Pasando la maroma con John Major a cuestas
Apuntes imaginarios sobre la implausible responsabilidad de una sociedad científica ante la inverosímil crisis de las «vacas locas»

Miquel Porta Serra

Teóricamente, ante una crisis política, veterinaria, social, cultural, comunicativa y acaso también científica como la mal llamada de las «vacas locas», las sociedades científicas pueden contribuir a... ¿a qué pueden contribuir, realmente? Entre el web, los colegas enterados y el corrillo de periodistas, ¿qué pinta un Lancet distribuido por correo convencional? ¿Alguien sabe por qué estalló la «bomba» aquel 20 de marzo?

Lunes, 10 de junio de 1996. En la portada del International Herald Tribune, la crónica de Tom Buerkle desde Bruselas empieza:

«Lejos de persuadir a sus socios europeos de levantar la prohibición sobre la exportación de vacuno británico, la política de Londres de obstrucción de los asuntos de la Unión Europea ha sido un fracaso que amenaza con prolongar durante meses la crisis surgida de la enfermedad de las "vacas locas", han dicho funcionarios de la UE.»

Y el siguiente párrafo continúa:

«La política de "no cooperación" ha fallado porque Gran Bretaña ha subestimado los miedos de los consumidores sobre la encefalopatía espongiforme bovina [EEB], lo que ha obligado a los gobiernos a mantener firme la prohibición, han comentado funcionarios de la UE

Otras noticias del día:

«Jóvenes y obligados a trabajar. Según la Organización Mundial del Trabajo, en el mundo [se refiere al planeta Tierra] hay 73 millones de niños entre 10 y 14 años que trabajan como si fuesen adultos; el cálculo excluye a los menores de 10 años y a las niñas que realizan trabajos domésticos a tiempo completo.» «Las acciones de IBM empiezan a parecer atractivas a los inversores.»

No es difícil predecir que el tema seguirá en los medios de comunicación —en la sociedad entera—muchos meses. Probablemente, años (me refiero a las vacas). Al fin y al cabo, sólo diez años más tarde, aquí tenemos todavía el síndrome del aceite tóxico. Aquí: en los medios, en los tribunales, en los presupuestos del Estado. Aquí, en las familias: el duelo de las muertes nunca superadas. Nunca el olvido. En las cocinas: el «síndrome del síndrome del aceite tóxico». Aquí: en el consciente colectivo, bien vivo, el miedo «de los consumidores», o sea, de los vivos. La memoria humana, indeleble, más fuerte que un roble, más duradera que todos los titulares electrónicos.
De modo que podríamos hacerlo: cuando nadie se acuerde ya de Netscape ni del chico aquel (¿Bill Gates, el que inventó el Macintosh y la PCR?) y la palabra pentium no suscite ni una sonrisa displicente en los cibernautas adolescentes, entonces podríamos preguntar: ¿te acuerdas de cuando las «vacas locas»? A cualquiera: al cuarentón en paro y al ama de casa, al campesino incansable y al ilustre periodista. Ellos sí lo recordarán. Me apuesto un libro de carne y hueso a que entonces —cuatro, seis, diez años ya dentro del viejo siglo XXI—, incluso ellos, los adolescentes enjutos, los navegantes perdidos, sabrán bastante bien de qué les hablamos. Y las carniceras, bueno, no digamos, hasta los comerciantes de entrañas, el encargado del matadero y el subdirector general de «protección de la salud» lo recordarán. Y quizá también nosotros, los escépticos pioneros del web y el factor de impacto. Incluso puede que ellas, las viejas vacas cuerdas, recuerden algo. En cuanto a las vacas locas, a las cuerdas infectadas y al resto, sin duda alguien habrá encontrado el método políticamente correcto de disponer de sus entrañas. Pero no de su memoria, ésta permanecerá. En las aldeas recónditas de Europa (alguna quedará), en las metrópolis hipertróficas de toda Europa, en los bulliciosos mercados... En el sistema nervioso central de todos los «consumidores» de la vieja Europa por fin ya convergida. ¿Te acuerdas de cuando las vacas locas?
Paréntesis retrospectivo: viernes, 13 de octubre de 1995. Diario Médico. Titular: «Síndrome tóxico: un caso abierto». «Aquella tragedia [ojo: 1325 muertos, más de 20 000 diagnosticados, según los estudios científicos; unos 400 000 millones de pesetas en daños, según el Tribunal Supremo] debería seguir provocando la reflexión de directores generales de Salud Pública y consejeros de Sanidad sobre la necesidad de mostrarse firmes en los controles sanitarios de distribución de alimentos», afirma Fulanito de Tal, secretario general de la Sociedad Internacional de Criptología (SIC), que califica el síndrome como «una de las mayores catástrofes ambientales de Europa en la segunda mitad del siglo XX». Según Tal, «la epidemia del aceite tóxico refleja el fracaso de una parte importante de la estructura de la Sanidad Pública española».
En realidad, reflejaba y refleja dramáticamente la debilidad de nuestro sistema de Salud Pública (que no tiene mucho que ver con la Sanidad Pública). La indefensión de las personas cuando son tan pocos quienes se ocupan de proteger a la comunidad. Comunidad o sociedad en la que todos vivimos y en la que raras veces hay escapatoria individual, por importantes que sean los valores, las actitudes y las conductas individuales. Aunque le pese a Margaret Thatcher (quien en sus tiempos de gloria llegó a afirmar: «la sociedad no existe, sólo existen individuos»), vivimos en sociedad, existimos en sociedad, sólo somos en comunidad. Mientras, la prioridad real de quienes rigen esta sociedad es el gasto sanitario. Al parecer, gastamos demasiado, pero tampoco es eso, lo que ocurre es que gastamos mal. Y encima, equivocadamente: con un desequilibrio patético entre el gasto para atender a individuos enfermos y el gasto en proteger la salud colectiva.
Siguiendo con la crónica de Diario Médico: «Además, la investigación sobre la enfermedad fue difícil debido a la situación de alarma social y al momento sociopolítico», explica Fulanito de Tal. «De la misma opinión es Menganito, quien coincide con Tal en que el síndrome tóxico afectó principalmente a las clases sociales más desfavorecidas.»
Psstt, oye: ¿Te acuerdas de cuando las vacas locas?
Viernes Santo, 5 de abril de 1996. Sí, claro. Estábamos en vacaciones. Me acuerdo de la bahía luminosa y de las voces cálidas de los niños —dibujando magrittes— esparciéndose en la tarde. Y había nevado —¡increíble!—, pocos días antes: el Canigó blanco en la primavera incipiente. Para la cena teníamos pescado fresco (quizá un peix de sant Pere o un turbó), y vino blanco, claro. Vacaciones, familia, buena comida. Nada de artículos ni fises ni internets ni mandangas: el periódico con toda la calma. Leerlo y pensar. Desde Bruselas, esta vez Xavier Vidal-Folch en El País:

