Pasando la maroma con John
Major a cuestas
Apuntes imaginarios sobre la implausible responsabilidad de una
sociedad científica ante la inverosímil crisis de las «vacas
locas»
Teóricamente, ante una crisis política,
veterinaria, social, cultural, comunicativa y acaso también
científica como la mal llamada de las «vacas locas», las
sociedades científicas pueden contribuir a... ¿a qué pueden
contribuir, realmente? Entre el web,
los colegas enterados y el corrillo de periodistas, ¿qué pinta
un Lancet distribuido por
correo convencional? ¿Alguien sabe por qué estalló la
«bomba» aquel 20 de marzo?
Lunes, 10 de junio de 1996. En la portada del International
Herald Tribune, la crónica de Tom Buerkle desde Bruselas
empieza:
«Lejos de persuadir a sus socios europeos de levantar la
prohibición sobre la exportación de vacuno británico, la
política de Londres de obstrucción de los asuntos de la Unión Europea ha sido
un fracaso que amenaza con prolongar durante meses la crisis
surgida de la enfermedad de las "vacas locas", han
dicho funcionarios de la UE.»
Y el siguiente párrafo continúa:
«La política de "no cooperación" ha fallado porque
Gran Bretaña ha subestimado los miedos de los consumidores sobre
la encefalopatía espongiforme bovina [EEB], lo que ha obligado a
los gobiernos a mantener firme la prohibición, han comentado
funcionarios de la UE.»
Otras noticias del día:
«Jóvenes y obligados a trabajar. Según la Organización
Mundial del Trabajo, en el mundo [se refiere al planeta Tierra]
hay 73 millones de niños entre 10 y 14 años que trabajan como
si fuesen adultos; el cálculo excluye a los menores de 10 años
y a las niñas que realizan trabajos domésticos a tiempo
completo.» «Las acciones de IBM
empiezan a parecer atractivas a los inversores.»
No es difícil predecir que el tema seguirá en los medios de
comunicación en la sociedad enteramuchos meses.
Probablemente, años (me refiero a las vacas). Al fin y al cabo,
sólo diez años más tarde, aquí tenemos todavía el síndrome
del aceite tóxico. Aquí: en los medios, en los tribunales, en
los presupuestos del Estado. Aquí, en las familias: el duelo de
las muertes nunca superadas. Nunca el olvido. En las cocinas: el
«síndrome del síndrome
del aceite tóxico». Aquí: en el consciente colectivo, bien
vivo, el miedo «de los consumidores», o sea, de los vivos. La
memoria humana, indeleble, más fuerte que un roble, más
duradera que todos los titulares electrónicos.
De modo que podríamos hacerlo: cuando nadie se acuerde ya de Netscape ni del chico aquel
(¿Bill
Gates, el que inventó el Macintosh
y la PCR?) y la palabra
pentium no suscite ni una sonrisa displicente en los cibernautas
adolescentes, entonces podríamos preguntar: ¿te acuerdas de
cuando las «vacas locas»? A cualquiera: al cuarentón en paro y
al ama de casa, al campesino incansable y al ilustre periodista.
Ellos sí lo recordarán. Me apuesto un libro de carne y hueso a
que entonces cuatro, seis, diez años ya dentro del viejo
siglo XXI, incluso ellos, los adolescentes enjutos, los
navegantes perdidos, sabrán bastante bien de qué les hablamos.
Y las carniceras, bueno, no digamos, hasta los comerciantes de
entrañas, el encargado del matadero y el subdirector general de
«protección de la salud» lo recordarán. Y quizá también
nosotros, los escépticos pioneros del web y el factor de
impacto. Incluso puede que ellas, las viejas vacas cuerdas,
recuerden algo. En cuanto a las vacas locas, a las cuerdas
infectadas y al resto, sin duda alguien habrá encontrado el
método políticamente correcto de disponer de sus entrañas.
Pero no de su memoria, ésta permanecerá. En las aldeas
recónditas de Europa (alguna quedará), en las metrópolis
hipertróficas de toda Europa, en los bulliciosos mercados... En
el sistema nervioso central de todos los «consumidores» de la
vieja Europa por fin ya convergida. ¿Te acuerdas de cuando las
vacas locas?
Paréntesis retrospectivo: viernes, 13 de octubre de 1995. Diario
Médico. Titular: «Síndrome tóxico: un caso abierto».
