
MEDIO
AMBIENTE Y COMUNICACIÓN
Profusión y confusión de ideas
Este final de siglo y el principio del siglo que viene estará marcado por una inquietud fundamental del ser humano: el futuro del planeta. Este debate se caracteriza por una dualidad difícil de equilibrar: la profusión y la confusión de las ideas.
Se pueden buscar muchos antecedentes históricos y sociales de esta preocupación humana por el medio natural resultante de aquel caldo de cultivo en el que precisamente se originó la vida, y cuya evolución configuró nuestra propia existencia. Con toda seguridad, la curiosidad e inmediata inquietud por conocer el entorno y servirse de los recursos que le brindaba la naturaleza fue inherente a la conciencia que caracteriza a la especie humana desde aquel eslabón perdido que nos convirtió en seres pensantes e inteligentes. El impacto de la actividad humana sobre el medio ya fue considerado en la Grecia clásica y en la Edad Media. En el siglo xvi el alemán Georgius Agricola, en su famoso tratado sobre las minas y la metalurgia De Re Metallica ponía ya de relieve las implicaciones de la deforestación, los efectos nocivos de ciertos metales para la salud de los mineros e incluso mencionaba las consecuencias de los cambios en el paisaje y la degradación de los cursos de aguas fluviales. A finales del siglo xvii, la Royal Society of London examinó las formas de prevenir los efectos de las cenizas y humos del carbón que oscurecían el cielo de Londres y hacían el aire casi irrespirable, preocupación que se generaliza con la revolución industrial y origina una cuantiosa literatura que explora cómo asegurar la calidad del aire en las ciudades. Y en el siglo xix comienzan a generalizarse en toda Europa las sociedades conservacionistas y naturalistas, primero para la protección de las aves y evitar que su desmesurada caza influyera en una proliferación de insectos nocivos para la agricultura, y que gradualmente se fueron ampliando a todo el mundo animal y vegetal.
No obstante, no hay que perder de vista un aspecto cualitativo muy significativo y determinante de este interés que siempre ha existido del ser humano por el medio natural. Todas estas cuestiones que se habían planteado a lo largo de la historia eran tratadas de una forma específica, sin estar articuladas o relacionadas las unas con las otras, ni parecían ser partes de un mismo problema global. Constatar este aspecto es lo que da su dimensión real al proceso que podríamos definir como «medioambientalización de nuestra sociedad»
La primera definición del concepto ecología la dio Ernst Haeckel en 1906 en su obra Prinzipien der generelle Morphologie der Organismen (Principios de la morfología general de los organismos) o sea la parte de la biología que estudia las interrelaciones de los seres vivos entre sí y con su medio. Y no fue hasta 1935 que Tansley introdujo el concepto de ecosistema para designar las unidades naturales básicas de la biosfera en su trabajo «The Use and Abuse of Vegetational Concepts and Terms» («El uso y el abuso de los conceptos y términos de la vegetación»).
El siglo xx ha comportado la consolidación de muchas ciencias, pero pocas han tenido el efecto catalizador científico y social que ha producido la ecología, tal como señala el sociólogo David Tábara en su reciente obra La percepció dels problemes de medi ambient.1 Las tendencias y procesos sociales relacionados con el entorno natural que habían caracterizado a las sociedades occidentales hasta la aparición y desarrollo de la ecología como una ciencia fueron evolucionando hasta que se produjo la ruptura y convulsión de la Segunda Guerra Mundial y la crisis intelectual que comportaron las devastaciones nucleares de Hiroshima y Nagasaki. A partir de la preocupación pública por el peligro nuclear, otros problemas ambientales indiscutiblemente mucho más sutiles y difíciles de comprender surgieron en nuestra sociedad, primero del seno de la propia ciencia y de sus protagonistas, los científicos, y luego generalizándose a otras actividades hasta llegar a plantear problemas éticos. Sin duda, la carrera por la conquista del espacio, desde aquel mítico primer satélite Sputnik (1957) hasta la llegada de un hombre a la Luna (1969), influyó decisivamente en que el concepto de medio ambiente adquiriera plena carta de naturaleza en nuestro mundo occidental. El medio ambiente se convertía en la emergencia de una nueva necesidad que unía el conjunto de las condiciones naturales (físicas, químicas y biológicas) con las culturales esa era la gran novedad y su influencia en los organismos vivos y en las actividades humanas.