«Londres acepta a regañadientes el plan para erradicar la peste de las "vacas locas" [...] De enorme enjundia política es el compromiso de armonizar el tratamiento de los despojos de animales. Una de las críticas más frontales al Gobierno conservador británico consiste en que su neoliberal pasión desreguladora ha sido en buena parte la causante del problema, al no exigir unos estándares mínimos de esterilización. Los Quince se han comprometido a poner en marcha antes de fin de año [...] En suma: la solución no es desregular, sino regular. Y armonizadamente. Los giros que da la historia.»

Finalmente, en los diarios se leyó: «Por fin los científicos han dado a conocer [...] The Lancet [...] el estudio [...] los priones [...] la "variante" de la Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob [...] diez casos [...]» O sea: ya no había embargo del artículo-noticia y los periódicos podían imprimir en voz alta lo que venían cuchicheando entre líneas durante días: que en el Lancet del sábado 6 de abril venía el artículo que lo explicaría todo. Al fin la prensa «laica» nos iluminaba. Sólo dos semanas después del 20 de marzo, fecha del estallido de la última bomba, la rueda de prensa en la que las autoridades británicas aceptaban que podía haber una relación causal entre la «variante» y haber comido carne de vacuno afectado de EEB. Faltaban dos semanas más —¡todavía!—para que el Lancet de marras llegara a Barcelona; el Lancet «de verdad», el de carne y hueso, con su artículo entero y su editorial y su carné de identidad. El de confianza.
Ese Lancet no llegaría, en efecto, hasta mediados de abril y la verdad es que Tal, en plenas vacaciones, no entendía muy bien lo que pasaba. De modo que a principios de mes, en las sobremesas, tertulias e interrogatorios varios, el criptólogo impasible fruncía un poco el cejo y ofrecía una versión por libre de las crónicas del día. A lo mejor si durante los meses u años precedentes hubiese leído los periódicos cada día...
Y luego estaban los socios de la SIC. En cada asamblea general lo mismo: que si la SIC debería estar más presente en los medios, que si la criptología no tiene voz, que si los egiptólogos monopolizan las noticias, que a ver qué hace la Junta… Resignado ante las demandas del socio soberano, Tal se consoló: a la SIC le ocurría lo que a la hambruna de Corea del Norte, que no podía suscitar la compasión del mundo porque de ella no había imágenes de televisión (al parecer, el Gobierno comunista no permitía trabajar a los medios; el titular del International Herald Tribune del 12 de junio era: «North Korea's [photoless] famine draws little sympathy»).
1325 muertos por el síndrome del aceite tóxico. ¿Pero cuántos por lo de las vacas locas? ¿No eran 10? Sí, inicialmente, en aquellos días de abril de 1996, eran diez. La bomba informativa estalló, explosionó o la explosionaron con 10 casos. Si lo hicieron aposta, habría que felicitarlos. Si fue sin querer cabría… Porque esos diez casos, ese artículo en el Lancet del 6 de abril, cuando llegase, uno no sabría por dónde cogerlo. Un artículo, eso sí, para analizar las mil ambigüedades del lenguaje científico: «los hallazgos plantean la posibilidad de que los casos representen una nueva variante clínico-patológica de la ECJ», «aunque el pequeño número de casos del presente artículo no puede considerarse como una prueba, la observación de una forma potencialmente nueva de ECJ en el Reino Unido es consistente con dicha conexión», «creemos que la observación de una variante de la ECJ previamente no reconocida [...] es una causa de gran preocupación», «que —la supuesta variante— se deba a la exposición al agente de la EEB es quizás la explicación más plausible de nuestros hallazgos. Sin embargo, subrayamos que no tenemos evidencia directa de dicha conexión y que son posibles otras explicaciones».
Pero entonces, en vacaciones, del artículo sólo sabíamos lo que contaba la prensa. Seguíamos al inicio de la maroma. Había que valorar la débil evidencia científica y saber contársela al público; que lo entienda, eso es lo difícil. Más difícil todavía: podría tratarse de una «variante» de una enfermedad que es infrecuente y ha sido poco estudiada (pues no se dispone, por ejemplo, de algo fundamental para investigar si existe un brote epidémico: una buena definición de «caso»). Más difícil: quizá involucre a agentes muy poco conocidos (los priones), nada se sabe de la dosis infectiva, del período de incubación (pues no hay tests para efectuar in vivo), de posibles cofactores... Más difícil: el ambiente político y las repercusiones económicas (John tiene elecciones pronto, etc.).
