Divulgar: itinerarios discursivos del saber

Helena Calsamiglia

La idea de divulgación nos lleva a pensar en el saber o los saberes, tal como una cultura los ha ido organizando históricamente. En este sentido, la cultura occidental ha ido construyendo un mundo de conocimientos y le ha otorgado unos lugares, unos protagonistas y unos canales de transmisión formales. Otras culturas se han desarrollado de forma distinta y han organizado la transmisión del saber y su conservación de otras maneras. Cada cultura se distingue por interpretar la realidad desde una visión del mundo propia, adjudicando un valor a los saberes y su aplicación. Pero el mundo de los conocimientos no está en el aire: en la cultura occidental contemporánea está anclado en un mundo económico industrializado, con una organización política que aspira al funcionamiento democrático. Es en este marco en el que se incluyen las consideraciones que siguen.

La divulgación de las ciencias se puede interpretar de forma general como el proceso por el cual se hace llegar a un público no especializado y amplio el saber producido por especialistas en una disciplina científica. La transmisión del saber tiene dos canales fundamentales. Uno es institucional. Tiene lugar en los establecimientos dedicados a los estudios primarios, medios y superiores, instituciones que pretenden poner las bases para la transmisión del saber en nuestra cultura. En ellos, el acceso a los distintos saberes no sólo está regulado y organizado, sino que se ejerce un control y una evaluación sistemática de su adquisición o apropiación por parte de los individuos (Calsamiglia, 1996). El otro canal es el de los medios de comunicación: prensa, revistas, libros, televisión, radio, Internet. Es de acceso libre, no implica una evaluación y tiende estar más ligado al entorno y a los acontecimientos de actualidad.

El primer canal es lo que conocemos como el ámbito de la enseñanza. El segundo es el que consideramos como el ámbito de la divulgación en sentido específico. Tener en cuenta esta división me parece operativo porque de esta manera se puede postular su interdependencia y la necesidad de cultivarla. La divulgación sólo es posible si existen determinados niveles de enseñanza que permiten aportar nuevos conocimientos a los recibidos en primera instancia a través de la instrucción. Y al mismo tiempo, el acceso libre a los saberes, que aparecen por el interés y la curiosidad, más ligados a la experiencia cotidiana y a la actualidad, es un bien apreciado para lograr el bienestar colectivo y para alentar y dar relieve a los conocimientos que se adquieren de forma estructurada en la enseñanza.

La divulgación de la ciencia se plantea hoy como una necesidad ligada a los procesos de democratización. La ciencia no tiene sentido si no llega a los ciudadanos. En este sentido, no puede ceñirse solamente a acompañar y compensar las actividades de aprendizaje reglado, sino que puede protagonizar todos los medios existentes, tanto los tradicionales como los que se están empezando a desarrollar poderosamente a través de nuevas tecnologías. La razón es que, con el espectacular avance de la expectativa de vida en nuestro siglo, el periodo de tiempo que una persona puede dedicar a su formación a través de las instituciones de enseñanza tiene un límite. Imaginemos, en el mejor de los casos, un individuo con estudios superiores; pues bien, durante dos buenos tercios de su vida sólo podrá seguir teniendo acceso a los avances del saber si sabe usar de forma libre y autónoma de los medios de comunicación e información.

Por otro lado, si hasta hace pocos años se podía percibir el mundo de la ciencia y de los científicos como alejado de la vida cotidiana --aunque la ciudadanía disfrutara o sufriera los efectos del desarrollo científico y tecnológico-- en los últimos años se está demostrando que determinados planteamientos de la ciencia constituyen una parte central de la inquietud social en lo que concierne a las decisiones políticas, éticas o profesionales que afectan a la calidad de la vida. El desarrollo de la medicina, la informática, la biotecnología, la ecología o la astrofísica están en primer plano del interés de grupos de ciudadanos cada vez más amplios, que solicitan no sólo mantenerse informados sino adentrarse en los conocimientos que se están abriendo paso y que son objeto de debate apasionado. Son un ejemplo actual de lo que puede llegar a ocurrir en muchas otras disciplinas científicas. Especialmente cuando es muy probable que el desarrollo tecnológico lleve a un cambio radical en las formas de vida y en la organización del trabajo.

