Editorial
EL FIN, ¿JUSTIFICA LOS MEDIOS?
Estamos asistiendo a una escalada imparable en el conflicto de intereses que afecta a la ciencia. El científico y las instituciones científicas están sometidos, como en cualquier ámbito en el que intervienen las personas, a fuertes presiones de toda índole. Desde la necesidad del reconocimiento de la labor profesional o institucional a la estricta lucha por la búsqueda de recursos con los que poder seguir adelante en una investigación. Los móviles son muy variados, pero es un hecho que en el mundo de la ciencia, como en cualquier otro campo de acción de los seres humanos, pueden darse conductas innobles, fraudulentas e incluso delictivas. Es bien sabido que forma parte de la condición humana el hecho de que siempre haya quien utilice la bien conocida máxima de que "El fin justifica los medios".
Siempre ha sido así, pero en la época que vivimos el proverbio adquiere un sentido muy específico, pues en la mayoría de los casos son los medios de comunicación el vehículo que se utiliza para llegar a un fin deseado. Hemos asistido recientemente1 a una burda maniobra mediática por parte de la NASA para conseguir que su programa de exploración de Marte siguiera obteniendo los fondos necesarios para poder seguir adelante. Con unos objetivos diametralmente opuestos, y mucho menos nobles, hemos podido observar2 cómo una poderosa industria tabaquera utilizaba la mixtificación de la metodología científica y la ayuda de los recursos puramente publicitarios para combatir serios estudios científicos contrarios a sus intereses económicos y empresariales. Son dos casos claros de que "El fin justifica los medios" y de que los medios de comunicación se han convertido en eficaces catalizadores para la consecución de objetivos muy concretos, muy alejados de la información y formación de la opinión pública.
Existen casos mucho más difíciles de discernir. Podemos recordar el duro enfrentamiento entre la política y la ciencia que supuso el llamado caso Baltimore, ocurrido en 1986. Un conflicto de intereses personales entre dos investigadoras en biología por ser las protagonistas de un descubrimiento se convirtió en el llamado "Watergate de la ciencia". Caso que llevó a uno de los científicos más prestigiosos de la época, David Baltimore (premio Nobel de Medicina de 1975), a un auténtico calvario personal para luchar por su honorabilidad y la de sus colaboradores científicos, y posteriormente a un gran conflicto entre política y ciencia, en el que intervinieron incluso los servicios secretos norteamericanos. En el trasfondo se planteaba la lucha científica contra la injerencia de los políticos. Así de claro se manifiesta en uno de los párrafos de una de las cartas que Baltimore le remitió a su inquisidor, el congresista demócrata John Dingell: "Un pequeño grupo de outsiders, en nombre de un supuesto imaginario error tiene la intención de utilizar esta pequeña y normal disputa científica para consentir la introducción de nuevas leyes y reglas en la actividad científica; leyes y reglas que yo considero peligrosas para la ciencia norteamericana".3 La consecuencia fue que durante diez años la ciencia norteamericana y la mundial se vieron privadas de uno de sus líderes más importantes. "¿Cómo ha sido posible?", se interrogaba The Washington Post el pasado mes de junio4 al dar a conocer que, en una última apelación del caso, David Baltimore había conseguido rehabilitar su credibilidad científica y la de su colaboradora, la inmunóloga Thereza Imanishi-Kari, a la que una colega del laboratorio había acusado inicialmente de haber falsificado los resultados de una investigación científica. Finalmente, han quedado desautorizados los métodos seguidos por la orwelliana comisión de integridad científica que había instigado el político John Dinguell contra David Baltimore; un científico que tuvo que renunciar en 1991 a la presidencia de la prestigiosa Universidad Rockefeller por las secuelas del caso y que ha sido estigmatizado durante estos largos diez años por haber luchado contra el control de la ciencia por la política.
Pero con toda seguridad el debate no acabará aquí. En Estados Unidos está abierta la polémica de cómo se ha de supeditar o no la investigación científica a las decisiones políticas, con todos los importantes factores que están involucrados -intereses económicos incluidos, naturalmente- y cómo se ha de luchar contra el fraude en la ciencia.
El debate que todavía echamos en falta es el análisis del papel que tienen los medios de comunicación en este enorme conflicto de intereses que caracteriza el final de nuestro siglo, en la ciencia y en casi todos los ámbitos de la acción humana. Un debate que debería conducirnos a reflexionar seriamente sobre la capacidad de los medios y de sus profesionales, desde un redactor al director, para mantener la capacidad de discernimiento y el fomento del espíritu crítico en la sociedad a la que, en principio, sirven como vehículos de información, comunicación y formación.
El Director
1. Véase artículo
estrella.
2. Véase artículo estrella.
3. DI TROCCHIO, Federico: Las mentiras de la ciencia, Alianza
Editorial, 1995.
4. Edición del 22 de junio de 1996.