Es así de simple: estar en la maroma consiste en «mojarse» y no equivocarse. No, es mucho más difícil: la SIC y sus dirigentes podrían no equivocarse al valorar la conexión EEB-ECJ y, en cambio, salir escaldados, pues la alarma social probablemente sólo se deba en parte a esa posible conexión; los responsables de la sociedad científica temen algo mucho más grave: que, justificadamente, gran parte de la alarma sea «cultural», una reacción lógica y absolutamente respetable a las informaciones aparecidas —a raíz de la crisis— sobre la alimentación de las pobres vacas, el aprovechamiento de los despojos animales, su entrada ocasional en la cadena alimentaria humana… Se ha puesto en juego algo literalmente vital para la especie: la comida. Y eso no se olvida fácilmente. Se confirmará o no la conexión EEB-ECJ (¡ojalá que no!, veremos si surgen datos nuevos); pero el daño ya está hecho. Por eso los criptólogos hablarán de «catástrofe social». Más de un criptólogo piensa: ¿y dónde están los antropólogos?
Martes, 9 de abril. Al regresar al trabajo y abrir el correo, los criptólogos tienen una sorpresa: «La Societat de Salut Pública es complau en anunciar la convocatòria d'una taula rodona sobre la síndrome de les vaques boges i la salut pública el proper divendres 12 d'abril [...]». Algunas llamadas: la antigua amiga veterinaria, el sobrio neuroepidemiólogo, el colega de confianza, el de desconfianza, el clínico, el básico, el superfluo... ¿Cómo lo ves, tú que crees, quién sabe algo más...? Vamos a ver qué pasa, esto se está desquiciando, parece mentira, los ingleses... Quizá haya que «decir algo», quién se atreve, la SIC tendría que decir algo... El viernes a mediodía, el criptólogo asiste atentísimo a la mesa redonda. Lo mismo hacen otros especialistas, expertos y entendidos. Y la prensa. Hay expectación: lleno a rebosar. Excelentes intervenciones de la criptóloga y del veterinario. Correcto el representante de los carniceros. Muy bien el moderador. En tercera fila, discretísimos, algunos cargos medios de la Administración autonómica. La criptóloga, lo nunca visto: están en una acción concertada, España dispone de un registro de ECJ, ella ha revisado la literatura con sensatez... El veterinario, magnífico: tiene experiencia propia en el tema, aplomo y encima es valiente: ¿se han detectado casos de EEB en la Comunidad Autónoma?, le preguntan. No, no se han detectado. ¿Se han buscado?... Aplomo y gallardía en el joven profesor.
Paréntesis retrospectivo: principios de abril. La Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió, entre otras, las tres directrices siguientes: 1) que si un país no dispone de un sistema de vigilancia veterinaria específico para la EEB, no puede considerarse libre de ella; 2) que todo país debe poder asegurar que ninguna parte de animales afectados de EEB entra en ninguna de las cadenas alimentarias, ni en la animal ni en la humana, y 3) que todos los países deben prohibir el uso de tejidos de rumiantes en la alimentación de rumiantes.
Paréntesis prospectivo. Unas semanas más tarde —en la radio, para más señas (¡la que faltaba!)— el joven profesor veterinario manifestará que la primera de las tres directrices anteriores no se cumple en la Comunidad Autónoma.
Antes, en la mesa redonda, el representante del sector cárnico detalla las importaciones con encomiable oficio. Sin embargo, el respetable no parece creer que el problema resida en las importaciones, a todas luces inmaculadas y escrupulosamente conformes a ley. Pero ¿y los desechos?, ¿y las vísceras?, ¿y la cadena alimentaria humana? La pelota se pierde por el fondo de la pista: son las dos pasadas, Gran Bretaña entera empieza el fin de semana ¡y algo habrá que comer!
Mas retrocedamos unos minutos: tras varias semanas de zozobra científica y desasosiego cerebral, durante el debate de la mesa redonda el criptólogo en jefe cree disponer ya, por primera vez, de ciertos elementos de juicio. Y lo suelta: «las pruebas científicas sobre el riesgo para la salud humana del consumo de carne de vacuno afectado por la EEB me parecen en estos momentos "demasiado débiles" y no creo que justifiquen los niveles de alarma en los ciudadanos». Nadie lo mira con ojos de pena. Concluye: «los datos clínico-epidemiológicos disponibles son insuficientes para concluir que la EEB es una causa determinante de la llamada "Variante de la Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob" en seres humanos». La ciudadanía tiene todo el derecho a alarmarse. Motivos no le faltan. Pero uno de ellos no es la existencia de pruebas científicas sólidas sobre la relación causal entre la EEB y la «variante». Que los haya más adelante no debería cambiar esta valoración.
Actualmente «hay los medios», «hay la red», pero por suerte quedan los corrillos, y en uno de ellos, tras el acto, una curtida periodista murmura: «no me cuadra». No le cuadra el escándalo social y los diez casos del ansiado Lancet. La función continúa.
