¿QUIÉN MATÓ LA SECCIÓN DE CIENCIA?
«Who killed the science section?» (¿Quién mató la sección de ciencia?) es el título de un muy recomendable y oportuno artículo escrito por Dean A. Haycock en el número 14 de la revista electrónica HMS Beagle.1
El artículo argumenta que cada vez es mayor la dificultad para encontrar secciones de ciencia en los diarios norteamericanos y ofrece datos de un estudio realizado por Media Resource Services, una organización cuyo objetivo es poner en contacto a periodistas con expertos para poder mejorar las informaciones que se planteen, en el que se pone de manifiesto que en los años ochenta eran mucho más numerosos los diarios norteamericanos que insertaban en sus páginas secciones de ciencia que en la actualidad. En 1989 cerca de un centenar de periódicos poseían en Estados Unidos secciones específicas dedicadas a cubrir las informaciones científicas. En 1992, tales secciones habían disminuido en un 50 % y en la última encuesta realizada hace unos 18 meses sólo se contabilizaron 35 diarios con áreas informativas destinadas a las ciencias. Una parte de los periódicos norteamericanos han eliminado pura y simplemente tales páginas especializadas y otros las han ido reconvirtiendo en secciones con un contenido exclusivamente centrado en «health and fitness» (salud y en forma).
La primera razón fundamental por la que se ha producido este fenómeno es la conjunción de un notable encarecimiento del papel prensa y el poco apoyo económico que la publicidad ha otorgado a estas páginas científicas, salvo en los casos en los que se han reconvertido en secciones de salud popular, y en algunos casos de informática y telecomunicaciones. Sólo existe una gran excepción de esta tendencia: el paradigmático The New York Times, que desde 1978 sigue publicando todos los martes sus ya tradicionales páginas científicas bajo el epígrafe «Science Times». En este caso, el prestigio de la sección y un cierto apoyo publicitario han conseguido hacer el milagro. Dos autores de exitosos libros sobre la historia de The New York Times2 explican detalladamente cómo se creó en su día la sección de «Science Times», a pesar de que los responsables publicitarios no creían en ella, sobre todo por el apoyo que recibió la idea por parte del editor del periódico cuando The New York Times afrontó en los años setenta una crisis de lectores y consiguiente bajada de ventas, por lo que se decidió que cada día de la semana el diario incluiría un suplemento especializado para captar el interés de nuevos lectores gracias a la segmentación temática. Y así fue. Hasta el punto de que a remolque del éxito del Times neoyorquino florecieron casi todas las otras secciones de ciencia de los diarios norteamericanos e incluso de los de otros países.
El hecho es que el gradual incremento de los costes generales de la prensa diaria, la necesidad de que estas secciones especializadas incluyan el asesoramiento y colaboración profesional de especialistas en las diferentes áreas del conocimiento científico y médico que naturalmente han de ser retribuidos de forma adecuada y el citado distanciamiento de las inserciones publicitarias de estas páginas (un fenómeno que merece ser tratado in extenso en otra ocasión) han sido los principales responsables de la recesión de oferta informativa de este tipo de suplementos.
Pero, sin duda, el trabajo realizado durante todos estos años no ha sido estéril. Por una parte, innumerables estudios sociológicos sobre percepción pública ponen de manifiesto que se han ido creando en todo el mundo muchos lectores fieles a estas temáticas, con el consiguiente valor añadido de haber contribuido a una mayor atención cultural y social hacia las ciencias y hacia la labor de los científicos.
