MUCHAS REVISTAS, POCAS VENERABLES
Investigadores, periodistas y editores forman hoy día el circuito a través del cual el conocimiento pasa de las revistas especializadas al gran público de la prensa diaria. Esta asociación, que para algunos es un «círculo virtuoso» y para otros constituye un «círculo vicioso» de la difusión científica, se analizó recientemente en la Universidad de Londres. (...)

TALLER DE PERIODISMO CIENTÍFICO
Después del éxito de su primera edición, en 1996, George Johnson y Sandra Blakeslee, del The New York Times, con la ayuda de la División de Recursos Humanos de la Universidad de Santa Fe de Nuevo México, repiten la experiencia. (...)

IMPACTO DE LOS COMUNICADOS DE PRENSA
Desde hace algún tiempo, algunas de las principales revistas biomédicas han establecido un sistema de comunicados de prensa (o press release) semanales en los que facilitan a algunos medios de comunicación el avance de parte del contenido de su próximo número. Estos comunicados ofrecen una serie de ventajas para los periodistas científicos. (...)

LISTA DE DISCUSIÓN DE PERIODISMO CIENTÍFICO
Hace tan sólo unos meses la Asociación Catalana de Comunicación Científica (ACCC) ha puesto en marcha una lista de discusión sobre periodismo científico. El objetivo de ésta era «crear un punto de encuentro entre los profesionales científicos dónde discutir temas de interés común, intercambiar información y experiencias, contactar con colegas de otros lugares del país o del mundo y actuar de brújula en este agitado mundo de la publicación electrónica». (...)

 

 

 

 

 

MUCHAS REVISTAS, POCAS VENERABLES*

(*) Este texto procede de la revista digital de BioMedNet HMS Beagle (http://biomednet.com/hmsbeagle), publicado el 16 de mayo de 1997.
© 1997, Jon Turney. Con permiso del autor.

Investigadores, periodistas y editores forman hoy día el circuito a través del cual el conocimiento pasa de las revistas especializadas al gran público de la prensa diaria. Esta asociación, que para algunos es un «círculo virtuoso» y para otros constituye un «círculo vicioso» de la difusión científica, se analizó recientemente en la Universidad de Londres.

La relación cada vez más estrecha entre revistas especializadas y grandes medios de comunicación plantea nuevos retos, como el cambio de los criterios que marcan lo que va a ser publicado. El tipo de informaciones incluidas en el comunicado de prensa (o press release) que las revistas envían a los grandes medios marcará de alguna manera los temas que se consideren de mayor o menor interés para el gran público. Pero, paradójicamente, el press release hace cada vez más redundante la lectura de la revista una vez publicada.

Frente a las ventajas que supone para los periodistas el tener un contacto fácil y claro con el mundo científico a través de las revistas especializadas y sus press releases, Philip Campbell, editor de Nature, se pregunta sobre la existencia de otras publicaciones que complementen la información especializada de los seis semanarios científicos más importantes (Lancet, Nature, British Medical Journal, The New England Journal of Medicine, Science y Journal of American Medical Association) y proporcionen a los periodistas información fiable sobre el mundo de la investigación.

Además de esta información complementaria, la interacción entre investigadores, periodistas y editores de revistas necesita hoy día un nuevo elemento, tal como lo propuso Richard Horton, director de The Lancet.

Horton plantea la figura del periodista como un verdadero crítico científico que se pregunte al ver un comunicado de prensa no sólo por los resultados de una investigación, sino cómo se llegó a ellos, quién los financió y qué motivos justifican y promueven determinadas investigaciones científicas y no otras.

Este y otros temas sobre la relación entre revistas científicas y el público fueron los ejes centrales de la reflexión durante el congresoque tuvo lugar el pasado 18 de abril, y que organizó el doctor Jon Turney, profesor senior de Comunicación Científica en la Universidad de Londres, cuyo texto reproduce íntegramente la revista Quark.

María Victoria de Castro Bello

La superconductividad es algo más que un efecto meramente físico. También se manifiesta, por ejemplo, en los medios de comunicación. Algunos canales de información gozan de una credibilidad extraordinaria porque todo el mundo considera que la poseen, y esta especie de acuerdo tácito, una vez creado, se perpetúa por sí solo. También tiende a excluir o desatender los comentarios y opiniones que no alcanzan los mágicos conductos por que se transmite esta clase de acuerdo.

Esto ocurre con las revistas científicas especializadas. Si alguien quiere que los investigadores de su propio campo conozcan su trabajo, hay multitud de publicaciones que ofrecen la difusión deseada. Pero si se pretende llegar al gran público, entonces sólo unas cuantas servirán. Usted, al igual que sus colegas y competidores, ya sabe sin duda cuáles son.