Tras comer una ensalada verde, sin ánimo de ofender a nadie, el criptólogo regresa a su trabajo. Despacha diversos asuntos, y al anochecer sucede de nuevo: aunque ha decidido marcharse, presa del cansancio y la hipoglucemia se conecta a Internet y cae en trance. Febrilmente aguarda la conexión, la respuesta del «anfitrión», que los ficheros se carguen. Cree recordar que meses antes, en el web del British Medical Journal (BMJ) había leído algo sobre la EEB y la ECJ. Va hasta el BMJ y aguarda. La espera es compensada: la revista ha realizado una «página» entera para «el problema» (véase página siguiente). Estallido de endorfinas (?). Desde allí viajará a la OMS, a Atlanta (a los CDC), a diversos lugares cibernéticos más o menos remotos y acogedores. Releerá artículos y cartas del BMJ, algunas muy antiguas y razonables (¿por qué no estallaron entonces?). Imprimirá copiosamente. Y ya muy tarde, llegará a casa bastante feliz. Entre los folios impresos de los webs, dos o tres le parecen singularmente valiosos.
Al día siguiente, sábado, excelente crónica de la mesa redonda a cargo de Milagros Pérez Oliva en El País. «Los consumidores recuperan la confianza en la carne de ternera.» Durante el fin de semana Tal redacta, con cierto temor, la nota de prensa de la SIC. Consulta el contenido con varios colegas, directivos de la SIC y un periodista. El lunes por la tarde la nota está lista: un nuevo paso en la maroma. Subtitular arriesgado: «Los consumidores pueden estar tranquilos» (no deben estar tranquilos). Titular: «Los criptólogos consideran "débiles" las pruebas de que la encefalopatía espongiforme bovina sea causa de la Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob». Extractos: «La Sociedad Internacional de Criptología (SIC) considera que las pruebas científicas sobre el riesgo para la salud humana del consumo de carne de vacuno afectado por la encefalopatía espongiforme bovina (EEB) [BSE en las siglas inglesas], la llamada enfermedad de las "vacas locas", son en estos momentos demasiado débiles y no justifican los recientes niveles de alarma en los ciudadanos. Los datos clínico-epidemiológicos disponibles hoy son insuficientes para concluir que la EEB es una causa determinante de la llamada "Variante de la Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob" (ECJ-V) en seres humanos», ha manifestado el secretario general de la SIC, Fulanito de Tal. Éste considera que «la información aportada por los 10 casos de ECJ-V del Reino Unido y algún otro caso esporádico tiene escasa relevancia clínica y sanitaria para los españoles», y recuerda que «el Registro de ECJ de nuestro país no ha detectado hasta la fecha caso alguno de la forma "variante"».
Importante. El país dispone de un registro, fundamentalmente gracias a la colaboración entre epidemiólogos y neurólogos, y al apoyo de las autoridades científicas. Ergo, si hubiesen casos se podrían detectar; no ocurre lo mismo con las vacas. Ergo, apoyar a la investigación es útil.
Tal y compañía han dudado: quizá nadie considere que en ese fragmento haya algo noticiable. Quizá nadie siga leyendo. Por si acaso, la nota prosigue: «Los expertos internacionales consideran que sólo el Reino Unido sufre una auténtica epidemia de EEB en su ganado. Y en estos momentos nadie conoce con certeza la trascendencia que para la salud de los británicos pueda tener el hecho que entre 1986 y 1989 entrasen, en la cadena alimentaria humana, entrañas de animales que hoy están proscritas en Inglaterra», señala la SIC. El propio director médico del Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos, Paul Brown, escribe que la conexión causal entre la EEB y la ECJ-V «es sólo una presunción». Para la SIC no existe constancia de que en otros países —aparte del Reino Unido— se alterase el proceso de tratamiento de los despojos con los que se elaboraban los compuestos alimentarios para el ganado, cambio que probablemente fue clave en el «salto» de la encefalopatía desde las ovejas al vacuno.
Acotación. Periódicos británicos como el Observer y el Independent comentaron que, a finales de los años setenta, el Gobierno laborista había sido consciente del problema existente con la alimentación del vacuno y había publicado un borrador de directrices prohibiendo todo proceso que no matase adecuadamente a los gérmenes. Al parecer, esas directrices estuvieron entre las primeras disposiciones que la nueva administración Thatcher eliminó al alcanzar el poder, «reflejando el deseo de los ministros de que en el actual clima económico sea la propia industria quien determine cuál es el mejor modo de producir un producto de alta calidad». Fuente: las mencionadas páginas del BMJ sobre la EEB (http://www.tecc.co.uk/bmj/bse). La lectura política es inevitable. Y Tal se pregunta: ¿existe una epidemiología política?
Error. A continuación la nota de prensa incluye algo a sabiendas de que nadie se molestará en leerlo (sólo lo recogerá Jano, una revista profesional para médicos):