A ello hay que añadir que la progresiva especialización que el cultivo de las ciencias ha propiciado desde finales del siglo pasado ha dado como resultado que la comunidad científica sea considerada, valorada, e incluso temida, como un sector social que posee saberes inaccesibles para el común de los ciudadanos. Acceder a los saberes científicos es una tarea ardua que requiere un entrenamiento sistemático y una formación especializada. Son saberes que se representan en lenguajes tan específicos y técnicos que se han llegado a considerar como discursos cerrados (Maingueneau, 1992) que se autoalimentan a base de que sus miembros compartan unos conocimientos altamente especializados y una serie de metodologías y criterios acerca del quehacer científico.

De todos estos factores se deriva la problemática de la divulgación: unos saberes, organizados y construidos, producidos por una comunidad restringida de expertos, han de poder llegar a grupos amplios de población. ¿Dónde radica el principal problema? Ya que el ámbito es el de los conocimientos, está claro que el primer problema es de orden cognitivo. La conceptualización y la abstracción de las ciencias se aplican a un mundo en donde el referente no son los objetos y los individuos de la experiencia común. Los objetos son constructos teóricos, alejados de la realidad. Las ciencias de la observación y de la experimentación tienen su universo de análisis en mundos diferentes de la percepción ordinaria: o bien a un nivel microscópico o a un nivel macroscópico. Los esquemas de interpretación de la realidad no son los habituales sino que se basan en marcos específicos, en categorías propias de cada disciplina, y en modelos abstractos y formales.

Si el universo de referencia no coincide, la primera realidad que se impone es que los intereses de la ciencia no coinciden con las preocupaciones normales de una persona corriente. Sin embargo, gracias a la gran cantidad de energía aplicada a la investigación, a partir de los procedimientos y de las categorizaciones de la realidad propias del mundo científico, se pueden demostrar hipótesis, descubrir o construir realidades nuevas, aplicar los avances, construir nuevas técnicas, que sí alcanzan los intereses de la sociedad en general. Uno de los problemas que hay que resolver es el de la comunicabilidad de la ciencia en el exterior de su propio mundo. Probablemente lo comunicable sea sólo una parte del quehacer científico: aquella parte que responde a las necesidades intelectuales y prácticas de la gente. Ya en el terreno de la comunicación, aparece otro problema. Los investigadores, cuyo quehacer apunta fundamentalmente a la creación de conocimiento, no suelen ser los más dedicados a divulgar la ciencia. Son excepcionales -y muy valiosos- aquellos que explican --y saben explicar-- temas propios de la ciencia, para aproximarla a la comprensión de la persona no experta.

Finalmente, la divulgación es un hecho. Se manifiesta de forma heterogénea y a través de múltiples medios. Pero es un hecho fundamentalmente discursivo. El saber se representa en textos y éstos son a su vez sucesivamente reformulados según los circuitos de difusión del saber, tanto si es a través de la enseñanza como si es a través de la divulgación. La actividad divulgativa es eminentemente intertextual. Porque el avance científico se presenta al conocimiento público a través de la palabra. Estudios sobre el hecho divulgativo (Loffler-Laurian, 1983) parten de la existencia de unos textos o discursos primarios, en los que se puede seguir la producción de saber en las distintas disciplinas científicas, y de discursos secundarios, basados en los primeros, pero que van cambiando según los parámetros de la situación de comunicación: la identidad y el estatus de emisor y receptor, la finalidad, la intención y el contexto. Y por supuesto, el medio de transmisión. La aproximación a la divulgación desde el análisis del discurso permite por lo menos sacar los problemas a la luz y contemplarlos y analizarlos a través del uso lingüístico que se encuentra plasmado en los textos de temática científica.