Paralelamente, estas áreas han contribuido decisivamente a crear la figura del periodista científico, médico e incluso medioambiental en los principales medios de comunicación, una especialidad que antes de los años ochenta era prácticamente inexistente y que hoy está presente en casi todas las redacciones solventes de los medios escritos y audiovisuales, aunque obviamente su peso específico en una redacción que la mayor parte de las veces es casi unipersonal no admita comparaciones con otras áreas informativas diarias, como por ejemplo economía, política o deportes, con lo que el camino por recorrer para alcanzar un cierto equilibrio informativo es todavía largo y sin duda será difícil. Como se argumentaba en el artículo «What is newsworthy?» (¿Qué hechos merecen ser noticia?) publicado el año pasado en The Lancet, dentro de una serie sobre medicina y medios de comunicación dirigida por la socióloga Dorothy Nelkin3: «Hoy conviven en un periódico informativo-interpretativo de calidad áreas informativas temáticas diferenciadas y específicas, como pueden ser economía, deportes, política, cultura o espectáculos. Al mismo tiempo, suele ser frecuente que los periódicos cuenten con una sección que sigue siendo interdisciplinaria, como herencia de las fórmulas antiguas, que se acostumbra a denominar «Sociedad», aunque depende de las tradiciones de cada país, y que corresponde a un concepto generalista, que en los periódicos franceses se ha convenido en llamar muy elocuentemente «Faits divers». Es en esta sección donde suelen convivir a diario las noticias de índole científica o médica con otras vinculadas a sucesos, curiosidades, gente, medio ambiente y muchas otras que no poseen, en general, una sección o espacio propios en la estructura temática de un periódico. Este factor de ubicación de las noticias científicas y médicas es muy importante para comprender o para intentar comprender cuáles pueden ser los criterios que se adoptan para la selección de unas noticias u otras, pues en estas secciones «cajón de sastre» el periodista científico o médico ha de competir con los periodistas especializados en tribunales, en medio ambiente, en sucesos, en consumo, en política sanitaria, en enseñanza y universidades, en urbanismo, etc. Inmediatamente surge la evidencia de que el periodista científico o médico ha de buscar noticias que puedan ofrecer titulares con una cierta dosis de interés no sólo para el lector potencial, que es el objetivo primordial de cualquier periodista, sino que deben ser noticias suficientemente «atractivas» para que sean tomadas en cuenta por sus propios compañeros de sección y sobre todo por el responsable de la decisión de publicarla y con qué tratamiento y extensión. Por ello, noticias vinculadas con bacterias asesinas, virus exterminadores y terapéuticas milagrosas suelen tener más audiencia en estas secciones en las que se mezclan y compiten con asesinatos, violaciones, catástrofes ecológicas o apasionantes declaraciones de personajes como Lady Di...
Incluso en los periódicos más serios podemos detectar esta necesidad de la búsqueda de una cierta espectacularidad no confundir con el vulgar sensacionalismo por parte de los periodistas científicos y médicos para lograr colocar sus informaciones en el día a día. Este funcionamiento interno en los periódicos es muy similar en todos los países. No es difícil imaginar que esta situación de fragilidad propia del periodismo científico y competencia con otras temáticas en el seno de la información diaria todavía va a empeorar con la contaminación «espectacularizante» a que están sometidos todos los medios escritos por culpa de la tremenda bajada del listón cultural de los medios audiovisuales en todo el mundo (aunque por suerte haya notables excepciones).
En una conferencia de Jon Franklin, profesor de Escritura Creativa de la Universidad de Oregon, titulada «The end of science writing»4 se expresa la tesis de que «las noticias científicas están en decadencia», y se considera que «la mayor parte de lo mucho que se escribe sobre ciencia en las páginas diarias de los periódicos resulta exageradamente impreciso, no quizás en el contenido estricto pero sí en el tono, forma y contextualización». Ello puede alejar, como en otros tiempos, a los propios científicos de sus interlocutores periodistas y puede dejar el campo abonado a todo tipo de mixtificaciones paracientíficas, lamentablemente tan en boga en estos tiempos de confusión de valores y de ideas.
En el artículo al que nos referíamos al inicio de este comentario, Fred Jerome, cofundador del Scientist' Institute for Public Information (SIPI) y actual consultor de Media Resource Services, confía en que la vía de Internet pueda suplir adecuadamente las necesidades de información que los ciudadanos demuestran poseer hacia la globalidad de las informaciones científicas, y ello puede llegar a impulsar un cambio en las actuales perspectivas. Habrá que esperar que así sea. Sin duda, la enorme oferta existente en Internet aunque todavía necesite un periodo de selección natural y un cierto desarrollo de la capacidad de discernimiento del usuario puede crear, y al mismo tiempo dar respuesta, a la indiscutible demanda pública existente en nuestra sociedad para los temas de ciencia y medicina, haciendo compatible lo que en su día lograron los suplementos hoy desaparecidos: ofrecer cultura científica con rigor y amenidad, en suma dando respuesta al interés, a la preocupación, a la curiosidad y a la necesidad de información de una mayoría de ciudadanos.
Dean A. Haycock es doctor en Neurociencia por la Universidad norteamericana de Brown y periodista científico que colabora en numerosas publicaciones norteamericanas. El artículo puede ser consultado en la siguiente dirección: