Editorial

  VERDAD, TRANSPARENCIA Y CONFIANZA

Vladimir de Semir

La comunicación se ha convertido en nuestra sociedad desarrollada en la piedra angular de cualquier actividad, hasta tal punto que ya se utiliza como una frase tópica la expresión «comunico, luego existo». En el contexto social e histórico en el que nos encontramos, la comunicación es prácticamente un sinónimo de seducción. Para avanzar, las administraciones, las empresas… cualquier colectivo o individuo que necesita una proyección en la sociedad debe recurrir a la comunicación para justificar su actividad. Existen muy pocas excepciones. Desde el escritor que desea vender libros hasta la industria química, todos deben informar a la sociedad. Siempre ha sido así, pero la dimensión comunicativa de la actual sociedad, en la que los ciudadanos exigen, cada vez con mayor énfasis, la explicación de las cosas, ha alcanzado unos niveles en los que la necesidad es ya una condición sine qua non.
En el campo de la comunicación de la investigación científica y médica, la información ha sido indisociable de la propia investigación. El progreso de unos determinados avances científicos, médicos o clínicos están estrechamente vinculados con otros. Los descubrimientos de unos equipos son tributarios de los conocimientos obtenidos previamente. Aunque en el pasado pudiera haber excepciones a esta regla, hoy, llegado el nivel de complejidad del descubrimiento, el conocimiento científico funciona como una red mundial de transmisión de información. Pero el desarrollo científico no puede ignorar la necesidad de información a la sociedad en general. Hoy está universalmente reconocido que el científico tiene como una responsabilidad más la comunicación de su conocimiento al gran público. Responsabilidad que se hace extensiva a los centros públicos o privados que impulsan el avance de las ciencias y de la medicina en nuestra sociedad.

La información se convierte, así, en justificación ante la sociedad, una justificación que permite seguir dando pasos cada vez más intrépidos. Podemos imaginar que la adopción por la sociedad de las grandes revoluciones sanitarias que han marcado cambios cualitativos y cuantitativos de gran envergadura en la lucha contra la enfermedad y en la prolongación de la vida, como fueron la adopción de la higiene, la anestesia en intervenciones quirúrgicas y la utilización de los antibióticos, no necesitaban de un consenso universal, ya que en ninguno de estos casos se estaban traspasando umbrales del conocimiento que comportasen problemas éticos notables. Sin embargo, hoy el reto trasciende y no admite comparación con cualquier otra situación anterior. Por ejemplo, el Parlamento Europeo debe discutir de nuevo si se procede o no a sancionar una ley europea que permita las patentes de genes y de organismos genéticamente modificados. La cuarta gran revolución médica de la historia de la humanidad ya ha comenzado: la medicina predictiva y genética, que permitirá determinar e intervenir en la intimidad que define las características biológicas que nos configuran como seres humanos. Los problemas éticos que se derivan de la mera posibilidad que plantean estas nuevas tecnologías de una potencia antes inimaginable —y que seguramente aún se nos escapa en toda su magnitud—, no sólo tienen que ver con el propio avance del conocimiento científico, sino con su comunicación a la sociedad, ya que es indispensable la comprensión y aceptación universal del paso que pretende dar la humanidad.
Precisamente, la UNESCO impulsa la promulgación de un nuevo artículo sobre la preservación del patrimonio genético humano que la ONU añadiría a la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1998, coincidiendo con su quincuagésimo aniversario. Para ello, el actual director general de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, creó en 1993 el Comité Internacional de Bioética, que preside la jurista francesa Noëlle Lenoir. El objetivo es que se produzca una discusión en el seno de las diferentes culturas y creencias que conviven en la UNESCO sobre las posibilidades que brinda a la humanidad el conocimiento genético.

El filósofo y antropólogo Georges Kutukdjian, durante años impulsor de los derechos humanos en el seno de la UNESCO y desde 1993 director de la Unidad de Bioética de este organismo, que es el que da apoyo logístico al citado Comité Internacional, considera que, en el actual contexto histórico, social y científico, «la ética debe ser la esencia de la comunicación». Consideración aplicable a todos los campos de la transmisión del saber, pero muy especialmente a la comunicación del conocimiento científico y médico. No existe discurso, cualquiera que sea su objetivo, que se pueda considerar neutro. Según Kutukdjian, tres son las condiciones para poder considerar ética la esencia de la comunicación: verdad, transparencia y confianza. Tres características que son muy difíciles de aunar en el actual contexto mediático en el que existe una desmesurada presión para comunicar conocimientos que están todavía en gestación y que constituyen verdades que son sólo etapas parciales en el largo camino que va de la investigación médica a la aplicación terapéutica. La responsabilidad de crear determinadas expectativas en la sociedad no es hoy valorada suficientemente por los transmisores del conocimiento, ya sean los propios investigadores, movidos muchas veces por intereses personales muy concretos, o los periodistas, que poseen un grado de influencia que no se acompaña con un nivel suficiente de la preparación y del criterio que requiere su labor de intermediarios y transmisores del conocimiento a la sociedad. Los medios de comunicación de masas no son conscientes de la responsabilidad que asumen, ya que hoy la información —emanada de prensa, radio, televisión y redes electrónicas— se ha convertido con singular potencia no sólo en moldeadora de la opinión pública, sino incluso en la principal artífice de la puesta al día cultural de la sociedad. Y es sólo el principio. La humanidad no sólo se enfrenta a los problemas éticos del conocimiento genético, sino al dilema ético de la comunicación. ¿Podemos encontrar la verdad en nuestros medios de comunicación? ¿Practican la transparencia nuestros mediadores de la información? ¿Se hace merecedor de confianza el sentido de la responsabilidad del colectivo periodístico?

El Director

Lectura recomendada:
Lazar, Philippe: L’éthique biomédicale en question, París, Éditions Liana Levi, 1966.