNA o que le diga en qué punto nos
encontramos sobre la cuantificación de las ondas gravitatorias,
es muy probable que no obtenga respuestas acertadas. En cambio,
es realmente sorprendente observar hasta qué punto pueden ser
consistentes las evaluaciones sobre aquello que es peligroso y
aquello que no lo es, o sobre aquello otro que constituye una
buena opción y lo que no.
La ignorancia que verdaderamente ofende no es la de la población
normal, sino la de los gobernantes porque da la impresión de que
los administradores y los políticos actúan al margen de
informaciones contrastadas y de los consejos de los verdaderos
expertos. A menudo, las decisiones sobre ciencia las toman
personas que no saben distinguir la forma de un microscopio y es
frecuente que nos lleven al desastre, tanto en cuestiones de
política general como de política científica. Es sobre la
ignorancia de los burócratas y administradores de la ciencia que
cabría preocuparse, y no sobre la ignorancia de los ciudadanos.
A. T.: ¿Qué opinión le merece el grado de comprensión de la ciencia de los gobernantes?, ¿qué nivel de asesoramiento necesitan para tomar decisiones sensatas? Ya se ha adelantado con un diagnóstico más bien pesimista, ¿piensa, por tanto, que los políticos no utilizan como cabría esperar la guía y la experiencia de los científicos para afrontar los problemas de la sociedad actual?
J. M.: Ciertamente, así es.
A. T.: ¿Qué piensa de aquello que a menudo se dice respecto a que vivimos en una sociedad cada vez más capaz y más sabia en cuanto a la utilización de recursos tecnológicos, pero que progresivamente es más ignorante por lo que respecta a la ciencia?
J. M.: Esto no es exactamente cierto. En Gran
Bretaña, por ejemplo, el porcentaje de jóvenes que ahora va a
la universidad es del 40 %, de los cuales un 30 % acaban con un
título de ciencias, medicina o ingeniería. De aquí a unos
años, un 12 % de la población tendrá estudios cualificados en
ciencias, además, una importante de la población trabaja en
empresas científicas sin una titulación concreta. La situación
mejora rápidamente. Tal vez no existe un conocimiento esmerado
de la ciencia y tal vez no se sabe descubrir aún la alegría y
el entusiasmo que serían posibles y deseables. Pero ésta es
otra cuestión.
Por lo que se refiere a la sensibilidad y a la comprensión más
general, creo que no está tan mal como a menudo se acostumbra a
pensar. Si quiere, siempre podrá detectar problemas: si elige,
por ejemplo, 100 licenciados en historia y les hace la pregunta
típica de si el Sol gira alrededor de la Tierra o al revés,
obtendrá siempre un porcentaje de personas que contestará de
manera errónea. Pero en este caso pienso que la pregunta no es
acertada porque la percepción más común, por todo el mundo, es
que la ciencia nos ha aportado salud y mucha más riqueza de lo
que nadie podía imaginar. También nos ha hecho más capaces y
listos. Las personas normales y corrientes aprecian sobre todo
las dos primeras cosas, y todavía quieren más.
A. T.: Para usted lo que cuenta, por encima de todo, es que la gente aprecia la utilidad de la ciencia. ¿No cree que con el incremento general del bienestar, las necesidades del mercado, por un lado, y las propias empresas, por el otro, piden un ladeo de la educación y de la formación hacia las disciplinas científicas?
J. M.: Sí. Este fenómeno se está produciendo a un ritmo espectacular. Pasó en Gran Bretaña, se da ahora en Francia con mucha intensidad, así como en España y otros lugares. Es una tendencia general en Europa, pero arrastramos el problema de los políticos porque ellos miran la ciencia como una mercancía, y de manera constante y repetitiva toman decisiones estúpidas. En Gran Bretaña, por ejemplo, el gobierno decidió el año pasado que todos los proyectos científicos debían contribuir a la prosperidad general del país, lo que implica que si se pide dinero a cualquiera de los organismos que financian la investigación científica, hay que argumentar en algunos puntos del proyecto que aquello contribuirá a la prosperidad de los británicos. Esto es francamente difícil en proyectos dedicados al Top Quark, por ejemplo, o para la mayoría de estudios de investigación básica. Ahora resulta que son los organismos gubernamentales los que deciden la importancia de los trabajos en función de su posible rentabilidad económica, de manera que empiezan a surgir problemas para evitar que los investigadores vayan a trabajar a Estados Unidos. Estoy seguro de que en tres o cuatro años se abandonará esta política, pero nadie dirá «hemos cometido un error». Mientras tanto, se habrá hecho mucho daño.
A. T.: Un fenómeno relativamente reciente es que la prensa diaria y la televisión usan la información científica de última hora publicada en Nature, Cience, Cell o los PNAS, por ejemplo, y la transfieren al público en general, a menudo en titulares y hasta en portada. Supongo que estará contento con ello porque es una forma de cumplir el objetivo de difundir la ciencia, pero ¿está realmente satisfecho con la manera en que los medios de comunicación usan las novedades científicas que acaban de aparecer en las revistas más exigentes?
J. M.: Creo que incluso esto está mejorando. No quisiera dar la impresión de que no hay problemas en la comprensión y difusión de la ciencia, pero estoy realmente impresionado por la manera en que algunas grandes empresas periodísticas han pasado a cubrir los temas científicos. Los grandes periódicos estadounidenses, por ejemplo, lo hacen muy bien. El New York Times posee un equipo de 10 personas en la sección de ciencia y lo siguen prácticamente todo. Para dar un ejemplo: este mismo mes saldrá un descubrimiento muy relevante en Nature. Sé, con toda seguridad, que si llamo a Nueva York para anunciar una conferencia de prensa sobre el tema en Berkeley, acudirán. Han llegado a la conclusión que vale la pena hacerlo. En cambio, no sucede lo mismo en la televisión de aquel país, que en general es horrible; pero no sólo en ciencia, es espantosa en todos los sentidos.
A. T.: Es cierto que los grandes periódicos americanos y también alguno de los grandes diarios europeos han mejorado la cobertura en ciencia y que, en general, la televisión (la europea también) lo hacen bastante mal. ¿Qué piensa acerca del uso sensacionalista y poco meditado de la información de última hora y de la ciencia como fuente incesante de titulares efímeros? En la dinámica de las portadas, ¿es fácil que el debate ponderado que acostumbran a tener los científicos sobre los temas nuevos y aún discutibles, se traslade al público en forma de amenazas, miedos y peligros constantes?
J. M.: También la BBC, la televisión pública británica, que en el pasado se había distinguido por tratar seriamente las materias científicas, programó este pasado verano una serie titulada «Los heréticos», que consistía en presentar casos como el de un británico que decía poseer una máquina antigravedad, y en cada programa contaba con un amplísimo margen para explicar sus teorías. Después se concedía brevemente la palabra a algunos científicos, que desmentían el discurso de los protagonistas, pero los «herejes» eran presentados como verdaderos héroes. Eran los buenos de los reportajes, mientras que los científicos representaban los represores. El mensaje era: esta gente tiene cosas que decir y se la silencia porque los científicos sólo piensan en monopolizar el poder y la financiación para sus proyectos de investigación. Incalificable. Realizamos un informe en Nature sobre el asunto, pero así van las cosas y es una tendencia general. En Japón, por ejemplo, los diarios efectúan un excelente seguimiento de la ciencia, pero la televisión es horrible. En Francia, sucede lo mismo: existen diarios con magníficas secciones de ciencia, pero la televisión es espantosa. En España, el trabajo que hace El País es excelente, y también el de La Vanguardia. No conozco sus programas de televisión, pero me imagino que no son mucho mejores que los de los otros países.
A. T.: ¿Tal vez la situación podría mejorar si los científicos se dedicasen a intervenir más abiertamente, y a debatir y participar en los mismos foros que utilizan los políticos, los burócratas y los intelectuales en general?
J. M.: Podría ser un buen camino. No
obstante, a los científicos les cuesta mucho porque, en general,
creo que son malos comunicadores. Cuando explican alguna cosa,
procuran quedarse en la descripción de los detalles de los
descubrimientos y no se salen del ámbito estricto de los datos.
Esto no es malo porque temen, en definitiva, las interpretaciones
abusivas, pero de esta manera resulta difícil que los nuevos
conceptos, que se derivan de esos descubrimientos, pasen a formar
parte de las conversaciones de todos. Con esta táctica es muy
difícil captar la imaginación del público para competir con
las innovaciones en arte o en cine, por ejemplo.
Para salir de esta situación, tal vez se precisaría que
eminentes científicos, o simplemente científicos de reconocido
prestigio y en activo, trabajasen a fondo como comunicadores para
conseguir que los conceptos y las ideas con las que trabaja la
ciencia pasaran a integrarse en los flujos de discusión
cultural. De hecho, hemos trabajado en el proyecto de iniciar un
diario europeo de información general que se podría
especializar, en su mayor parte, en recoger novedades y crear
discusión científica con la idea de patrocinar aquella
concepción y no, únicamente, de hacer didáctica la ciencia.
A. T.: Es muy interesante, sería una buena puerta para entrar en los debates generales a partir de las aportaciones científicas. Se puede aprovechar el incremento de potencia explicativa de disciplinas como la economía, la política, la psicología, la sociología o la antropología, a pesar de considerarse ciencias «blandas», así como los puentes cada vez más sólidos que se establecen con las disciplinas de metodología «dura», para introducir el pensamiento científico en los debates tradicionales sobre las opciones sociales, incluyendo los territorios que la ciencia ha eludido por insuficiencias obvias.
J. M.: Estoy totalmente de acuerdo. Déjeme
que emplee el ejemplo de ese sufrimiento neurológico que es la
corea de Huntington. Si lo he entendido bien, en los dos últimos
años se ha podido situar taxativamente el origen de la
enfermedad en el cromosoma 4 y se ha relacionado con un gen
expansivo que va añadiendo tripletes repetidos. El diagnóstico
precoz de ese problema hasta ahora incurable genera dos tipos de
conflicto. El primero hace referencia a la conveniencia o no de
comunicar el diagnóstico a unas personas (y a quienes se han de
relacionar con ellas) que generan un trastorno prácticamente
silencioso hasta la cuarta década de la vida, y que a partir de
entonces sigue un curso devastador. Constituye un problema
importante que requiere planteamientos y normas sociales nuevas.
El segundo conflicto es que los tripletes de repetición
procedentes de la meiosis tienden a acumularse, lo que lleva a
pensar que la especie humana posee una herencia esencialmente
inestable y que todos estamos sometidos al riesgo de una
patología coreica.
Estoy seguro de que no será exactamente así, pero el problema
de discutir estos datos existe. Sería periodísticamente
irresponsable escribir ahora una historia sensacionalista sobre
la inestabilidad de la especie humana, pero introducir la idea en
la discusión cultural, de manera que todo el mundo pudiese ver
la especie con el mismo tipo de fragilidad con la que se puede
apreciar la Tierra cuando se la observa desde la Luna, tal vez
ayudaría a tomar decisiones más prudentes sobre los problemas
genéticos, ambientales o de población. Y esta es la
aproximación que me parece interesante.
A. T.: ¿Está sugiriendo que, con una discusión adecuada sobre los conceptos generados por la ciencia, estaríamos en mejores condiciones de resolver los temas sociales más generales, así como los problemas éticos y morales? De hecho, mientras usted hablaba, estaba pensando que el Alzheimer constituye una enfermedad más frecuente que la corea y genera problemas parecidos.
J. M.: Cierto. La demencia de Alzheimer, si
finalmente se confirman los resultados sobre la apolipoproteína
E4 (APOE4), plantea problemas similares porque la disposición
genética también parece bien establecida. Parece que la APOE4
facilita el funcionamiento del corazón hasta las edades medias
de la vida y no es tóxica para el cerebro hasta después de los
sesenta. Por tanto, no se puede prescindir de ella si se quiere
preservar la salud circulatoria y cardíaca. Es otro problema que
habrá que abordar.
Hace un momento ha citado la psicología y su relación con las
ciencias más exactas. En mi opinión, la psicología se
entretiene en discusiones estériles parecidas a las que la
biología molecular desencadena entre el resto de biólogos. Es
extraordinario observar las continuas discusiones teóricas entre
los psicólogos y la poca o nula relación que tienen con el
intento de ofrecer respuestas sobre ciertos problemas: ¿cuáles
son las raíces de la violencia en las sociedades modernas?,
¿por qué existen umbrales tan bajos en el enfrentamiento
físico?, ¿por qué fallan tan a menudo los sistemas educativos?