«Aquella tragedia [ojo: 1325 muertos, más de 20 000
diagnosticados, según los estudios científicos; unos 400 000
millones de pesetas en daños, según el Tribunal Supremo]
debería seguir provocando la reflexión de directores generales
de Salud Pública y consejeros de Sanidad sobre la necesidad de
mostrarse firmes en los controles sanitarios de distribución de
alimentos», afirma Fulanito de Tal, secretario general de la Sociedad Internacional de
Criptología (SIC), que califica el síndrome como «una de
las mayores catástrofes ambientales de Europa en la segunda
mitad del siglo XX». Según Tal, «la epidemia del aceite
tóxico refleja el fracaso de una parte importante de la
estructura de la Sanidad Pública española».
En realidad, reflejaba y refleja dramáticamente la debilidad de
nuestro sistema de Salud Pública (que no tiene mucho que ver con
la Sanidad Pública). La indefensión de las personas cuando son
tan pocos quienes se ocupan de proteger a la comunidad. Comunidad
o sociedad en la que todos vivimos y en la que raras veces hay
escapatoria individual, por importantes que sean los valores, las
actitudes y las conductas individuales. Aunque le pese a Margaret
Thatcher (quien en sus tiempos de gloria llegó a afirmar:
«la sociedad no existe, sólo existen individuos»), vivimos en
sociedad, existimos en sociedad, sólo somos en comunidad.
Mientras, la prioridad real de quienes rigen esta sociedad es el
gasto sanitario. Al parecer, gastamos demasiado, pero tampoco es
eso, lo que ocurre es que gastamos mal. Y encima,
equivocadamente: con un desequilibrio patético entre el gasto
para atender a individuos enfermos y el gasto en proteger la
salud colectiva.
Siguiendo con la crónica de Diario Médico: «Además, la
investigación sobre la enfermedad fue difícil debido a la
situación de alarma social y al momento sociopolítico»,
explica Fulanito de Tal. «De la misma opinión es Menganito,
quien coincide con Tal en que el síndrome tóxico afectó
principalmente a las clases sociales más desfavorecidas.»
Psstt, oye: ¿Te acuerdas de cuando las vacas locas?
Viernes Santo, 5 de abril de 1996. Sí, claro. Estábamos en
vacaciones. Me acuerdo de la bahía luminosa y de las voces
cálidas de los niños dibujando magrittes
esparciéndose en la tarde. Y había nevado
¡increíble!, pocos días antes: el Canigó blanco
en la primavera incipiente. Para la cena teníamos pescado fresco
(quizá un peix de sant Pere o un turbó), y vino blanco, claro.
Vacaciones, familia, buena comida. Nada de artículos ni fises ni
internets ni mandangas: el periódico con toda la calma. Leerlo y
pensar. Desde Bruselas, esta vez Xavier Vidal-Folch en El País:
«Londres acepta a regañadientes el plan para erradicar la peste
de las "vacas locas" [...] De enorme enjundia política
es el compromiso de armonizar el tratamiento de los despojos de
animales. Una de las críticas más frontales al Gobierno
conservador británico consiste en que su neoliberal pasión
desreguladora ha sido en buena parte la causante del problema, al
no exigir unos estándares mínimos de esterilización. Los
Quince se han comprometido a poner en marcha antes de fin de año
[...] En suma: la solución no es desregular, sino regular. Y
armonizadamente. Los giros que da la historia.»
Finalmente, en los diarios se leyó: «Por fin los científicos
han dado a conocer [...] The
Lancet [...] el estudio [...] los priones [...] la
"variante" de la Enfermedad
de Creutzfeldt-Jakob [...] diez casos [...]» O sea: ya no
había embargo del artículo-noticia y los periódicos podían
imprimir en voz alta lo que venían cuchicheando entre líneas
durante días: que en el Lancet
del sábado 6 de abril venía el artículo que lo explicaría
todo. Al fin la prensa «laica» nos iluminaba. Sólo dos semanas
después del 20 de marzo, fecha del estallido de la última
bomba, la rueda de prensa en la que las autoridades británicas
aceptaban que podía haber una relación causal entre la
«variante» y haber comido carne de vacuno afectado de EEB. Faltaban dos semanas más
¡todavía!para que el Lancet de marras llegara a
Barcelona; el Lancet «de
verdad», el de carne y hueso, con su artículo entero y su
editorial y su carné de identidad. El de confianza.
Ese Lancet no llegaría,
en efecto, hasta mediados de abril y la verdad es que Tal, en
plenas vacaciones, no entendía muy bien lo que pasaba. De modo
que a principios de mes, en las sobremesas, tertulias e
interrogatorios varios, el criptólogo impasible fruncía un poco
el cejo y ofrecía una versión por libre de las crónicas del
día. A lo mejor si durante los meses u años precedentes hubiese
leído los periódicos cada día...