Estas revistas tienen una ventaja insuperable respecto a las otras: son aquellas que reciben la atención de los periodistas. Sólo hay media docena que merezcan verdadera consideración: los dos semanarios de ciencia natural Nature y Science, y los cuatro semanarios más importantes versados en medicina, dos de cada lado del Atlántico: The Lancet, The British Medical Journal, The New England Journal of Medicine y Journal of the American Medical Association.

Por supuesto, usted tal vez verá publicados sus artículos en los periódicos si antes han aparecido en Cell o Astrophysical Journal, pero no sería aconsejable apostar por tal posibilidad. Las seis grandes revistas, o más concretamente las notas de prensa que emiten cada semana, tienen el terreno mejor abonado para generar un mayor eco publicitario. Los científicos que trabajan fuera de Estados Unidos y el Reino Unido se quejan incluso de que apenas se les reconoce en sus propios países hasta que consiguen que se les publique una carta dirigida a Nature.

En cierto modo, esta circunstancia simplifica mucho las cosas. Los investigadores saben cuándo han dado realmente en el blanco. Y los periodistas disponen de una fuente inmediata de material. Los redactores de los rotativos asumen que no hace falta verificar el trabajo aparecido en una revista supervisada por otros colegas. El hecho de que una noticia sea publicada garantiza y sostiene su credibilidad. Y ni siquiera es necesario que los periodistas lean el artículo. Como manifestó el periodista británico Tom Wilkie, antiguo editor de la sección científica del diario The Independent, hay dos aspectos fundamentales a la hora de determinar si una noticia debe publicarse o no: ¿puede el periodista entenderla? y ¿puede modificarse la presentación de esa noticia de una forma rápida y sencilla? «Estas dos preguntas tienen una única respuesta: la nota de prensa», dijo Wilkie. «En la actualidad, todas las grandes revistas distribuyen notas de prensa antes de la edición correspondiente, induciendo al público a prestar atención a los temas de mayor interés periodístico, reescribiendo los artículos en un lenguaje llano y ofreciendo números de teléfono para facilitar el contacto con el científico que originalmente redactó el texto. Así, dedicarse a leer la revista una vez publicada está convirtiéndose en un ejercicio redundante.»

Wilkie pronunció estas palabras en un reciente congreso celebrado en la Universidad de Londres donde se debatía el papel de las revistas de mayor repercusión como portavoces de la ciencia ante el gran público. Al congreso, organizado por el Departamento de Ciencia y Estudios Tecnológicos de la mencionada universidad, asistieron como invitados los editores de dos de las revistas más destacadas, Nature y The Lancet, así como periodistas, científicos y observadores de los medios de comunicación. Todos convinieron en que cada vez resulta más difícil controlar algunos aspectos de la relación entre los medios de comunicación científicos y los populares.

Quizás este hecho se deba simplemente a la presión que los científicos y sus instituciones ejercen sobre las revistas. El doctor Richard Horton, editor de The Lancet, ejemplificó esta situación: «Tenemos dos artículos, en proceso de revisión de momento, que tratan sobre un trastorno neurológico muy común; no han sido aceptados; todavía están lejos de su posible corrección y modificación. Sin embargo, el pasado jueves fui a Oxford y a mis manos llegó la nota de prensa de esos artículos, con el membrete de la revista en la cabecera, redactados por completo y fechados».

Resulta relativamente sencillo hacer frente a esta clase de presunción. Pero ¿qué sucede con el alcance mayoritario que supuestamente deben tener las revistas cuando ya se han decidido sus contenidos? El problema no consiste sólo en que todos los implicados hayan suscrito un sistema circular: si un trabajo de investigación es significativo aparecerá en Nature, o alguna de las otras cinco; si se publica en una de esas revistas es porque probablemente será relevante. Ciertos círculos son virtuosos, no viciosos. Al fin y al cabo, debe haber alguna forma de dar salida a la gran cantidad de publicaciones científicas que se realizan hoy día. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, el círculo no es completamente virtuoso. La cuestión es que los principales medios de comunicación populares permiten que sea en el fondo un grupo de gente muy reducido quien decide cómo presentar la ciencia al público. Pero ¿qué criterios siguen esas personas a la hora de llevar a cabo dicho cometido?

El doctor Philip Campbell, editor de Nature desde finales de 1995, está muy satisfecho con el actual régimen y niega que la selección de artículos llevada a cabo en su revista se vea afectada por valores de carácter informativo. El interés por una política de servicio público ciertamente cuenta: «Que a nadie quepa duda de que si un trabajo posee una buena base científica, y creemos que la temática desempeñará un papel clave en el desarrollo de algún asunto público actual, consideraremos su aparición en alguno de nuestros sumarios», declaró Campbell. Por otro lado, la investigación de una nueva conexión genética en una enfermedad noticiosa no vería la luz en Nature a menos que la ciencia deviniera novela (una afirmación que Campbell respaldó al admitir que en una ocasión ya había rechazado un artículo de tal naturaleza).