Mientras continuamos sin datos sobre estas cuestiones, los
psicólogos están interesados únicamente en la percepción
(donde, por cierto, tienen mucho menos éxito que los
fisiólogos), en cuestiones más bien abstractas con el estudio
de la personalidad o en mejorar los ritmos de trabajo en las
cadenas de montaje de producción industrial. No hay manera de
conseguir que ataquen con provecho los grandes problemas de
comportamiento que afectan a los individuos y a la sociedad.
A. T.: Tengo la impresión que ahora comienzan a tener los instrumentos para hacerlo. Tal vez les falte, como al resto de ciencias «blandas», una revista como Nature, una publicación de alto nivel que fuese el foro general para la investigación de excelencia en economía, antropología, política, psicología y otras disciplinas con interés prioritario en el conocimiento sistemático de la especie humana, desde sus orígenes, hasta su conducta y sus productos. Una revista que se podría llamar Humans y que vendría a completar el panorama que ahora cubren Nature, Science y Cell. Además, podría funcionar como generadora de consenso y, al mismo tiempo, discutir novedades o prioridades.
J. M.: De hecho, existe una revista de antropología con el nombre ideal de Man, que tal vez podría reconvertirse. Claro está, deberíamos cambiarle el título y poner Man and Woman. Tal vez tenga usted razón y el título debería ser Humans.
A. T.: Por cierto, ¿en Nature les preocupa la penetración que intenta realizar Science en Europa? ¿Piensan resistir? Es bien sabido que los americanos son potentes y me parece que acaban de establecerse en Alemania.
J. M.: Me parece que lo hacemos muy bien y que, comparando las dos revistas, somos mejores. Somos una revista diferente y, en general, publicamos una ciencia de nivel más alto que Science. De hecho, tenemos una mejor reputación entre la comunidad científica y nos lee más gente. Pero bienvenida sea la competencia, me parece muy bien que monten una redacción europea. De esta forma, habrá más oportunidades para realizar encuentros y discutir. En definitiva, para hacer más cosas y mejores. Nos lo pasaremos bien, no lo dude.
A. T.: ¿Cuál es el secreto de Nature: haber encontrado la combinación perfecta entre la investigación más exigente y el foro de discusión más aceptado?
J. M.: Es difícil decirlo porque constituye un secreto. Nadie lo sabe con seguridad. Me gusta que funcione como una especie de trampa: a muchas personas les gusta publicar en Nature, y también muchas personas se lo pasan bien leyendo Nature, y los dos grupos son muy parecidos. Quiero decir que, hasta cierto punto, es sencillo: a una persona le gusta leer aquello que ha escrito. Pero hay que añadir que se trata de un club muy grande: medio millón de lectores. Desde el punto de vista del lector, es una revista muy variada, mucho más que cualquiera de las otras revistas de este estilo. Solo hace falta leer la correspondencia para constatarlo: discusiones interesantes que perduran durante semanas y donde se puede encontrar el cotilleo científico que excede la seriedad y la dureza de los reportajes y artículos. Tal vez exista otro ingrediente que hace que la revista sea única: su independencia. No tenemos consejo editorial con el que discutir y debatir las opciones. Cuando llegué, en mi primera época como editor (director científico), entre 1966 y 1973, la revista solo había tenido tres editores en 100 años. Es decir, los editores permanecen mucho tiempo. Yo mismo llevo 21 años, y el primero estuvo 50 años. Esta es una tarea importante para evitar insensateces, y también permite ser rápido y desinhibido a la hora de la intervención pública. Lo somos mucho más porque no hemos de discutir con consejo editorial alguno.
A. T.: ¿Qué le parece la competitividad que se ha apoderado últimamente de la ciencia, estas carreras para comunicar resultados preliminares y para realizar conferencias de prensa con gran publicidad? De hecho, el fraude y las comisiones de vigilancia han sido un tema persistente en los últimos años.
J. M.: La competitividad puede matar la ciencia. Hasta hace poco fue excelente para la actividad científica, pero la competitividad que se ha instaurado entre científicos para conseguir dinero, sobre todo en Estados Unidos, puede perjudicar enormemente a la ciencia. En ese país se llevan a cabo dos terceras o tres cuartas partes de la investigación de calidad, y si esto se colapsa, es un mal camino. Se deberían encontrar maneras de disminuir la durísima presión ahora existente sobre la financiación de los proyectos. Hay prisa por obtener resultados y publicarlos instantáneamente. Numerosos investigadores jóvenes y con gran capacidad no pueden continuar una tarea de alto nivel porque no han conseguido la renovación de los proyectos. Esta situación lleva a perversiones tales como extraer los resultados de un mismo trabajo para convertirlos en papeles diferentes. Nosotros lo llamamos «rodajas». A menudo hemos de pedir que nos envíen el salchichón entero si quieren que aparezca en Nature.