Una aproximación desde el análisis del discurso

El análisis del discurso utiliza una serie de categorías variadas, surgidas de la lingüística funcional, la sociolinguística y la pragmática. Tiene como objeto estudiar los textos, orales o escritos, como producto del uso lingüístico en situaciones de comunicación concretas, donde hay una interacción entre hablantes y oyentes, y que se produce con una intencionalidad. La principal diferencia con el análisis gramatical es que no se reduce a la reflexión sobre oraciones fuera de contexto, ni se toman los textos en sí mismos, sino teniendo en cuenta quién los produce y con qué intención; qué dice la persona que escribe y qué quiere decir con ello. Y también qué es lo que no dice, presuponiendo un conocimiento compartido con el posible interlocutor. El científico, como enunciador, tiene ante sí muchas posibilidades de expresión. La primera es la elección de una lengua que traspase fronteras. Sin andarnos con rodeos, es obvio que el inglés se ha convertido a lo largo de nuestro siglo en la lingua franca de la comunicación entre investigadores: despojada de connotaciones nacionales y expresivas, altamente técnica, con una sintaxis simplificada, una organización textual muy pautada y una terminología acotada a cada ámbito de conocimiento.

A otros niveles de comunicación (de discursos segundos), la elección se vuelve a plantear: ¿a cuántos profesionales va a llegar este escrito en el caso de que se use esta u otra lengua? La comunicación electrónica no hace más que añadir nuevos matices a la misma cuestión. Este caso muestra que el análisis planteado desde la perspectiva discursiva se sitúa en la posición del hablante, usuario de la lengua, que ha de elegir no sólo la lengua sino los elementos lingüísticos apropiados a cada situación de comunicación. La elección no se hace solamente en los niveles del sistema de la lengua (el léxico, la sintaxis), sino también en la dimensión lingüístico-discursiva: el modo y grado de inscripción del enunciador en el enunciado, la relación de éste con el texto y con el enunciatario, la configuración de la macroestructura del texto (organización global, orden temático, coherencia) y la adecuación a un formato concreto.

La propuesta formulada por la sociolingüística y la lingüística funcional británica (Halliday; MacIntosh&Strevens, 1964; Halliday, 1978; Halliday & Hasan, 1985) sobre el registro permite abordar un aspecto esencial de la cuestión, teniendo en cuenta que al tratar de texto o discurso no estamos hablando de oraciones correctas o bien formadas, sino sobre unidades comunicativas que funcionan en la vida social. La noción de registro se entiende como una variante textual que está determinada por la situación de comunicación. El registro se enfoca pues con dos vectores: uno abierto a la situación extralingüística, y otro abierto al uso lingüístico. La aparición de elementos determinados de léxico o de organización sintáctica viene dada por una situación precisa de comunicación. Los factores de la situación que determinan el uso lingüístico se consideran tres: el campo, el tenor y el modo. Consideraremos estos tres factores en lo que se refiere a la representación discursiva de los conocimientos.

La noción de campo se refiere a la temática tratada por las distintas disciplinas científicas y a las distintas esferas de actividad en donde se desarrollan prácticas que generan discursos científicos. Los lugares prototípicos son las universidades, los centros de investigación, los congresos y reuniones. Los textos prototípicos son los informes, las comunicaciones, los artículos de revistas especializadas. Este factor condiciona el carácter de los textos, que se distinguen, ostensiblemente, por la especificidad de su léxico. La búsqueda de la univocidad y la precisión ha llevado a cada disciplina a dotarse de una terminología propia, que se aleja del vocabulario común a través de toda clase de procedimientos de creación de palabras. La morfología de la terminología científica acude a préstamos de otras lenguas, a raíces y desinencias grecolatinas, a redefiniciones de vocablos comunes o a siglas. En el ámbito de la sintaxis se observa también una tendencia a la simplicidad de las construcciones. Claridad, economía y precisión determinan el mantenimiento del orden de palabras canónico. El uso de construcciones impersonales y pasivas marcan el propósito de centrarse en la descripción del objeto de referencia, evitando rasgos de personalización. La función comunicativa privilegiada y dominante es la referencial, sin concesiones a otras funciones como la expresiva o la apelativa. La organización del texto sigue una pauta regular y estricta. Otros códigos se insertan sistemáticamente en el discurso: fundamentalmente la simbología formal y la disposición icónica de tablas, figuras o esquemas. Este conjunto de atributos hace que los textos de especialidad o técnico-científicos sean fácilmente identificables por su ajuste a unas normas estrictas que los convierte en ejemplares claramente distintos a los textos generales.