Y luego estaban los socios de la SIC. En cada asamblea general lo
mismo: que si la SIC debería estar más presente en los medios,
que si la criptología no tiene voz, que si los egiptólogos
monopolizan las noticias, que a ver qué hace la Junta
Resignado ante las demandas del socio soberano, Tal se consoló:
a la SIC le ocurría lo que a la hambruna de Corea del Norte, que
no podía suscitar la compasión del mundo porque de ella no
había imágenes de televisión (al parecer, el Gobierno
comunista no permitía trabajar a los medios; el titular del
International Herald Tribune del 12 de junio era: «North Korea's
[photoless] famine draws little sympathy»).
1325 muertos por el síndrome del aceite tóxico. ¿Pero cuántos
por lo de las vacas locas? ¿No eran 10? Sí, inicialmente, en
aquellos días de abril de 1996, eran diez. La bomba informativa
estalló, explosionó o la explosionaron con 10 casos. Si lo
hicieron aposta, habría que felicitarlos. Si fue sin querer
cabría
Porque esos diez casos, ese artículo en el Lancet
del 6 de abril, cuando llegase, uno no sabría por dónde
cogerlo. Un artículo, eso sí, para analizar las mil
ambigüedades del lenguaje científico: «los hallazgos plantean
la posibilidad de que los casos representen una nueva variante
clínico-patológica de la ECJ», «aunque el pequeño número de
casos del presente artículo no puede considerarse como una
prueba, la observación de una forma potencialmente nueva de ECJ
en el Reino Unido es consistente con dicha conexión», «creemos
que la observación de una variante de la ECJ previamente no
reconocida [...] es una causa de gran preocupación», «que
la supuesta variante se deba a la exposición al
agente de la EEB es quizás la explicación más plausible de
nuestros hallazgos. Sin embargo, subrayamos que no tenemos
evidencia directa de dicha conexión y que son posibles otras
explicaciones».
Pero entonces, en vacaciones, del artículo sólo sabíamos lo
que contaba la prensa. Seguíamos al inicio de la maroma. Había
que valorar la débil evidencia científica y saber contársela
al público; que lo entienda, eso es lo difícil. Más difícil
todavía: podría tratarse de una «variante» de una enfermedad
que es infrecuente y ha sido poco estudiada (pues no se dispone,
por ejemplo, de algo fundamental para investigar si existe un
brote epidémico: una buena definición de «caso»). Más
difícil: quizá involucre a agentes muy poco conocidos (los
priones), nada se sabe de la dosis infectiva, del período de
incubación (pues no hay tests para efectuar in vivo), de
posibles cofactores... Más difícil: el ambiente político y las
repercusiones económicas (John
tiene elecciones pronto, etc.).
Es así de simple: estar en la maroma consiste en «mojarse» y
no equivocarse. No, es mucho más difícil: la SIC y sus
dirigentes podrían no equivocarse al valorar la conexión
EEB-ECJ y, en cambio, salir escaldados, pues la alarma social
probablemente sólo se deba en parte a esa posible conexión; los
responsables de la sociedad científica temen algo mucho más
grave: que, justificadamente, gran parte de la alarma sea
«cultural», una reacción lógica y absolutamente respetable a
las informaciones aparecidas a raíz de la crisis
sobre la alimentación de las pobres vacas, el aprovechamiento de
los despojos animales, su entrada ocasional en la cadena
alimentaria humana
Se ha puesto en juego algo literalmente
vital para la especie: la comida. Y eso no se olvida fácilmente.
Se confirmará o no la conexión EEB-ECJ (¡ojalá que no!,
veremos si surgen datos nuevos); pero el daño ya está hecho.
Por eso los criptólogos hablarán de «catástrofe social».
Más de un criptólogo piensa: ¿y dónde están los
antropólogos?
Martes, 9 de abril. Al regresar al trabajo y abrir el correo, los
criptólogos tienen una sorpresa: «La Societat de Salut Pública
es complau en anunciar la convocatòria d'una taula rodona sobre
la síndrome de les vaques boges i la salut pública el proper
divendres 12 d'abril [...]». Algunas llamadas: la antigua amiga
veterinaria, el sobrio neuroepidemiólogo, el colega de
confianza, el de desconfianza, el clínico, el básico, el
superfluo... ¿Cómo lo ves, tú que crees, quién sabe algo
más...? Vamos a ver qué pasa, esto se está desquiciando,
parece mentira, los ingleses... Quizá haya que «decir algo»,
quién se atreve, la SIC tendría que decir algo... El viernes a
mediodía, el criptólogo asiste atentísimo a la mesa redonda.
Lo mismo hacen otros especialistas, expertos y entendidos. Y la
prensa. Hay expectación: lleno a rebosar. Excelentes
intervenciones de la criptóloga y del veterinario. Correcto el
representante de los carniceros. Muy bien el moderador. En
tercera fila, discretísimos, algunos cargos medios de la
Administración autonómica. La criptóloga, lo nunca visto:
están en una acción concertada, España dispone de un registro
de ECJ, ella ha revisado la literatura con sensatez... El
veterinario, magnífico: tiene experiencia propia en el tema,
aplomo y encima es valiente: ¿se han detectado casos de EEB en
la Comunidad Autónoma?, le
preguntan. No, no se han detectado. ¿Se han buscado?... Aplomo y
gallardía en el joven profesor.
Paréntesis retrospectivo: principios de abril. La Organización Mundial de la Salud (OMS)
emitió, entre otras, las tres directrices siguientes: 1) que si
un país no dispone de un sistema de vigilancia veterinaria
específico para la EEB, no puede considerarse libre de ella; 2)
que todo país debe poder asegurar que ninguna parte de animales
afectados de EEB entra en ninguna de las cadenas alimentarias, ni
en la animal ni en la humana, y 3) que todos los países deben
prohibir el uso de tejidos de rumiantes en la alimentación de
rumiantes.
Paréntesis prospectivo. Unas semanas más tarde en la
radio, para más señas (¡la que faltaba!) el joven
profesor veterinario manifestará que la primera de las tres
directrices anteriores no se cumple en la Comunidad Autónoma.
Antes, en la mesa redonda, el representante del sector cárnico
detalla las importaciones con encomiable oficio. Sin embargo, el
respetable no parece creer que el problema resida en las
importaciones, a todas luces inmaculadas y escrupulosamente
conformes a ley. Pero ¿y los desechos?, ¿y las vísceras?, ¿y
la cadena alimentaria humana? La pelota se pierde por el fondo de
la pista: son las dos pasadas, Gran Bretaña entera empieza el
fin de semana ¡y algo habrá que comer!
Mas retrocedamos unos minutos: tras varias semanas de zozobra
científica y desasosiego cerebral, durante el debate de la mesa
redonda el criptólogo en jefe cree disponer ya, por primera vez,
de ciertos elementos de juicio. Y lo suelta: «las pruebas
científicas sobre el riesgo para la salud humana del consumo de
carne de vacuno afectado por la EEB me parecen en estos momentos
"demasiado débiles" y no creo que justifiquen los
niveles de alarma en los ciudadanos». Nadie lo mira con ojos de
pena. Concluye: «los datos clínico-epidemiológicos disponibles
son insuficientes para concluir que la EEB es una causa
determinante de la llamada "Variante de la Enfermedad de
Creutzfeldt-Jakob" en seres humanos». La ciudadanía tiene
todo el derecho a alarmarse. Motivos no le faltan. Pero uno de
ellos no es la existencia de pruebas científicas sólidas sobre
la relación causal entre la EEB y la «variante». Que los haya
más adelante no debería cambiar esta valoración.
Actualmente «hay los medios», «hay la red», pero por suerte
quedan los corrillos, y en uno de ellos, tras el acto, una
curtida periodista murmura: «no me cuadra». No le cuadra el
escándalo social y los diez casos del ansiado Lancet. La
función continúa.
Tras comer una ensalada verde, sin ánimo de ofender a nadie, el
criptólogo regresa a su trabajo. Despacha diversos asuntos, y al
anochecer sucede de nuevo: aunque ha decidido marcharse, presa
del cansancio y la hipoglucemia se conecta a Internet y cae en
trance. Febrilmente aguarda la conexión, la respuesta del
«anfitrión», que los ficheros se carguen. Cree recordar que
meses antes, en el web del British
Medical Journal (BMJ) había leído algo sobre la EEB y la
ECJ. Va hasta el BMJ y aguarda.
La espera es compensada: la revista ha realizado una «página» entera para
«el problema» (véase página siguiente). Estallido de
endorfinas (?). Desde allí viajará a la OMS, a Atlanta (a los CDC), a diversos lugares
cibernéticos más o menos remotos y acogedores. Releerá
artículos y cartas del BMJ,
algunas muy antiguas y razonables (¿por qué no estallaron
entonces?). Imprimirá copiosamente. Y ya muy tarde, llegará a
casa bastante feliz. Entre los folios impresos de los webs, dos o
tres le parecen singularmente valiosos.
Al día siguiente, sábado, excelente crónica de la mesa redonda
a cargo de Milagros Pérez Oliva en El País. «Los consumidores
recuperan la confianza en la carne de ternera.» Durante el fin
de semana Tal redacta, con cierto temor, la nota de prensa de la
SIC. Consulta el contenido con varios colegas, directivos de la
SIC y un periodista. El lunes por la tarde la nota está lista:
un nuevo paso en la maroma. Subtitular arriesgado: «Los
consumidores pueden estar tranquilos» (no deben estar
tranquilos). Titular: «Los criptólogos consideran
"débiles" las pruebas de que la encefalopatía
espongiforme bovina sea causa de la Enfermedad de
Creutzfeldt-Jakob». Extractos: «La Sociedad Internacional de
Criptología (SIC) considera que las pruebas científicas sobre
el riesgo para la salud humana del consumo de carne de vacuno
afectado por la encefalopatía espongiforme bovina (EEB) [BSE en
las siglas inglesas], la llamada enfermedad de las "vacas
locas", son en estos momentos demasiado débiles y no
justifican los recientes niveles de alarma en los ciudadanos. Los
datos clínico-epidemiológicos disponibles hoy son insuficientes
para concluir que la EEB es una causa determinante de la llamada
"Variante de la Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob"
(ECJ-V) en seres humanos», ha manifestado el secretario general
de la SIC, Fulanito de Tal. Éste considera que «la información
aportada por los 10 casos de ECJ-V del Reino Unido y algún otro
caso esporádico tiene escasa relevancia clínica y sanitaria
para los españoles», y recuerda que «el Registro de ECJ de
nuestro país no ha detectado hasta la fecha caso alguno de la
forma "variante"».
Importante. El país dispone de un registro, fundamentalmente
gracias a la colaboración entre epidemiólogos y neurólogos, y
al apoyo de las autoridades científicas. Ergo, si hubiesen casos
se podrían detectar; no ocurre lo mismo con las vacas. Ergo,
apoyar a la investigación es útil.
Tal y compañía han dudado: quizá nadie considere que en ese
fragmento haya algo noticiable. Quizá nadie siga leyendo. Por si
acaso, la nota prosigue: «Los expertos internacionales
consideran que sólo el Reino Unido sufre una auténtica epidemia
de EEB en su ganado. Y en estos momentos nadie conoce con certeza
la trascendencia que para la salud de los británicos pueda tener
el hecho que entre 1986 y 1989 entrasen, en la cadena alimentaria
humana, entrañas de animales que hoy están proscritas en
Inglaterra», señala la SIC. El propio director médico del Servicio de Salud
Pública de los Estados Unidos, Paul Brown, escribe que la
conexión causal entre la EEB y la ECJ-V «es sólo una
presunción». Para la SIC no existe constancia de que en otros
países aparte del Reino Unido se alterase el proceso
de tratamiento de los despojos con los que se elaboraban los
compuestos alimentarios para el ganado, cambio que probablemente
fue clave en el «salto» de la encefalopatía desde las ovejas
al vacuno.
Acotación. Periódicos británicos como el Observer y el
Independent comentaron que, a finales de los años setenta, el
Gobierno laborista había sido consciente del problema existente
con la alimentación del vacuno y había publicado un borrador de
directrices prohibiendo todo proceso que no matase adecuadamente
a los gérmenes. Al parecer, esas directrices estuvieron entre
las primeras disposiciones que la nueva administración Thatcher
eliminó al alcanzar el poder, «reflejando el deseo de los
ministros de que en el actual clima económico sea la propia
industria quien determine cuál es el mejor modo de producir un
producto de alta calidad». Fuente: las mencionadas páginas del BMJ sobre la EEB (http://www.tecc.co.uk/bmj/bse).
La lectura política es inevitable. Y Tal se pregunta: ¿existe
una epidemiología política?
Error. A continuación la nota de prensa incluye algo a sabiendas
de que nadie se molestará en leerlo (sólo lo recogerá Jano,
una revista profesional para médicos):
«Para la SIC, en las condiciones actuales la mejor
"vacuna" tiene dos ingredientes: tranquilidad e
investigación: es imperativo realizar buenos estudios de
investigación básica, clínica y epidemiológica. En opinión
de los criptólogos, una característica de las sociedades
postindustriales es su confianza en el conocimiento
especializado. Los investigadores podemos ayudar a restablecer
los niveles de tranquilidad anteriores a la actual crisis, ha
declarado su secretario. Como ejemplo, señala que en medios
científicos norteamericanos se afirma que pronto se dispondrá
de una prueba fiable que permitirá diagnosticar la ECJ en sus
estadios iniciales; la prueba ha sido desarrollada por los
doctores G. Hsich, K. Kenney y C. J. Gibbs, del Instituto Nacional de
Alteraciones Neurológicas (Bethesda, EUA) y se efectuaría
en líquido cefalorraquídeo».
Mensaje. Investigar es importante (recuerden: la SIC es una
sociedad «científica»). El párrafo anterior procede de un
editorial de Paul Brown en el BMJ
del 30 de marzo (más una breve consulta a Medline). Brown habla
del test y cita los nombres de Gibbs y colaboradores entre
paréntesis, con el consabido «comunicación personal».