«Para la SIC, en las condiciones actuales la mejor "vacuna" tiene dos ingredientes: tranquilidad e investigación: es imperativo realizar buenos estudios de investigación básica, clínica y epidemiológica. En opinión de los criptólogos, una característica de las sociedades postindustriales es su confianza en el conocimiento especializado. Los investigadores podemos ayudar a restablecer los niveles de tranquilidad anteriores a la actual crisis, ha declarado su secretario. Como ejemplo, señala que en medios científicos norteamericanos se afirma que pronto se dispondrá de una prueba fiable que permitirá diagnosticar la ECJ en sus estadios iniciales; la prueba ha sido desarrollada por los doctores G. Hsich, K. Kenney y C. J. Gibbs, del Instituto Nacional de Alteraciones Neurológicas (Bethesda, EUA) y se efectuaría en líquido cefalorraquídeo».

Mensaje. Investigar es importante (recuerden: la SIC es una sociedad «científica»). El párrafo anterior procede de un editorial de Paul Brown en el BMJ del 30 de marzo (más una breve consulta a Medline). Brown habla del test y cita los nombres de Gibbs y colaboradores entre paréntesis, con el consabido «comunicación personal». Literalmente:

«A soon to be reported spinal fluid test has shown itself to be both sensitive and specific for diagnosing the disease in even its early clinical stages and should prove extremely valuable in evaluating suspect cases (G. Hsich, K. Kenney, C. J. Gibbs Jr., et al., personal communication).»