El tenor es un factor de la situación que tiene relación con los protagonistas de la enunciación. Tradicionalmente no se había dado importancia a este aspecto, dado que el estudio lingüístico se había centrado justamente en el contenido proposicional, sin dar cuenta de los aspectos que se refieren a los agentes de la comunicación. Es, por tanto, el estudio del tenor lo que distingue particularmente el modo de análisis discursivo, proporcionando los medios adecuados para una mejor comprensión de los textos en tanto que intercambio entre emisores/receptores. El perfil del enunciador, su identidad como miembro de la comunidad científica y su status tendrá que ver con su imagen pública (grado de competencia, autoridad y credibilidad). También es interesante considerar la imagen que cada época construye del científico: el paso de la imagen del sabio distraído que investiga en solitario a la del investigador profesional, miembro de un equipo, y pendiente de la aprobación política de un proyecto de investigación, no es una cuestión menor. La intención del enunciador (plasmada en lo que llamamos el tenor funcional) es institucionalmente la creación del saber, el avance científico; pero puede haber otras intenciones subyacentes, que el análisis puede desvelar.

Temas importantes derivados de la posición del enunciador/científico tienen que ver con su inscripción en el texto, es decir con el grado de involucración personal con lo que dice. Por ejemplo, permite plantear la hipótesis de que, lejos de la idea extendida de que el científico se expresa en un registro neutro, objetivo, sin marcas de su presencia en los enunciados, el protagonista de la investigación puede mostrar una inscripción clara de sí mismo en el texto: con marcas deícticas de persona; con marcas de modalización epistémica, es decir, de cautela en las afirmaciones (suelen ir precedidas de condicionales como «podría conducir a», «en el caso de que»); con la presencia de otras voces (citas de otros autores, de otros equipos que estudian la cuestión) convocadas por el mismo enunciador, con lo que el texto científico se distingue por ser ciertamente polifónico (Ducrot, 1984); con el uso de procedimientos retóricos específicos de la ciencia para lograr una argumentación que satisfaga los requerimientos de una teoría o que demuestre que un modelo es más válido que otro para explicar un fenómeno determinado.

La inscripción del enunciatario o interlocutor en el texto científico se manifiesta indirectamente, porque el mismo texto selecciona al interlocutor, que queda definido por un perfil semejante al enunciador. Los discursos primarios de la ciencia van dirigidos a los colegas especialistas. Se les supone una base común de conocimientos compartidos. Ello explica el alto nivel de complicidad cognoscitiva establecida entre emisor/receptor y el alto grado de presupuestos e implícitos sobre la materia. En definitiva, estos tipos de textos son estrictamente para especialistas, estableciéndose una relación interpares que constituye el rasgo definidor del tenor interpersonal del registro científico.

El modo es, finalmente, un factor situacional que se refiere a los medios de transmisión básicamente verbales, como el medio oral o el medio escrito, pero que se va complicando ampliando y enriqueciendo con otros medios de significación como sucede en los medios de comunicación masivos como la radio o la televisión, los medios electrónicos como las redes informáticas o el correo, y los variadísimos soportes y formatos que se derivan de todos ellos: libros, vídeos, revistas, películas, discos compactos, etc. El medio influye y condiciona el texto. En cada medio se van fijando unas prácticas discursivas que derivan en géneros o clases de discursos que toman unos rasgos característicos debido a su función social. En el caso de los textos científicos el principal medio de transmisión es el escrito, en un registro muy específico y pautado.