Literalmente:
«A soon to be reported spinal fluid test has shown itself to be
both sensitive and specific for diagnosing the disease in even
its early clinical stages and should prove extremely valuable in
evaluating suspect cases (G. Hsich, K. Kenney, C. J. Gibbs Jr.,
et al., personal communication).»
Enigma. ¿Artículo en prensa?, ¿ es prematuro hablar de él?
Pero, de otro modo, ¿cómo «vender» que investigar es
necesario? En un país donde muchos creen que si se investiga hay
que desconfiar, seguro que hay gato encerrado ¿cómo convencer
de que sólo la certeza de que se está investigando puede dar
tranquilidad?
Acotado el problema de la conexión entre la EEB y la ECJ-V, la
nota aborda con suma cautela la dimensión veterinaria del
asunto. Con tanta cautela que nadie publicará el párrafo:
«La SIC considera que el problema quizá podría ser algo
distinto por lo que atañe a la salud animal, y subraya tres
exigencias formuladas a principios de abril por la Organización
Mundial de la Salud: en primer lugar, que si un país no dispone
de un sistema de vigilancia veterinaria específico para la EEB,
no puede considerarse libre de ella; segunda [
] (véase
páginas anteriores).» «Respecto al primer punto prosigue
la nota el diario Financial Times reprochó recientemente
al Gobierno británico que no hubiese puesto en práctica la
recomendación efectuada por los expertos en junio de 1989 de
estudiar la prevalencia de la infección en muestras aleatorias
de vacuno sacrificado en los mataderos. Esta necesidad ha sido
subrayada de nuevo en un reciente editorial en el British Medical Journal por Sheila
Gore, una prestigiosa experta en estadística de la Universidad
de Cambridge.»
Y al final, fuegos artificiales:
«En su nota la SIC afirma que la salud pública debe prevalecer
siempre sobre los valores mercantiles, por importantes que éstos
sean. Si en el Reino Unido se hubiesen mantenido ciertos
principios básicos de la higiene alimentaria y se hubiesen
respetado los derechos de las ovejas y la vacas que
también los tienen, ninguna "persona humana"
habría percibido que su salud estaba amenazada y esta
catástrofe veterinaria, social y económica no habría
ocurrido.»
Al día siguiente, La Vanguardia,
Ya y algunas radios difundirán fragmentos de la nota. Las
agencias EFE y Europa Press la
habrán transmitido. Pero a Tal sólo le llegan comentarios
dispersos de amigos y conocidos. Queda una cierta inquietud, pues
existe el riesgo de que los matices de la nota se diluyan, sobre
todo si el previsible goteo de nuevos casos pasa a ser un chorro.
Durante un par de meses, apenas se conocerán algunos casos
nuevos de la ECJ-V. Multitud de noticias en los medios. Como es
habitual, excelente seguimiento del tema en La Vanguardia, entre
otros.
Lunes, 15 de abril. Desde Ginebra, a través de la «SIC Mailing
List», Alfonso Turabia manda el siguiente mensaje:
«He revisado la cuestión de las vacas locas y la ECJ desde el
punto de vista de un epidemiólogo para una reunión de la
asociación suiza de ética médica. Mi conclusión es que, desde
una perspectiva epidemiológica, la información no es suficiente
para decir si el riesgo para los humanos es grande, pequeño o
inexistente. Discrepo tanto de quienes dicen que el riesgo es
pequeño (la mayoría de gobiernos) como de los que dicen que
estamos en vísperas de una mega-epidemia (algunos científicos
británicos). Ni siquiera estoy seguro de que haya una epidemia
de ECJ en humanos, partiendo de la base de un grupo de diez casos
en un período de 2 años. Sin embargo, las decisiones con
respecto a la epidemia animal no deben depender de si hay un
riesgo para la salud humana o no. Que probablemente sea seguro
para los humanos no es motivo para que la población deba aceptar
comer carne infectada. La gente tiene derecho a comprar comida
sana y a pedir que a los animales se les alimente con comida
sana.»
Al día siguiente, por el mismo procedimiento electrónico, Henry
Chapeau escribe:
«Uno de los mensajes más importantes que debemos transmitir es
que sin una prueba diagnóstica (la única existente es un ensayo
animal que tarda por lo menos un año) los epidemiólogos y todos
los demás tenemos una grave limitación. Todo cuanto tenemos
ahora es una simple conexión temporal, sin información alguna
sobre el período humano de incubación».