A. T.: ¿Quiere decir que la ciencia necesita sistemas de protección, además de la competitividad, si quiere preservar la calidad?
J. M.: Pienso que hacen falta otros sistemas de financiación. Creo que el sistema competitivo de becas asignadas a proyectos en función de los resultados es esencialmente bueno, y que los científicos perderían menos tiempo intentando publicar recortes incompletos o resultados triviales si pudiesen disponer de cotas de seguridad. Por ejemplo, no entiendo por qué las universidades se han de desentender del futuro de unos investigadores que, en definitiva, les han dado reputación y recursos. En cambio, si un proyecto no obtiene la aprobación de los organismos de investigación, los científicos se van directamente a la calle. Las universidades y otras instituciones deberían apoyar a sus investigadores, al menos durante un tiempo, para compensar la dureza de la presión competitiva sobre el sistema de becas.
A. T.: Aquellas perversiones han llegado también a España porque, pese a partir de un sistema universitario muy cerrado y burocratizado, se ha copiado el mecanismo de financiación de la investigación en EUA y se premia la trivialidad y la multiplicación artificiosa de resultados.
J. M.: A nosotros, como respuesta, no nos ha quedado más remedio que aumentar la vigilancia sobre los artículos que recibimos. La verdad es que ahora devolvemos muchos de ellos para pedir que añadan todos los resultados, si los tienen, y poder someterlos, entonces, a revisión.
A. T.: ¿Ha notado un incremento significativo en la producción científica procedente de países periféricos o de poca tradición en investigación?
J. M.: Hemos notado un declive dramático de
la producción científica en la India. Cuando comencé como
editor en Nature recibíamos numerosos trabajos indios. El correo
de Southampton traía múltiples trabajos y se publicaban muchos
de ellos, seguramente por las relaciones especiales entre los
países de la Commonwealth. Este sistema se cambió con el fin de
no favorecer tratos particulares y, desde entonces, la
disminución ha sido drástica. En cambio, Japón ha pasado de la
casi inexistencia en mi primera época a proveer el 8 % de la
producción científica que llega cada semana a Nature (unos 250
trabajos en total). Un 5 % de los artículos publicados son ahora
japoneses y la proporción crece, aunque los estadounidenses
continúan dominando claramente aquello que sale en Nature.
Una serie de países me han impresionado mucho últimamente. El
primero es Francia. Tengo la sensación que, durante los últimos
15 años, la ciencia en Francia se ha organizado bien. Tal vez
sea la política de Mitterrand, no lo sé, pero ha sucedido y es
destacable. Hace poco visité México y encontré en el país un
ambiente fantástico y unos resultados de primerísimo nivel. En
realidad, es cosa de unos cuantos laboratorios dirigidos por
pocos científicos de una gran capacidad, pero que trabajan
rodeados de colaboradores y de una atmósfera entusiasmada por
los buenos momentos de ciencia. En los próximos diez años
oiremos hablar de México y tal vez de Brasil. España también
ha hecho un salto aprovechando ciertas tradiciones, como la
neurobiología y la matemática. La biología molecular española
presenta un excelente nivel.
Otros países protagonizan cambios interesantes que deberían
confirmarse. En cualquier caso, los estadounidenses continúan
disponiendo del dinero y dominan claramente la situación: el 76
% de los artículos publicados en Nature son suyos.
A. T.: Volvamos ahora, si me lo permite, a alguno de los temas de actualidad. ¿Es optimista o pesimista en relación a los problemas que puede generar el aumento de la población humana? A veces parece que todo está en función de la especialidad de los expertos que opinan: los economistas no ven inconvenientes ni desastres previsibles mientras que los biólogos parecen aterrorizados.