El encuentro entre dos mundos

En principio, concebimos la comunidad científica como una comunidad en la que se construye el saber, el cual circula principalmente en el interior de instituciones, casi podríamos decir en circuito cerrado. En este sentido podríamos considerarlo un mundo aparte. Pero como hemos comentado en el primer apartado, ni el quehacer científico tiene valor sin trascender a la vida social, ni la sociedad contemporánea soporta no tener información sobre los avances de la ciencia. Esta información va trenzada a la divulgación, porque se necesitan unas operaciones específicas para que, a través de la información, se adquieran nuevos conocimientos. Si bien es posible la información escueta de un hecho relacionado con los científicos o con los resultados de su trabajo, la información científica, precisamente por su estatuto en el orden de los conocimientos, requiere una explicación, una contextualización, una escenificación: todos ellos procedimientos propios de la divulgación.

La razón es clara. Cuando un factor de la situación comunicativa como el tenor interpersonal cambia, se desencadena un proceso de adaptación en todos los órdenes de la lengua usada y de la construcción del texto. En las prácticas divulgativas la relación entre el emisor y el receptor se establece entre el experto y el no experto, y por tanto en una relación asimétrica respecto al saber. Pero más que con una asimetría nos encontramos con un mundo de referencias distinto. No sólo se puede interpretar como una relación asimétrica y jerárquica sino también como el encuentro entre dos mundos diferentes que se han de entender. El emisor puede ser el mismo investigador o puede ser un miembro de la comunidad científica conocedor de la materia. Pero también puede ser un intermediario que pone en contacto el mundo de la ciencia y el mundo de la persona no especializada. A esta figura intermediaria, hoy llamada profesional de la comunicación de la ciencia, le reservamos nuestro último apartado.

El encuentro de la temática científica con el mundo de la experiencia social cotidiana obliga a un cambio de registro. El léxico pasa a ser el común, y por tanto sujeto a todas las características de ambigüedad y polisemia propias del lenguaje ordinario. También se ve expuesto a la expresividad de los usos comunes y a los recursos para hacer más fácil, amena e inteligible la transmisión y la representación de los saberes. La sintaxis no está sujeta al orden canónico neutral y permite abundar en las modalidades expresivas como las interrogaciones y las admiraciones, y en los cambios de orden de las palabras para enfatizar y focalizar el interés. El carácter técnico del vocabulario desaparece, aunque se mantenga cuidadosamente una selección de aquellos términos que van a convertir el conocimiento restringido a un sector limitado en un conocimiento general. Por otro lado, el texto se transforma en una entidad abierta y heterogénea, con posibilidad de asociar su contenido con temas de la vida en general y de combinarse con imágenes, fotografías, dibujos, infografías, ilustraciones o cuadros. La función comunicativa del texto no es solamente referencial, sino que se abre a otras funciones como la metalingüística, la expresiva, la conativa, y especialmente la poética, porque a través de recursos expresivos como la comparación, la metáfora y la metonimia se concreta aquella vieja manera de comprender lo que es lejano y abstracto con lo que es más cercano y conocido. En resumen: la nueva relación interpersonal y el encuentro entre dos universos de referencia distintos justifican las posibilidades abiertas del registro divulgativo.