Enigma. ¿Artículo en prensa?, ¿ es prematuro hablar de él? Pero, de otro modo, ¿cómo «vender» que investigar es necesario? En un país donde muchos creen que si se investiga hay que desconfiar, seguro que hay gato encerrado ¿cómo convencer de que sólo la certeza de que se está investigando puede dar tranquilidad?
Acotado el problema de la conexión entre la EEB y la ECJ-V, la nota aborda con suma cautela la dimensión veterinaria del asunto. Con tanta cautela que nadie publicará el párrafo:

«La SIC considera que el problema quizá podría ser algo distinto por lo que atañe a la salud animal, y subraya tres exigencias formuladas a principios de abril por la Organización Mundial de la Salud: en primer lugar, que si un país no dispone de un sistema de vigilancia veterinaria específico para la EEB, no puede considerarse libre de ella; segunda […] (véase páginas anteriores).» «Respecto al primer punto —prosigue la nota— el diario Financial Times reprochó recientemente al Gobierno británico que no hubiese puesto en práctica la recomendación efectuada por los expertos en junio de 1989 de estudiar la prevalencia de la infección en muestras aleatorias de vacuno sacrificado en los mataderos. Esta necesidad ha sido subrayada de nuevo en un reciente editorial en el British Medical Journal por Sheila Gore, una prestigiosa experta en estadística de la Universidad de Cambridge.»

Y al final, fuegos artificiales:

«En su nota la SIC afirma que la salud pública debe prevalecer siempre sobre los valores mercantiles, por importantes que éstos sean. Si en el Reino Unido se hubiesen mantenido ciertos principios básicos de la higiene alimentaria y se hubiesen respetado los derechos de las ovejas y la vacas —que también los tienen—, ninguna "persona humana" habría percibido que su salud estaba amenazada y esta catástrofe veterinaria, social y económica no habría ocurrido.»

Al día siguiente, La Vanguardia, Ya y algunas radios difundirán fragmentos de la nota. Las agencias EFE y Europa Press la habrán transmitido. Pero a Tal sólo le llegan comentarios dispersos de amigos y conocidos. Queda una cierta inquietud, pues existe el riesgo de que los matices de la nota se diluyan, sobre todo si el previsible goteo de nuevos casos pasa a ser un chorro. Durante un par de meses, apenas se conocerán algunos casos nuevos de la ECJ-V. Multitud de noticias en los medios. Como es habitual, excelente seguimiento del tema en La Vanguardia, entre otros.
Lunes, 15 de abril. Desde Ginebra, a través de la «SIC Mailing List», Alfonso Turabia manda el siguiente mensaje:

«He revisado la cuestión de las vacas locas y la ECJ desde el punto de vista de un epidemiólogo para una reunión de la asociación suiza de ética médica. Mi conclusión es que, desde una perspectiva epidemiológica, la información no es suficiente para decir si el riesgo para los humanos es grande, pequeño o inexistente. Discrepo tanto de quienes dicen que el riesgo es pequeño (la mayoría de gobiernos) como de los que dicen que estamos en vísperas de una mega-epidemia (algunos científicos británicos). Ni siquiera estoy seguro de que haya una epidemia de ECJ en humanos, partiendo de la base de un grupo de diez casos en un período de 2 años. Sin embargo, las decisiones con respecto a la epidemia animal no deben depender de si hay un riesgo para la salud humana o no. Que probablemente sea seguro para los humanos no es motivo para que la población deba aceptar comer carne infectada. La gente tiene derecho a comprar comida sana y a pedir que a los animales se les alimente con comida sana.»

Al día siguiente, por el mismo procedimiento electrónico, Henry Chapeau escribe:

«Uno de los mensajes más importantes que debemos transmitir es que sin una prueba diagnóstica (la única existente es un ensayo animal que tarda por lo menos un año) los epidemiólogos y todos los demás tenemos una grave limitación. Todo cuanto tenemos ahora es una simple conexión temporal, sin información alguna sobre el período humano de incubación».