Jueves, 18 de abril. ¿Bingo? En su suplemento de salud, El Mundo titula: «El test de
las "vacas locas"». Subtítulo: «Desarrollan una
prueba para detectar la encefalitis espongiforme». El artículo
dice más que el editorial de Paul Brown en el BMJ. Por ejemplo,
afirma: «Los investigadores están preparando un artículo que
aparecerá publicado en el New
England Journal of Medicine [NEJM] y están patentando el
test, así que todavía se guardan muchos secretos». Por
supuesto, algo no cuadra: si están preparando el artículo, no
pueden saber que será aceptado; si está aceptado, ya lo tienen
terminado.
Mediados de abril. La gestión de la crisis por parte del
Gobierno británico y el papel desempeñado por diversos
investigadores son objeto de duras críticas en las revistas
médicas británicas. Si en las secciones de correspondencia de
esas revistas la temperatura es sofocante, ¡cómo será la de la
prensa «laica»! Ciertamente, un buen case study sobre
percepción y gestión de riesgos.
Quizá otro punto en común entre las vacas (locas) y el aceite
(tóxico) resida en la desconfianza que en ambos casos inspira e
inspiraba el respectivo Gobierno en amplios sectores de cada
sociedad (¿te acuerdas de cuando Sancho Rof?). Según esta
suposición, una posible parte de la cadena causal sería:
debilidad relativa del Gobierno (elecciones parciales, sondeos,
barómetros, etc.), menor capacidad de resistencia a las
presiones corporativas (¿ganaderos, industria cárnica?), mala
gestión del problema (desde una óptica técnica: vulneración
de los principios de comunicación, de salud pública, etc.) y
estallido y conflagración.
En realidad, la SIC está, como tantas otras veces, más o menos
a su pesar, intentando ponderar y valorar la naturaleza y el
mensaje de los datos científicos («appraising, weighing the
scientific evidence») desde la lejanía académica y
geográfica. O sea, con encomiable o denostable fe la fe
del carbonero, creyendo que la explicación de todo se
encuentra en lo que se dice en las revistas científicas. Un
error palmario.
Tal está en la maroma y lo sabe: siente a cada instante en sus
hombros el peso de John, no precisamente un peso pluma,
políticamente hablando. La maroma: de un lado la ciencia
(whatever that means); del otro, la política, la sociedad, la
vida... Porque lo sabe y se acuerda de otros arañazos que la
ingenuidad le causó, su cuerpo crea anticuerpos en forma de
preguntas perversas; por ejemplo: si John necesitase mucha ayuda
de Bruselas para matar a muchas vacas cuerdas pero supuestamente
infectadas, ¿la bomba del 20 de marzo le ayudaría o le
perjudicaría? (decir que la EEB puede transmitirse a humanos,
causar una «variante» de la ECJ, etc., etc.). Claro, claro: es
absurdo. Las preguntas perversas siempre son absurdas y apenas
ayudan a guardar el equilibrio en la cuerda floja.
Por cierto, ¿quién acuñó lo de «vacas locas»? A esos
también habría que felicitarlos, supongo. ¿Se imaginan toda la
historia con el eslogan «la crisis de las vacas cuerdas» o «la
crisis de las vacas infectadas»? Grima le da a uno sólo con
pensarlo, pero más exacto sí sería... Lo de «cuerdas» daría
alas a los antiviviseccionistas; además, se supone que en el
Reino Unido algunos matarían antes a un loco que a un animal. Lo
de «infectadas»... probablemente en estos momentos ya seríamos
todos vegetarianos.
Miércoles, 15 de mayo. En respuesta a una llamada suya de
principios de mes, el secretario de la SIC recibe un fax de Paul
Brown con algunos detalles del test. Textual: «Actualmente el
artículo está siendo evaluado por el NEJM y estamos bastante confiados
de que será aceptado y publicado en el próximo mes o dos
meses». Aguarden a leerlo en La Vanguardia.
Jueves, 16 de mayo. Diario Médico titula: «Según la UE, los
datos sobre las "vacas locas" son insuficientes».
¡Ahora ya es más fácil «mojarse»! Aunque nunca es tarde para
resbalar. ¿Ocurrirá?
Principios de junio. Los médicos de la Comunidad Autónoma reciben un
número especial del Boletín Epidemiológico de la Comunidad
Autónoma (BECA). Aunque han transcurrido más de dos meses desde
la fatídica rueda de prensa británica del 20 de marzo y la
consiguiente «alarma social», la información del Boletín es
excelente. Probablemente resulte útil durante bastante tiempo,
hasta que haya novedades. Un detalle interesante: en la tabla 1
de ese BECA se presenta el número de animales afectados por la
EEB; proporciona los datos para diez países; entre ellos no se
encuentra España. En el texto se lee: «En la Comunidad Autónoma y en el
Estado español [la EEB] no se ha descrito nunca».