El texto se convierte en el «locus» donde el saber de los expertos se ha de encontrar con el saber común, con el universo de creencias y saberes generados por la experiencia cotidiana. Un factor determinante es la figura del interlocutor imaginado, ese público no experto en la materia pero sí interesado y curioso por el porqué de las cosas, de los acontecimientos y de los avances científicos. Es el conjunto de intereses y creencias comunes del lector común el que orienta al divulgador en su elección de lo más adecuado. Ahí se sitúa precisamente la responsabilidad del divulgador, su ejercicio crítico y creador. Una vez elegido un tema para ser divulgado, éste no se puede presentar como si fuera para especialistas. Por tanto, se ha de proceder a borrar y dejar lo que no es relevante en el sentido que se le da en la pragmática (Bonilla, 1996). Para la operación divulgadora, la aplicación del principio de relevancia corre a cargo de los mediadores, que forman una relación triangular entre la comunidad científica y el común de la gente. Estos van eligiendo y tematizando lo que a su parecer producirá un efecto cognoscitivo más alto en el interlocutor. Esta es la fase que se puede llamar fase de intervención sobre el texto primero, que supone no sólo operaciones de reducción sino también de relevancia. Inmediatamente después viene la fase de recontextualización, que supone no sólo una ampliación hacia los intereses y el universo cultural del receptor sino de nuevo una elección bajo el principio de la relevancia.. De modo que el resultado final produzca un encuentro afortunado entre una opción en el orden del saber y una elección a partir de los conocimientos, deseos y preocupaciones del ciudadano normal.

Jeanneret (1994: 21-80) discurre sabiamente por los posibles modelos de trasvase entre ambos mundos: el científico y el de la vida corriente. Habla de cuatro modelos: el de la difusión, el de la traducción, el que considera que banalizar el conocimiento científico es un mal que debe ser evitado y el que considera que hay que ilustrar a las masas porque es la única manera de lograr el progreso y el bienestar. Los cuatro modelos son explicados y criticados en su constitución histórica, en sus logros y sus fracasos. Aún así no se acaba de dar solución a los problemas que plantea el acercamiento de dos mundos con intereses y objetivos distintos. Solamente se realza el papel de la divulgación como un camino intermedio, que se mueve de texto en texto, con una progresiva demanda de acomodación a interlocutores que necesitan saber pero que no desean ser expertos y que piden amenidad, explicación, reformulación, interés. Frente a la sensación de ruptura entre los dos mundos, leamos las palabras esperanzadas y estimulantes de Jeanneret: «debemos admitir la idea de que hay una dependencia recíproca entre dos modos de saber y entre dos expresiones de la ciencia: una cerrada en sí misma, otra expuesta a la lectura». La divulgación no sería una traducción, como se ha entendido, sino la producción de un nuevo discurso, construido a partir de otro punto de vista.

El protagonista ideal

Como ejemplo prototípico me voy a permitir dibujar el perfil del protagonista de la divulgación, cuando esta figura no es ni el experto (científico, en este caso) ni el público de personas no expertas. Y dibujarlo tal como en la coyuntura actual se plantean sus problemas y sus posibilidades. En primer lugar debe saber interpretar un texto científico en la lingua franca de este final de siglo. En el área de las ciencias experimentales, unas pocas revistas del mundo anglosajón recogen la información científica, rigurosamente seleccionada por expertos en las ciencias correspondientes. Nuestro protagonista ha de ser capaz de leer y cotejar lo más relevante de los artículos originales y los press release. Y estar alerta ante la elección del tema. La lectura no ha de estar sólo dirigida a lo que se dice sino al modo en que se dice. Un examen reciente de la información y divulgación de la acción beneficiosa de una sustancia química llamada resveratrol, presente en las frutas para la prevención del cáncer, ha demostrado que el periodista puede deslizarse fácilmente hacia una lectura orientada por sus propios esquemas mentales, en la búsqueda de soluciones espectaculares para un público inquieto. A eso se le llama en pragmática un caso de «delincuencia» interpretativa.