Jueves, 18 de abril. ¿Bingo? En su suplemento de salud, El Mundo titula: «El test de las "vacas locas"». Subtítulo: «Desarrollan una prueba para detectar la encefalitis espongiforme». El artículo dice más que el editorial de Paul Brown en el BMJ. Por ejemplo, afirma: «Los investigadores están preparando un artículo que aparecerá publicado en el New England Journal of Medicine [NEJM] y están patentando el test, así que todavía se guardan muchos secretos». Por supuesto, algo no cuadra: si están preparando el artículo, no pueden saber que será aceptado; si está aceptado, ya lo tienen terminado.
Mediados de abril. La gestión de la crisis por parte del Gobierno británico y el papel desempeñado por diversos investigadores son objeto de duras críticas en las revistas médicas británicas. Si en las secciones de correspondencia de esas revistas la temperatura es sofocante, ¡cómo será la de la prensa «laica»! Ciertamente, un buen case study sobre percepción y gestión de riesgos.
Quizá otro punto en común entre las vacas (locas) y el aceite (tóxico) resida en la desconfianza que en ambos casos inspira e inspiraba el respectivo Gobierno en amplios sectores de cada sociedad (¿te acuerdas de cuando Sancho Rof?). Según esta suposición, una posible parte de la cadena causal sería: debilidad relativa del Gobierno (elecciones parciales, sondeos, barómetros, etc.), menor capacidad de resistencia a las presiones corporativas (¿ganaderos, industria cárnica?), mala gestión del problema (desde una óptica técnica: vulneración de los principios de comunicación, de salud pública, etc.) y estallido y conflagración.
En realidad, la SIC está, como tantas otras veces, más o menos a su pesar, intentando ponderar y valorar la naturaleza y el mensaje de los datos científicos («appraising, weighing the scientific evidence») desde la lejanía académica y geográfica. O sea, con encomiable o denostable fe —la fe del carbonero—, creyendo que la explicación de todo se encuentra en lo que se dice en las revistas científicas. Un error palmario.
Tal está en la maroma y lo sabe: siente a cada instante en sus hombros el peso de John, no precisamente un peso pluma, políticamente hablando. La maroma: de un lado la ciencia (whatever that means); del otro, la política, la sociedad, la vida... Porque lo sabe y se acuerda de otros arañazos que la ingenuidad le causó, su cuerpo crea anticuerpos en forma de preguntas perversas; por ejemplo: si John necesitase mucha ayuda de Bruselas para matar a muchas vacas cuerdas pero supuestamente infectadas, ¿la bomba del 20 de marzo le ayudaría o le perjudicaría? (decir que la EEB puede transmitirse a humanos, causar una «variante» de la ECJ, etc., etc.). Claro, claro: es absurdo. Las preguntas perversas siempre son absurdas y apenas ayudan a guardar el equilibrio en la cuerda floja.
Por cierto, ¿quién acuñó lo de «vacas locas»? A esos también habría que felicitarlos, supongo. ¿Se imaginan toda la historia con el eslogan «la crisis de las vacas cuerdas» o «la crisis de las vacas infectadas»? Grima le da a uno sólo con pensarlo, pero más exacto sí sería... Lo de «cuerdas» daría alas a los antiviviseccionistas; además, se supone que en el Reino Unido algunos matarían antes a un loco que a un animal. Lo de «infectadas»... probablemente en estos momentos ya seríamos todos vegetarianos.
Miércoles, 15 de mayo. En respuesta a una llamada suya de principios de mes, el secretario de la SIC recibe un fax de Paul Brown con algunos detalles del test. Textual: «Actualmente el artículo está siendo evaluado por el NEJM y estamos bastante confiados de que será aceptado y publicado en el próximo mes o dos meses». Aguarden a leerlo en La Vanguardia.
Jueves, 16 de mayo. Diario Médico titula: «Según la UE, los datos sobre las "vacas locas" son insuficientes». ¡Ahora ya es más fácil «mojarse»! Aunque nunca es tarde para resbalar. ¿Ocurrirá?
Principios de junio. Los médicos de la Comunidad Autónoma reciben un número especial del Boletín Epidemiológico de la Comunidad Autónoma (BECA). Aunque han transcurrido más de dos meses desde la fatídica rueda de prensa británica del 20 de marzo y la consiguiente «alarma social», la información del Boletín es excelente. Probablemente resulte útil durante bastante tiempo, hasta que haya novedades. Un detalle interesante: en la tabla 1 de ese BECA se presenta el número de animales afectados por la EEB; proporciona los datos para diez países; entre ellos no se encuentra España. En el texto se lee: «En la Comunidad Autónoma y en el Estado español [la EEB] no se ha descrito nunca».
Mediados de junio. Un colega bien relacionado con la Administración autonómica, secretario de otra egregia sociedad científica (que no ha dicho esta boca es mía en todo el asunto), le comenta a Tal que «en lo de las vacas podríamos estar al comienzo de un nuevo sida». Tal le dice que no cree que la información científica disponible sustente su miedo, aunque siempre pueden aparecer nuevos datos; pero, puesto que esos son sus temores, le pregunta qué están haciendo los responsables autonómicos y si han emprendido los estudios veterinarios que la OMS recomienda. No hay respuesta. Tal también pensaba preguntarle si es cierto que en la Comunidad Autónoma entra vacuno procedente del este de Europa. No por nada: algunos veterinarios creen que al salir del este las vacas llevaban ya muchas millas a sus lomos. ¿Venían del oeste?
Suspendido en la maroma, lúcido y melancólico, el criptólogo tararea para sí:


Un hombre sólo una mujer
así tomados de uno en uno
son como polvo no son nada.
José Agustín Goytisolo
("Palabras para Julia")


Notas

Este artículo está dedicado a mi hija Júlia Porta Pi-Sunyer

1. Todos los personajes ficticios mencionados en el artículo se parecen (sólo parecen) a personajes reales; reales como una vaca. Todas las opiniones expresadas en el artículo son de la exclusiva responsabilidad de los personajes ficticios que las emiten, pero no de los reales; ni de las vacas. Desde luego, para nada el autor del artículo asume responsabilidad alguna sobre aquéllas (las opiniones) (tampoco sobre las vacas). Ningún fragmento de este artículo es imputable a ninguna de las organizaciones para las que el autor trabaja.
2. Aunque pudiera no parecerlo a simple vista, el autor efectúa en, con y mediante este artículo un arriesgado ejercicio de equilibrista: compartir algunas perplejidades en público. Lo hace con una exigua esperanza: que bajo la carpa circule un poco más de aire fresco.
3. Verdaderamente, el artículo traza pinceladas rápidas, de boceto, sobre asuntos que requerirían una gran elaboración pictórica. Lamentablemente, el tiempo apremia. Imposible matizarlo todo, prever todos los «peros», eludir todas las puyas, esquivar todos los chuzos. Pero, por favor, no tiren contra el trapecista. Algunas de las cuestiones aquí tangencialmente tratadas han sido desarrolladas por el autor con mayor detenimiento en:

1. PORTA SERRA, M.: «No digueu a la meva mare que faig d'epidemiòleg, ella em creu pianista en un bordell», Butlletí d'Informació Sanitària (BIS), 14-15 (1982), 40-7.
2. PORTA SERRA, M. y D. M. RUNDE,: «Sobre las Facultades de Salud Pública en los Estados Unidos. Informe a la Sociedad Española de Epidemiología», Gaceta Sanitaria (Serie Monografías), 4 (1986), 9-27.
3. PORTA SERRA, M.: «Reuniones científicas: hacia una mayor participación y debate», Gaceta Sanitaria, 2, 5 (1988), 119.
4. PORTA SERRA, M. y A. G. HARTZEMA: «The contribution of epidemiology to the study of drug effects», en: A. G. Hartzema, M. Porta y H. H. Tilson (eds.): Pharmacoepidemiology. An Introduction, 2.ª ed., Cincinnati, Harvey Whitney, 1991, 2-17.
5. PORTA SERRA, M.: «Factor de impacto bibliográfico (Science Citation Index y Social Sciences Citation Index) de las principales revistas de medicina preventiva, salud pública y biomedicina. Algunas cifras, algunas impresiones», Revisiones en Salud Pública, 3 (1993), 313-347.
6. PORTA SERRA, M. y F. SANZ CARRERAS: «Prólogo a la edición española», en: S. B. Hulley y S. R. Cummings (eds.): Diseño de la investigación clínica. Un enfoque epidemiológico, Barcelona, Ediciones Doyma, 1993.
7. ÁLVAREZ-DARDET, C. y M. PORTA SERRA: «Los retos de la nueva salud pública para los años 90 (y los retos de los años 90 para la nueva salud pública)», Revisiones en Salud Pública, 3 (1993), 17-27.
8. PORTA SERRA, M.: «La epidemiología clínica: ¿un puente entre el individuo y la comunidad?», Revista de Medicina Familiar y Comunitaria, 4 (1994), 156Ä157.
9. PORTA SERRA, M.: «Sobre nuestros congresos», SEE, Nota (setiembre/diciembre 1995), 1-2.