El ser humano, primero con las fotografías de las consecuencias de las bombas atómicas y luego con sus propios ojos desde los satélites e incluso desde la superficie lunar, había adquirido conciencia de la fragilidad del planeta que le había dado vida y que hoy le daba cobijo. Paralelamente fueron surgiendo voces que se convirtieron en precursoras del movimiento ecológico y ecologista, entre las que hay que citar indiscutiblemente a Rachel Louise Carson, quien en 1962 publicaba su famoso libro Silent Spring (La primavera silenciosa) en el que con un estilo muy personal entre didáctico y poético relata los peligros de la difusión de sustancias plaguicidas sobre los ecosistemas y sobre la salud humana.2
Ineluctablemente, el medio ambiente comenzó a aparecer en el mundo de la comunicación a partir de esos años, proliferando al mismo tiempo movimientos contestatarios como reacción a la militarización mundial producto de la guerra fría de hecho la conquista espacial tuvo su máximo impulso en la pugna social y política entre Este y Oeste y que también culpaban en buena parte a la ciencia como cómplice de esa carrera hacia la destrucción del planeta. En este contexto histórico sería absurdo pensar que la comunicación sobre medio ambiente es un simple efecto de una moda. No hay duda de que es la consecuencia y el reflejo de todo un proceso cultural que nos ha llevado hasta el momento presente, en el que el debate como afirmábamos al principio se caracteriza por una dualidad difícil de equilibrar: la profusión y la confusión de las ideas, y por tanto de las informaciones que nos ofrecen los medios de comunicación. Entre decir las cosas tal como son (en la medida que se acepte la idea de que pueden existir criterios que se aproximen a la objetividad) y decir las cosas tal como se piensa que se han de considerar (teniendo en cuenta el contexto de la propia percepción) radica toda la diferencia respectiva entre informar y comunicar.
Los periodistas especializados en medio ambiente tienen ante sí una difícil papeleta. Los ciudadanos tienen escaso conocimiento de los fenómenos relacionados con la problemática medioambiental. El público aprehende con extrema facilidad dado su carácter casi siempre espectacular y catastrófico las consecuencias de unos procesos que en su camino hasta la realidad última deben seguir uno u otro sendero científico. Las evidencias claras y taxativas en los problemas medioambientales son casi siempre a medio o largo plazo y están sometidas a un perenne debate que cruza a uno y otro lado de una verdad que oscila con suma facilidad entre la certidumbre y la incertidumbre científicas. Los medios de comunicación de masas desempeñan un papel fundamental para la comprensión de estos fenómenos por la sociedad. Tal como señala el economista y consultor ambiental Manuel Ludevid,3 «en la primera fase del proceso de conocimiento, el papel de estos medios en la difusión de la información es muy importante. La mayoría de la gente oye algo nuevo (como el cambio global) por primera vez en los periódicos, la radio o la televisión. Sólo más adelante, dentro del proceso cognitivo, otros mecanismos (como la difusión de boca en boca) empiezan a desempeñar un papel importante. Por otra parte, este tipo de temas tarda un tiempo en pasar al sistema educativo. Los medios de comunicación aumentan, además, la importancia del mensaje, en un proceso que se autorrefuerza medios-público-medios».
Está claro que un determinado problema medioambiental adquiere importancia desde el momento en que aparece en los medios de comunicación. El público lo toma en consideración y a su vez crea la necesidad de que los medios le vayan dedicando un mayor espacio. Pero en este tipo de fenómenos, en los que es fácil que surjan malentendidos y medias verdades, es elevada la posibilidad de que el ciudadano se haga una idea confusa. Si le sumamos la gran profusión de fuentes de información y de opiniones que el debate crea, podemos imaginarnos el círculo infernal en el que está sumido como siempre sin tiempo de reflexión el mundo de la comunicación medioambiental.
Notas
1 Tábara D.: La percepció dels
problemes de medi ambient, Barcelona, Beta Editorial, 1996.
2 Piqueras M.: «Lovelock y el premio Nobel de
Química 1995», Quark 2 (1996), 27-32.
3 Ludevid M.: El cambio global en el medio
ambiente, Barcelona, Boixareu Editores, 1997.