Pero incluso Campbell reconoció estar preocupado por el hecho de si los medios de comunicación proporcionan suficientes fuentes en materia científica que tengan una credibilidad incuestionable: «Nature es una voz fuerte, poderosa y respetada dentro del campo de la prensa médica. ¿Existen suficientes otras voces que comenten u ofrezcan información suplementaria?»

El doctor Horton planteó esa misma cuestión de un modo bastante más enérgico. «Lo que más me preocupa sobre la interacción entre investigadores, periodistas y editores es que dicha relación carece de crítica», dijo Horton. Con esas palabras, el doctor pensaba no sólo en comentarios negativos sino también en alguien capacitado para actuar como un «crítico científico» de carácter más general. «Me refiero a alguien que desempeñe el papel de informador, mediador, comentarista o intérprete, alguien que tal vez sea capaz de analizar y evaluar el desarrollo del mundo de la investigación.»

En su opinión, las revistas no llenan el vacío que esta circunstancia provoca en el debate público de la ciencia. Y tampoco deberían, quizá, cargar con tal responsabilidad. Horton sostiene firmemente que los editores de las revistas no están dotados de una autoridad especial para hacer observaciones sobre la ciencia: «Está claro que convertirse en editor de una revista es la única salida profesional de un científico universitario para la que no hacen faltan aptitudes de ninguna clase». Es de agradecer que los editores escriban sobre los valores éticos en el campo de la investigación o la integridad científica, pero cuando tratan de analizar y evaluar algún tema puramente científico se encuentran en un terreno ajeno por el que deberían andar con mucho cuidado. Horton se mostró especialmente crítico con Marcia Angell de The New England Journal of Medicine por propugnar la idea de que los implantes mamarios de silicona presentan pocos riesgos para las mujeres: «A mi modo de ver, éste es un territorio demasiado peligroso para que los editores de las revistas entren en él».

Sin embargo, queda por resolver la cuestión de cómo llevar a cabo el debate público de la ciencia cuando la autoridad es impugnada desde diversos sectores, cada vez se confía menos en los científicos y los medios de comunicación se fijan en los resultados presentados en esas notas de prensa, no cómo se llegó a ellos ni si son válidos.

Según Horton, los científicos tampoco cooperan demasiado con su actitud generalizada de alimentar la esperanza de que la ciencia proporciona cierto conocimiento y pasar por alto los descubrimientos experimentales que derivan de la investigación. «La verdad es que nos encontramos ante una empresa inherentemente incierta dado que existe un desfase entre las expectativas que los propios científicos se marcan y la realidad científica plasmada en los canales informativos.» Horton reconoció que tal desajuste casi nunca se refleja en la forma que los medios de comunicación presentan los trabajos de investigación. «No estamos consiguiendo que el público perciba y entienda esa desconexión, y la culpa es nuestra, de los editores de revistas, por el modo en que publicamos artículos versados en temas de investigación.»

Y los medios de comunicación, al menos los británicos, tampoco se interesan por las cuestiones que determinan el apoyo y la financiación de la investigación. Horton mencionó la terapia de reposición hormonal (TRH) como un claro ejemplo de esta indiferencia. «¿Por qué hasta ahora no se ha estudiado la eficacia de la TRH a la hora de prevenir enfermedades cardiovasculares a pesar de que el 30 % de mujeres famosas se somete a ella? ¿Por qué hasta ahora no nos hemos preocupado por si existe alguna prueba real de que los efectos sobre la osteoporosis sean o no dignos de consideración?» A lo largo del congreso, surgieron muchas preguntas sobre los motivos que justifican y promueven la investigación, así como quién movía los hilos en esas materias, pero «estos temas jamás se difunden en los medios de comunicación».

El hecho de que esta situación cambie algún día tal vez dependa del surgimiento de nuevas voces que irrumpan en el circuito que une las revistas a la prensa popular. De momento, ante la mutua dependencia de ambas vertientes, cualquier transformación resulta improbable. Es sencillo reclamar un nuevo elenco de críticos científicos, pero en ese congreso no quedó claro de dónde saldrá. ¿Algún candidato?

Jon Turney

TALLER DE PERIODISMO CIENTÍFICO

Santa Fe (Nuevo México, EUA), del 28 de junio al 3 de julio de 1997

Después del éxito de su primera edición, en 1996, George Johnson y Sandra Blakeslee, del The New York Times, con la ayuda de la División de Recursos Humanos de la Universidad de Santa Fe de Nuevo México, repiten la experiencia. Esta vez, el Taller de Periodismo Científico incluye entre sus invitados a Michael Lemonick, periodista científico de la revista Time; Paul Hoffman, director de la revista Discover, y Sandra Blakeslee, junto con George Johnson, ambos del periódico The New York Times. Durante los primeros dos días, la reunión también contará con la presencia de Cory Dean, el nuevo director de la sección Science Times, del diario neoyorquino. Los asistentes podrán «trabajar» durante unos días en la redacción de Time o de Discover, o bien inscribirse en un taller intensivo para trabajar en la confección de libros científicos.