Nuestro protagonista debe saber que el mundo de la ciencia tiene un ritmo lento, pausado, que necesita de muchos filtros y de muchas comprobaciones antes de dar por sentada la explicación de una realidad compleja como la del mundo real, la de nuestra experiencia. La persona dispuesta a ejercer de divulgadora debe saber que se está enfrentando con un mundo de conocimientos; no con un mundo de sucesos. Por tanto, no todo es noticia. Ni la noticia debe ser el eje de la divulgación sino que en la mayoría de los casos ésta puede ser un hermoso pretexto. El periodismo científico tiene derecho a desplegarse en un periodo más amplio de tiempo, ya que el conocimiento permanece y se puede explicar mejor una vez entendida su orientación, su aplicación y sus consecuencias. Nuestro protagonista debe rodearse de las fuentes de documentación y de los asesores expertos que sean capaces de solucionar sus dudas ante un problema de inmediatez de la difusión. Tiene pues una responsabilidad considerable como crítico y como seleccionador del contenido que va a divulgar. Tanto más cuanto que la comunidad científica vela por el rigor y se puede resentir seriamente de los errores producto de un tratamiento trivial y sin cautela.

Por otro lado, ha de conocer muy bien al público al que se dirige. Conocer las preguntas que se hace la gente y apropiárselas. Imaginar el nivel de conocimientos supuestos para decidir lo que hay que decir y lo que no hay que decir. En el texto de divulgación las presuposiciones no pueden llegar a desnivelarse a favor de un lado o de otro sino que el saber conocido y el saber nuevo se han de ir dosificando en un equilibrio incesante. Esta es una cuestión crucial que remite a la dimensión cognitiva y que afecta, claro está, a la comprensión y a la inteligibilidad. Los recursos para garantizar la comprensión son muchos y variados. Se podría proponer un completo programa de estrategias como el uso de secuencias textuales explicativas, definiciones, reformulaciones, paráfrasis. pero también a través de procedimientos narrativos o de base analógica como ejemplos, comparaciones y metáforas. Por otro lado, el orden y la claridad son otras tantas virtutes del divulgador, como diría la lección de la retórica clásica. Cosa que se consigue con una planificación de las ideas y con una sintaxis sencilla.

Por todo lo dicho hasta ahora el divulgador no es una cuerda de transmisión neutra sino que es un creador del sentido nuevo que puede tomar el conocimiento cuando se contextualiza en la vida social. La gracia del divulgador es saber integrar los nuevos saberes en el proceso de construcción cultural que se da en el ámbito de la vida cotidiana; saber dejar entrar en el juego lo que los escritores de ficción narrativa tiene como su más básica premisa: el destino humano, tejido de sueños, temores y deseos. Y por último, algo que exige un alto grado de responsabilidad: saber colocar en su justo término los desfases entre la potencia interventora de la ciencia a través de la técnica y el ámbito de las decisiones humanas, irremediablemente ligado al sentido ético.

 

Agradecimiento

Debo a mis estudiantes de doctorado de la Universitat Pompeu Fabra del curso 1996-1997 la posibilidad de haber discutido y reflexionado sobre estos temas.

Bibliografía

CALSAMIGLIA, H.: «Apuntes sobre la divulgación científica. Un cambio de registro». Textos 8 (1996).

BONILLA, S.: «Información y relevancia. Una hipótesis acerca de cómo procesamos los humanos la información lingüística», Documentación científica 19 (1996), nº 4.

DUCROT, O.: El decir y lo dicho. Polifonía de la enunciación, Barcelona, Paidós, 1984.

HALLIDAY, M.A.K.: El lenguaje como semiótica social. La interpretación social del lenguaje y del significado, México, Fondo de Cultura Económica, 1982.

HALLIDAY, M.A.K.y R. HASAN: Language, context, and text. Oxford, Oxford University Press, 1985.

JEANNERET, Y.: Écrire la science. Formes et enjeux de la vulgarisation. París, Presses Universitaires de France, 1994.

LOFFLER-LAURIAN, A.M.: «Typologie des discours scientifiques: deux approches», Études de linguistique appliquée 5 (1983).

MAINGUENEAU, D.: «Le tour ethnolinguistique de l'analyse du discours», Langages 105 (1992).