Mediados de junio. Un colega bien relacionado con la
Administración autonómica, secretario de otra egregia sociedad
científica (que no ha dicho esta boca es mía en todo el
asunto), le comenta a Tal que «en lo de las vacas podríamos
estar al comienzo de un nuevo sida». Tal le dice que no cree que
la información científica disponible sustente su miedo, aunque
siempre pueden aparecer nuevos datos; pero, puesto que esos son
sus temores, le pregunta qué están haciendo los responsables
autonómicos y si han emprendido los estudios veterinarios que la
OMS recomienda. No hay respuesta. Tal también pensaba
preguntarle si es cierto que en la Comunidad Autónoma entra vacuno
procedente del este de Europa. No por nada: algunos veterinarios
creen que al salir del este las vacas llevaban ya muchas millas a
sus lomos. ¿Venían del oeste?
Suspendido en la maroma, lúcido y melancólico, el criptólogo
tararea para sí:
Un hombre sólo una mujer
así tomados de uno en uno
son como polvo no son nada.
José Agustín Goytisolo
("Palabras para Julia")
Notas
Este artículo está dedicado a mi hija Júlia Porta Pi-Sunyer
1. Todos los personajes ficticios mencionados en
el artículo se parecen (sólo parecen) a personajes reales;
reales como una vaca. Todas las opiniones expresadas en el
artículo son de la exclusiva responsabilidad de los personajes
ficticios que las emiten, pero no de los reales; ni de las vacas.
Desde luego, para nada el autor del artículo asume
responsabilidad alguna sobre aquéllas (las opiniones) (tampoco
sobre las vacas). Ningún fragmento de este artículo es
imputable a ninguna de las organizaciones para las que el autor
trabaja.
2. Aunque pudiera no parecerlo a simple vista, el autor efectúa
en, con y mediante este artículo un arriesgado ejercicio de
equilibrista: compartir algunas perplejidades en público. Lo
hace con una exigua esperanza: que bajo la carpa circule un poco
más de aire fresco.
3. Verdaderamente, el artículo traza pinceladas rápidas, de
boceto, sobre asuntos que requerirían una gran elaboración
pictórica. Lamentablemente, el tiempo apremia. Imposible
matizarlo todo, prever todos los «peros», eludir todas las
puyas, esquivar todos los chuzos. Pero, por favor, no tiren
contra el trapecista. Algunas de las cuestiones aquí
tangencialmente tratadas han sido desarrolladas por el autor con
mayor detenimiento en:
1. PORTA SERRA, M.: «No digueu a la meva mare que faig
d'epidemiòleg, ella em creu pianista en un bordell», Butlletí
d'Informació Sanitària (BIS), 14-15 (1982), 40-7.
2. PORTA SERRA, M. y D. M. RUNDE,: «Sobre las Facultades de
Salud Pública en los Estados Unidos. Informe a la Sociedad
Española de Epidemiología», Gaceta Sanitaria (Serie
Monografías), 4 (1986), 9-27.
3. PORTA SERRA, M.: «Reuniones científicas: hacia una mayor
participación y debate», Gaceta Sanitaria, 2, 5 (1988), 119.
4. PORTA SERRA, M. y A. G. HARTZEMA: «The contribution of
epidemiology to the study of drug effects», en: A. G. Hartzema,
M. Porta y H. H. Tilson (eds.): Pharmacoepidemiology. An
Introduction, 2.ª ed., Cincinnati, Harvey Whitney, 1991, 2-17.
5. PORTA SERRA, M.: «Factor de impacto bibliográfico (Science
Citation Index y Social Sciences Citation Index) de las
principales revistas de medicina preventiva, salud pública y
biomedicina. Algunas cifras, algunas impresiones», Revisiones en
Salud Pública, 3 (1993), 313-347.
6. PORTA SERRA, M. y F. SANZ CARRERAS: «Prólogo a la edición
española», en: S. B. Hulley y S. R. Cummings (eds.): Diseño de
la investigación clínica. Un enfoque epidemiológico,
Barcelona, Ediciones Doyma, 1993.
7. ÁLVAREZ-DARDET, C. y M. PORTA SERRA: «Los retos de la nueva
salud pública para los años 90 (y los retos de los años 90
para la nueva salud pública)», Revisiones en Salud Pública, 3
(1993), 17-27.
8. PORTA SERRA, M.: «La epidemiología clínica: ¿un puente
entre el individuo y la comunidad?», Revista de Medicina
Familiar y Comunitaria, 4 (1994), 156Ä157.
9. PORTA SERRA, M.: «Sobre nuestros congresos», SEE, Nota
(setiembre/diciembre 1995), 1-2.