A los escritores profesionales se les pedirán artículos y manuscritos para ser sometidos a evaluación por parte de los instructores. El resto de participantes asistirán a una conferencia de prensa en el Instituto de Santa Fe y posteriormente trabajarán en la redacción de artículos sobre la misma, en colaboración con los instructores del curso.

Puede obtenerse más información sobre este taller y sobre los contenidos de su edición de 1996 en la siguiente dirección: http://www.santafe.edu/~johnson/sciwrite.html
Si se desea estar incluido en el mailing de este grupo, debe dirigirse a: johnson@nytimes.com

IMPACTO DE LOS COMUNICADOS DE PRENSA

Desde hace algún tiempo, algunas de las principales revistas biomédicas han establecido un sistema de comunicados de prensa (o press release) semanales en los que facilitan a algunos medios de comunicación el avance de parte del contenido de su próximo número. Estos comunicados ofrecen una serie de ventajas para los periodistas científicos. Sin embargo, el hecho de que en ellos la información que aparece referida a los artículos que publicarán posteriormente no sea exactamente la misma que en estos (en general los press releases utilizan un lenguaje menos científico y están orientados para atraer la atención del periodista) puede dar lugar a sesgos o desviaciones de la información.

Con el objetivo de analizar el posible impacto de la existencia de estos press releases sobre los medios de comunicación y, en concreto, sobre la divulgación científica, el Observatorio de la Comunicación Científica, junto con los alumnos del Máster en Comunicación Científica (programa de estudios organizado junto con el Instituto de Educación Continua), han analizado de forma prospectiva el tratamiento de las noticias sobre temas científicos que aparecen en diversos medios de comunicación de ámbito internacional. El período de estudio comprende los meses de diciembre de 1996 a febrero de 1997. En el se han incluido más de 500 piezas periodísticas, correspondientes a siete publicaciones diarias de reconocido prestigio (New York Times, Le Monde, Le Figaro, Herald Tribune, La Vanguardia, El País y La Repubblica).

Las conclusiones de este estudio serán presentadas en el próximo Congreso Internacional sobre Peer Review en Publicaciones Biomédicas, que se celebrará en Praga entre el 17 y el 19 del próximo mes de setiembre. El Comité Organizador de dicho congreso está compuesto, entre otros, por los principales responsables de las revistas BMJ, JAMA y Project Hope.

Más información sobre el congreso en:
http://www.ama-assn.org
Annette Flanagin, JAMA, 515 N State
Chicago, 60610, EUA
Tel.: 001.312.464.2432
Fax: 001.312.464.5824

LISTA DE DISCUSIÓN DE PERIODISMO CIENTÍFICO

Hace tan sólo unos meses la Asociación Catalana de Comunicación Científica (ACCC) ha puesto en marcha una lista de discusión sobre periodismo científico. El objetivo de ésta era «crear un punto de encuentro entre los profesionales científicos dónde discutir temas de interés común, intercambiar información y experiencias, contactar con colegas de otros lugares del país o del mundo y actuar de brújula en este agitado mundo de la publicación electrónica».

Con más o menos acentos, en uno u otro idioma (se admiten las cuatro lenguas oficiales del Estado español y el inglés en casos necesarios), la lista ha reflejado, tal como se esperaba de ella, las preocupaciones, el entusiasmo o el sentir mismo de los que nos dedicamos a la comunicación científica. Se han facilitado direcciones a quienes las buscaban, nombres a quienes los pedían, respuestas u opiniones a quienes planteaban alguna cuestión. En su corta vida, la lista ha dado cuenta de algunos de los grandes momentos científicos de este alborotado año 1997: las uvas milagrosas, la oveja Dolly, el cometa Hale-Bopp...

Esos intrigantes sobrecillos cerrados rompían la soledad de la nueva jornada. Y en esa deliciosa nueva rutina (¿rutina?) consistente en desvelar sus misterios, añadir unas líneas y ver cómo éstas se esfumaban de nuestras pantallas para ir a parar a no se sabe qué rincón del planeta donde alguien compartía nuestros mismos intereses e inquietudes, algunos hemos tenido la sensación de pertenecer a una gran familia. Esa cálida sensación que, paradójicamente, sólo las supuestamente gélidas redes electrónicas parecen ser capaces de conseguir.

Para suscribirse a la lista de discusión de periodismo científico de la Asociación Catalana de Comunicación Científica (ACCC), hay que enviar un mensaje a:
majordomo@cat.isoc.org y escribir únicamente en el cuerpo del mensaje:

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