J. M.: No creo que haya ningún problema físico. En el planeta existe espacio suficiente para 10 000 millones de personas, pero pienso que si nos quedásemos alrededor de los 5000/6000 millones actuales, todo sería más manejable. Estoy a favor de intentar controlar el incremento de la población a pesar de que pienso que el problema no es tecnológico o educativo. Todo el mundo tiene unos conocimientos lo suficientemente adecuados sobre contracepción y puede limitar, si lo desea, la dimensión de la familia. El problema consiste en convencer a los pobres de los países subdesarrollados que pueden llegar a ser prósperos limitando la estructura familiar. Esto es muy difícil de hacer con los campesinos de los países cuya riqueza depende, en más de su mitad, del trabajo manual en los campos. Por lo tanto, no soy ni pesimista ni optimista. Pienso que los países desarrollados, los ricos, tendrían que actuar para promover el desarrollo y la riqueza en los países pobres. Y lo tendrían que hacer de prisa.
A. T.: En cuanto a la introducción de terapias génicas, que acostumbran a provocar reacciones sociales de miedo y de prevención, ¿cómo ve el tema de la intervención genética y de la manipulación de líneas germinales? Representa probablemente una gran cuestión porque ahora estamos en el umbral apropiado para discutirla: tecnológicamente no es practicable, pero lo será en unos cuantos años y ya se ha planteado entre las opciones para considerar en ciertas enfermedades hereditarias.
J. M.: Tiene razón cuando dice que se trata
de un tema difícil. Anteriormente hablábamos del diagnóstico
genético prenatal. Tengo la impresión de que, dentro de pocos
años, para la mayoría de las personas, se considerará inmoral
prescindir de unas técnicas que están al alcance y que pueden
servir para impedir el nacimiento de una persona minusválida.
Por lo que respecta a la manipulación de las líneas germinales,
hay que destacar primero que esta tecnología no es necesaria
para corregir numerosas enfermedades hereditarias, sino que
existen otras aproximaciones más efectivas y plausibles, pero
cuando la técnica esté disponible, seguro que se usará.
Alguien la usará. Pienso que es imposible impedir que alguien
empiece a hacerlo y quién sabe, tal vez desde un punto de vista
religioso, se considerará menos problemático intervenir en la
línea germinal que en el feto ya formado. Me parece insensato,
por poner un caso, hacer llegar al mundo criaturas con fibrosis
quística cuando se disponga de las técnicas de corrección
embrionaria que lo puedan evitar.
Con estos temas hay que ir con mucho cuidado. No tengo nada
claro, por poner un ejemplo, si alguien arrastra una disposición
genética para sufrir una esquizofrenia, debería ser correcto
utilizar el diagnóstico prenatal para interrumpir el embarazo.
No es lo mismo ser monozigoto que dizigoto, y llevar la carga
genética por parte de uno de los padres que de los dos. Puede
significar cosas muy diferentes en cuanto a la probabilidad de
presentación de la enfermedad y de las posibles ventajas
biológicas secundarias. Por lo tanto, hay que ser muy cauteloso.
Además, estas decisiones se han de trasladar a los padres. Y
para hacerlo correctamente, hará falta un gran trabajo de
educación para que se entienda el alcance de las técnicas y el
tipo de intervención y sus consecuencias. Sólo así se puede
aspirar a que se tomen decisiones razonadas y prudentes.
A. T.: De hecho, ya se ha sugerido que la disposición
genética para la esquizofrenia puede arrastrar como mínimo una
mayor resistencia a algunas infecciones y también alguna
proclividad especial hacia algunos tipos de creatividad
artística o científica. Es difícil, por lo tanto, pensar en la
conveniencia de corregir, una carga hereditaria que, primero, no
se conoce suficientemente bien y segundo puede determinar trazos
múltiples.
Todo esto nos devuelve a aquello que señalaba usted antes
respecto a la conveniencia de trasladar el rigor del debate sobre
los conceptos científicos a las instancias políticas y a la
toma de decisiones. De hecho, estos mismos temas ya están encima
de la mesa y la única manera de manejarlos correctamente será
mediante una reflexión experta, pertinente y exhaustiva.
J. M.: Así es. Francamente, cuando en Gran Bretaña hablan ahora de privatizar la administración y de dejar la toma de decisiones sobre ciencia en manos de la iniciativa privada, me asusto. El interés por hacer viables este tipo de discusiones disminuirá terriblemente. Esto es lo que debería preocupar.